martes, 16 de abril de 2013

Congelamiento mata inversión

Por Tomás Bulat (*)
Ya mucho se escribió sobre la tragedia que enluta a la ciudad de La Plata y a varios barrios de la Ciudad de Buenos Aires. Que como resumen de una de las décadas de crecimiento económico más importante de la historia Argentina se mueran 51 personas en un accidente de tren y más de 60 por una tormenta, nos debe dejar pensando que estuvimos haciendo durante esta “década ganada”.
No voy a adentrarme en analizar el rol del Estado caro y ausente, sino de las consecuencias de seguir limitando las inversiones públicas y también las inversiones privadas.

Consumo vs. inversión
Fomentar el consumo y la inversión al mismo tiempo es una contradicción. La demanda agregada, como le gusta decir a la Presidente, se basa en mantener el nivel de crecimiento en cuatro componentes: La inversión, el consumo, el gasto público o las exportaciones.
Mantener el crecimiento de los cuatro componentes al mismo tiempo requiere una visión global de la economía. Porque si se promueven más las exportaciones, entonces se reduce el consumo interno. Si se promueve el consumo interno, se reducen las exportaciones o la inversión. Es decir, que todo el sistema requiere de un delicado equilibrio.

Desde el año 2009 principalmente el Gobierno insistió con una vieja fórmula, siempre efectiva en el corto plazo, que es crecer con el gasto público y fomentando a la vez el consumo interno.

Es lógico que si el gasto público crece por encima de los ingresos, el Gobierno rápidamente verá que tiene que conseguir plata para poder cerrar el déficit fiscal creciente y si las familias consumen cada vez más, ahorran cada vez menos.

Esta doble combinación de familias y del Gobierno que ahorran cada vez menos no deja plata para la inversión. Porque los fondos para invertir salen de algún lado. Y si todos consumen, no hay ahorro. Si no hay ahorro, no hay inversión. Es simple.

Esta falta de ahorro interno puede, y muchas veces se hace, ser reemplazada por ahorro externo, vía endeudamiento o a través de la inversión extranjera directa. Como se sabe, tampoco estas dos ventanas están hoy abiertas en la Argentina.

Esta falta de inversión se resiente primero en la de largo plazo. Por dos razones, son las que normalmente no se ven y son las más caras. Así, la infraestructura en general de energía, de los caminos, los puertos, los desagües pluviales, etc. son los primeros servicios en resentirse.
Luego se va resintiendo la inversión más grande en cuanto a montos (construcción de vivienda) y finalmente la más pequeña. Eso es lo que está sucediendo lentamente en la Argentina desde fines del 2011.

Pero para producir más se necesita más inversión, no más consumo. El consumo tiene un gran impacto en la economía cuando hay capacidad ociosa: Es decir, cada aumento de demanda se puede traducir rápidamente en mayor producción, porque la fábrica estaba trabajando a media máquina.

Pero si se aumenta el consumo y la empresa ya está trabajando a máxima capacidad, no se producen más bienes. Hay que comenzar a invertir para poder aumentar la producción.
Y así la cosa: se sigue incentivando el consumo y no la inversión y, por lo tanto, la economía en esa dirección directamente no crece.


La respuesta oficial del congelamiento
Como respuesta a estos problemas económicos desde el Gobierno se decide avanzar en el congelamiento de precios. Que es justamente lo contrario que necesita la inversión. Es claro que si es necesario congelar los precios, es porque el que los vende, (que incluye a aquellos que producen dichos bienes), quisieran poder venderlo a un precio mayor.
El impedirles vender a este precio más alto puede ser que logre dos cosas. La primera es que le disminuya la rentabilidad (porque son unos empresarios ambiciosos y codiciosos, según el criterio oficial) o la segunda es que ni siquiera cubran sus costos de producción porque todos los costos les suben.

Sea cualquiera de las dos alternativas, es evidente que no promueven la inversión. Las empresas invierten para poder ganar plata y, si se les limita eso, claramente bajará la inversión.

Por el otro lado, si los precios están congelados y los salarios nominales suben es lógico que el consuma suba, pero eso no logra que haya más oferta, porque producir más no tiene rentabilidad.

Lo que sucede es que congelar promueve el consumo pero termina por disminuir la inversión. Porque protege al que demanda, pero castiga al que produce.


Sin combustible
Esto es exactamente lo que pasa con el combustible. El déficit energético es cada vez mayor. En los dos primeros meses del año, las exportaciones de energía cayeron un 35% y las importaciones crecieron un 40%. La Argentina necesita fomentar la inversión en energía. No se puede destruir la rentabilidad de los productores si se quiere que inviertan y produzcan más.
Mientras más se extienda en el tiempo el congelamiento anunciado el miércoles por seis meses para los combustibles, más cae la inversión y más crece la demanda. El resultado lógico es el desabastecimiento, que puede tardar en llegar un poco más o menos, pero lamentablemente por este camino llega.

El Gobierno no entiende que la economía argentina necesita en esta etapa más inversión y no más consumo. ¿Cuántas empresas más se tienen que ir del país o directamente cerrar para que se cambie el rumbo de la política económica?

El problema es que congelar los precios termina congelando el crecimiento económico.

(*) Tomás Bulat. Economista, periodista y docente universitario. Artículo publicado por El Cronista el 12 de Abril de 2013 y por Libertad y Progreso.