martes, 23 de abril de 2013

Democracia Ciudadana

Por Gabriela Pousa  (*)
Indignación es quizás la palabra que mejor ilustra lo que acaba de pasar: todo y nada. Todo porque la gente, en forma masiva, se movilizó y dio evidencia empírica de su existencia y su condición ciudadana. Nada porque mañana, la Presidente volverá a ningunear a la sociedad con un relato autoreferencial, soberbio y seguramente falso.
Entonces se creerá que el gatopardismo que imponen ha ganado, y es posible que así suceda en el corto plazo, pero la taba se está dando vuelta, al menos ya no cae sobre el mismo escenario. A la gente se la está tomando por algo que no es, quedó demostrado.
Es verdad que la movilización no cambia nada en lo inmediato, la movilización suma y oxigena esperanzas bastardeadas a diario.
Ahora bien, hay aspectos que ameritan ser rescatados. En primer lugar, es el ciudadano común el que imparte el espíritu democrático aún cuando el gobierno siembra violencia en cada uno de sus actos. A las ganas de cambiar una dirigencia corrupta y servil, la calle – que ya no le pertenece a ningún “ismo” politico -, le antepone el sentido común.
No hubo actitudes violentas, ni se vivió la marcha como ley del talión, los odios están monopolizados del otro lado. Es necesario revitalizar la paciencia que, a esta altura de los acontecimientos, escasea. Al hartazgo se le unió, quizás, el cansancio de vivir en un país donde cada día hay un escándalo nuevo y otro atropello.
Mientras la gente se movilizaba, en el Congreso Nacional los representantes de sí mismos, daban media sanción a la limitación de medidas cautelares. Nunca fue tan grande la brecha entre el Legislativo y la gente, en consecuencia, la democracia hace mella. Se salió a pelear por ella.
El edificio fue rodeado pacíficamente, los senadores , de alguna manera, se han puesto sus propias rejas. El mensaje debe llegar también a los jueces que, de acá en más, tendrán en su poder dirimir sensatamente. La protesta tendió así a despertar conciencias.
Simultáneamente a ella, Cristina Kirchner se dedicó a tuitear sus “logros” y a ratificar, envalentonada, su condición de vieja terca. De esa terquedad hace virtud justo cuando la sociedad exige en las calles, flexibilidad y divergencia.
La jefe de Estado debería saber que cuando se torna voluntaria la ceguera, lo que no se quiso ver suele adquirir dimensiones gigantescas. De todas maneras, lo cuantitativo se rinde frente a lo cualitativo de la protesta.
Lo cierto es que la escisión que, conscientemente forjaron, no es una división de clases sociales como pretenden hacer creer para identificar un enemigo y justificar su constante belicismo.
No han dividido a los argentinos en clases sociales sino en clases de hombre, algo diferente sustancialmente. Como lo expusiera después del pasado 8N, conforme a los estereotipos que acunara Ortega y Gasset, es admisible situar por un lado a quienes hoy se han manifestado:personas comprometidas con los demás, consigo mismas, con la realidad; y del otro lado ubicar a los hombres-masa, sometidos a explosiones de fanatismo y violencia como ocurriera durante la segunda presidencia de Perón y se repite cada vez que la Presidente habla en algún acto.
Ahí entran los militantes que aplauden como autómatas, los mismos que van cediendo la razón frente a una nueva “lealtad partidaria”. De ese modo, lo que ayer era: “Primero la Patria, luego el movimiento, después los hombres”, hoy se traduce: “Primero Cristina, luego la dignidad, por último la razón y la Argentina”.
La gente, en cambio, demostró pacíficamente, saber que una cosa son los derechos fundamentales de todos, y otra los proyectos y afanes políticos de algunos. Lo esencial es mantener presente que no hay espacio para una imposición tiránica de ideas por parte de los dirigentes, si cada uno de los ciudadanos así no lo quiere.
En lo que respecta a las respuestas que puedan emanar desde la Presidencia, conviene no entusiasmarse. La naturaleza es inviolable, y el kirchnerismo ha dado pruebas de sobra de ser el escorpión al que la rana se confió vanamente.
El gobierno kirchnerista no atiende cuestiones relacionadas al bienestar general, ni sabe de políticas concretas para solucionar las demandas de la gente. Justamente, horas antes de la protesta, desde la Municipalidad de La Plata dieron a conocer una “política de Estado” nueva para casos de tormenta severa. Se trata de un croquis para armar una mochila con cosas básicas, y situarla en lo alto de las casas.
No es broma, es la única ocurrencia que han manifestado después del desastre provocado por la desidia.
Por último, es en vano pretender identificar a los manifestantes con etiquetas ininteligibles en esta época. De lo contrario, tendrán que aceptar que sufren de la hemiplejia moral a la que aludiera Ortega.
Es esquizofrénica la división entre pobres y ricos, entre abundancia y carencia. Falta decir sino, que es la derecha quien propone revoluciones, mientras la izquierda propone tiranías. Y a hacerse cargo de las consecuencias y la autoría.
Ha sido un triunfo del “Todos y Todas” de Cristina. Debería estar satisfecha, pero ella esta en su condición natural: ausente.
La legitimidad de la movilización, finalmente, tendrá su punto culmine cuando se abran las urnas.Mientras tanto solo cabe advertir que la ciudadanía se ejerce en acto, es decir en un constante estar movilizados. Si el 18A terminó al caer la hoja del calendario, sabrá a poco lo logrado.
(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado el 19 de Abril de 2013.