domingo, 3 de marzo de 2013

Las crisis económico-políticas

Por Gabriel Boragina (*)
Mucho se ha escrito ya, desde luego, sobre la génesis de las crisis económicas. Sin embargo, será interesante hacer un breve análisis sobre la interrelación entre crisis económicas y crisis políticas, habida cuenta que creemos que existe un nexo entre ambas que se presenta con recurrencia e interdependencia, tanto como  con rarísimas, escasas e inclusive nulas excepciones.

Por nuestro lado, hemos observado la siguiente secuencia: 
1.- Los actos políticos producen crisis económicas,
2.- Las crisis económicas generan crisis políticas y
3.- Las crisis políticas provocan los cambios de gobierno.

Esta constante y el orden dado en ella (1, 2 y 3) -hemos comprobado- que es inexorable, y se presenta en cualquier tiempo y lugar, por supuesto que, en disimiles grados e intensidades. Veamos un poco más en detalle cada uno de los tres pasos de los nexos de causalidad entre las crisis políticas y las económicas.

La primera fase de la crisis que se observa con una regularidad casi matemática, es aquella que indica que no se presentan jamás crisis económicas sin que exista como causa antecedente de ellas una previa manipulación de las variables económicas por parte de los poderes políticos. Este es un continuo, que puede ser demostrado empíricamente mediante el estudio y la observación de los grandes fenómenos económicos de los que da cuenta la historia de la economía. El punto 1 del esquema es lo que los escritores de la Escuela Austriaca de Economía (tales como Ludwig von Mises), han sintetizado bajo el rótulo de intervencionismo, y que no alude a cualquier intervención del gobierno en los asuntos humanos, sino en particular referida al intervencionismo económico. Hacemos esta aclaración por cuanto el dictado de leyes, decretos y sentencias judiciales, también conforman una suerte de intervencionismo del estado en las relaciones humanas, pero a veces, este intervencionismo legal (por darle alguna denominación) no obstaculiza en forma directa las relaciones económicas.

Como síntesis entonces de lo expresado hasta aquí, podemos concluir que todo intervencionismo económico estatal generará una correlativa crisis económica. Naturalmente, que el grado de esta crisis económica variará en función al nivel de intervencionismo que se trate. Pequeñas intervenciones en el mercado producirán pequeñas crisis, las que incluso pueden pasar inadvertidas por largo tiempo. Intervenciones mayores darán como consecuencia, de la misma manera, crisis de mayor envergadura, en tanto que la intervención total del sistema económico deparará como resultado la crisis completa del mismo.

Si bien el intervencionismo estatal en la economía puede adoptar un número grande de modalidades, el denominador común a todo intervencionismo se traduce en una transferencia compulsiva de recursos e ingresos desde una persona o sector hacia otra persona o sectores diferentes, en lo que se ha dado en llamar una suerte de subsidios cruzados, lo que -naturalmente- genera un gran beneplácito para los grupos subsidiados y por contrapartida, un alto malestar en los sectores subsidiantes, lo que -a su turno- crea una crisis dentro del conjunto expoliado, habida cuenta que todas esta transferencias de ingresos y recursos son coactivas y no voluntarias. Lógico es pues que originen conflicto.

En la fase siguiente, los sectores expoliados dirigen sus reclamos a los círculos beneficiados con el despojo, y en un grado ulterior, contra el gobierno expoliador. Estas quejas y demandas de los perjudicados contra el gobierno intervencionista, ocasionan -en la medida de su expoliación- minicrisis políticas y -en proporción a su extensión- crisis política propiamente dicha. Es decir, nos encontramos ya en la segunda fase de nuestro esquema inicial. En esta segunda etapa, la crisis política se produce porque el gobierno -ante las diferentes y constantes presiones sociales por la situación provocada- trata de "resolver" la misma de manera igualmente equivocada, vale decir en sentido inverso : desfalcando esta vez a otros sectores que no lo fueron antes, o -a veces- quitándoles a los beneficiados en primer término lo que les había dado originariamente, y entregándolo a otros grupos diferentes, todo siempre de acuerdo a criterios políticos coercitivos y arbitrarios, o fruto de conveniencias electorales en su caso.

Cuando todo este complejo enjambre de intervenciones, subsidios cruzados, reclamos, presiones se plasma en protestas materiales, como ser paros, marchas, manifestaciones violentas o desobediencias civiles sostenidas en el tiempo, el gobierno se debilita, al punto tal que ya no puede satisfacer las crecientes demandas de absolutamente ningún sector de la sociedad civil, ni en su conjunto ni por separado. Entramos pues en la tercera fase del esquema inicial dado al comienzo, en el que la crisis política desemboca en la caída del gobierno en cuestión.

Ahora bien, cabe señalar que, aun cuando la secuencia dada arriba (1, 2 y 3) es inexorable en el sentido que todo cambio de gobierno se produce mediante la vía explicada y siguiendo ese riguroso orden de pasos, hay que tener en cuenta que cada etapa -en sí misma y aisladamente considerada- puede durar muchísimo tiempo, y que el proceso no es en modo alguno irreversible. Es decir: el gobierno puede advertir a tiempo el camino equivocado que está llevando y dar marcha atrás en su intervencionismo económico. 

En otros casos, puede detenerse en cualquiera de las tres fases y prolongarla, entrando en una suerte de estancamiento, todo lo cual dependerá de las particulares circunstancias de cada región, provincia, estado, país, continente, etc. y del grupo gobernante, ello habida cuenta que todo intervencionismo económico no es en el fondo más que una decisión de índole política, y sobre la determinación de interferir los mercados puede -en cualquier momento- adoptarse la resolución en sentido contrario : la de dejar de obstaculizar los procesos de mercado. 

Cierto es que son poquísimos los gobiernos del mundo que desisten de intervenir en las economías de sus países, y que las diferencias sustanciales entre un gobierno y otro residen -casi exclusivamente- en cuál entorpece menos los mercados. Pero ello, no quita que obstruir a los mercados siga siendo una decisión política y no algo "inevitable" para los gobiernos.

(*) Gabriel Boragina. Abogado.Master en Economía y Administración de Empresas. Egresado de ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas). Presidente del CFi (Centro de Estudios Económicos,Filosóficos y Políticos).Director del curso sobre Escuela Austriaca de Economía,dictado por el Centro de Educación a Distancia para los Estudios Económicos (CEDEPE). Director del Departamento de Derecho Financiero del INAE (Instituto Argentino de Economía). Colaborador de "Contribuciones a la Economía"; revista académica de amplia difusión mundial publicada por el Departamento de Economía de la Universidad de Málaga. Columnista de "La Historia Paralela",revista crítica de política y economía internacional. Ex columnista y sponsor de la revista Sociedad Libre y de la revista Atlas del Sud. Ex presidente de ESEDEC (Escuela de Educación Económica). Profesor de Elementos de Análisis Económico y Financiero en la UNBA. Ex profesor de la materia universitaria Política Económica Argentina; de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA; de Finanzas y Derecho Tributario de la Universidad Abierta Interamericana (UAI). Artículo publicado en Acción Humana el 30 de Enero de 2013.