jueves, 14 de marzo de 2013

Carta Abierta: prostitutas de academia

Por Agustín Laje Arrigoni (*)
No parece forzado considerar a la prostitución como una actividad que puede ejercerse, además de genitalmente, en el orden de lo ideológico e intelectual. No resulta forzado, decimos, si lo que buscamos es una precisa analogía que describa a quienes trafican su dignidad a cambio de dinero o poder, tal como ocurre con ese clan de intelectuales ultrakirchneristas puestos al servicio del gobierno, llamado “Carta Abierta”.

La importancia de Carta Abierta en la construcción identitaria y discursiva del kirchnerismo es difícil de concebir para la mayoría de la gente. En efecto, dentro de la matriz propagandística del gobierno adquieren mucha mayor visibilidad pública otras instancias mediáticas, tales como el programa televisivo 678, el diario Página/12, el pasquínTiempo Argentino, el programa radial del inefable Víctor Hugo Morales, o esa lavadora cerebral conocida como Fútbol para Todos.

Carta Abierta, al contrario, está dirigido exclusivamente para élites intelectuales. Sus documentos, saturados de largas argumentaciones en complejo lenguaje para iniciados, repletos de neologismos y enredos retóricos, llegan a grupos ciertamente reducidos y minoritarios. Las redes sociales son un buen indicador al respecto: el grupo de Carta Abierta en Facebook tiene apenas 5.000 miembros (comparativamente 678 tiene más de medio millón) y los videos subidos por su canal en YouTube tienen escasas centenas de visitas y casi ningún comentario. Una performance virtual de una pobreza total.

Si esta agrupación intelectual, a pesar de tener algún espacio en la televisión pública y en los medios kirchneristas, no busca incidir directamente en las masas, ¿Cuál es entonces su finalidad?

Carta Abierta nació en 2008 con el objetivo de llenar de contenido aquello que entienden como “dimensión simbólica” del kirchnerismo, en el marco de una batalla que se estaba perdiendo (y que se perdió) a manos del campo. La idea de estos intelectuales es que sin discurso, hay simple administración, pero no política. Las diatribas y barrabasadas de Néstor, lejos de constituir un discurso tal como lo entienden estos intelectuales, no pasaba la prueba de la risa. La pose de “maestra Siruela” de Cristina y sus intentos de comedia carentes de humor, tampoco. Alguien debía, de una vez por todas, elaborar sistemáticamente el discurso populista que hoy conocemos como “relato”, y esa fue la tarea que se emprendió desde Carta Abierta.

Guiados por las enseñanzas de Ernesto Laclau, y liderados por Horacio González, los intelectuales kirchneristas entendían que “el modelo” no había alcanzado aún el estadio de plenitud populista. El propio Laclau afirmaba que ello se debía a que “el kirchnersmo todavía no ha logrado crear una frontera interna en la sociedad argentina que divida al campo popular del otro campo”. Para que el populismo fuese una realidad plena, el matrimonio Kirchner debía trazar con claridad meridiana aquella línea fronteriza que separa el “ellos” del “nosotros” o, en términos de Carl Schmitt, los “amigos” de los “enemigos”.

Aquí tomó parte entonces el grupo Carta Abierta, con la exitosa invención y posterior difusión de un vocablo que marcó aquella batalla política: “destituyente”. Participio activo de “destituir”, destituyente era todo aquel que no estuviera posicionado dentro de la frontera de los “amigos” del kirchnerismo. Los “destituyentes” eran determinados actores sociales y políticos con determinadas actitudes frente al gobierno; no era una cuestión clasista como ocurre con la palabra “oligarquía” (preferida por antiintelectuales como Luis D’Elía), que tiene sus límites a la hora de utilizarla, pues no se puede acusar a cualquiera de “oligarca” sin perder credibilidad. “Destituyente”, en cambio, refería a una flexible ubicación política contraria al oficialismo, que al oído sonaba a antidemocrático, conspirador, autoritario. 

Expulsaba un tufillo casi dictatorial y golpista. El epíteto tuvo éxito, y Carta Abierta fue bendecida (lo cual significa comprada) por el kirchnerismo.

Desde entonces y hasta nuestros días, este espacio conformado por intelectuales rentados por el poder político se dedica a elaborar un set de explicaciones K, donde la épica de una cruzada “nacional y popular” contra el “antipueblo” es nota característica del relato. 

Es función de ese relato, como se dijo, generar una profunda división como condición necesaria para el populismo. La otra condición es, en términos de Laclau, desencadenar un “proceso equivalencial” entre distintas demandas particulares que deben ser unificadas, que deben encontrarse y sentirse representadas en el mismo relato. El líder populista debe articular una suma de diferencias transformadas en equivalentes por una operación política, mientras deja fuera a otras que las constituye en enemigas irreconciliables. Todo esto que puede sonar algo complejo, es clave para la comprensión del comportamiento político kirchnerista, que no es sino una aplicación de lo que sus filósofos políticos (como el citado Laclau) sugieren.

Es curioso (y poco “popular” a decir verdad) que algo pensado “en laboratorio” por un puñado de hombres con escasa visibilidad pública, termine en boca de todos. Esa es la importancia de estar advertidos sobre estos grupos que mueven, con sus ideas, importantes hilos del poder. En efecto, si hoy hablamos de un “relato”, eso es porque los integrantes de Carta Abierta así lo propusieron: “Sin esa perspectiva que reinscriba los hechos cotidianos en un relato que los excede y potencia, no hay renovación de las posibilidades gubernamentales pero tampoco de las políticas populares”, afirmaron por ejemplo en su Carta Nº 6.

El funcionariado kirchnerista no se ensucia ni desgasta políticamente diciendo todo lo que le gustaría decir en el marco de sus batallas. Para eso ha conformado una estructura de tres niveles de voceros que, dependiendo la circunstancia, tienen la orden de salir a la palestra a dar pelea mediática: Hebe de Bonafini, 678 y Carta Abierta, en orden ascendente, conforman esta estructura. La primera es especialista en protagonizar episodios de mal gusto, repletos de violencia verbal cuyo único objeto es el desquite y el apriete. Los segundos están dedicados al picadillo documental, al escrache televisivo y a la formación (y reafirmación) de opinión pública. Y finalmente, los terceros están para pensar los asuntos más importantes para el kirchnerismo y, eventualmente, salir a explicarlos en los medios. En estos momentos, por ejemplo, estos últimos están dedicados a fundamentar las necesidades de reformar la Constitución Nacional. El año pasado ya lo expresaron en algunas ocasiones (como Ricardo Forster), y este año tendrán mayor protagonismo porque jugarán al “todo o nada” que implica el famoso “vamos por todo”.

Lo cierto es que Carta Abierta no es más que un grupo de intelectuales prostituidos al kirchnerismo. La dignidad de un intelectual está en la distancia prudente que siempre debe tomar del poder político para ser capaz de criticarlo desde afuera, sin confundirse con él. Los miembros de Carta Abierta han renunciado a esta dignidad (que es independiente de toda ideología) a cambio de dinero o poder, según sea el caso. Si bien explican que sus esfuerzos están dirigidos a “una recuperación de la palabra crítica en todos los planos” (Carta Nº 1), lo cierto es que jamás se les ha escuchado elaborar una crítica creíble al kirchnerismo. ¿Cómo criticar al patrón? ¿Cómo embestir a quien da de comer o, lo que es lo mismo, quien brinda alguna cuotita de poder?

El intelectual que se encuentra constreñido por esta situación, más que intelectual, es una prostituta de academia.

(*) Agustín Laje Arrigoni. Periodista es autor del libro “Los mitos setentistas” es Director del Centro de Estudios Libertad y Responsabilidad. Director de redacción de "La Prensa Popular". Artículo publicado el 13 de Marzo de 2013 en Crónica y Análisis.