miércoles, 27 de febrero de 2013

Los accidentes que no son

Por Gabriela Pousa (*)

Es verdad que Cristina Kirchner ha venido venciendo límites desde hace unos cuantos años. A pesar de ello, el costo político pudo ser manejado sutilmente mediante artilugios varios: un aparato comunicacional bien aceitado y la indiscutida capacidad para imponer la agenda. Sin embargo, la semana pasada, la Presidente ha cruzado uno de esos límites infranqueables, y al hacerlo se ha encontrado con un campo minado.

Una cosa es ensuciarse las manos con fondos del erario público, pactos, vergonzosos decretos, declaraciones juradas adulteradas, etc., y otra muy distinta es ensuciárselas con sangre. Por más que esta ceca rápido, como se ha podido comprobar un sinfín de veces en la Argentina, la mancha no se quita.
Convengamos que no hay maniobras ni especulaciones de ningún tipo para distraer a aquellos cuyo ADN concuerda con los muertos que va dejando la gestión kirchnerista.
Es posible que algunos sectores sociales, amparados en ese peculiar ‘mecanismo de defensa’ que a muchos les hace creer que todo lo malo sucede a otros, puedan desentenderse del tema pero no del todo. Basta, como hemos observado, una fecha simbólica, un aniversario, para entender que de nada sirve el “eso a mí no me pasa“. Porque tamaña afirmación puede esfumarse en décimas de segundo, y entonces es menester cambiar la vana creencia por la interrogación correcta: ¿Por qué a mí no?
En esta jungla sin moral ni reglas estamos todos de igual manera: expuestos a esos accidentes que no son. Un accidente es que un fenómeno meteorológico provoque un alud y arrase con un esquiador, que un automovilista sufra un paro cardíaco repentino y pierda el control del vehículo, o que un rayo fulmine a un hombre en medio del campo.
En la Argentina de los eufemismos, se está llamando “accidentes” a hechos absolutamente previsibles y evitables. Si los trenes datan de tiempos inmemoriales y no se supervisan, si la plata de subsidios se esfuma en despachos de funcionarios, si no hay presupuesto para las FFAA, ni se presta atención a informes de auditoria que presagian, no hablemos de accidentes. Hablemos de masacres o tragedias con autoría. Ejemplos hay innumerables. Trataré de mencionar algunos que ilustren lo dicho.

En Noviembre de 2009, la familia Pomar “desapareció” como por arte de magia. Desde el Estado aseguraban que se habían llevado a cabo todos los rastrillajes, sin éxito (no es raro el Estado fracasando) Entonces, se permitieron impunemente ensuciar al clan perdido lanzando especulaciones sin ninguna prueba concreta. Se llegó a decir que habían huido porque era gente involucrada en negocios turbios (convengamos que si fuera por eso, quedaría acéfalo el gobierno) Al tiempo, un tiempo que siempre es eterno para los familiares, apareció el auto volcado con sus 4 integrantes muertos. Ahí habían rastrillado, dijeron. En rigor, sólo dijeron.

Cualquiera podría sostener que fue culpa del conductor porque se durmió o iba a exceso de velocidad, etc. Y es probable que así sucediera, pero los peritajes en el lugar donde fueron hallados dan cuenta que hubo sobrevida tras el vuelco. La pregunta entonces es obvia: ¿Cómo se busca gente perdida en Argentina?

Cromagnon tampoco fue un accidente, 194 chicos no murieron por un repentino alud de nieve allí dentro, ni por un rayo que partió el techo. Ni siquiera la voladura de la AMIA ha sido un hecho ajeno al gobierno si convenimos que hay más menemistas en esta administración que los que hubo incluso durante el menemismo… ¿Qué hacía y hace la Secretaría de Inteligencia además de pinchar teléfonos o correos de opositores y gente que simplemente piensa diferente? Lo cierto es que ahí están, hace 19 años, los 85 muertos esperando una respuesta que no llega. Por el contrario, quieren volver a enterrarlos.

Podría incluirse en la nomina una cantidad insólita de pilotos muertos en caídas de aviones militares o civiles sin ningún tipo de auditoría, y también a los operarios de yacimientos petroleros y mineros que terminaron aplastados por desmoronamientos, o electrificados “por causas no establecidas”.
Lamentablemente nunca se sabe luego que dictaminó la Junta de Investigaciones. El fatídico “se llegará hasta las últimas consecuencias” parece ser un sino en este suelo, cuando se lo escucha de boca de algún funcionario o ministro, el pueblo ya sabe que no habrá resultados concretos.
Las 52 víctimas de Once no escapan a esto. Lo grave es que estas tragedias sucedieron y pueden volver a suceder en cualquier momento porque nada se ha hecho al respecto. ¿Hay acaso control exhaustivo de boliches así como de fronteras para evitar accesos de terroristas extranjeros? No. No hay ni equipos capaces de organizar rescates sin agravar consecuencias ni borrar datos necesarios para peritajes específicos. Siempre se altera la escena y es inútil dilucidar qué pudo haber sucedido realmente en ella.

Como si esto fuese poco, hay también un calvario esperando a los familiares. Estos no sólo pierden seres queridos sino que además son sometidos a salvajes rutinas para la búsqueda y reconocimiento de los cuerpos. Hay padres que han estado más de 24 horas recorriendo hospitales y morgues, otros que luego se han dejado morir frente al desgarro y la desidia producida tras los hechos.

La conducta de la Presidente cuando sucede este tipo de acontecimientos no coopera, agrava el problema. Es probable que el peso de su conciencia la aleje de estos escenarios y la enmudezca. Las comparaciones son siempre odiosas pero las diferencias entre Cristina Fernández y sus pares de la región, para no irnos más lejos, son abismales.

Recuérdese a Sebastián Piñera pasando la noche entera mientras se rescataban a los mineros de San José, atrapados allá por agosto de 2010. Estamos de acuerdo: no pudo evitar el hecho, pero no omitió un compromiso intrínseco asumido desde el mismo momento en que se llega a la Presidencia.
Lo extraño de Cristina Kirchner es que ni siquiera parece poder reconocer el rédito político que otorga un gesto, una presencia en tiempos de zozobra y pena. El mandatario chileno aumentó considerablemente su popularidad tras recibir a cada uno de los trabajadores de la mina, a medida que iban saliendo. Ella está más allá de lo que piensen los demás (no en todo momento, desde ya)
Similar conducta tuvo Dilma Rousseff cuando se produjo un incendio parecido al de Cromagnon en Santa Maria, al sur de Brasil. La presidente brasileña, al enterarse de la tragedia, suspendió su agenda en Chile, en donde participaba en la cumbre Celac-UE, para viajar inmediatamente a acompañar a los familiares de las víctimas.

A fines de 2012, el mismísimo Barack Obama viajó a Newtown donde un desquiciado abrió fuego contra alumnos y maestros de un establecimiento educativo. Lo hizo con el único fin de manifestar su solidaridad para con los padres de esos chicos. Horas después, realizó una severa autocrítica a su gestión por no haber hecho lo suficiente para impedir la proliferación de armas en la población.

Cuando en Agosto de 2004, se produjo el incendio de un supermercado paraguayo dejando más de 200 muertos, el entonces presidente Nicanor Duarte llegó al lugar para verificar el trabajo de los servicios de emergencia y emitir su pésame.

Ni Piñera, ni Rousseff, ni Obama, ni Duarte son héroes por eso. Simplemente obraron acorde a su investidura. Ahora bien, ¿cómo se respeta la investidura de una presidente que huye de sus compromisos y se aleja en todo momento de la gente? Sólo se la ve junto a militantes en inauguraciones, o en la Casa de Gobierno cuando convoca para sus habituales oratorias.

La brecha entre ésta y la gente es cada vez más inmensa. Es entendible, sin embargo, que no se haya hecho presente el pasado viernes en Plaza de Mayo para sumarse al homenaje con motivo del aniversario de Once. Ya es tarde. Su presencia ahora no sólo no ayuda sino que generaría reacciones virulentas.

Lo paradójico es que, de todos los mandatarios mencionados, Cristina únicamente es quién ha dicho hasta el cansancio que su rol no es sino el de ser “la primera ciudadana“. A juzgar por su comportamiento, única ciudadana de un país que sólo existe en su imaginería, pero no de la Argentina.
Es probable que la presidente no sepa asumir situaciones conflictivas o se vea superada por las mismas, en ese caso podría hacerse presente a través de una cadena nacional a las que es tan adicta, pero tampoco. La cadena nacional solo es para enumerar los logros de su administración y la de Néstor, y vapulear a cualquiera que se haya manifestado en disidencia al modelo.
Lamentablemente, en este país el Estado Nacional, hoy limitado a la figura de ella, no otorga ningún tipo de amparo a víctimas, no de accidentes sino de su propia desidia. Por el contrario, es como si desde el gobierno arrojarán ácido a las heridas. Rechazan toda responsabilidad y se refugian en la impunidad de cargos y de consciencias (o inconsciencias) Tiran la piedra y esconden la mano…

En síntesis, ni el Estado da señales de vida, a no ser que se trate de intervenir en la economía, ni la presidente hace lo que debe o se supone debería hacer. La causa para que así sea no parece ser otra que la cobardía, pues en ellos recae principalmente la culpa de todas esas muertes. Sólo así se explica.

Hagámonos una pregunta políticamente incorrecta: ¿Por cuánto menos renunció De La Rua a la presidencia? Debería darnos vergüenza.

Posiblemente, la mandataria seguirá sorteando costos políticos por su incompetencia generalizada, pero hay un antes y un después (o lo debería haber) de la masacre de Once, no sólo por no acudir sino por insultar con su soberbia a las familias de las víctimas.
Cristina Kirchner debe saber que ya no hay forma de deshacerse de la sangre y los cuerpos que carga sobre sus espaldas. Si no es en la tierra, en otro lado eso, inexorablemente, se paga.


(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado el 25 de Febrero de 2013

Fuente: http://www.perspectivaspoliticas.info/los-accidentes-que-no-son/

El circo del estatismo europeo

Por Juan ramón Rallo (*)
Entre los innumerables problemas que afectan a gran parte de las esclerotizadas economías europeas (Estados mastodónticos que asfixian fiscal y regulatoriamente a un atrofiado sector privado), hay uno que destaca sobre los demás: la permanente inestabilidad institucional y la cierta sensación de que el continente puede romperse por cualquier lado. Hoy es Italia donde un Berlusconi echado más que de costumbre al monte inflacionista amenaza con dinamitar la arquitectura jurídica del Continente; ayer era Grecia, con sus neonazis y neocomunistas, la que amagaba con celebrar el referéndum rupturista que meses antes había anunciado Papandreu; y mañana serán España –con sus quinceemes, veintitresefes, bárcenas y urdangarines– o Francia –con su Hiperestado infinanciable y su socialismo enrocado– los que den la campanada. La normalidad europea pasa por la anormalidad estructural, por la certidumbre en la incertidumbre permanente.

Es cierto que no todos los cambios son siempre para peor y que, en ocasiones, incluso resulta deseable precipitarlos. El problema de Europa no es, pues, la posibilidad en sí misma del cambio (que es hoy más necesario que nunca), sino la desazonadora seguridad de que los cambios serán a peor y generarán más estatismo, populismo y arbitrariedad política; hacia una menor libertad, en definitiva. ¿Cómo promover una sana inversión a largo plazo en un territorio crecientemente tóxico y hostil? ¿Cómo crear riqueza en unos países que se dedican principalmente a rapiñarla y consumirla? ¿Cómo lograr una cierta previsibilidad a largo plazo en los cálculos empresariales cuando la nota dominante es la imprevisibilidad?
Acaso se diga que tales son las inexorables consecuencias de una crisis económica tan brutal como la que estamos atravesando. Pero semejante planteamiento peca de simplista, pues sólo coloca su sesgada atención en una parte de la realidad. Si la mayoría de Europa reacciona ante la crisis apostando, consciente o inconscientemente, por una degeneración institucional –en lugar de por una regeneración– es simple y llanamente porque la sociedad europea ha sido adoctrinada durante más de un siglo en el antiliberalismo más rampante: la estatolatría, la fe ciega en la planificación central y en la democracia irrestricta, la veneración del Estado de Bienestar, la creación artificiosa de todo tipo de derechos sociales y económicos que jamás dejaron de ser esclavizaciones del prójimo y la adicción al sobreendeudamiento público o privado como vía a una artificiosa e insostenible prosperidad.
Lejos de mamar los valores de la libertad individual, de los contratos voluntarios, de la responsabilidad o del ahorro; lejos de instruirse en la prudencia financiera, en la creación de valor económico o en la construcción de un patrimonio personal; y lejos de comprender que el Estado no es un aliado sino un enemigo al que hay que recluir y maniatar, la mayoría de los europeos sigue pataleando contra el Estado no por provocar y agravar la crisis, sino por no subir suficientemente los impuestos a los ricos, por no endeudarse todavía más, por no crear empleo público de la nada, por no subsidiar a más ciudadanos, por no devaluar la divisa, por no rubricar el impago de todas y cada una de las deudas contraídas y por no nacionalizar y someter sectores económicos enteros.
Que frente a las crisis un alto porcentaje de la población busque más estatismo y no más liberalismo –y se refugie en extravagantes alternativas liberticidas, como los berlusconis y los syrizas, o apuntale a los también liberticidas partidos mayoritarios, podridos hasta la médula– no tiene que ver con las crisis, sino con los valores y la formación de los ciudadanos. Y justamente lo que genera inquietud son las formas de organización política a que puedan dar lugar tales valores y tal formación. Al parecer, sólo el pan y el circo parecen calmar a los hijos del socialdemócrata Estado de Bienestareuropeo; y habiéndose reducido las sobreendeudadas hornadas de pan gubernamental, se está optando por trasladar el circo a la arena política. Es decir, se está optando por echar a todos los ciudadanos a los leones. Como para no salir corriendo.
(*) Juan Ramón Rallo es doctor en Economía con Premio Extraordinario de fin de carrera y licenciado en Derecho también con Premio Extraordinario de fin de carrera por la Universidad de Valencia, así como master en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Actualmente es profesor en esta última universidad y en los centros de estudios OMMA e Isead. Asimismo es director del Instituto Juan de Mariana. Artículo publicado en Libertad Digital el 25 de Febrero de 2013.

Para USA la cadena del “desánimo” son las decisiones económicas de Cristina

Por Urgente 24 (Editorial) (*)
El gobierno argentino sigue sumando críticas por el adverso clima de negocios y la inseguridad jurídica. En 2012, el Departamento de Estado de USA pidió que la Argentina "normalice sus relaciones con la comunidad financiera" para promover "un clima de inversión abierto". Sin cambios desde entonces, este miércoles 27/02 un documento de ese mismo gobierno dejó las recomendaciones y cuestionó con dureza la "incertidumbre contractual y regulatoria" en nuestro país que produce “desánimo” en las inversiones, un término que Cristina Fernández usa en su guerra contra Clarín para hablar del clima que intentaría generar el multimedios y que EE.UU menciona en relación a las decisiones económicas argentinas como la expropiación de YPF. Además acusó al gobierno de Cristina por no haber actuado "de buena fe" al ignorar los fallos del Ciadi. El documento está destinado a los empresarios norteamericanos.
El gobierno de Obama criticó con dureza el clima de negocios actual en la Argentina
El 26/07 pasado, el vocero del Departamento de Estado de USA, Mike Hammer, pidió que la Argentina "normalice sus relaciones con la comunidad financiera". Advirtió además que el gobierno de Barack Obama, aún no reelecto, seguía de cerca la expropiación de YPF a la vez que llamó a promover "un clima de inversión abierto".
Desde entonces nada cambió en el gobierno de Cristina Fernández y este miércoles 27/02 se conoció un duro informe del gobierno estadounidense destinado a los empresarios de ese país donde enumera una serie de circunstancia que “desalientan” la inversión y el clima de negocios como el cepo cambiario, las mediciones del Indec, el citado caso de YPF y la inseguridad jurídica que genera "incertidumbre contractual y regulatoria".
Sobre el caso de YPF menciona que la medida por la cual se expropiaron acciones de Repsol "fue ampliamente criticada" en el exterior y que, al día de hoy, la empresa española "no fue compensada por sus pérdidas" y que las posibilidades de un acuerdo al respecto "son inciertas".
Recurrentes inquietudes sobre la estabilidad de los derechos contractuales, así como la incertidumbre regulatoria, disminuyen" el atractivo de inversiones en algunos sectores, sostiene el informe al que tuvo acceso el diario La Nación donde también menciona que el país "no actuó de buena fe" al ignorar fallos en su contra del tribunal arbitral del Banco Mundial (Ciadi) y que por eso se le suspendieron beneficios arancelarios, sin que nada de ello haya alterado su "incumplimiento".
Acerca del cepo cambiario refleja la exitenciad e un "mercado informal" de divisas, en clara alusión al dólar ‘libre’.
De más de diez páginas y titulado "Informe sobre el clima de inversión", el diagnóstico forma parte del habitual informe que realiza el Departamento de Estado como herramienta de apoyo para la expansión de empresas norteamericanas por el mundo para que los empresarios del país tengan "la información adecuada para tomar decisiones sobre inversiones en el exterior" y "medir riesgos".
A pesar de varias advertencias internacionales (ver notas relacionadas) el Gobierno sigue ignorando dos tipos de inseguridad, la primera refería a la delincuencia y la segunda a la jurídica.
La segunda es más obra del kirchnerismo que de la década de los ’90, y su consecuencia principal es privar a la economía inversiones extranjeras generando varios efectos negativos.
Al complejo contexto económico mundial de la actualidad el cristinismo encima ahonda la inseguridad jurídica con las presiones a la Justicia por la Ley de Medios, los planes de desmembrar empresas y la pesificación de deudas ya iniciada por los provincias.
En octubre pasado en su estudio "Doing Business 2013: Regulaciones inteligentes para Pequeñas y Medianas Empresas", realizado con la Corporación Financiera Internacional (IFC),el Banco Mundial elaboró un ranking con los países donde existen menos trabas para los negocios.
En Latinoamérica Chile lidera las preferencias donde Argentina comparte las posiciones finales con Venezuela, Honduras y Bolivia.
(*) Editorial de Urgente 24 publicada el 27 de Febrero de 2013.

¿Qué preocupa a un liberal?

Por Tomás Arias (*)
Un liberal sostiene que la libertad es el valor fundamental sobre el cual debe organizarse la sociedad y que la Libertad es aquella situación en la cual las personas no se hallan sujetas al uso de la violencia contra ellas y sus bienes.

Para un liberal el Estado es, ni más ni menos, un mal necesario, porque los gobernantes son y han sido los más propensos a usar la violencia contra los ciudadanos y sus propiedades. Sólo es posible tolerar la existencia del Estado si –y sólo si– asume la responsabilidad de protegernos contra la violencia de otras personas. Si el Estado no cumple con esa función, pierde su razón de ser y sólo representa el permanente riesgo de que los gobernantes usen ilegítimamente la violencia contra sus ciudadanos. Por ello, la preocupación fundamental de un liberal es limitar el poder del Estado a lo estrictamente necesario para la protección de las personas y sus bienes. Otorgarle más poder al Estado es simplemente dotarlo de armas para que esclavice y agreda a los ciudadanos.

El Estado no genera prosperidad alguna. Todo lo que el Estado le entrega a un ciudadano se lo ha quitado previamente a otro. En efecto, el Estado se limita a apropiarse ilegítimamente de los bienes de los ciudadanos para luego entregarlos en manos de gobernantes que diseñan políticas públicas y planes de gobierno cuyo objetivo fundamental es mantener en el poder al partido o clase gobernante. En el mejor de los casos, el Estado organiza unos servicios públicos deficientes y paga una burocracia parásita que se organiza en sindicatos que tratan de incrementar sus beneficios laborales mediante huelgas y otros mecanismos violentos, olvidando que quien paga sus salarios no es el gobernante de turno, sino el conjunto de los ciudadanos a quienes se expolia en beneficio de esa burocracia paquidérmica. En el peor de los casos, el Estado se dedica a organizar ejércitos que jamás batallan, que libran guerras injustas o que, simplemente, se corrompen para vulgar beneficio de los gobernantes y sus amigos.

¿Cómo ocurre esa apropiación por parte del Estado de los bienes de los ciudadanos? En la mayoría de los países a través de los impuestos. En forma descarada, el Estado les arrebata a sus ciudadanos aproximadamente la mitad de la riqueza que generan. En otros países, como Venezuela, el Estado combina los impuestos con la apropiación total y permanente de la fuente principal de la riqueza nacional, en nuestro caso, el petróleo, situación que jamás es cuestionada porque los ciudadanos creen que son propietarios colectivos de esa riqueza, cuando la realidad es que sus únicos propietarios son aquellas personas a quienes ingenuamente eligen para dirigir el Estado.


¿Por qué los ciudadanos toleran semejante estafa? Básicamente porque los políticos han sembrado por siglos la semilla de la envidia y el resentimiento contra los ricos, los cuales comprenden desde el dueño de la bodega del barrio hasta el magnate transnacional. Asumimos que el Estado les arrebatará parte de su riqueza la cual creemos ilegitima adquirida e ingenuamente pensamos que nos va a tocar nuestra parte en ese robo. Y si finalmente nada nos toca por lo menos queda la satisfacción del daño que se le hizo a los adinerados.


No obstante, la simple envidia y el resentimiento no hubieran servido para consolidar ese modelo de Estado. Era necesario un barniz intelectual que le diera fundamento “científico” a la supuesta ilegitimidad de la riqueza del empresario. Para eso llegó el Marxismo con su falaz tesis de la apropiación de la plusvalía por parte del capitalista. Asumida esa verdad “científica”, cualquier impuesto no sólo es justo sino también condescendiente porque lo que el empresario merece es la pura y simple confiscación de sus propiedades.


Desmontar toda esa envidia, ese resentimiento y esa falaz tesis económica, es una labor imprescindible si la humanidad no quiere hundirse en el fango de la miseria. Se trata de una tarea titánica. Desde la TRINCHERA LIBERAL de CEDICE (Venezuela) sólo aspiramos a poner un grano de arena semanalmente. Quizás jamás logremos que la mayoría se convenza de la ilegitimidad de la actuación del Estado, pero a lo mejor podemos convencerlos de que el capitalismo sin adjetivos redunda en mayor prosperidad para todos, aunque nos resulte antipático.


(*) Tomás Arias. Artículo publicado por Ricardo Valenzuela en "Narconomics" el 27 de Febrero de 2013.

Fuente: http://cartasliberales.blogspot.com.ar/2013/02/que-preocupa-un-liberal.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+blogspot/Uvfcj+(NARCONOMICS)

La próxima guerra política

Por Joaquín Morales Solá (*)
La relación estaba rota desde fines del año pasado. Una tensa reunión entre Cristina Kirchner y Ricardo Lorenzetti, en diciembre, sirvió para que cada uno pusiera sus cosas sobre la mesa. La Presidenta fue frontal y directa. Había perdido la epopeya del 7-D por la ley de medios. Lorenzetti fue más respetuoso, pero no menos claro. Se despidieron sin acuerdo. Nunca más volvieron a hablar. Para la Corte, la relación institucional quedó quebrada. Esa relación la lleva, de parte del cuerpo, sólo su presidente, Lorenzetti. Salvo Eugenio Zaffaroni, el resto de los jueces de la Corte no habla directamente con Cristina.

Zaffaroni se expresa sólo a él mismo, aunque los otros jueces lo arropan con el buen trato y el respeto.
Desde entonces, en la Corte se fue instalando una certeza: esa institución, la cabeza de uno de los tres poderes del Estado, sería el próximo enemigo del Gobierno. "Vienen por nosotros. Después de la guerra contra los medios periodísticos, la próxima guerra será con nosotros", repetían. No se equivocaron, aunque es prematuro dar por finalizada la contienda contra el periodismo independiente. La guerra es, en todo caso, contra jueces y periodistas.
Esas posiciones diferentes quedaron expuestas ayer en el discurso de Lorenzetti en una de las ceremonias más importantes de su cargo: la inauguración del año judicial. Más expuestas quedaron si, encima, se las contrasta con las declaraciones periodísticas que hizo el mismo día la jefa de los fiscales, Alejandra Gils Carbó, ésta en representación del pensamiento cristinista. Aunque los dos propiciaron reformas judiciales, Lorenzetti las pidió para "beneficio de la gente" y Gils Carbó las inscribió en las disputas por los espacios de poder, tan típicas del kirchnerismo.
Si un extranjero hubiera leído ayer las manifestaciones de Gils Carbó, seguramente habría creído que se trataba de una funcionaria que acaba de acceder a un puesto en la Justicia. La fiscal se quejó de una Justicia "ilegítima, corporativa, oscurantista y de aceitados lobbies". Sin embargo, Gils Carbó tiene décadas de trabajo como fiscal en la Justicia y hasta integra desde hace varios años la mesa directiva de la Asociación de Fiscales. Es raro, además, que no haya dicho nada sobre los jueces más sospechados de prácticas inmorales (Norberto Oyarbide, por caso) ni de la defenestración exprés de tres funcionarios judiciales para defender al indefendible vicepresidente Amado Boudou.
Gils Carbó calló sobre la situación de un fiscal, Carlos Rívolo, compañero suyo en la dirección de la Asociación de Fiscales, que fue el que más investigó a Boudou en el caso Ciccone. Rívolo fue apartado de la causa. Tampoco dijo nada sobre la cruel venganza que castigó al juez Daniel Rafecas, que suscribió muchas decisiones de Rívolo para cercar a Boudou. Y menos dijo sobre las calumniosas referencias de Boudou al ex jefe de los fiscales Esteban Righi, antecesor de Gils Carbó, por presunto tráfico de influencias.
Righi fue sobreseído en la investigación que se abrió por las insolventes acusaciones del vicepresidente, pero ya había perdido el cargo. El silencio de Gils Carbó en este caso puede explicarse: más de una vez había chocado con Righi, éste como jefe y ella como fiscal. Righi le repetía que el Gobierno no necesitaba de su militancia tan sobreactuada.
Esas cosas, todas "ilegítimas y oscurantistas", no figuraron en las hirientes palabras de Gils Carbó. Nunca ordenó tampoco a ningún fiscal, como jefa de los fiscales, la investigación de los delitos que denunció. Su propósito es otro: salpicar de sospecha a toda la Justicia en sintonía con el nuevo discurso del cristinismo. Como ya el kirchnerismo lo ha hecho en el pasado, usa bellas palabras, la "democratización de la Justicia" por ejemplo, para esconder propósitos subalternos. Funcionarios cercanos a la Corte Suprema aguardan para el viernes, cuando Cristina Kirchner inaugurará las sesiones ordinarias del Congreso, una ofensiva más precisa contra el Poder Judicial.
El cristinismo es contradictorio por definición: las formas de la democratización se guardan bajo siete llaves. También es peligrosamente imprevisible. Hace un año, se esperaba que en su discurso ante el Parlamento la Presidenta anunciara la expropiación de YPF. No lo hizo entonces, pero concretó la confiscación un mes después. De la peor manera.
Lorenzetti se refirió seguramente a esas maniobras oficiales, para cambiar la Justicia cuando no le gusta la Justicia, en el párrafo que él escribió y leyó: "No se cambia el árbitro en medio del partido". El presidente de la Corte entró de forma oblicua en casi todos los temas que preocupan a la sociedad. No entró por la puerta del kirchnerismo. Herejía. Traición.
El discurso de ayer del juez hará, quizá, más duro y pasional el discurso presidencial de pasado mañana. Pasando por la palpable injusticia que se abate sobre los jubilados y la insoportable contaminación del Riachuelo, Lorenzetti recordó también que "en la historia las mayorías han tomado decisiones inconstitucionales". Recordó que el Holocausto fue decidido por un gobierno elegido por una mayoría circunstancial. "Hay decisiones que pueden ser declaradas inconstitucionales" por la Justicia, advirtió.
El propio acuerdo con Irán terminará en la Corte Suprema. El gobierno que denuncia una Justicia "oscurantista" desobedeció la Constitución, que impide al gobierno darse por enterado de lo que sucede en las causas judiciales. La masacre cometida en la AMIA es, al fin y al cabo, una investigación judicial. El acuerdo es, desde ese punto de vista, inconstitucional.
El derecho a la libertad de expresión. La distribución de la publicidad oficial como mecanismo de censura indirecta. Esos párrafos de Lorenzetti bastan para que Cristina Kirchner le declare una guerra a cualquiera. El problema es que esta guerra ya estaba declarada. Lorenzetti comenzó por practicar en casa lo que predica: "No hay que tener miedo a la libertad ni a quienes quieren restringirla", dijo en una de sus oraciones más claras y directas.
Nunca menos, dijo el juez aludiendo, quizá sin quererlo, a un eslogan cristinista, en materia de derechos económicos y sociales. Nunca más, repitió en una referencia al eslogan de la nueva democracia, en los años 80, sobre el pasado autoritario. Ésas son las clases de síntesis que les gustan a los jueces de la Corte y que la Presidenta detesta por tibias. Cristina escribirá el próximo capítulo de este combate.
(*) Joaquín Morales Solá. Periodista, escritor y analista político. Artículo publicado en La Nación el 27 de Febrero de 2013.

Capitalismo: ¿crisis cíclica o crisis final?

Por Orlando Ferreres (*)
En los últimos años se ha discutido si la crisis iniciada en 2007-2008, llamada "crisis subprime" o "crisis Lehman", podría ser una crisis terminal del capitalismo. Un diario de finanzas internacionales muy conocido fomentó esta discusión. El progresismo, con sus variantes, se ha inclinado a pensar que es una crisis muy aguda que podría llevar a terminar con este sistema, así como en 1989 entró en una crisis terminal el sistema comunista y se desarticuló al caer en ese año la URSS.

Para la ortodoxia ésta es una crisis más del sistema. Estas crisis, para esta posición, son cíclicas y son inherentes al capitalismo, que después de cada una de ellas renace renovado y más competitivo que antes.
Muchos estudiosos a quienes no les atrae el capitalismo tienen el deseo de que este sistema colapse y venga algo "nuevo", "mejor", " más humano", dicen. Sin embargo, cuando hacen sus pronósticos, confunden muchas veces sus deseos con la realidad y, por lo tanto, fallan en sus predicciones.
Marx y Lenín
Las predicciones de Marx, efectuadas en el siglo XIX, se basaron en la observación del trabajo en la factoría donde el dueño y su capataz manejaban a los trabajadores con mano de hierro, sin contemplaciones de ningún tipo, excesos que también fueron denunciados por la Iglesia en la encíclica Rerum Novarum (Cosas Nuevas) de 1891. Esa cuestión social cambió mucho, sobre todo con la aparición de "la gerencia" que fue la revolución silenciosa del siglo XX y que Marx no previó. Para Marx, los excesos inherentes al capitalismo y su explotación del hombre por el hombre, apoyados en el "opio del pueblo" que era la religión, provocarían un creciente número de desocupados por lo cual la plusvalía no podría realizarse en su totalidad y se formaría progresivamente un "ejército de desocupados" que haría colapsar al sistema capitalista. Por eso, en 1848, escribió en el Manifiesto Comunista: "Proletarios del mundo, uníos", para adelantar la revolución.
En el siglo XX, Lenin modificó en alguna medida esta profecía, en el libro " El Imperialismo, etapa superior del Capitalismo", donde pronosticaba que los bancos y demás organizaciones financieras y empresariales de tamaño cada vez más grande concentrarían el poder capitalista de tal manera que acumularían enormes cantidades de recursos líquidos (monopolios), que en algún momento harían colapsar al sistema que iría agonizando. La crisis de 1930 pareció darle la razón, pero el capitalismo, como había previsto Kondratieff, se recuperó y logró una nueva etapa de expansión de la riqueza que facilitó mucho la reducción de la pobreza en el mundo, especialmente en los países más densamente poblados, que adoptaron este sistema productivo en la práctica aunque dándole diferentes nombres.
Tamaño de la crisis subprime
La presente crisis del capitalismo americano y europeo es mucho menor que la de 1930, aunque su duración es larga y su recuperación es lenta. Debe absorber un exceso de gasto público (economía del bienestar) financiado con deuda soberana, lo que la hace diferente de las otras crisis capitalistas.
Los políticos y los economistas no se ponen de acuerdo en las medidas a adoptar para superarla. Algunos quieren "más de lo mismo", aumentar el gasto público y el déficit fiscal, suponiendo que es una crisis como las otras y que hay que aplicar las típicas medidas "keynesianas". Otros economistas sostienen que "esta vez es diferente" y que se deben ajustar las cuentas a la realidad, dado que la deuda, si continúa creciendo para financiar el déficit, sería inmanejable. Por otro lado, el déficit y el gasto, que son el problema a resolver, al crecer no generan la suficiente confianza de los agentes económicos como para invertir en esos países envejecidos y anquilosados por una enorme burocracia improductiva, especialmente en Europa(salvo una excepción).
Para ver el tamaño del problema vamos a comparar el desempleo en el principal país capitalista que es Estados Unidos, desde 1900 hasta ahora, con lo que podremos apreciar los efectos sobre esta variable de las diferentes crisis a lo largo de los años hasta el presente.
Se puede apreciar la magnitud de la crisis del 30 por el 25,4% de desempleo que se registró en aquellos años en EE. UU., en tanto que en las crisis por la suba de precios del petróleo (1973 y 1980) y también en la presente crisis "subprime" el desempleo llegó al 10%, una cifra inferior a la mitad de la crisis de 1930.
La actual crisis, por otro lado, está siendo superada como lo demuestra que en enero de 2013 el desempleo ya bajó a 7,8%. Se estima que en un año o un año y medio el desempleo en EE.UU. llegará a la tasa de desempleo natural que es de 5,5% y que comenzarán a normalizarse las medidas que se adoptaron para hacer frente a la situación. Por ejemplo, la tasa de interés de referencia que se ubicó casi en cero en estos años va recuperar su nivel normal, algo por arriba de la inflación que es del orden del 2,5%. En Europa la crisis tardará más tiempo en corregirse porque el problema se inició después y también influyó la rigidez laboral del viejo mundo, por otro lado mucho más endeudado que EE.UU., al menos en algunos países de ese continente.
¿Cuál es la conclusión?
Esta no es la crisis final del capitalismo ya que está siendo superada, sino una de las tantas crisis cíclicas que ocurren en este sistema, crisis que depuran los errores cometidos por políticos, economistas, empresarios, banqueros y sindicalistas al exagerar alguna política y generar burbujas incontrolables. Algunas de estas crisis han sido más fuertes que otras, algunas han tenido un alcance regional y otras han sido más extendidas o incluso globales. Según C. Kindleberger, desde 1615 (crisis de los tulipanes en los Países Bajos) hasta 2000 (crisis de las puntocom), en casi 400 años, se registraron 40 crisis, o sea una cada casi 10 años en promedio, aunque cada una tiene una extensión no tan exacta. Recordemos esto para la próxima crisis del capitalismo: habrá más crisis y no será "la última crisis", "la crisis final del capitalismo". Eso no implica que los países que lideran hoy la economía global no decaigan, como ya antes le pasó a Inglaterra (cuna del capitalismo) y le está pasando ahora a Europa y en menor medida a Estados Unidos.
¿Que importancia tiene para nosotros todo esto?
Los bancos centrales de los países desarrollados con crisis, que son el prestamista de última instancia que antes no había, facilitan mucha liquidez para frenar las crisis de sus países y bajan las tasas de interés para favorecer la recuperación. Sin ser el único factor, esto lleva a muchos fondos especulativos a comprar futuros de materias primas, lo que provoca un aumento adicional de precios, por ejemplo de la soja. Al finalizar la crisis en un año o dos más, los bancos centrales volverán a normalizar la tasa de interés y la especulación con materias primas se puede terminar. Los precios de las materias primas pueden empezar a bajar, al no tener más esta demanda adicional. Estamos gastando en subsidios el dinero adicional que recibimos por la exportación de materias primas a precios extraordinarios para obtener votos circunstanciales, en lugar de invertir esa gran masa de fondos en infraestructura, que permitiría a la Argentina ser competitiva por muchos años. Tenemos que rever esta política pensando en el largo plazo, aunque sea pensemos en los próximos 5 años. No es mucho pedir.
(*) Orlado Ferreres. Economista. Director de Orlando Ferreres y Asociados . Artículo publicado en La Nación el 27 de Febrero de 2013.



martes, 26 de febrero de 2013

La economía del "gallito ciego" y el temor a que el "manotazo" de medidas agrave problemas en vez de arreglarlos

Por Fernando Gutierrez (*)
Cepo cambiario, congelamiento de precios, cierre importador, presión impositiva en alza. ¿Causa o consecuencia? El Gobierno suma iniciativas para resolver cuestiones que luego derivan en más distorsiones. Así, crecen las regulaciones y el intevencionismo. ¿Lo peor está por venir?
"Las medidas del Gobierno me hacen recordar al viejo juego del gallito ciego que jugábamos cuando éramos chicos", confesaba días atrás, off the record, un importante empresario del rubro alimenticio.
Cabe recordar que en dicho juego se le vendan los ojos a una persona que debe ir tratando deacertar a los manotazos dónde está el resto, con el riesgo de que en ese intento rompa otras cosas que estén a su paso.
Haciendo una analogía con la situación económica actual, el ejecutivo se refería al temor que producía que "los manotazos" en busca de soluciones, lesionen el normal funcionamientode procesos y actividades productivas y que esto, a su vez, derive en más y más complicacionesy en un mayor grado de intervencionismo.
Por cierto, no es el único que teme por los riesgos que este "juego" trae aparejado. También los analistas muestran sus reparos ante la última medida oficial de congelar los precios en supermercados por sesenta días o más como forma de resolver la inflación
Uno de ellos es Gabriel Caamaño, de la consultora Ledesma, que bajo el expresivo título "Crónica de un fracaso anunciado" advierte que el congelamiento no sólo no resolverá la inflación sino que será contraproducente.
"La aplicación recurrente de acuerdos, controles y/o congelamientos en un contexto de alta y sostenida inflación termina por lesionar el normal funcionamiento de las cadenas productivasy los canales de distribución y comercialización", afirma.
Su colega, Federico Muñoz, pone lupa sobre el riesgo que pueda implicar una posterior corrección brusca: "Los congelamientos no sólo resultan poco útiles sino que además son contraproducentes, pues se acumulan presiones alcistas que luego tienden liberarse violentamente al levantarse la veda".

Desde su punto de vista, lo que queda en evidencia con el control de precios es el horizonte cada vez más cortoplacista que muestra el kirchnerismo.
El pasado no ayuda
Si se revisa el pasado reciente, se observa una gran cantidad de ejemplos en los que el "éxito" de corto plazo derivó en un "problemón" de largo.
Las advertencias en este sentido se remontan a los primeros años del kirchnerismo, por ejemplo, cuando se prohibió la exportación de carne como forma de combatir las alzas de precios.
¿Cuál fue el resultado inmediato? Una caída en los valores de góndola. ¿Pero qué sucedió después? Sobrevino un alza de tal magnitud que hizo que el consumo cayera de manera drástica, al punto que no se ha recuperado hasta hoy en día.
Eso no es todo. En los últimos dos años cerraron en la Argentina más de 120 plantas frigoríficas, cerca de 14.000 obreros del sector perdieron sus puestos de trabajo y, al mirar qué pasa en el "vecindario", se observa que actualmente Uruguay exporta el doble que laArgentina con la mitad de cabezas de ganado (ver nota: El Gobierno y el campo pelean por "sojadólares" mientras el bife argentino se aleja del mundo). 
Otro ejemplo paradigmático que aportan los analistas sobre los "éxitos de corto" que derivaron en una "crisis de largo" es la situación de la energía y las derivaciones de las tarifas congeladas.
Por cierto, el congelamiento tarifario ya está pasando una factura muy grande al país, tras haber ayudado al boom consumista.
Ahora los cortes de luz están a la orden del día, muchas firmas se encuentran en default, o en vías de, al tiempo que compañías extranjeras de peso internacional ya emprendieron su retirada (ver nota: Sigue la retirada de empresas extranjeras: ahora Petrobrás salió de Edesur).
"El cepo cambiario es el resultado de una de las cosas más fracasadas, que es la política energética. Todos los dólares que genera la economía son para pagar esta crisis", afirma Roberto Lavagna, quien fuera ministro de Néstor Kirchner hasta 2005.
También lo es la restricción a la compra de divisas que cae sobre los particulares, una medida que fue consecuencia de haber dejado el dólar barato o atrasado frente a la inflación y a las subas salariales por largo tiempo. 
"Cuando se impone un control de precios, o un cepo, a medida que avanza el tiempo necesariamente hay que ir sumando más controles por las grietas que se van produciendo", sostiene el economista Luis Palma Cané, en referencia a la imposibilidad de que distorsiones como la brecha del dólar blue "se achique por sí sola".
Cada nueva medida, un nuevo problema
Supeditar la economía a la política (y nunca al revés) ha sido siempre uno de los principios innegociables del kirchnerismo. Es una postura que le ha dado rédito electoral, pero que todos los analistas advertían que no sería gratis en el largo plazo.
Y la acumulación de problemas parece indicar que llegó el momento en el que esa filosofía de gobierno empieza a pasar facturas.
"Hasta no hace mucho, como parte del incremento del gasto público se traducía en mayor crecimiento económico, la inflación era un ‘negocio político' aceptable. Una parte de la sociedad interpretaba el impuesto inflacionario como un mal menor", argumenta el economista Enrique Szewach, uno de los que cree que ya se está en la fase en la que la economía empezó a condicionar a la política.
"Ya se empezó a mostrar el ‘lado oscuro de la inflación elevada', el que hace que la mayoría de las sociedades la rechace como mecanismo de financiamiento del gasto", sostiene.
Quienes comparten este diagnóstico creen que lo preocupante no es solamente el nivel de distorsiones existentes hoy en la economía, sino que ahora viene lo peor, porque cada nueva medida genera un nuevo problema que, a su vez, hace que se necesite profundizar el intervencionismo, autoalimentando así el ciclo.
Es decir, el temor es que las políticas ya no dependan tanto de la voluntad de los funcionarios, sino que empiecen a ser dictadas por una dinámica propia del dirigismo.
"Cuando se llega a cierto nivel de intervención en los mercados, se empieza a hacer difícil dar marcha atrás, la propia lógica de los hechos lleva a avanzar", observaba el politólogo Sergio Berensztein, director de la consultora Poliarquía, cuando comenzaba a rumorearse que la "mano" estatal se metería más profundamente en el sistema financiero y bursátil.
Esa visión se probó acertada y hoy, con una larga nómina de cierres, prohibiciones, trabas y cepos varios, el debate nacional está centrado en cuál será la próxima iniciativa oficial.
Reacción en cadena
El ciclo es conocido, porque ocurrió muchas veces en la historia económica argentina: crecimiento del gasto público, proliferación de empleos estatales, obras de dudosa financiación y atraso cambiario.
Estos desajustes suelen financiarse con emisión monetaria, lo cual lleva a una mayor inflación.
Es allí cuando empiezan los controles de precios, los cierres a la importación y lasrestricciones, cuando los dólares empiezan a escasear.
Las inversiones comienzan a flaquear y los particulares buscan cubrirse comprando billetes verdes en el circuito paralelo.
Es en esta etapa cuando la "creatividad" de los funcionarios se multiplica, ya que se torna necesaria la adopción de nuevos "parches" a cada problema y allí surgen nuevas distorsiones.
Todos estos ingredientes han estado presentes en la era Kirchner y con una aceleración notoria en el último año.
Desde el cepo cambiario hasta la restricción a las importaciones, desde el congelamiento de precios hasta el aumento en la presión impositiva, desde el forzar a bancos a prestar a empresas a tasas bajas hasta el alto grado de intervencionismo en el sector energético, todo apunta a la misma dirección.
"Me atrevo a pronosticar un conjunto creciente de ‘inventos' cuya intensidad y magnitud dependerán cada vez más de las encuestas", afirma Szewach.
El "encanto" del intervencionismo
Mientras crecen las especulaciones respecto de las nuevas medidas que pudieren venir (se habla desde un desdoblamiento formal del mercado cambiario hasta impuestos para la compra de pasajes aéreos, pasando por varios tipos de regulaciones para el sistema bancario), hay otro tema que también preocupa.
Se trata de la pericia de los actuales funcionarios. Tanto que algunos notorios críticos del kirchnerismo, como el ex ministro Domingo Cavallo, comenzaron a sugerir que ya que la economía ha ingresado en una fase de regulación e intervencionismo extremo, al menos, que esasituación pase a estar en manos expertas.
Y sugirió algunos nombres, como el de Roberto Lavagna o el de Javier Gonzalez Fraga para"atenuar alguno de los fuertes desequilibrios acumulados y evitar que sigan aumentando".
Por cierto, no hay indicios de que Cristina Kirchner vaya a tomar en cuenta semejante consejo. Más bien las señales apuntan a un refuerzo en el protagonismo de Guillermo Moreno.
El "supersecretario" no sólo impuso a los supermercados el acuerdo del congelamiento sino que, además, está a cargo del seguimiento de su cumplimiento, haciendo gala de su capacidad persuasiva ante las primeras evidencias de escasez de productos.
El "apriete" también parece ser la metodología a aplicar para los productores agrícolas ante la "sequía de divisas" por la demora en la liquidación de la cosecha.
Es que la frustración que le provoca al Gobierno la creciente ineficacia de sus medidas lleva alrecrudecimiento de la agresividad y de las teorías conspirativas.
En el caso de los sojeros, éstos aparecen como responsables de la escapada del dólar blue y de "secar" la plaza de divisas
Muy lejos de escuchar las críticas y advertencias, el Ejecutivo parece más dispuesto que nunca a profundizar su "relato".
Al respecto, resulta muy elocuente el artículo de Artemio López, un politólogo y encuestador cercano al kirchnerismo, quien califica al congelamiento de precios como "otra gran medida de gestión, orientada a sostener los niveles de consumo y de empleo".
Más aun. Argumenta que las experiencias de controles de precios en el país sí fueron exitosas.
El riesgo de negar lo evidente
Negar la realidad implica riesgos bien conocidos: más conflictividad social por la puja distributiva, bruscas correcciones de precios por la inflación reprimida, ahogo a la competitividad de las empresas, caída de inversiones por la baja certidumbre y nerviosismo en la plaza financiera por la mayor cantidad de particulares buscando comprar dólares blue como cobertura. 
En definitiva, nada que el país no haya vivido.
A medida que se acumulan las versiones sobre mayores regulaciones, el debate entre los expertos es qué tan lejos se está de una salida traumática.
"El último año y medio es un calco de lo que pasó a principios de los años ‘70", afirma Luciano Cohan, de la consultora Elypisis.
No es el único que ve analogías preocupantes. Para Lavagna, el solo hecho de que se haya recurrido al congelamiento de precios retrotrae al país a los tiempos del Rodrigazo: "Las magnitudes son diferentes, pero el mecanismo es el mismo", señala. 
En este contexto, sigue habiendo una gran diferencia a favor de este momento: el mundo sigue ayudando a la Argentina con los buenos precios del mercado agrícola y eso le aporta algo de oxígeno financiero.
No es poca cosa para los tiempos que corren, aunque se siga sosteniendo que a la Argentina "el mundo se le cayó encima".
(*) Fernando Gutiérrez. Artículo publicado en iProfesional el 26 de Febrero de 2013.