martes, 26 de febrero de 2013

Intimidación eficaz y humillación permanente

Por Alberto Medina Méndez (*)
El poder se consolida y avanza en la medida que va encontrando avales tácitos y explícitos que se lo permiten. Cuando la sociedad por acción u omisión va firmando cheques en blanco, pues el sistema acelera el proceso y se fortalece día a día. Esto ocurre solo cuando las respuestas de la sociedad se convierten en permanentemente funcionales.

Pero también se refuerza esa idea por la cual cuando cada uno de los actores, se somete mansamente a la letra fría del guión sin más, pues los gobiernos siguen avanzando y lo hacen a todo ritmo.

Mucho de eso está pasando en estos tiempos. Por diferentes motivos, y con el poder va consiguiendo, secuencialmente,  paso a paso, cada uno de los objetivos que se propone, y lo consigue en base a una dinámica poco novedosa pero muy pragmática, la de generar temor en la sociedad.

Es evidente que no pueden conseguir respetabilidad, ese atributo tan ansiado por muchos pero que tanto merito real implica lograrlo, y mediante el cual los ciudadanos se sumarían a ideas y proyectos de un modo activo, voluntario, con plena satisfacción y evidente entusiasmo.

Asumiendo sus limitaciones y escasos talentos, acuden al mecanismo más bajo, antiguo, pero efectivo, el de construir temor, el de producir miedo, ese que paraliza y que hace obedecer sin ninguna resistencia.

Bajo esta dinámica, todos, desde su lugar, parecen ser el blanco de la estrategia elegida. Nadie puede quedar afuera y en ese juego, el poder hace mucho esfuerzo por profesionalizarse y perfeccionar herramientas.

Primero empieza por lo más simple. Intenta comprar voluntades, o tal vez sería mejor decir, utilizando el término adecuado, que pretende alquilar voluntades abonando su canon periódicamente para conseguirlo.

Con esos ciudadanos, utiliza el más lineal de los instrumentos, el dinero, ese que permite quebrar voluntades, por el solo hecho de recibir algo a cambio. Esta modalidad es magistralmente exitosa, ya que  establece un vínculo perverso pero altamente efectivo de dependencia sostenida.

Los sectores más vulnerables son los primeros en caer en esta redada. Son los que precisan sobrevivir y no han encontrado aun el modo de lograrlo. La pobreza es el primer escalón al que se acude bajo esta dinámica, con diferentes formas que comparten la esencia central. Ayuda social, dádivas, subsidios, cualquier forma de asignación de dinero, directo o indirecto, sirve para que este sector de la sociedad actúe en consecuencia y se someta a los mandatos del poder, sin ningún argumento que modere su impacto.

Si no cumplen al pie de la letra su parte del trato, serán abandonados, y el gobierno dejará de darles, lo que discrecionalmente les otorga cotidianamente. El temor a perder esa ayuda económica, hace que esa parte de la sociedad canjee dignidad por dinero sin pensarlo demasiado.

Pero a medida que se avanza en esta estrategia, se van encontrando con sectores más duros, que oponen algún tipo de escollo, que tienen mayor reservar moral y allí apelan a otras refinadas herramientas, mas retorcidas y sofisticadas, pero no por ello, menos efectivas.
A los medios de comunicación en general y a los periodistas en particular, los dominan con la pauta oficial.  Un par de anuncios por acá, otros por allá y ya está, automáticamente se alinean y se avienen a decir lo necesario.

Lo hacen ya sea porque reciben favores económicos y eso los convence de que el gobierno dice la verdad siempre, y que hasta tienen enemigos comunes, o bien, cuando funciona la autocensura, esa variante de sobreactuada lealtad, de no morder a la mano del que les da de comer.

Sin justificarlo, se puede entender que los sectores asalariados, los más débiles desde lo económico, acepten someterse a cambio de supervivencia, aunque eso no los exime de la indignidad de hacerlo.

Pero llama mucho más la atención como gente que no precisa el dinero para su sostenimiento vital, y que inclusive ha construido grandes empresas, se someta linealmente, casi del mismo modo que el resto de la comunidad.

Resulta difícil entender la falta de coraje en general, pero mucho más la de los que más tienen. Es cierto que los gobiernos, se han especializado en encontrar nuevos modos de atemorizar, de intimidar, pero se supone que este grupo de ciudadanos debería tener más anticuerpos para oponerse.

Amenazas de mostrar trapos sucios, probables inspecciones de organismos estatales, algún incremento de tributos siempre inminente, cuando no operativos de prensa en proceso, o simple condena social organizada, las herramientas son múltiples y siempre existe la posibilidad de incorporar nuevos instrumentos que se agreguen al arsenal habitual de rutina.

Los empresarios, los hombres de negocios, también son objeto de esta disputa de poder, en el que los gobiernos se han propuesto amedrentarlos como uno más, aunque en estos casos con métodos diferentes.

Bajo ese paraguas de temor, muchos de ellos terminan claudicando, se ocultan, buscan perfil bajo, sacrifican ganancias y resignan negocios solo para no ser el nuevo blanco de los ataques.
Inclusive a veces son tentados por el poder de turno para ser parte de algunos proyectos y recibir su tajada redoblando la apuesta para asociarlos y tenerlos del mismo lado. De ese modo se asegura el poder, que nadie podrá arrepentirse pronto, al menos no mientras el nuevo negocio funcione.

Algunos pocos, han empezado a mostrar el camino. Solo se consigue vencer al poder, cuando se deja de respetarlo como tal, cuando se aparta esta idea de tenerle miedo crónico y temor visceral, y se comprende que arrodillándose solo se posterga el final, pero no se cambia su rumbo.

Por ahora estamos en el proceso de acrecentamiento de ese poder que solo los consolida cada vez más, y recorriendo ese temible círculo vicioso de tener más votos y apoyo popular, más adeptos y prisioneros del sistema, para seguir haciendo lo mismo con altos índices de resignación social. En fin, en estos tiempos solo vemos la indignidad de un proceso de intimidación eficaz y humillación permanente.

(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político.

Fuente: Comunicaión personal del autor