jueves, 13 de diciembre de 2012

Entrelíneas de la Democratización de la Justicia

Por Gabriela Pousa (*)
29 de Noviembre de 2012, una fotografía de la Argentina. Hace menos de un mes, el proyecto para erradicar la trata de personas perdía estado parlamentario por falta de tratamiento en el recinto. Simultáneamente, en la Cámara de Diputados se debatía el valor del mate declarándolo “infusión nacional”, y se establecía el 30 de noviembre como su día.


Quedaban archivados también los proyectos sobre libre acceso a la información públicafertilización asistida, tratamiento de basura electrónica, control de armas, registro de violadores, suba del mínimo no imponible, reforma del INDEC, regulación de los DNU, y la ley para evitar infecciones intrahospitalarias. Naderías, asuntos sin importancia…

Pero el mate tiene su día; la yerba y el termo bailan…
Si algo conoce un legislador es la ley 13.640 según la cual “Todo proyecto de ley sometido a consideración del Congreso que no obtenga sanción en una de sus Cámaras, durante el año parlamentario en que tuvo entrada en el cuerpo se tendrá por caducado. Si el proyecto obtuvo sanción en alguna de las Cámaras en el término indicado, éste se prorrogará por un año más”
¿Qué consideración hacer al respecto? Huelgan las palabras. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo importante como si la condición de mortales no existiera por estos lares.
Si acaso hoy recordamos todo este dislate es apenas por un dato de coyuntura, uno entre un sinfín que se nos escapan a diario. Sin duda, el Caso Marita Verón es emblemático, pero es justo admitir que la gente se hizo eco de él, no por interés si no por una telenovela con alto porcentaje de rating. Si se trata de dejar de lado la hipocresía no podemos obviar que así fue. Adjudicar este repentino interés a un acto de conciencia es cegarnos frente al avasallante individualismo que reina de un tiempo a esta parte.
El resto, posiblemente, es el derivado de la película. Hace ruido porque hay un background secundando toda la escenografía de acefalía e ignominia. La irrupción de Susana Trimarco más allá de obedecer al dolor de una madre, responde a la personificación de un Estado ausente.


Que la Presidente le brinde su apoyo es, consecuentemente, el acto de simulación más deleznable, una puesta en escena, un inusitado descaro. El bocado más amargo.

Ni al gobierno ni a la mayoría de quienes se dicen “representantes del pueblo” le importa un ápice la trata de blancas, el paradero de la joven tucumana y el final de esta trama. El desinterés no excusa, por el contrario, es una forma de complicidad magnánima. Si acaso emerge curiosidad es por los votos que puede haber detrás.
De no haber existido la novela protagonizada por Soledad Silveyra y Facundo Arana, ayer no hubiera pasado nada. En este marco, la conmoción social que generó la absolución de 13 personas involucradas en el hecho no deriva del pleno conocimiento de la causa, ni de la evidencia de las pruebas. La indignación deviene de lo venal y visceral que es el argentino, de su naturaleza impulsiva, de su impetuosa esencia. Es la idiosincrasia la que reacciona, no la razón ni la lógica.
Ante esta realidad, el planteo del juicio por jurados resulta un tema complicado. Una sociedad capaz de endiosar y condenar al mismo hombre con apenas horas de diferencia puede cometer injusticias irreparables. Consecuencias abyectas.
En un suelo donde Dios y el diablo suelen ser el mismo, la puesta en práctica de este mecanismo abre puertas a atrocidades inimaginables. El Proceso kafkiano es de un simplismo mágico frente a este escenario.
¿Hacia adónde vamos? En rigor, no vamos a ningún lado, en todo caso se nos está llevando, y la diferencia no es solamente un verbo o un vocablo.
El caso Marita Verón llegó a manos del Ejecutivo como llega el anillo al dedo del enamorado.Mientras la ciudadanía sentía la sentencia como un cachetazo, la jefe de Estado la recibía como una caricia, un soplo alado. Terrible divorcio entre ambos.
En Olivos, la absolución de los inculpados cayó como justificación perfecta para otra arremetida a ultranza del poder político, cuando este apenas podía visualizar algún margen de acción nimio. Con o sin anuencia del gobierno tucumano – ni siquiera es necesario blandir sospechas de una conspiración -, Cristina Kirchner recibió las herramientas precisas para su próxima partida.


El enemigo instaurado hasta el momento venía complicándole el paso. En su lugar, uno nuevo se erigió con más premura de lo imaginado. Por unos instantes, sale Clarín del ring, y entra la Justicia al cuadrilátero.

Como si el pasado 10 de diciembre hubiese encontrado los calendarios en 2003, la mandataria salió a decir que “hay que democratizar la Justicia“. Hace diez años que se jactan de protagonizar la mejor de las democracias, ¿cómo se democratiza pues, una democracia?
Por otra parte, el primer uso de la cadena nacional que hiciera el kirchnerismo fue, precisamente, el 4 de junio de 2003 cuando el mismísimo Néstor Kirchner decidió modificar la Corte Suprema
La que había era cómplice de la más siniestra porfía, la que llegaba era la excelencia institucionalizada. Desde entonces, y hasta hace pocos días, esa jugada fue vendida como la mayor obra de arte kirchnerista. ¿Ahora qué pasa?
Pasa que la Presidente ha encontrado el camino exacto para hacer de la Argentina una réplica de la peor Bolivia. Los pasos de la mandataria son los que siguiera, exactamente, Evo Morales cuando su imagen estaba en caída libre con prisa y sin pausa.


El premier boliviano, en el marco de la “refundacion del país” que no es sino una metáfora de la “democratización de la justicia” de Cristina, estableció la elección de jueces nacionales por voto universal, en vez de la antigua selección en el Congreso, y abrió la participación paritaria de indígenas, en las listas de candidatos. Un proceso sin precedentes destinado a colmar los tribunales con partidarios de Morales.

Los candidatos, desde luego, fueron electos por el Congreso con mayoría oficialista. La medida populista fue emperifollada para hacer ver que es el pueblo quien elige a su Justicia. Una falacia extraordinaria que terminó dando el triunfo al voto nulo. Es factible imaginar de qué manera, la Presidente argentina, podría presentar una idea similar.
En términos nacionales y populares, podría leerse: una incorporación de La Cámpora al Poder Judicial como sucediera, sin ir más lejos, con la aerolínea de bandera. ¿Por qué no? No es la primera vez que Cristina copia a sus amigos de Latinoamérica. No será la última.
El problema se erige quizás en la cocina de este intento pues, si se observan quienes han firmado la única solicitada afable a los intereses del gobierno respecto a la Ley de Medios, se verá que no superan la decena pese a decir que son más de 200 las firmas.
No es pues la Justicia la que esta en problemas, no al menos en problemas coyunturales ausentes antes de los últimos acontecimientos.


La dependencia del Poder Judicial, los aprietes y las presiones no son nuevas. La democratización anunciada por la jefe de Estado debe leerse como una renovada avanzada del poder Ejecutivo sobre la Justicia, y en definitiva, sobre la vida misma de todos los argentinos.

Lo que está tramándose es un peligro para el derecho, la diatriba bucólica y el manoseo eufemístico puede hacer que se lo vea como un modo de participación mayoritaria de la ciudadanía pero no es sino un artilugio maniqueo, tendiente a inclinar la balanza de un sólo lado y a quitar la venda, no para que la Justicia vea sino para dejarla definitivamente ciega.


El kirchnerismo sería entonces el lazarillo, el bastón blanco y el mastín guía hacia el capricho y la porfía.

(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado el 12 de Diciembre de 2012.