domingo, 3 de marzo de 2013

2003-2013, la Década Malgastada

Por Jorge H. Santos (*)
Al inaugurar el 131 período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, la presidente Cristina Fernández viuda de Kirchner, una vez más demostró vivir encerrada en un mundo donde conviven la fantasía de haber hecho un buen gobierno, junto a una ficción reiterativa reñida con la realidad; más una explosiva mezcla de intolerancia y cesarismo creciente con lo que está destruyendo la República. En síntesis una década no “ganada”, como ella cree.
Cristina Fernandez de Kirchner ingresa al recinto de la Camara de Diputados de la Nacion para inaugurar el 131 Periodo de Sesiones Ordinarios del Congreso de la Nacion. Foto NA
Salir de la crisis económica-financiera que vivió la Argentina, entre 2001/2002, si bien era extremadamente complicado, se vio impensadamente facilitado básicamente por un inusual cuan histórico ciclo de elevados precios de los productos agropecuarios, los que fueron acompañados de beneficiosas condiciones climáticas; por la notable demanda de automotores por parte de Brasil; y porque los precios de las importaciones fueron extremadamente favorables.
 
Una rueda sin fin rodó casi todo el tiempo, desde el 2003 hasta nuestros días, impulsada por el valor y el tamaño de la cosecha beneficiando a prácticamente casi todos los sectores de la economía; entre los que se destaca el gobierno nacional por el excepcional ingreso proveniente de las retenciones sobre las exportaciones de las cosechas y del producido de otros impuestos.
 
Estos factores, llamados viento de cola, son lo que motivaron el crecimiento a tasas chinas, que se dio también, en mayor o menor medida, en la mayoría de los países de la región.
 
En las antípodas de esta explicación está el argumento oficial que para beneficio propio trató de reducirlo a los méritos de la política económica implementada, el mentado “modelo”, según la cual el incremento fue liderado por la demanda.
 
Otro factor del que se ufana el gobierno es el desarrollo industrial conseguido en estos años. Sin embargo, la consultora Economía & Regiones indica que entre 1993 y 2000 la participación de la industria en el PBI fue 17,2%; mientras que del 2003 a 2011 se redujo a 16,4%, y en 2012 cayó a 15,4%, la misma cifra porcentual que en 2002.  
 
Más allá de esta colisión de interpretaciones, la realidad -no el relato-, muestra que la bonanza de la década “ganada” según la Presidente, se ha dilapidado.
 
Dicho de otra forma, la bonanza externa no fue capitalizada.
 
Debajo de la alfombra -para ganar elecciones- se escondieron desde retrasos de tarifas de servicios públicos hasta atrasos cambiarios.
 
Los subsidios monumentales erogados fueron solo parte de una fuente de corrupción inusitada que terminó cobrándose muertos y lisiados.
 
La infraestructura del país luce obsoleta. Obras anunciadas más de una vez, carecen de realización. El despilfarro, la falta de control y la imprevisión hacen que el país deba recurrir a multimillonarias importaciones energéticas.
 
Las subvenciones sociales multiplicaron la cantidad de personas que nunca más querrán trabajar. Vivirán de ellas más allá de cualquier gobierno y serán caldo de cultivo permanente del voto comprado.
 
El cepo al dólar es la muestra más evidente de la carencia de reservas.
 
La inflación con la que se financia el gobierno es una fábrica de pobres, que no recogen las mentirosas cifras del INdEC, pero sí los muestran las calles y la multiplicación de las villas de emergencia.
 
La inseguridad es materia de preocupación de todos, menos del gobierno que le endosa la misma a gobernadores, jefe de gobierno e intendentes no sumisos.
 
Las inversiones extranjeras brillan por su ausencia en un mundo donde pululan los dólares. La incertidumbre jurídica está instalada en el sillón de Rivadavia.
 
La emisión monetaria descontrolada ha servido para canalizar montañas de dinero que merecerían un destino digno, pero que fueron dirigidas a alimentar el cuento K subsidiando el fútbol; comprando medios de comunicación a través de empresarios amigos; alineando radios, diarios y televisoras a través de una entrada descomunal de publicidad del gobierno o en contra de su enemigo de su turno.
 
El gobierno ha logrado dividir la sociedad. Los trillados 40 millones de argentinos no son iguales para la presidente. Los que recitan su libreto sin objetarlo, yacen en la vereda del sol;  y en la oscuridad extrema se hallan los que no lo hacen, los dominados mentalmente por las demoníacas corporaciones.
 
Los derechos humanos de los que se jacta Cristina Fernández sufren de la particularidad que solo sirven para castigar a los muertos por el terrorismo de Estado; pero no a los guerrilleros que se cobraron inocentes víctimas, y mucho menos para reparar a los argentinos muertos en los atentados terroristas a instituciones de la comunidad judía.
 
El Ejecutivo se acostumbró a manejar el Congreso como una escribanía cautiva; y cuando en rara ocasión la mayoría le es esquiva, apela a las más variadas e indignas prácticas.
 
La próxima batalla de la guerra bautizada “Vamos por todo” busca someter al Poder Judicial a los caprichos de la mujer del luto eterno.
 
Esta operación emprendida por la Presidente es de extrema gravedad. Reducir el poder de la Corte Suprema de Justicia equivale a destrozar el último bastión que le queda en pie a la República.
 
El 26 de febrero último, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, aseguró que "las decisiones de las mayorías pueden ser declaradas inconstitucionales" si generan un conflicto"con los principios básicos".
 
La Presidente no puede ni oír esa frase. La detesta. Ella quiere todo el Estado, ella es el Estado.
 
A esta altura, tras 10 años de los Kirchner en el poder, nadie puede sorprenderse que esto ocurra. Además, Cristina no es diferente a Néstor y los Kirchner hicieron lo mismo en Santa Cruz.
 
Los ex protagonistas del kirchnerismo que insisten en tratar de diferenciar a uno del otro, solo quieren liberarse de sus propias culpas.
 
La oposición, salvo puntuales excepciones, tiene su grado de responsabilidad en tamaño latrocinio a la vida en democracia.
 
Con cierto grado de infantilismo o de complicidad se retuerce en ríos de palabras para explicar lo inexplicable ante las armas que emplea el oponente; y sufre de arcaicos preconceptos y mayúsculas de mezquindades para ofrecerle a la ávida sociedad una alternativa coherente.
 
La sociedad hace meses empezó a despertar de su letargo. Los valores y hasta la vida humana parecieran no haberle importado, mientras no se le comenzó a encoger el bolsillo o hasta que tomó conciencia que todo es posible en la dimensión desconocida de la Presidente.
 
Thomas Jefferson, autor de la declaración de la Independencia y 3er. Presidente de los Estados Unidos, señaló: “Cuando la gente le teme al gobierno, hay tiranía; cuando el gobierno le teme a la gente, hay libertad”.
 
La libertad hace tiempo se viene conculcando y ahora más que nunca está en juego. El discurso presidencial, y lo expresado por sus voceros antes así lo indican.
 
Cristina le dedicó 20 minutos de su presentación en el Parlamento a hablar de la “democratización de la justicia”.
 
Democratizar la Justicia, en el diccionario K, es ponerla a su antojo.


(*) Jorge Héctor Santos. Contador Público, Asesor en medios de comunicación y periodista. Artículo publicado por Urgente 24 el 3 de Marzo de 2013