sábado, 15 de diciembre de 2012

La doble moral

Por Enrico Udenio (*)
Durante sus últimos discursos, la presidente Cristina Fernández de Kirchner -haciendo referencia al poder judicial- exigió “conducta de decoro republicano, independencia y respeto a la voluntad popular” y dictaminó que es necesario "democratizar la Justicia”.

¿Qué quiso decir con “democratizar la Justicia”?

¿Se refirió a los juicios por jurado que ya prevé la Constitución Nacional, pero que aún no aplicaron a pesar de que depende del ejecutivo que así se haga? ¿O insinuó la necesidad de aplicar una “Justicia popular y revolucionaria" al estilo de las dictaduras comunistas? Probablemente ni ella misma lo tenga claro.

Continuando con la primera frase: ¿A qué se refería con lo de “voluntad popular”?

Lo pregunto ya que como no hubo ningún plebiscito sobre la nueva Ley de Medios –tema sobre el que giró esa frase- podemos suponer que la interpretación que hizo nuestra presidente de la “voluntad popular” está relacionada al 54% de los votos que obtuvo durante la última elección presidencial, y a que se trata de una ley aprobada en el Congreso.
Si así fuera, está insinuando que el poder ejecutivo está por encima de los mandatos constitucionales y de los códigos procesales.

Analizando un poco más en profundidad el tema, podemos asegurar que esta integración de los poderes del Estado en uno solo no es un pensamiento nuevo en el modelo Kirchner.

Bastaría mirar lo sucedido cuando gobernaron la Provincia de Santa Cruz para comprender que están intentando replicar en el país lo que dos décadas atrás hicieron en su provincia.Ellos nunca aceptaron los límites que imponían las leyes y las minorías, y tampoco consintieron en que hubiera una prensa crítica a su gestión y una justicia independiente de sus deseos.
Definir la democracia

En el discurso K son recurrentes las palabras “democracia, republicanismo e independencia”. Podemos pensar que se trata de una incongruencia porque sus acciones están muy lejos del concepto que tienen esas palabras, pero no es así.

Sucede que los Kirchner, después de tantos años ostentando el poder político y económico –primero en su provincia y luego en el país- las interpretan de manera diferente a lo se supone que son.

No debemos olvidar que ellos fueron parte del típico caudillismo paternalista que suele regir en las provincias argentinas chicas. Caudillos que suelen confundir los bienes públicos con los propios. No son meros administradores de un dinero que no les pertenece. Son monarcas feudales y dueños fácticos de todo lo que vive y está adherido a su territorio.

Tanto la presidente como sus principales funcionarios se encargaron de dejar en claro que ellos adhieren a una democracia plebiscitaria en la que se debe respetar la decisión de las mayorías.

Es sorprendente este concepto ya que la definición genuina de la democracia es –justamente- todo lo contrario. Se trata del gobierno de las minorías porque sólo a través de la democracia representativa éstas pueden protegerse del abuso de las mayorías e incidir en los proyectos del país.

Además, son justamente las minorías las que deben controlar los actos gubernamentales.
No es este el concepto de democracia al que adhiere nuestra presidente.
Por lo tanto, cuando la menciona, debemos saber que se refiere a una democracia que no es la que aprendimos.

República manoseada

Con el republicanismo sucede algo similar.
La república vive a través de sus instituciones pero el kirchnerismo, a través de sus intelectuales, las ha descalificado porque interpretan que defienden a las minorías “privilegiadas” en detrimento de las mayorías. Son “resabios del sistema conservador y oligárquico” fue la definición de más de un funcionario con respecto a las instituciones republicanas.  

Finalmente, Cristina exigió una y otra vez “independencia legislativa, judicial y mediática”, una actitud por demás sorprendente ya que con amenazas y el manejo de los fondos públicos somete a los legisladores a aceptar los proyectos que envía al Congreso sin modificar “ningún punto y coma”. Lo ha convertido en una mera escribanía de sus proyectos.

Dependientes de algún poder superior

La prensa y la justicia soportan desde hace mucho tiempo las presiones del ejecutivo.
Con respecto a la libertad de expresión, para el gobierno, toda crítica periodística forma parte de “la corporación mediática” convertida en oposición. Según el criterio de la presidente, los periodistas de esos medios “opositores” mienten porque no pueden ejercer independencia de opinión.

En verdad, este pensamiento K se basa en la premisa de que no hay independencia en ningún sector de la sociedad.

De la misma manera que los legisladores oficialistas no son dueños de su voto porque responden en bloque a las órdenes de su ejecutivo, los periodistas y los jueces deben obedecer a sus verdaderos dueños: las corporaciones mediáticas y económicas.

En el caso de la prensa, los Kirchner han demostrado que la evalúan de la misma manera.
Consideran como natural y parte del juego de “su definición de la democracia” que en los medios oficiales, y en aquellos que trabajan o dependen económicamente del Estado, los periodistas deben obedecer lo que el Ejecutivo les ordena decir.

Por lo tanto, dan por hecho que los periodistas de aquellos medios privados que tienen una mirada crítica hacia el poder político obedecen a sus “patrones” y, por ende, no son independientes.

Dependencia convertida en militancia

Entonces, si no existe la independencia, sólo puede existir el periodismo militante, tanto de un lado como del otro.

El ya famoso slogan “Clarín miente” esconde, en realidad, el concepto generalizado de que “todos mienten”, con lo que intentan validar su propia carencia de ética y moral.

Un buen ejemplo de esto se pudo ver cuando la presidente Cristina Fernández dijo, en la Universidad de Georgetown, que no entendía por qué había tanto enojo con los datos de la Argentina cuando los Estados Unidos también miente cuando declara que hay sólo 2% de inflación anual, algo que, según ella, consideraba totalmente imposible.

Antes de decir esa barbaridad, Cristina no se molestó en averiguar ni analizar la metodología con que allá realizan esas mediciones ni tampoco reparó en algo fundamental: todas las mediciones privadas son muy similares a las que informa el tesoro norteamericano, cosa que no sucede en la Argentina.

Es que para nuestra presidente no parece ser necesario ocultar sus propias faltas de honestidad y ética. Ella elude la culpa y transforma esta carencia en un concepto generalizado: no hay honestos ni personas independientes ni hombres con una moral sin dobleces. Sólo hay corruptos, inmorales y dependientes de algún poder superior. No hay idealistas genuinos sino ideales que algunos acomodan según el interés económico y otros según su ideología.

Con pequeñas diferencias, este proceso psíquico se traslada también a la justicia.

Hoy todo juez que sentencia en contra de los deseos de Cristina, pasa a ser parte de la “corporación judicial” y se transforman en conservadores de derecha y/o liberales centristas (como si ser conservador o liberal fuera un delito o una mancha venenosa), o en opositores políticos, empleados de los poderes económicos y/o resabios de la dictadura militar.
De todos modos, no deja de sorprender el nivel de negación de la imagen que el oficialismo tiene de sí mismo.

En su ataque a los últimos fallos judiciales, la presidente exclamó “Si no se respetan las leyes, ¿de qué democracia estamos hablando?”. Su ministro de justicia, Julio Alak, la acompañó  afirmando que “el ejecutivo siempre ha respetado las resoluciones judiciales”.
 
No creo que tanto Cristina como su ministro Alak se estén olvidando de que hay fallos de nada menos que la Corte Suprema de la Nación que aún hoy ellos insisten en no acatar…  por lo tanto…

Psicólogos se necesitan

Este gobierno parece acomodar todo según las circunstancias.
El mismo periodista que era elogiado cuando apoyaba a los Kirchner se convierte en un anatema cuando decide criticarlos.

O puede ser el mismo juez que mientras sentenciaba a favor del gobierno era un jurista probo y ejemplar pero al realizar un dictamen desfavorable se convierte en un vendido a las corporaciones económicas.

Esta binaria estructura psíquica –el mundo dividido sólo entre los buenos y los malos- elimina cualquier posibilidad de pensar al otro diferente como un ente independiente al mismo tiempo que justifica cualquier barbaridad en aras del concepto de que no puede existir otra cosa.

Es por ello que, con una estupidez rayana en la inconsciencia, numerosos funcionarios incluida la misma presidente, se van “de boca” y delatan ingenuamente su hipocresía con cada opinión que expresan.

Tomo un simple ejemplo: hace pocas horas, el senador ultra-k Marcelo Fuentes, en una entrevista radial, advirtió que el gobierno nacional respetará las sentencias del máximo tribunal de Justicia "en la medida en que esos fallos no pretendan gobernar".

¿Fuentes se dio cuenta de lo que se infiere de esta frase?
¿Cómo puede confundir un fallo judicial que desagrada al Gobierno con la pretensión de que un juez quiera gobernar un país porque no le da la razón?
Debería haber una ley que obligue a cada funcionario a contar con un psicólogo que lo ayude a evitar asociaciones incorrectas que dejen al desnudo todas sus incoherencias.

Obvio, no hay que ser muy astuto para darse cuenta cuál es el rol que este gobierno quiere asignarle al Poder Judicial.

“Una Justicia que sirva al pueblo” expresó la presidente.  Como ella es el gobierno por elección popular y unifica “gobierno-estado-pueblo” en un solo ente, la resultante es que ella cree que es el todo y que, por lo tanto, tiene el derecho de ir por el todo y por todos.

Y esto no pasa solo con los funcionarios.

La doble moral

Sucede también con los intelectuales y con la mayoría de los adherentes K.

Me viene el recuerdo del éxito literario “Robo para la corona”, escrito por Horacio Verbitsky, uno de los más fervientes defensores de los Kirchner.

En ese libro, el autor hace referencia a la corrupción del gobierno de Menem. Desde ya, el concepto de robar para engrosar los bolsillos de la presidencia de una nación podría haber tenido un segundo libro dedicado a los Kirchner ya que se trata de la misma metodología que existió en la época de Menem, aunque, claro, nunca mejor que hoy le cabría el símbolo que genera la palabra “corona” por el estilo monárquico con que Cristina imprimió su administración. 

En cambio, tanto el mismo Veribitsky como otros intelectuales, no sólo miran para otro lado ante la mayúscula corrupción actual y el alto nivel de autoritarismo oficial, sino que incluso se animan a declarar que existe una oposición virulenta que intenta la desestabilización para volver al pasado enarbolando las banderas gastadas de la defensa de las instituciones y la moralina chiquita que denuncia una coima al precio de ocultar el robo grande de la entrega del país.”.

Toda una muestra de hipocresía y fanatismo político al intentar desvalorizar las instituciones (“las banderas gastadas”), y transformar la carencia de moralidad por una “moralina chiquita”.

Culturalizados por el kirchnerismo, les cuesta distinguir entre realidad y relato político y han perdido el sentido de lo ético y la honestidad.

Tengo amigos y conocidos que hoy expresan su apoyo a la reelección presidencial de Cristina pero cuando yo les hago recordar que en época de Menem ellos tenían un profundo rechazo a la re-reelección del ex presidente, cambian de tema o balbucean incoherencias.
Doble moral le dicen.

Sentados en el trono

Parecería que todo lo que era inaceptable en los gobiernos anteriores, civiles o militares, hoy aceptan en aras de cumplir con su “proyecto nacional y popular”. Se trata del paroxismo de “el fin justifica el medio” aunque se deban soportar “daños colaterales”.

Quizás esta sea una de las más nefastas consecuencias que nos dejará este gobierno cuando pierda el poder.

Es que ellos están convencidos de que la revolución socialista sólo es posible si se implementa la suma de poderes en una figura idealizada y “santificada”.
En Venezuela fue Chávez, en Ecuador y Bolivia están intentándolo con Correa y Evo Morales, y en Argentina, Néstor Kirchner desde el cielo sentado a la derecha de Dios, y su viuda Cristina sentada en el trono argentino.

Un gobierno de militantes, una prensa militante, legisladores militantes y, desde ya, van por la implementación de jueces militantes.
Es que saben muy bien que si hay una justicia independiente del Estado se hace imposible lograr la dictadura plebiscitaria y populista latinoamericana siglo XXI.

(*) Enrico Udenio,  asesor económico y especialista en comercio exterior, se ha desempeñado como empresario comercial e industrial desde 1965. Artículo publicado por Crónica y Análisis el 15 de Diciembre de 2012.