viernes, 1 de marzo de 2013

¿Es el liberalismo una mala palabra?

Por Nicolás cachanosky (*)
La distinción entre las ideas liberales y su uso en la arena política es fundamental. Posiblemente haya pocas palabras con significados tan diversos como “liberalismo.” Es bien sabido que esta palabra tiene significados distintos en Inglaterra, en Europa Continental, en Estados Unidos y también en Argentina. 


En una reciente nota en el diario Clarín, Juan Manuel Agüero (Fundación Naumann) sostiene que el liberalismo debe dejar de sonar a esa mala palabra que se asocia como la causa de todos los males, y que uno debe tener cuidado de no confundir las ideas del liberalismo  con el uso político del término. Ezequiel Adamovsky (UBA, CONICET) responde también en Clarín diciendo que lo del “liberalismo no es ‘mala prensa’: es una reputación bien ganada.” Sin embargo, Adamovsky no parece seguir la sugerencia de Agüero de separar las ideas delliberalismo de su uso político.


Creo que hay dos problemas fundamentales en la nota de Adamovsky, uno relacionado al supuesto desinterés del liberalismo por la desigualdad y el segundo la asociación que hace entre liberalismo y gobiernos de facto o “intervenciones que ‘corrijan’ el curso mediante la violencia y la arbitrariedad.”
La distinción entre las ideas liberales y su uso en la arena política es fundamental. Posiblemente haya pocas palabras con significados tan diversos como “liberalismo.” Es bien sabido que esta palabra tiene significados distintos en Inglaterra, en Europa Continental, en
Estados Unidos y también en Argentina. Tampoco es menos cierto que el término liberal ha cambiado de significado a los largo de los años.
Así como varios Marxistas no consideran a casos como el de la Unión Soviética, Cuba o China comunista como verdaderos casos de Marxismo, las propuestas llamadas “liberales” desde la arena política pocas veces tienen algo que ver con las ideas del liberalismo. Por este motivo el término “liberalismo clásico” (lo que Agüero tiene en mente en su nota) se presta a menos confusiones.
Dado que Adamovsky no define el término liberal, asumo que en su repuesta a Agüero también
tiene en mente al liberalismo clásico en lugar de responder críticamente haciendo uso de un significado alternativo. ¿Es cierto entonces, como afirma Adamosvky, que al liberalismo (clásico) no leimporta la desigualdad y que tiene su reputación bien ganada?
En primer lugar, que al liberalismo clásico no le importa la desigualdad es erróneo. Guste o no, no se puede garantizar la igualdad en todos los planos del mundo en que nos toca vivir. No es una falla del liberalismo clásico no poder solucionar lo imposible.
Sólo se puede garantizar igualdad económica renunciando a la igualdad ante la ley y libertades civiles e individuales. Sólo quitando a quien más tiene para dar a quien menos tiene se pueden igualar las condiciones económicas. Es claro que bajo este esquema algunos tienen más derechos sobre su propiedad que otros.
El sugestivo título de Adamovsky bien podría reescribirse como “Al anti-liberalismo no le importa la desigualdad ante la ley.” Es cercenar las libertades individuales y renunciar a la igualdad ante la ley lo que es un “enemigo del gobierno del pueblo”, no el liberalismo clásico. Lamentablemente no se puede garantizar la igualdad económica y la igualdad ante la ley al mismo tiempo.
No es que al liberalismo clásico no le preocupe la desigualdad, sino que (1) no considera a toda desigualdad injusta ni (2) considera a toda igualdad justa. De haber igualdad ante la ley, donde todos los actores económica enfrentan las mismas reglas de juego, sin beneficios para nadie, seguramente habrá desigualdad económica. No todos pueden cantar como Pavarotti, no todos poseen la habilidad deportiva de Messi, ni todos la visión y capacidad empresaria de un Jeff Bezos o un Steve Jobs. Pero estas desigualdades no responden a las arbitrariedades de la ley o a favores políticos, sino al premio que el consumidor da a quien mejor satisface sus necesidades y gustos.
Es una desigualdad que además de premiar a los más eficientes al momento de satisfacer las necesidades de los individuos, promueve el crecimiento y desarrollo económico. ¿Para que esforzarse si mi desigualdad se va a repartir entre quienes no se esfuerzan? No por nada se dice que bajo los esquemas que promueven la igualdad económica lo que en definitiva se redistribuye es la pobreza, no la riqueza. Excepto el soberano todos son igual de pobres.
El foco del liberalismo clásico no es la desigualdad, es la injusticia. De poco sirve una sociedad donde son todos igual de pobres y con falta de libertades individuales y civiles gracias al uso de la fuerza del estado.
El rol del estado no es distribuir el producto del trabajo de unos hacia los bolsillos de otro
en aras de preocuparse por la igualdad, el rol del estado es mantener la ley y el orden y hacer cumplir los contratos.
En segundo lugar, equiparar al liberalismo clásico con regímenes autoritarios o de facto denota la dificultad para separar las ideas del liberalismo clásico con actores políticos que hacen un mal uso del término “liberal.” ¿Realmente Adamovsky cree que regímenes autoritarios o de facto se encontraban en las propuestas de reconocidos liberales clásicos como Adam Smith, David Hume, Wilhelm von Humborld, Milton Friedman, Ludwig von Mises o Friedrich A. von
Hayek?
Justamente la idea del liberalismo clásico es limitar los gobiernos autoritarios y garantizar libertades individuales.
¿Acaso garantizar igualdad económica no requiere de un estado autoritario?
¿No es esa la misma actitud autoritaria que Adamovsky objeta al liberalismo clásico? No es precisamente en la naturaleza del liberalismo clásico donde se encuentran los regímenes dictatoriales.
Adam Smith, por ejemplo, se oponía a los acuerdos que los capitalistas hacían con el gobierno para obtener favores políticos en lugar de tener que ganarse el favor del consumidor. Esta no parecer ser la actitud de intervenir en el mercado para corregir el curso mediante la
fuerza.
Hayek estaba a favor de un fondo social para ayudar a los sectores más necesitados de la sociedad.
Milton Friedman favorecía una política de subsidio a la demanda de educación.
Mises estaba de acuerdo con subsidiar ciertas actividades artísticas como la ópera, etc. Actitudes difíciles de encuadrar en alguien a quien se supone que no le importa la desigualdad y el destino de los sectores menos pudientes.
La opinión que la reputación del liberalismo clásico está bien ganada es un contraste difícil de asociar al liberalismo clásico cuando se está dispuesto a separar el mal uso político del término y ver lo que efectivamente sus pensadores más destacados tenían que decir sobre este tema. Si hay algo a lo que el liberalismo clásico se opone, es las objetables prácticas descriptas en la nota de Adamovsky.
(*) Nicolás Cachanosky. Candidato a Doctor en Economía de la Universidad de Suffolk (desde el otoño de 2009). 
Maestría en Economía 
de la Universidad Suffolk (2012). 
Master en Economía y Ciencias Políticas de 
ESEADE (febrero de 2007) [Grado Honorífico]. 
Licenciado en Ciencias Económicas 
UCA (agosto de 2004). Artículo publicado por La Prensa Popular el 28 de Febrero de 2013.