sábado, 15 de diciembre de 2012

La "democratización" del cerebro presidencial

Por Carlos Berro Madero (*)
En boca de Cristina Fernández, la propuesta de “democratizar” la justicia, causa escozor y una fuerte sospecha de que su pretensión encubre en realidad su deseo subliminal de “ejecutar” un combate contra una institución que intenta oponerse a su mentalidad cesarista.


Mientras la Presidente finge ser la primera defensora de la democracia -cuando de hecho todos sus “enemigos” son partidarios de ella-, su escuela del miedo y la imposición pone a la vista lo único que quizá dista de ser auténticamente democrático de los tres poderes del Estado hoy día: es el desempeño de quien se halla a cargo del Ejecutivo cada vez que debe enfrentarse con quienes no comulgan con sus ideas.

Todas las revoluciones son la obra de una minoría, sostiene Alphonse Aulard, y ésta trata de encontrar errores de “referencia” en los demás, para establecer nuevos códigos de “conductas legales” que luego exigen autocráticamente.

Cada batalla que inicia Cristina amparada en estos juicios de valor absoluto, procura exhibir –falsamente, por supuesto-, que su régimen está bien de salud y continúa su camino; aunque lo que se perciba sean las flaquezas de una inspiración autoritaria de quien pretende arrogarse el derecho de juzgar “errores” que pretende corregir en forma
“imperial”.

Para lograr dichos supuestos “democráticos”, parte paradojalmente de la base de un pensamiento único sin derecho a réplica.

La cuestión no estriba en saber si la Presidente podrá alcanzar con su prédica la verdad absoluta, sino si conoce o ignora los hechos necesarios para el juzgamiento de cuestiones sobre las que se explaya, y si los ha “digerido” previamente con la debida imparcialidad.

Los episodios que le han movido en estos días a embestir a la justicia con expresiones sibilinas pueden ser interpretadas únicamente –una vez más-, como un ataque a mansalva contra otro poder constitucional.

Su deseo parece ser enjuiciar todo orden que se oponga a sus designios, porque está convencida que ha venido a la política para reinar sobre cualquier institución creada para establecer el equilibrio del poder público.

El perfil ideológico de CFK no hace más que agravar y enconar dentro de ella ese temor natural a hechos que podrían comprometer su autoridad, que considera de poder absoluto.

No parece haber comprendido que hay una enorme masa de ciudadanos que comienzan a rechazar enérgicamente los “sapos” que intenta hacerles digerir.

El opresivo y denso presente social que estamos viviendo, obliga a retemplar el espíritu más que nunca, dejando que los trabalenguas de la Presidente sean develados en el propio seno del kirchnerismo.

Podemos ver claramente que Cristina se ha decidido finalmente a “cortarse sola” sin frenos ni ataduras.

Lo que resulta trágico, es su contribución extemporánea para que ciertas cuestiones de orden público queden sometidas a un “linchamiento” retórico.

Ortega y Gasset diría, de haber sabido de ella, que sus expresiones provienen de “un modo anormal de gobierno que es impuesto por las circunstancias. Es decir, por la urgencia del presente, no por cálculos del futuro. De aquí que su actuación se reduzca a esquivar el conflicto de cada hora; no a resolverlo, sino a escapar de él, empleando los medios que sean, aún a costa de acumular con su empleo mayores conflictos sobre la hora próxima”.

(*) Carlos Berro Madero. Artículo publicado por Crónica y Análisis el 15 de Diciembre de 2012.