martes, 12 de marzo de 2013

Juana de Arco en la hoguera

Por José Deym (*)
La Justicia acaba de condenar a Cecilia Pando por haber comandado un grupo pacífico de personas que replicaban los martes las marchas de los jueves de las Madres de Plaza de Mayo, en apoyo a la memoria de los muertos por el terrorismo de los años ‘70.


Esa vergonzosa condena muestra un nuevo capítulo de la intolerancia de los grupos que promovieron la violencia de esos años y hoy están enquistados en el poder.

Desde que asumió el gobierno K, se ha ido revirtiendo paulatinamente el manto de impunidad, generado primero por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final impulsadas por el gobierno de Raúl Alfonsín y luego por los indultos de Carlos Menem.

Hubo anulación de leyes, retroactividad de la aplicación de leyes nuevas, prescribieron las causas contra los terroristas y se mantuvieron las causas contra los represores. Para lograr todo ello se recurrió a renovar la Corte Suprema de Justicia. Todo se hizo de una forma irregular. Sin embargo, hubo un cambio en el consenso nacional. Antes, el castigo de los delitos de lesa humanidad era un tema que no interesaba. De pronto, todos estaban de acuerdo en que debía hacerse justicia y que reabrir las causas era correcto.

Envalentonado el gobierno, los militantes de Derechos Humanos, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y presionados los jueces por una opinión pública y medios de comunicación que clamaban por una justicia tardía pero justicia al fin, se lanzaron a una caza de brujas en la cual se mezclaron condenas de culpables con condenas de inocentes.

Dejando de lado la legitimidad de estos procedimientos penales, un puñado de ciudadanos, algunos parientes de las nuevas víctimas y otros no, nos resistimos por razones éticas a la aplicación indiscriminada de penas y persecuciones. También al odioso «olvido» de las víctimas del terrorismo. Tal fue el caso de Cecilia Pando, quien, sin proponérselo, quedó enmarcada como una líder de este movimiento de protesta.

Pero este liderazgo involuntario la ubicó injustamente en el lugar equivocado. Quedo sindicada como una defensora de los genocidas y enemiga de los Derechos Humanos. Como un ícono de la defensa de la impunidad.

Sin embargo, lo paradójico es que Cecilia no es, en realidad, una enemiga de los Derechos Humanos sino una valiente defensora de ellos, justamente esos Derechos en nombre de los cuales se la combate y se la difama. Porque debe quedar claro que ella no defendió nunca ni defiende indiscriminadamente a los genocidas sino sólo a quienes han sido injustamente condenados por acusaciones falsas o sin fundamento.

Somos muchos los que reprobamos contundentemente lo actuado por el gobierno de Videla en materia de represión. Al menos, la forma en que esta represión se llevó a cabo. Sabemos que así murieron, fueron torturadas o desaparecieron muchas personas, de las cuales muchas eran ajenas al combate librado y, aun así, no se pueden invocar motivos de guerra para justificar crímenes de guerra. Pero también somos muchos los que estamos convencidos, como Cecilia, de que hay numerosas personas inocentes injustamente condenadas por estos delitos, que no cometieron, y que las condiciones de su detención son intencionalmente deplorables.

El haber condenado a Cecilia por haber comandado un grupo que pintó logos de una Asociación que rememora a las víctimas del terrorismo, con pintura removible que no daña el piso donde fue aplicada, confirma una vez más la hemiplejía de una Justicia que permite y hasta alienta las pintadas de los pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo, que legítimamente defienden la memoria de sus hijos desaparecidos, pero condena las pintadas de los logos de Cecilia y su grupo, que defienden no menos legítimamente la memoria de las víctimas del terrorismo setentista.

Pero quizás lo más indignante e incomprensible sea el silencio de la oposición.

Cecilia se ha mostrado como una voz valiente opuesta a los atropellos de los kirchneristas. En cambio, la oposición, como los franceses hace seiscientos años, permite que su heroína vaya a la hoguera -por suerte hasta ahora sólo en sentido figurado- sin alzar una sola voz en su defensa.

(*) Dr. José Deym. jdeym@fibertel.com.ar
Artículo publicado por Informador Público el 12 de Marzo de 2013