domingo, 23 de diciembre de 2012

Los fuegos de la miseria

Por Carlos Salvador La Rosa (*)
Una comparación entre los eventos acontecidos en las vísperas navideñas de 2010, cuando los mil rostros de la pobreza salieron a ocupar espacios públicos reclamando viviendas y dignidad, con estos aciagos días de fines de 2012, cuando rostros muy parecidos salen otra vez a las calles, pero con mucha más bronca y violencia. Todo frente a un poder que si en 2010 negaba la crisis social, ahora la niega mil veces más.
El domingo 19 de diciembre de 2010 escribimos en este mismo espacio una nota llamada “Los fuegos de la pobreza”, donde hacíamos la crónica e interpretación de la toma del Parque Indoamericano en Villa Soldati por innumerables familias pobres que reclamaban urgentes soluciones habitacionales. 
La situación es distinta a la actual pero la respuesta del Gobierno sigue igual: una conspiración oculta de fuerzas enemigas con objetivos de desestabilización política. Algo tan falso e inverosímil en ese entonces como hoy.
La gran diferencia entre lo que ocurrió dos años atrás y lo de ahora consiste en la variación de una palabra clave: en 2010 todos hablaban de “pobreza”, en 2012 de “miseria”. 
Y la diferencia no es menor, nada menor. 
Los que salieron a protestar en diciembre de 2010 no fueron a enfrentarse contra el Estado sino a pedir que los proteja, que los incorpore a los territorios legales, en vez de dejarlos a la buena de dios (o del diablo) en las zonas grises de las villas donde la ley cede al dominio de las organizaciones ilegales. 
En diciembre de 2012, en cambio, nadie salió para reclamar nada sino que todo consistió en desmanes. Sin embargo, lo único organizado que pudo haber existido en los saqueos son los que provienen de adentro de dichas zonas grises, mientras que si hubo algún uso político es porque algunos grupos pueden haberse colgado, infiltrado, intentado aprovechar lo que ellos no generaron sino que proviene de subsuelos profundos donde la miseria es ama y señora. 
Y la miseria no tiene rostro bonito, no se puede decir, como se dice de los pobres, que de ellos será el reino de los cielos, porque a los miserables hasta esa esperanza de redención les es negada.
Pobreza y miseria a la italiana
En 1951, el genial director de cine italiano Vittorio de Sica realizó “Milagro en Milán”. En un tiempo de extrema pobreza en su país, De Sica contaba una fábula dentro de una villa miseria donde los especuladores de tierras explotaban a sus sufridos e inocentes pobladores. Sin embargo, el clima del film era de plena esperanza. Esos pobres eran esencialmente gente buena, aún capaces de unirse y luchar con todas sus fuerzas contra los explotadores.
Pero en 1976, cuando Italia vivía una situación económicamente mucho mejor, otro gran director, Ettore Scola, hizo una película contra corriente llamada “Feos, sucios y malos”, donde la cámara se metía de nuevo en una villa miseria. 
Pero esta vez los pobres no eran buenos, sino que habían adquirido la fisonomía cruel del lugar. Para sobrevivir se mataban entre sí, unos pobres se aliaban con sus explotadores contra otros pobres y las inequidades no tenían fin. El mensaje del film era claro: cuando la miseria se consolida, se carnaliza, ya no hay bondad alguna con qué idealizar a los pobres.
Pobreza y miseria a la argentina
En 2011 tuvo un enorme éxito televisivo la miniserie “El puntero”, en la que por primera vez se describió con cruda certeza lo que pasaba en las villas o en los barrios más pobres del conurbano bonaerense. En la serie, los punteros aparecían como intermediarios de la gente humilde en esos poblados de la desesperación, que cada día van adquiriendo más vida propia por fuera del resto de la sociedad.
Una vida donde por arriba dominan los emisarios del poder político clientelar mientras por abajo van instalando su hegemonía los barones de la mafia y el narcotráfico. Dos fuegos ante los cuales el puntero intenta mediar representando a buena parte de la población en sus requerimientos clientelares mientras es tentado por ambos poderes que intentan atraerlo, ponerlo al servicio de unos u otros en contra de los habitantes de la villa.
La miniserie fue duramente criticada por el oficialismo y sus intelectuales afines, que veían en ella, más otro intento mediático de desestabilización que una radiografía de las realidades ocultas del país.
En 2012, la mejor película argentina que pasó por las salas fue “Elefante blanco”, una brillante pero espeluznante crónica de las villas que ya no son de emergencia (porque sus habitantes no emergen hacia ningún lado) sino literalmente villas miseria, porque la pobre gente que allí vive deambula sin destino, atrapada por los que administran la miseria en provecho propio o por los que sólo se limitan a “contener” lo que no pueden promover.
No casualmente, este gran film argentino fue también minimizado desde el poder político y cultural, que mientras premiaba a películas que se ocupaban de las cosas que al oficialismo le interesan, obviaba con el silencio o la indiferencia a este gigantesco fresco que con inmenso sentido épico y buena voluntad el director Pablo Trapero exponía al público, tras la intención de mostrar una verdad que los integrados al sistema no quieren ver, porque no la soportan, no la entienden o simplemente porque no saben qué hacer con ella.
¿Es posible “contener” la miseria? Lo que vimos por estos días en la Argentina es la villa que sale a la calle, organizada como está organizada adentro, con violencia, delito y básicamente estrategias de sobrevivencia en la miseria. La miseria se ubica materialmente un escalón más abajo que la pobreza, pero infinitos escalones más abajo espiritualmente hablando. 
Dentro de la miseria se pierde toda perspectiva de progreso social e individual. Las mejores almas y la inmensa cantidad de buenas personas que no pueden escapar de esos lugares están partidas entre sobrevivir con alguna dignidad o entregarse al mal que se les propone por poderes no estatales que buscan dominarlas, frente a un Estado desertor, o en todo caso clientelar, que se limita a proteger sus votos pero no a las personas.
En diciembre de 2010 salieron a pedir viviendas, ahora salen literalmente a saquear. Y el saqueo es delito, es violencia, no es justificable, pero es la punta del iceberg de la consolidación de la miseria como realidad social ignorada por el Estado.
No es que el Estado no los ayude socialmente, interviene hasta donde puede por medio de intermediarios. Pero son ignorados políticamente por una élite dirigente que ya ni sabe ni se preocupa de combatir la miseria, sino que la trata de olvidar o de negar, total la inmensa mayoría de los votos de esos lugares, que es lo único que les interesa, son casi todos para ellos.
Por lo demás, mientras permanezcan sin salir a la calle, está bien. Mientras no hablen ni se expresen, está todo bien. Pero ocurre que lo que adentro de la villa acontece no es la pobreza residual de un modelo bueno que aún no derramó hacia allí su bondad. De lo que se trata es de la miseria consolidada adonde no llega ningún derrame y sus víctimas, desilusionadas, van aceptando vivir así por siempre.
Por eso lo que pasó en la Argentina estos días es algo ininteligible para un relato ideológico que cree que todo es maravilloso y que el país actual nada tiene que ver con lo que ocurrió en 2001. Económicamente quizá tenga poco que ver, pero políticamente sí, porque estando mucho mejor que en aquel entonces, nos hemos olvidado de esa parte de la sociedad que sigue estando igual, o peor. 
Frente a esa realidad, la contención no alcanza, porque nada de lo que allí ocurre es susceptible de ser contenido a largo plazo. A la miseria no se la contiene. O se la elimina o se la avala. No hay con ella términos medios. Se está con ella o se está contra ella. O sino estalla. En 2010 estalló la pobreza, ahora estalló la miseria. Y la cara con que se expresa no es linda, no es buena, no es sana. 
Los nuevos ricos frente a la miseria
Hugo Moyano debate con el gobierno sobre los estallidos, pero ambos se limitan a echarse la culpa unos a otros. Ninguno habla de esa realidad que los desborda a los dos. Sólo hablan de ellos mismos y de sus cuitas. Moyano es un nuevo rico que expresa a obreros con pasar de clase media. 
El Gobierno está conducido por nuevos ricos que expresan a un sector de la clase media contra otros sectores de clase media. Pero los pobres de toda pobreza no existen en la cabeza de ninguno de ellos. Ya no son ni siquiera la excusa en nombre de los cuales realizan sus revoluciones de papel. 
Ya no los consideran ni el sujeto histórico, ni los salvadores de la humanidad, ni siquiera los explotados. No los quieren ver, ni siquiera nombrar. Sólo ruegan que sigan estando donde están sin salir jamás de sus “no” lugares. Son los olvidados, los ignorados. No los queremos ver porque no sabemos qué hacer con ellos. El “modelo” no puede llegar allí, salvo con algunos planes que ya no alcanzan. O dejan de alcanzar cuando la crisis económica y la inflación los superan.
El plasma del progreso y el plasma de la miseria
Para las elecciones de 2011, la Presidenta visitó en su casa a una señora muy pobre de La Matanza, donde fue como un hada madrina. Le preguntó a la señora qué le podía regalar como recuerdo y la señora le dijo que lo que ambicionaba era un plasma para poder verla más grande a ella, a Cristina. Orgullosa, la Presidenta no dudó en enviarle el obsequio anhelado por la señora, pese a que en esa casa la heladera no funcionaba y el gas pasaba por la puerta pero no entraba al hogar. 
El plasma, en aquel entonces, era considerado -tanto por la señora pobre como por la Presidenta rica- un símbolo del progreso social. En cambio, por estos días en que los saqueadores se robaron todos los plasmas que pudieron, el poder político no tuvo dudas: el plasma ahora es la expresión más contundente de que los saqueadores tienen la panza llena, que roban sólo porque son feos, sucios y malos. Una nada sutil manera de lavarse las manos... y la conciencia.

(*) Carlos Salvador La Rosa. Periodista y escritor. Artículo publicado en Los Andes (Mendoza) y en Urgente 24 el 23 de Diciembre de 2012.