sábado, 2 de marzo de 2013

El problema del fracaso

Por Justo J. Watson (*)
Vivimos en una nación fallida, camino de su disolución.

Somos, definitivamente, ratas de laboratorio de un experimento ideológico fracasado. De un necio reintentar de 7 décadas, a resultas del cual transitamos hoy una guerra civil larvada.
Una estafa a gran escala “a lo Richter” y en toda la línea, perpetrada hasta el presente por el pleno de la intelectualidad nacional-populista argentina tras cuyos falsos, inmaduros cantos de sirena tomó impulso un voto tóxico masivo.

Intoxicados con el alcohol de este facilismo suicida, millones de abuelos, padres e hijos cavaron una gran fosa electoral, bailaron a su alrededor e hicieron tropezar a la Argentina con la misma piedra haciéndola  caer dentro, una y otra vez.

Ya no hay educación que merezca el nombre de tal en nuestra ex república. Si la hubiera, todos los ciudadanos conocerían la historia que seguramente algunas de esas abuelas aún recuerdan de primera mano. Y que sería bueno refiriesen a sus hijas y nietas, aunque esta vez sin el acostumbrado autoengaño de contar hechos (o efectos) escondiendo responsabilidades (o causas).

La Historia con mayúsculas de los tiempos “del Centenario” y antes de la gran estafa, cuando nuestro país se contaba entre las 10 potencias más ricas y avanzadas del planeta.
Una Argentina abierta, integradora y promisoria, meca de millones de inmigrantes europeos quienes, junto a otros tantos criollos, no pedían que el Estado les diese una mano (subsidios) sino que, simplemente, no les pusiera las manos encima (impuestos e intervención) dejándolos trabajar, ganar y reinvertir.

Una Argentina granero del mundo pero también crecientemente industrial igual que nuestros gemelos de esa época, Canadá y Australia, quienes a pesar de las crisis siguieron adelante con sus políticas agro-exportadoras sin caer en  saqueos redistributivos sobre el campo. Y que corriendo el siglo, era obvio, fueron también potencias industriales, tecnológicas y culturales, sacándonos hasta hoy inconmensurables ventajas en cuanto a bienestar popular.

Fuimos un país con una visión optimista de su destino superior y cuyas ciudades se preparaban, con magníficas construcciones, infraestructuras públicas y privadas (¡imponencias que aún perduran!) para ser cabeza de una república imperial.

La desocupación era casi inexistente y los salarios, superiores a los de grandes países europeos. Un empleado o una maestra podían comprar un terreno y construirse una casa. Incluso ahorrar. El peso argentino era atesorado en el mundo, nuestro prestigio internacional y diplomático estaba en su apogeo, teníamos la mayor cantidad de vías férreas por habitante y uno de los mejores índices educativos de la tierra.

Nuestros científicos así como las inversiones en ciencia, institutos especializados y tecnología estaban a la misma altura que en los países líderes. Nuestra gestión agropecuaria era la más evolucionada y pujante del orbe y nuestro ingreso anual per cápita aumentaba más que el norteamericano o el inglés, las superpotencias de entonces: ¡la locomotora argentina avanzaba hacia el horizonte, lanzada a la caza de los gigantes!

Fue, claro está, una época de señores, no de ladrones. Fue la época liberal. Pero de un liberalismo económico serio, inteligente, no la trágica neo-parodia del Martínez de Hoz-Menem trucho.
Había fraude electoral y las mujeres no tenían derechos cívicos, es cierto. Todo lo decidía una élite ilustrada sin participación popular, es cierto. No existían las ventajas sociales, laborales ni previsionales que después llegarían, es cierto.

Pero también es cierto que en la misma época, las sociedades de punta tampoco tenían estas cosas. O las tuvieron de manera despareja y bajo formas incipientes, siendo que la exclusión era algo aún más común y penoso que aquí.

El modelo liberal (y el libertario más aún) es, por definición, el más abierto a los avances de la modernidad y de habérselo seguido en el tiempo, tales estímulos y otros aún mejores (¿participación voluntaria en las ganancias?) hubiesen surgido con naturalidad, incluso antes de que el peronismo procurara llevarlos a la práctica atropellando y estafando a todos, como efectivamente hizo.

El problema del fracaso, de “vivir” las consecuencias de un fallido como el que nos ocupa, no está en que vayamos a morir mañana de hambre y frío en alguna cuneta sino en el atraso relativo en el que, poco a poco, todos vamos quedando.

Una declinación que conlleva sufrimientos evitables tales como pobreza crónica, falta de vivienda y servicios, mal-empleo, polución, mal-nutrición, enfermedades desgastantes, educación deficiente,  frustración y vergüenza familiar (y nacional) constantes, alto nivel de injusticias, violencias, vicios, robos y accidentes.

En definitiva para millones de argentinos, grave impotencia existencial, desesperanza, resignación… y  muerte prematura.

Con esta guerra civil larvada que hierve sorda acumulando presión bajo la superficie de nuestra sociedad, somos llevados por el camino más largo, corrupto e ineficiente. El del gasto inútil de aquellas energías creativas que podrían haber sido aplicadas a proyectarnos unidos, como hace un siglo, hacia la modernidad y el bienestar.

Sin duda debiéramos poner a nuestra intelligentzia a trabajar para presentar a todos los que sufren este estado de cosas, un proyecto que los incluya muy en concreto. En nuevos paradigmas de educación, capacitación y reinserción laboral con oportunidades reales, de acceso al crédito, de fuerte consumo familiar, de seguridad en serio y de justicia rápida e igualitaria. Un nuevo proyecto de responsabilidad social empresaria en libertad creando riqueza para todos, con severo juicio y castigo para la rapiña y el privilegio estatal.

(*) Justo J. Watson. Artículo publicado por Crónica y Análisis el 2 de Marzo de 2013.