martes, 30 de abril de 2013

Estímulos públicos, lucro privado

Por Juan Ramón Rallo (*)
Les voy a contar un secretocuando los keynesianos de todos los partidos hablan de que “hay que estimular laeconomía” a lo que en realidad se están refiriendo es a que quieren hinchar las cuentas de resultados de algunosempresarios ineficientes a costa de los contribuyentes.  que jamás se lo han vendido de este modo quesiempre que les han dicho que sólo es cuestión de “crear empleo”“relanzar la economía”“fomentar el crecimiento”,“evitar la fractura social” o “ayudar a los más desfavorecidos”Pero la cruda realidad es ésasiempre que usted estéapoyando los déficits públicos masivos está defendiendo la socialización de las pérdidas de aquellos empresarios que nohan sabido invertir correctamente.

En honor a la verdad, hay que decir que no todos los keynesianos han tratado de ocultar lo evidente. Uno de sus más brillantes representantes, Hyman Minsky, tenía bien claro en qué consistía todo el teatrillo keynesiano: endeudar al contribuyente para engordar al capitalista. Lean sus palabras en uno de sus libros más importantes, Estabilizando una economía inestable: “Si el déficit público se incrementa cuando la inversión privadas y las rentas están decreciendo, los beneficios empresariales no se reducirán tanto como lo habrían hecho en su ausencia. En efecto, el Gran Gobierno sirve para consolidar los beneficios de las empresas”. Tal cual. Sin trampa ni cartón.
La verdad es que el hallazgo no tiene mucho misterio. El Estado, cuando gasta con cargo a déficit, puede hacer dos cosas: por un lado, contratar a una empresa privada para que haga cualquier barrabasada que los consumidores no habrían contratado por sí mismos, de manera que los beneficios de esas compañías concesionarias reciben una inyección en vena de dinero público; por otro, puede ejecutar sus dispendios a través de alguna sociedad pública, pero en tal caso se generan toda una serie de rentas privadas (a favor de los trabajadores, proveedores, clientes, etc.) que constituyen los ingresos que ulteriormente serán gastados por sus receptores en provecho de las empresas privadas con las que se relacionen.
No hay otra: cuando el Estado se endeuda y gasta lo que en última instancia está haciendo es derivando lucrativos dividendos a empresarios que deberían haber quebrado o que deberían haberse reestructurado. Nada demasiado distinto a rescatar bancos o a conceder la gestión de la sanidad pública a alguna empresa privada en régimen de monopolio, salvo que en estos dos casos vemos con claridad cómo se transfieren las rentas desde los contribuyentes a algunos capitalistas concretos, mientras que con los planes de estímulo muchos se limitan a aplaudir sin entender qué se está cociendo.
Ah, paradoja de las paradojas: los malosos neoliberales defensores del austericidio son los que, al final, reniegan de socializar las pérdidas y de enriquecer a torpes capitalistas varios expoliando al contribuyente, mientras que los intervencionistas austerófobos devienen los principales aliados de unos altos directivos que, a pesar de su mala gestión, necesitan cobrar su millonario bonus anual por la vía de vender más mercancías estropeadas a una economía que incrementa su gasto total gracias al despilfarrador déficit público. Lo dicho: estímulos públicos, ganancias privadas. Lástima que algunos todavía no se hayan enterado en qué campo juegan y qué intereses de fondo están defendiendo. 
(*) Juan Ramón Rallo es doctor en Economía con Premio Extraordinario de fin de carrera y licenciado en Derecho también con Premio Extraordinario de fin de carrera por la Universidad de Valencia, así como master en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Actualmente es profesor en esta última universidad y en los centros de estudios OMMA e Isead. Asimismo es director del Instituto Juan de Mariana. Artículo publicado en VLC News el 28 de Abril de 2013.