martes, 12 de marzo de 2013

La utilidad marginal de los cocos en la isla de la fantasía

Por Roberto Cachanosky (*)
La señora parlanchina dice que es una administradora exitosa y considera que se merece el premio Nobel de Economía.
Dada la escasez de cocos y peces que había en la isla de la fantasía desde que habían llegado los de La Compota, Willy Dark y la señora parlanchina, se produjo un debate por el aumento de precios de todos los productos en la isla.
Uno de los náufragos estaba reunido con Willy Dark y la señora parlanchina por este tema. La señora parlanchina le recriminó al náufrago: los precios suben. Hay que entregar cada vez más hojas de palmeras porque hay una oferta concentrada que especula. El náufrago le respondió: mire, antes que Uds. llegaran éramos los mismos náufragos que ahora, es decir los que pescaban y los que bajaban cocos de los árboles son los mismos ahora, que antes que Uds. llegaran, ¿por qué ahora vamos estar unidos en grupos concentrados y especulando si no lo hacíamos antes y los precios no subían?
La señora parlanchina, que siempre tiene una respuesta para todo, aunque sea disparatada, le dijo: mire, yo no sé la causa de esta conspiración, de lo que sí estoy segura es que para administrar una isla siempre hay que culpar a alguien cuando las cosas no funcionan. El manual del buen administrador de una isla dice que siempre el que gobierna tiene que buscar un enemigo. Y si no lo hay, lo inventa. Así que Uds. se transformaron en grupos concentrados que especulan contra los isleños. Quieren lucrar con el hambre de los isleños. E, inmediatamente, dio la orden. Que llamen a Willy Dark.
Apareció Willy y a los gritos, insultos y amenazas, como era su costumbre, preguntó amenazante y golpeando sobre una mesa, aunque previamente se aseguró que estuvieran sus guardaespaldas para que lo defendieran por si alguno le embocaba una piña por maleducado: ¿por qué hay que entregar cada vez más hojas de palmeras para comprar cocos y peces?
El náufrago le dijo: porque Merche está tirando demasiadas hojas de palmera al mercado y cada vez valen menos. Willy, de pocas pulgas, dijo: no me vengan con esas teorías monetaristas de los golpes militares y del Consenso de Washington. La inflación no se produce porque Merche poné más hojas de palmeras en circulación. La suba de precios es porque UDS. especulan y quieren tener mucha renta. Así que ahora muéstreme su hoja de costos para ver qué rentabilidad tiene.
¿Cuáles son sus costos? Preguntó Willy. El isleño de respondió: tengo que darle 2 cocos por día al que me ayuda, además, como Uds. rompieron la escalera uso unas sogas para treparme que se rompen cada vez que subo y como las manos se me lastiman uso unas hojas de una planta que me sirven para una subida al árbol. Así que tengo de costos 2 cocos, más las sogas y las hojas que son otros insumos que duran para una subida.
Muy bien, dijo Willy, como los precios los determinan los costos de producción, el problema es que Ud. está teniendo muchos costos innecesarios.
Eso, dijo la señora parlanchina. Willy tiene razón, tiene que haber un reparto de bienes que sea un wine and wine. El náufrago la miró y le preguntó: ¿qué es un wine and wine? La señora parlanchina lo miró con desprecio y le dijo: se ve que no sabe inglés. Es un ganar y ganar. Esto va a ser un lady chaise de administración económica, se ufanó la parlanchina de su inglés. ¿Señora, diván, qué tendrán que ver? Se preguntó el náufrago.
Vea, le dijo el náufrago a Willy después de escuchar los disparates en inglés de la parlanchina, los costos no determinan los precios, es al revés, los precios que los isleños quieren pagar por mis productos determinan los costos en los que puedo incurrir. Si yo contratara más ayudantes, a gente que me llevara en andas a trabajar y tuviera una secretaria que contabilizara los cocos que voy bajando, el costo sería tan alto que la gente no me compraría los cocos. Es la cantidad de hojas de palmeras que la gente está dispuesta a entregarme por cada coco lo que determina cuántos costos de producción que puedo tener. El problema, le insisto, es que Merche envía al mercado tantas hojas de palmeras que pierden valor y por eso suben los precios de los cocos en términos de hojas de palmeras. No es que los cocos sean más caros, es que las hojas de palmeras cada vez tienen menos valor para la gente, y encima producimos menos porque Uds. destruyeron la escalera y la red de pescar. Si junta la mayor cantidad de hojas de palmera que manda al mercado Merche y la menor cantidad de cocos y peces, ahí tiene la respuesta del problema de la suba de precios.
Willy, haciéndose el que sabía le dijo: vea, esa es la teoría la escuela australiana de los precios. Y los australianos no entienden que el valor es objetivo. Y como el valor es objetivo, yo puedo fijar los precios sin equivocarme y determinar cuántas hojas de palmeras hay que entregar por cada coco.
El náufrago le respondió, vea, no es escuela australiana, es escuela austríaca. Es lo mismo respondió Willy. No me venga con sutilezas de si es la escuela australiana o austríaca. ¿Qué diferencia hay? Bueno, dijo el náufrago, por empezar, unos hablan alemán y los otros hablan inglés. Pero de todas maneras, si para Ud. el valor es objetivo, le pregunto, en esta isla, ¿Ud. valora más los cocos o un buen bife de lomo de carne vacuna? Qué pregunta estúpida me hace, obvio que le doy más valor a un buen bife de lomo vacuno porque en esta isla no hay vacas y me muero por comer uno de esos bifes, además estoy harto de comer cocos. Daría lo que no tengo por comerme un bife de lomo. Entonces, le dijo el náufrago, el valor no es objetivo, depende de cada persona en determinadas circunstancias. Si estuvieses en Argentina no tendría que dar todo lo que tiene por un bife de lomo porque ahí abundan, o abundaban hasta que a alguien se le ocurrió arruinar el sector ganadero.
¿Qué me quiere decir con eso?, preguntó Willy. Que el valor no es objetivo, es subjetivo, dependiendo de cada persona en determinadas circunstancias. Como acá somos varios náufragos, cada uno valora de manera diferente cada bien al que puede acceder, por lo tanto, cada uno decidirá cuántas hojas de palmera está dispuesto a pagar por una determinada mercancía. Si valora más lo que le dan, que las hojas de palmera, hace el intercambio. Si valora más las hojas de palmera que lo que le dan, entonces, no hace el intercambio. Esa es la teoría del valor subjetiva. Y Ud. no puede conocer las valoraciones individuales de cada uno de los náufragos sobre cada bien que hay en esta isla.
Willy, medio confundido, atinó a responder: esas son teorías filosóficas sin aplicación práctica. La gente no tiene que valorar nada. La cosa es mucho más sencilla, como el valor es objetivo, todos los habitantes de esta isla valoran igual los cocos, los peces y el resto de los bienes, así que como el valor que le otorga la gente a los bienes es constante, yo puedo fijar el precio al que tienen que vender cada coco, pez y demás bienes.
Le puedo hacer una pregunta, dijo el náufrago. Sí, respondió Willy. Si yo ahora le doy un coco, ¿lo comería con ganas? Sí, respondió Willy. ¿Y si le doy otro coco más?, volvió a preguntar el náufrago. También lo comería pero con un poco menos de ganas. ¿Y si le doy un tercer coco para comer? Ya empezaría a cansarme, dijo Willy. ¿Y si le doy un cuarto coco para comer? Se lo tiro por la cabeza porque estaría harto de comer cocos. Ve, dijo el náufrago, la utilidad marginal del coco va disminuyendo a medida que come más cocos. Eso quiere decir que valora más el primer coco que le di y al cuarto no le da valor, por lo tanto, las cosas no valen siempre lo mismo para la misma persona. Depende de las circunstancias. El valor va cambiando de acuerdo a cada persona y en determinadas circunstancias.
Ud. está haciendo una dialéctica típica de los fondos buitres y los especuladores para embarullar la cosa, grito Willy. Los bienes siempre tienen el mismo valor y por eso yo voy a poner precios máximos para cada coco que haya en esta isla más una rentabilidad.
¿Y cuál va a ser nuestra rentabilidad? Preguntó el náufrago. Una rentabilidad razonable, respondió Willy. ¿Y qué es una rentabilidad razonable? Inquirió el náufrago. Una rentabilidad que no sea muy alta, gritó Willy. ¿Y cuándo una rentabilidad es muy alta?, insistió el náufrago. ¿Ud. me está cargando? pregunto Willy. ¿No sabe la diferencia entre una rentabilidad razonable y otra alta? Póngale un porcentaje, le pidió el náufrago. Vea, antes de caer en esta isla vi que en Canadá la rentabilidad de las empresas era del 10% sobre el capital invertido. Ahí tiene un número. Bueno, dijo el náufrago, pero en Canadá respetan la propiedad privada, la carga tributaria es menor que en esta isla, no destruyen el stock de capital con el que producen y los gobernantes no toman medidas inesperadas y absurdas, así que el riesgo de invertir para trabajar en Canadá es menor al de invertir en esta isla, por lo tanto, la rentabilidad que le pedimos a una inversión en esta isla es mayor que en Canadá por la diferencia de seguridad jurídica.
No me venga con esa palabra horrible de seguridad jurídica propia del capitalismo salvaje y del neoliberalismo. Y si no le gustan nuestras reglas, arme un partido político y gane las elecciones, total el recuento de votos lo hacemos nosotros y siempre nos da a favor. Y ahora váyase que tengo que definir los precios a los que se van a vender todos los cocos, peces y demás bienes en esta isla.
Una vez que se fue el náufrago, la señora parlanchina le dijo a Willy: estamos mal de recursos en las arcas de la isla. Tuvimos que gastar más porque los chicos de La Compota gastan más de lo que ingresa en la empresa de balsas que expropiamos, yo gasto más en viajes a la otra punta de la isla a ver mis chozas 5 estrellas que estoy construyendo, mi vicemandante en esta isla se hizo una choza con jacuzzi, mesas que le trajeron de Italia y sillas especiales de EE.UU. Además, tenemos que darles más cocos a los que vienen a aplaudir y festejar mis discursos que ahora son de 4 horas. Claro, como mis discursos son más largos, tienen que aplaudir más y cantar más, así que hay que darles más cocos, sino a la media hora se me van a dormir y nadie va a festejar mis ironías. ¿Qué hacemos? Le preguntó a un chico patilludo que manejaba la economía y se creía un fenómeno en ese tema. Fácil, respondió el patilludo, sigamos la perfecta teoría de Willy que dice que los costos determinan los precios. Si gastamos más, quiere decir que el costo de administrar esta isla subió y, por lo tanto, como los costos determinan los precios, tenemos que cobrar más impuestos, ya que los impuestos son el precio que tienen que pagar los habitantes para tener seguridad, educación, salud y transporte seguro dentro de la isla.
Tenés razón patilludo, dijo la señora parlanchina. Subamos los impuestos porque el costo de administrar esta isla aumentó, y aumentalos un poco más porque mi hijo necesita una nueva playstation, porque es la forma en que se concentra para darle órdenes a los de La Compota cuando se pelean por los puestos en el ministerio de no hacer nada.
La verdad, dijo la señora parlanchina, que razonamos tan bien en economía y resolvemos magistralmente los problemas, que merecemos el premio Nobel, ¿no les parece? Que le avisen al encargado de relaciones con las otras islas que cuando termine de arreglar la truchada de tratado con la isla vecina, me proponga como candidata a premio Nobel de economía. El comité del Nobel no puede negarme el premio y reconocer que soy una administradora exitosa.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980). Asesor económico. Director de "Economía para todos". Artículo publicado en el N° 461 el 9 de Marzo de 2013.