lunes, 15 de abril de 2013

Contrarreforma judicial

Por Carlos Salvador La Rosa (*)
La intención de esta nota no es analizar los diversos puntos y leyes con que la presidenta Cristina Fernández pretende alterar drásticamente el sistema judicial argentino sino explicar los fundamentos conceptuales, políticos y filosóficos a partir de los cuales es posible imaginar una reforma (o contrarreforma) tan, pero tan reñida con el sistema republicano de gobierno que establece la Constitución.
 1. Mejor que reformar es macanear


Si Cristina Fernández usara no mucho más del 1% de su tiempo en mejorar el funcionamiento del sistema institucional y político argentino que tenemos, en vez de dedicar el 100% a querer cambiarlo por otro indescifrable, hubiera logrado transformaciones positivas extraordinarias en la calidad de vida de los argentinos. 

En cambio, al pretender con cada ley otro sistema, lo único que logra es desmantelar el actual sin crear nada de remplazo, excepto la decadencia permanente de aquello que se vive intentando cambiar más por resentimiento hacia lo que se ve como enemigo, que por convicciones hacia un futuro que se quiere construir. 


2. Leyes con nombre y apellido

El kirchnerismo está logrando quitar el carácter de general que por definición poseen las leyes, para convertirlas en disposiciones con nombre y apellido.En la Argentina ya no se legisla para todos ni para el futuro; se legisla en contra o a favor de algunos. Así la Ley de Medios es una ley sólo contra Clarín y la reforma judicial es sólo contra la Corte Suprema de Justicia.


El memorándum de acuerdo con Irán se hizo para que Cristina herede a Chávez y, el colmo de los colmos, las modificaciones al Código Civil (realizadas por gente proba y capaz) el gobierno las intentó usar contra Bergoglio cuando Bergoglio era su enemigo y ahora las quiere reformular supuestamente a favor del Papa, porque el Bergoglio antes enemigo, ahora es el Francisco amigo. 

Todo, leyes, reformas, memorándums o códigos siempre se instrumentan en contra o a favor de alguien en particular, jamás de todos en general.


3. Estado facción versus Estado Nación
Hay tres formas de entender el Estado

Un Estado al servicio de la Nación se ocupa básicamente de formular las grandes estrategias. Un Estado al servicio del gobierno sólo se ocupa, en el mejor caso, de la gestión. Pero un Estado al servicio del partido o de la facción gobernante, carece tanto de estrategias como de gestión, a las cuales remplaza con pura politización y mera ideologización. Por eso sus líderes hacen crecer al Estado-partido centralizando todo en él. 

Sin embargo, mayor cantidad no implica mejor calidad sino todo lo contrario: un Estado politizado y centralizado pero incapaz de gestionar o de proyectar futuros. Una maquinaria ciega de poder al servicio del poder ciego, el cual sólo quiere perpetuarse, ni siquiera para lograr imponer sus metas programáticas (que las cambia todos los días, según conveniencia) sino para la sobrevivencia de sus ocupantes. No es la eternización del que se cree eterno sino el temor de morir del mortal que quiere poseer un aparato disfrazado de infinito para así ocultar su miedo a la finitud.

El Estado-partido o Estado-facción, todo lo politiza al extremo. Pero no se trata de la política entendida como el bien común de la sociedad sino de la política como la guerra de todos contra todos.

En el Estado facción si uno es juez y tiene simpatías políticas peronistas debe juzgar como peronista; si uno es periodista y tiene simpatías políticas radicales, debe informar como radical. Ahora, si uno es juez o periodista y dice no tener ninguna simpatía política o no quiere mostrarlas, es porque es un mentiroso, un falsete. O sea, en vez de contener o moderar sus ideas personales, en el Estado- partido cada uno debe extremarlas. 

La politización partidaria de todo lo público es vista como una virtud en el Estado facción. La lucha hobbessiana de todos contra todos a lo que esta lógica conduce, se la ve como revolucionaria. Los límites y la división de poderes deben ser borrados del mapa porque son meras fachadas hipócritas que ocultan los verdaderos intereses, que son lo único que importa. Por eso todos deben admitir su parcialidad. Y quien primero la reconoce es el mejor. Y quien trata de autolimitarla es el peor. 

En el Estado-partido no sólo no existe la verdad, ni siquiera está permitida la posibilidad de intentar buscarla. Pero tampoco se defiende el pluralismo por el cual se aceptan como válidas y respetables todas las ideas, ante la imposibilidad de comprobar cuál es la verdadera. No, lo que se busca es el faccionalismo donde el que se impone (no importa si por la fuerza de la fuerza o por la fuerza de los votos) tiene derecho a destruir al resto, porque la única verdad la tiene el que gana, porque gana.


4. Mejor que gobernar es re-reelegirse

El gobierno vio estos días dos señales clarísimas de hacia dónde quiere ir la sociedad argentina. 

Una, la masiva aceptación popular hacia el Papa Francisco indicó que los argentinos prefieren los que se ponen por encima de los divisiones internas, que los que las provocan, sean K o antiK. 

Dos, la solidaridad nacional hacia los inundados mostró tanto un pueblo anhelante de razones para unirse, como un pueblo que, en vez de acusar a un solo sector político de sus desgracias, quiere que toda la clase dirigente se haga la autocrítica por estar tan aislada de las necesidades sociales reales. 

Sin embargo, ninguna de esas dos señales le importaron al gobierno. Lo que suena un tanto extraño ya que a una gestión que le quedan casi tres años, nada le vendría mejor que ponerse al frente de la voluntad popular para interpretarla y conducirla. Pero si este gobierno no lo hace, es por una razón bien concreta: porque el objetivo de la señora Presidenta no es tanto la de gobernar bien los tres años que le quedan, sino ganar, a como dé lugar, la posibilidad de tener -cuanto menos- otros cuatro años más, después de estos tres. 

Ahora bien, aún así uno se repregunta: Para ganar los próximos cuatro años después de estos tres, ¿no sería mejor gobernar lo mejor posible lo que le queda de su actual gestión? No, le responderían desde el gobierno, porque aunque gobernaran muy bien, dentro de la legalidad actual ni aún ganando todas las elecciones por muchos votos les alcanzaría para lo único que les interesa: la re re presidencial. 

A tal fin, los votos no son tan significativos como cambiar todo el sistema institucional que impide la re re. Y para eso deben crear el clima previo, a fin de verificar hasta dónde soportan las instituciones, el pueblo y la oposición, las jugadas al filo -o aún más allá- de la constitucionalidad. 

Así, si pasa la reforma judicial, si se puede clausurar (o al menos volver insignificante) la prensa libre, si se puede imponer cualquier cosa con su mayoría legislativa,¿por qué habría de haber obstáculos para la re-re aunque se tenga la Constitución en contra? La reforma judicial es la prueba de fuego del gobierno: si éste demuestra más audacia, firmeza y seguridad que la oposición, es muy posible que logre lo que se propone. 

Debe hacer cosas antipáticas como esta reforma, porque si las impone a pesar de ser antipáticas, quizá también pueda imponer la más antipática de todas pero imprescindible para su lógica: re-reelegir a la única persona con poder que existe dentro del sistema K, ya que el resto son, con suerte, meros títeres.


5. Contrarreforma sí, reforma no

Lo que se está intentando no es una reforma sino una contrarreforma, porque más que proponer un nuevo modelo judicial lo que se busca es atacar al de 1853 con sus agregados de 1994, para que se elimine lo esencial de la división y control de poderes.

Es una contrarreforma porque lo que quiere es legalizar la vieja práctica de la dependencia de la Justicia hacia el poder político. Es volver atrás, no marchar hacia adelante. Hacer por "derecho" lo que Menem y Duhalde hacían de hecho. Es incluso peor, porque Cristina supo ser mejor. Es una marcha atrás de sí misma. 

Cuando asumió Néstor Kirchner, como él y ella se creían mejores a sus antecesores, se animaron a tener una Corte Suprema independiente. Y lo que está pasando ahora es que Cristina no se la bancó, se asustó de su propia creación. Al menos Menem o Duhalde jamás se bancaron una Justicia independiente y siempre lo dijeron. Cristina, en cambio, creyó que sí se la bancaba, pero no se la bancó. Con lo cual, con esta reforma termina haciendo menemismo vergonzante pero menemismo al fin, o peor porque se cree mejor.


6. La re re como derecho humano

Estamos frente al primer intento K en serio de intentar reformar la Constitución sin reformarla. De imponerle leyes que la niegan, porque las necesitan como antecedente a ver si es posible la re re sin reforma constitucional. Porque si imponen esta contrarreforma judicial, con el tiempo y ya con la Corte actual descabezada -gracias precisamente a esta contrarreforma-, la Justicia adicta dirá algo así como que Cristina debe ser re-reelegida porque ningún ciudadano argentino puede ser discriminado con una prohibición que atenta contra sus derechos. Lo mismo que decía Menem, pero éste, como se creía liberal, lo decía en nombre de los derechos individuales y Cristina, como se cree progresista, lo dirá en nombre de los derechos humanos.Más de lo mismo.

7. La pata judicial

La filosofía de esta contrarreforma judicial es que el Estado es víctima de corporaciones golpistas y de jubilados o ahorristas que lo desestabilizan con sus reclamos. Por eso, de aprobarse, ya jamás ningún particular -ni rico ni pobre- podrá pedir amparos cuando el Estado avance sobre sus derechos, porque la Justicia ya no será un poder sino una pata. La pata judicial del "proyecto nacional y popular", o de cualquier "proyecto" que gane las elecciones de aquí en más. 

Habrá un Gobierno que, en vez de tres poderes autónomos y distintos, tendrá tres patas iguales. Un reino con tres escribanías, que hacen las tres todo lo que el rey o la reina les ordena. Y nada más.


(*) Carlos Salvador La Rosa. Artículo publicado en Los Andes (Mendoza) el 14 de Abril de 2013