martes, 5 de febrero de 2013

Del lenguaje al galimatías

Por Alberto Benegas Lynch (h) (*)


Debido a lo que se ha dado en denominar “political correctness”, observamos que la comunicación está flaqueando de un modo tal que se corre el riesgo de quedar aislado. Hay varios autores que muestran su preocupación con este peligroso proceso que amenaza con envolvernos a todos en una especie de Arca de Noé a la enésima potencia. Son muchos los libros que aluden a este problema, aquí introduzco unas pocas perlas de los siguientes para algunos de mis comentarios: Cultura y contracultura de Jorge Bosch, The Vision of the Anointed de Thomas Sowell, The Closing of the American Mind de Allan Bloom, Interpretación y sobreinterpretación de Umberto Eco, You Can`t Say That de David E. Bernstein, Against Deconstruction de John M. Ellis y Prejudices de Robert Nisbet.

Ya hemos escrito antes sobre la objeción que se hace a la asignatura “history” porque se dice constituye una expresión machista y, para compensar, debería denominarse “herstory”. Lo mismo se dice respecto de Dios: no es pertinente referirse a El sino, en todo caso a Ella/El o bucear en algo neutro.

Se emplea este lenguaje absurdo para combatir lo que se estima discriminatorio, sin percibir que la discriminación es sinónimo de acción. No hay posibilidad alguna de actuar sin seleccionar, preferir, distinguir y separar. Es lo que hacemos cotidianamente con nuestras comidas, lecturas, amigos, entretenimientos, trabajos etc. Lo inaceptable es la discriminación desde el gobierno ya que significa ir a contracorriente de la igualdad de derechos, pero esto no es a lo que se refiere la expresión en el supuesto lenguaje al que ahora nos referimos. Así, se demanda judicialmente por discriminatoria la decisión en la oficina de admisión de un teatro de valet cuando no se acepta a una obesa en el conjunto de baile. Se recrimina a quien pone un aviso en el periódico anunciando que en el consorcio de su departamento no se aceptan niños. Se estima que es discriminatorio para otras religiones si el demandante de una vivienda solicita que esté cerca de una sinagoga porque iría en contra de otras denominaciones y de agnósticos o que se encuentre a “walking distance” de un supermercado porque ofende a los que se desplazan en sillas de ruedas. O se considera injurioso que se le diga a una mujer que es linda porque discrimina contra las feas y así sucesivamente.
Se abusa de la terminología de “servicio público” cuando hay muchas personas que lo consideran una manifestación de mala praxis y, además, con sus recursos detraídos coactivamente por los aparatos estatales. Y en la lectura de textos se sostiene que el lector puede interpretar lo que le venga en gana en una hermenéutica independiente de lo que escribe el autor, con lo que la lectura naturalmente pierde todo significado para entregarse a extravagancias superlativas.

Las palabras son fruto de convenciones, no hay una correspondencia epistemológica entre el enunciado y lo que se observa en la realidad, sin duda que los enunciados son signos lingüísticos y el objeto del enunciado está formado por entidades, propiedades o procesos, de lo cual no se sigue que cualquier cosa vale porque, en ese caso, la comunicación queda paralizada.

En estos contextos, se dice con toda naturalidad que tal o cual grupo “vive bajo al línea de supervivencia” sin percatarse de la gruesa contradicción puesto que si se está bajo la línea de supervivencia no puede simultáneamente haber vida. Se encaja la expresión “bizarro” en cualquier oración como comodín en un sentido completamente distinto al que le corresponde, cual es valiente (una improcedente extrapolación del inglés). Se recurre a la palabra “enervado” como si se aludiera a alguien que está nervioso, cuando en verdad significa debilitado.

Ésta moda del political correctness conduce a pretendidas equivalencias que son a todas luces tragicómicas. Por ejemplo, cuando a los criminales se les dice “disfuncionales provisorios”, al asesinato “fin involuntario de la vida”, al canibalismo “comida inter-especie”, al drogadicto “desafiado químicamente”, a la ignorancia “conocimiento alternativo” a la familia destrozada “grupo diferente”, al prisionero “cliente del sistema correccional”, al saqueo institucionalizado “justicia social”, a la cleptocracia “democracia participativa”, a los privilegios empresarios “proteccionismo”, al pobre “marginado por la sociedad”, a la corrupción estatal “desprolijidad”, a la confiscación “modelo nacional y popular”, al derroche “redistribución de ingresos”, a la voracidad fiscal “equidad tributaria”, al determinismo “teoría de la decisión”, al malestar “estado de bienestar”, a la política retrógrada “progresismo”, al fundamentalismo “mente abierta” y otras tantas acepciones que se mantendrían en lo desopilante si no representaran una tragedia que apunta a pasar de contrabando desvalores de magnitud colosal.

Los diccionarios son libros de historia cuyos vocablos mutan de significado con el tiempo (para constatar el aserto, no hay más que tomar libros escritos en castellano antiguo, en inglés de una época remota o de cualquier otro idioma), pero en el caso de lo que venimos comentando se trata es de degradar conceptos en dirección a las respectivas extinciones al efecto de sustituirlos por el relativismo axiológico inherente al autoritarismo tan en boga en nuestros atribulados tiempos.

Y lo paradójico es que en no pocos casos la llamada oposición pretende combatir el autoritarismo recurriendo a las mismas recetas de los autócratas en funciones. El ejemplo más reciente es el de Ecuador. Gabriela Calderón me informa que el candidato opositor a Rafael Correa en la próxima contienda electoral -Guillermo Lasso- propone actualizar un “bono de desarrollo humano” (otra manifestación de cosmética lingüística para ocultar manotazos al fruto del trabajo ajeno) que ha entusiasmado tanto al mismísimo candidato en ejercicio que se pretende batir, que éste anunció que lo incorporará de inmediato a su propia política.

Aquella embarazosa situación de alquimias y piruetas que con alguna reserva podríamos llamar gramaticales, se ve agravada por la irrupción del posmodernismo en cuyo contexto todas las palabras carecen de significación propia ya que “el significado es dialéctico”, rechazan la razón y acusan a los oponentes de esta posición de “logocentristas”, lo cual contradice toda la tradición que nació en la antigua Grecia clásica donde comienza el logos, esto es, inquirir el porqué de las cosas y su respectivo significado. Para los lectores que quisieran ahondar en esta corriente, consigno que hace tiempo publiqué un ensayo en una revista académica chilena (Estudios Públicos) que se encuentra en Internet titulado “Un introducción al `lenguaje` posmoderno”).

Cierro esta nota con un galimatías de otro tipo, tal vez el galimatías por excelencia puesto que hace a la condición humana. Se trata del materialismo filosófico o determinismo físico, desafortunadamente tan en boga en diversos campos de estudio. Sostenemos que si esa posición fuera correcta, es decir, si fuéramos solo kilos de protoplasma, as saber, loros complejos, no habría libre albedrío, ni libertad, ni responsabilidad individual, ni moral, ni posibilidad de ideas autogeneradas, ni la posibilidad de revisar nuestros juicios, por tanto es menester parar todo debate incluyendo éste puesto que nada podría afirmarse que sea relevante ya que nada provendría de juicios independientes sino que cada uno estaría determinado a decir lo que dice. Ahora bien, decimos que el libre albedrío lo conocemos por introspección: constatamos que decidimos en tal sentido y que podríamos haber decidido en otro, pero si se nos replica que esto constituye una ilusión debe aclararse que eso se afirma como verdad y, precisamente, en al contexto del determinismo no hay tal cosa como proposiciones verdaderas o falsas (de la misma manera que no pude predicarse la verdad o la falsedad de un hueso: simplemente es, para pronunciarse sobre el acierto o el error es necesario un sujeto con juicio independiente, es decir, con libre albedrío).

(*) Alberto Benegas Lynch (h) es Presidente del Consejo Académico de Libertad y Progreso. Artículo publicado por Diario de América en Enero de 2013