miércoles, 12 de diciembre de 2012

Dos derrotas simbólicas del relato

Por Joaquín Morales Solá (*)
Dos escenas de anteayer, ocurridas casi a la misma hora, subrayan la diferencia esencial entre Cristina y Néstor Kirchner. Es difícil suscribir la tesis de que ambos expresaban modelos distintos, porque promovieron las mismas cosas en las líneas fundamentales de sus respectivas administraciones. Existen, en cambio, dos maneras muy distintas de liderar un mismo modelo. El ex presidente fue un promotor decidido de la división de sus adversarios, hayan sido partidos políticos, organizaciones empresariales o hasta las conducciones de las distintas religiones. No es una buena receta política, pero la aplicó con eficacia. Parecía tener, además, sensores precisos para establecer los límites de su poder, más allá de los cuales lo aguardaría la derrota.

En la tormentosa tarde del lunes, la historia de Cristina Kirchner refutó aquel legado de su marido muerto. La Corte Suprema de Justicia se vio obligada a endurecerse frente a una presidenta que la obligaba a renunciar a su razón de ser. Fue un derrota anunciada, la segunda en muy pocos días. En la sede nacional del radicalismo, a su vez, todos los dirigentes de la oposición se reunieron, acobardados, para suscribir un documento de apoyo a la democracia republicana, a la Constitución y a la Justicia. Prevaleció el temor a un gobierno resuelto en las palabras y en los hechos a cambiar el orden político y jurídico. Esa percepción fue más fuerte entre los opositores que las anteriores aprensiones y las más viejas rivalidades personales.
Néstor Kirchner fue el creador de la política según la cual las sentencias de la Corte Supremapueden ser ignoradas. Sin embargo, es casi imposible imaginarlo recurriendo a ese tribunal para que éste le devolviera su petición con un rechazo unánime. Cristina Kirchner hizo eso en un momento especialmente inoportuno. Venía de un fracaso público en la Cámara Civil y Comercial y se chocó con otro fracaso previsible en la Corte. Para un modelo que se funda en el relato, las apariencias valen más que los hechos. Dos imágenes sucesivas de fracasos son muchos fracasos. Es artificial el argumento de funcionarios oficiales que aseguraron que ellos fueron a morir a la Corte, porque se proponían poner a ésta en un brete. Esa explicación es propia de quienes ya carecen de explicaciones.
Los jueces de la Corte se unificaron en la posición de fondo, el rechazo a un increíble per saltum , aunque exhibieron también sus diferencias de formación. Estuvieron los magistrados con sentido del equilibrio político. Ricardo Lorenzetti, el presidente, Juan Carlos Maqueda y Elena Highton. Su voto estuvo sostenido por una exhortación elegante al Gobierno para que cumpliera con los necesarios pasos procesales. También le pidieron a la Cámara, donde terminó el kirchnerismo enemigo de ese fuero, que apurara los tiempos sin quebrantar el derecho al trato igualitario de las partes.
Otro lote de tres jueces se inspiraron sólo en el derecho y la Justicia. Carmen Argibay, Enrique Petracchi y Carlos Fayt. Decidieron rechazar el extravagante pedido del Gobierno in limine. Los tres son personas que han hecho su carrera sólo en la Justicia. Argibay y Fayt pertenecen a una estirpe indomable de jueces; sus puertas están siempre cerradas a la presión y no les importa el qué dirá quién cuando dictan sentencias. Debe destacarse también la actitud de Petracchi, porque sobre él se había abatido en los últimos días una nube de rumores. Ninguno fue cierto.
El séptimo juez, Eugenio Raúl Zaffaroni, prefirió colocarse al borde de la recusación. Cercano al Gobierno, con abiertas simpatías por sus políticas, adoptó como propios a algunos enemigos del cristinismo. Repitió en su voto la denuncia del ministro de Justicia, Julio Alak, que acusó a la Cámara de "alzamiento", pero no pudo, con honestidad intelectual, votar otra cosa que no fuera el rechazo al requerimiento del Gobierno.
Néstor Kirchner fue el que imaginó la profunda división del radicalismo, el partido con mayor cantidad de bancas en el Congreso. Lo logró cuando se llevó a Julio Cobos, a casi todos los gobernadores radicales y a gran parte de sus intendentes de todo el país. La imagen del lunes en el viejo edificio de la UCR mostró al presidente del partido, Mario Barletta, al lado de peronistas, socialistas, ex radicales y hasta macristas. Era el reverso de la trama de Néstor. Todos protestaban contra los atropellos institucionales del cristinismo. El oficialismo se llevó sólo pequeños gajos del radicalismo, como Leopoldo Moreau, que nada significan en un domingo de elecciones. A nadie más.
El lunes se rompió la sentencia de Ricardo Alfonsín: "Macri es el límite". Macri estuvo en el radicalismo, especialmente invitado por los dirigentes de ese partido. Es cierto que Alfonsín lo dijo explicando alianzas electorales y lo del lunes no fue eso. Ni probablemente lo será. Esa reunión multipartidaria fue una reacción política, no electoral, ante el "vamos por todo" del cristinismo. Ir por todo significa el riesgo de que los otros, como los jueces y la política, accionen los naturales mecanismos de sobrevivencia. Eso es lo que sabía Néstor Kirchner. Es, también, lo que la presidenta viuda parece ignorar.
(*) Joaquín Morales Solá. Periodista, escritor y analista político. Artículo publicado en La Nación el 12 de Diciembre de 2012.