jueves, 7 de marzo de 2013

El desprestigio de los economistas

Por José Carlos Herrán (*)
El descrédito de la ciencia económica procede fundamentalmente de su confusión con otras ideas de índole moral, religiosa y política que han hecho depender sus conclusiones de necesidades generales y proyectos constructivistas que en cualquier caso se verían limitados, al menos en un plano teórico, por conclusiones estrictamente científicas.

Las ciencias físicas son una herramienta cuya perversión únicamente conduce al fracaso tecnológico inmediato. La economía es mucho más sencilla de manipular. El fracaso inevitable que entraña la aplicación de una teoría errónea, dada la extraordinaria complejidad que tienen los fenómenos sociales, podría justificarse mediante una nueva conjetura hecha ad hoc, aunque ésta estuviera igual de equivocada que la anterior. Por el camino quedarían escasez no resuelta y descoordinación en forma de parálisis económica.

El origen de tamaña frustración, que ha llegado a desvirtuar las ciencias sociales, procede de la fatal arrogancia que pretende un diseño inteligente del orden social. El objeto de estudio de las ciencias sociales no es otro que el orden espontáneo surgido de las consecuencias, queridas y no queridas, de acciones simultáneas y sucesivas realizadas por millones de individuos racionales persiguiendo fines estrictamente particulares en un entorno institucional evolutivo.

El diseño inteligente del orden social parte de teorías acientíficas promovidas por pensadores que se identifican moral e ideológicamente con los fines propuestos por quienes promueven dicha intervención masiva contra la sociedad. Intervenir supone violentar a los agentes que, libremente y en un entorno institucional, persiguen fines particulares estableciendo acuerdos voluntarios entre sí. La intervención aspira a conseguir un resultado concreto que se estima imposible de alcanzar en un escenario donde diversos fines y una pluralidad de voluntades interactúan libremente. Por ello, se trata de sustituir el orden espontáneo por una organización deliberada que ingenuamente se considera adecuada para la consecución del resultado propuesto. La acción, que a priori es siempre personal y competitiva, adquiere un carácter más amplio cuando se encauza a través de una organización que reúne a una multitud de agentes. Para que dicha organización eluda las reglas que imponen tanto el orden espontáneo como la libertad institucional, deberá recurrirse a la coacción irresistible.

La intervención, que materializan multitud de actores a través de la estructura organizacional del Estado posee las siguientes características:
  1. La coacción sobre todos los agentes cuyos fines particulares sean contradictorios con el propósito intervencionista. Para ello, quedan eliminadas tanto la autonomía como la voluntariedad de los intercambios, sustituyéndose el entorno institucional por mandatos que regulen la servidumbre de los individuos implicados y afectados.
  2. La intervención utiliza una información insuficiente, particular y estática, articulada en cierto momento a partir de un conocimiento limitado.
  3. Las consecuencias de la intervención serán tan amplias como lo sea el poder que la organización ejerza sobre las parcelas afectadas del orden social, alterando los cursos de acción particulares e impidiendo a los individuos generar y transmitir nuevo conocimiento. Esta circunstancia redunda en la naturaleza limitada y estática de la información y el conocimiento a los que tendrán acceso quienes tracen el plan que trate de reorientar y reajustar la organización cuando vea frustrados sus distintos propósitos.
La acción particular surge de la creación de conocimiento dentro de un entorno institucional evolutivo donde se producen intercambios libres y voluntarios. Las consecuencias evidentes de cada acción particular se materializan en forma de éxito y de fracaso. Esta información quedará a disposición del resto de agentes plasmándose en forma de precios de mercado y cuentas de pérdidas y ganancias. La función empresarial del individuo hará el resto. La eliminación del beneficio contable y los precios de mercado hace imposible el cálculo económico, lo que provocará el fracaso de todo diseño inteligente que trate de suplantar el orden espontáneo. No sólo se verán frustrados los objetivos propuestos por la organización coactiva sino que, además, se interrumpirá el proceso social que hacía posible la coordinación entre las acciones particulares.

La ciencia económica tiene como objeto el estudio del orden social, así como de las consecuencias de aquellas agresiones que lo neutralizan. Desgraciadamente, son muchos los economistas que, abrumados por la complejidad de su ámbito de estudio, o simplemente alterados por la fatal arrogancia que les hace creerse capaces de trazar un diseño inteligente que mejore los resultados del orden social competitivo, han optado por ponerse al servicio de poder absoluto, convirtiéndose simples paladines del estatismo.

(*) José Carlos Herrán. Miembro del Instituto Juan de Mariana. Artículo publicado el 4 de Marzo de 2013.