sábado, 2 de marzo de 2013

El Yo argentino actual

Por The Post (*)

Las cosas que ocurren no son solo las cosas que ocurren. Como Ortega reconocía que “yo” no soy solo “yo” sino que al “yo” debo agregarle “mis circunstancias”, las aparentes cuestiones desconectadas que ocurren en la realidad no deben analizarse, precisamente, de modo inconexo, sino, al reves, hay que interpretarlas como integrantes de un todo.
Es lo que se llama contexto. En esa inteligencia debe enfocarse el análisis del acuerdo con Irán.
Este dislate no fue firmado por un país cuyo compromiso con la libertad es indudable, por un país en donde los derechos individuales no estan en peligro, por un país con claras relaciones internacionales con las democracias avanzadas del planeta, por un país en donde impera la seguridad jurídica, por un país cuya Justicia puede actuar sin presiones , por un país que tiene bien en claro lo que esta bien y lo que esta mal, por un país en donde pueden ocurrir cosas que estan mal pero del que no se duda sobre su vocación de evitarlas mientras no ocurren y de castigarlas cuando suceden, por un país, en fin, normal, democrático, con instituciones balanceadas, con un dialogo político franco entre partidos razonables. No, no, no. Este acuerdo fue firmado por la Argentina, el “yo” de la frase de Ortega. Si hubiera sido otro el caso, el acuerdo podría haberse tomado como un error o como una enorme inocentada. Pero no es el caso. Porque al lado del “yo” estan las “circunstancias”.
¿Y cuáles son las “circunstancias” de la Argentina, esas que completan su “yo”?
Las circunstancias de la Argentina son las de un país en donde gobierna un torrente que por la fuerza del número se lleva todo por delante, que no reconoce ningún límite, para el que la ley y la Constitución no son obstáculos suficientes para sus objetivos,  en donde el gobierno protagoniza un revolucionismo fanático y caprichoso consistente en la pretensión fundacional de una nueva Argentina enfrentada al mundo clásico y en rebeldía con lo que se entiende por normal. Un país en donde su máxima autoridad confesó en publico que su designio personal es “ir por todo” y en donde, por el imperativo de ese deseo, se acallarán todas las otras voces a cualquier precio.
Un país en donde se pretende la instalación de una única prensa obsecuente y convalidante del modelo; en donde se busca acallar a los jueces que aun pretenden defender la supremacía de la Constitución; un país que ha dado -y sigue dando- sobradas pruebas de que le encanta dárselas del “rebeldón” del barrio, encaprichado en enfrentarse son los poderosos para presentar ese enfrentamiento como prueba de su romanticismo revolucionario en defensa de los débiles.
Este es el contexto en el que hay que interpretar el acuerdo con Irán. Y cuando efectivamente se hace ese análisis, el esclarecimiento de la voladura de la AMIA queda relegado a un lugar muy secundario en el tablero de la discusión.
La Argentina firma el tratado con Irán como parte de un plan para posicionarse internacionalmente enfrente de los Estados Unidos y sus aliados. Este es el fondo verdadero de la cuestión. El capítulo internacional de su revolucionismo nac & pop incluye un enfrentamiento claro con el occidente pronorteamericano.
El autor del crimen de la AMIA, esto es Irán, le daba la posibilidad de materializar esa jugada. Bajo la cobertura de intentar “destrabar” la investigación firmó un acuerdo con quien es el principal acusado y que a su vez es uno de los acérrimos enemigos de los Estados Unidos.
Por el acuerdo, en realidad, más que acercarse a la verdad, lo que la Argentina permite es que los acusados queden libres de sospecha y con ello entrega lo que Irán busca; una manera evidente de convertir a quien era nuestro asesino en nuestro nuevo aliado.
En la lógica de enfrentamiento internacional en que la Argentina de la Sra de Kirchner está embarcada, el país no podía seguir compratiendo un “enemigo” con los EEUU, porque ese era un puente de unión con quien no quiero tener ningún puente de unión. Por lo tanto había que volar ese puente. El acuerdo fue la dinamita que usó Cristina para lograr lo que buscaba.
Las consecuencias de esta decisión serán enormes y las pagarán una serie de generaciones de argentinos a partir de ahora.
Algunas han sido inmediatas. Nadie ignora la sorpresa que se llevaron Bodou y Lorenzino cuando se encontraron con una inusitada fiereza de los holdouts en la sala de audiencias de la Corte de Apelaciones de New York por el fallo de Griesa. Esa intransigencia no debe ser interpretrada de modo independiente o aislado a lo que la Argentina hace por otro lado.
El país ha decido convertirse en una autocracia antioccidental. Esta es la definición final del régimen. Un país sin libertades ni garantías interiores y con un relacionamiento exterior de enfrentamiento a los EEUU.
Es bajo estas “circunstancias” como debe analizarse al “yo”. El “yo” argentino que firmó el acuerdo con Iran no es un “yo” aislado y neutro sino teñido por las “circunstancias” de querer convertirse internacionalmente en un integrante de la comunidad que conforman Cuba, Belaraus, Venezuela, Iran, Ecuardor, Bolivia, Vietnam, Nicaragua, Angola y alguna que otra republiqueta por el estilo.
Este es el capricho que la Sra de Kirchner tiene en la cabeza. Fundado muy posibiblemente en razones infantiles de despecho -asi como Fidel se entregó a la URSS cuando Kennedy no quiso recibirlo, condenando a generaciones infinitas de cubanos a la miseria y la indigencia- la presidente está decidiendo muchas de las cuestiones que hacen a la vida interna y externa del país con órganos del cuerpo distintos del cerebro.
Y todos sabemos adónde nos dirigen las decisiones que se toman con esas partes que Dios ha puesto en nuestro organismo para que cumplieran otras funciones, pero no para pensar y, mucho menos, para tomar decisiones.

(*) The Post. Artículo publicado el 1° de Marzo de 2013