viernes, 12 de abril de 2013

La libertad económica es la de los pobres

Por José Benegas (*)
La última libertad que se usa es la de expresarse sobre temas públicos. Primero está el ser propietario del propio trabajo, después poder ahorrarlo y adquirir bienes sin ser robado, realizar transacciones, planes, sueños. Algunos más desahogados pueden ocuparse de temas comunes, opinan, discuten. Pero sin ser dueño del propio trabajo nadie tiene incentivos para discutir, a lo sumo lo tendrán para revelarse.

El debate público abierto es casi un lujo. Cuando un gobierno ha llegado a controlar también las opiniones, antes ha aplastado a las masas controlándoles la vida.
La supuesta división entre “libertades políticas” y “libertades económicas” es falaz. La libertad es libertad y que se la pueda estudiar desde el ángulo económico o político no quiere decir que sean cosas distintas. Si entendemos la libertad política como aquello de participar en el debate de los temas comunes, la posibilidad de expresarse o de votar o ser votado, sin la propiedad, sin independencia, sin la ausencia del miedo a una inspección impositiva, con el sometimiento a un burócrata que te abre la valija para buscarte el pecado de comprar o no te deja comprar una divisa que te salve de la inflación, no significan nada. Menos aún para las masas ocupadas con exclusividad en su subsistencia.
Si le sumamos a esto los vicios del estado de bienestar y su hijo más dilecto el populismo, se genera una dependencia de las personas más sencillas que son llevadas a besar las manos de los demagogos y a someterse a ellos. Dejan de ser ciudadanos en todos los sentidos relevantes y pasan a ser a lo sumo votantes desesperados detrás de una dádiva de la que nunca podrán prescindir.
De manera que es un absurdo de raigambre autoritaria lo de considerar menor la libertad de hacer lo que la gente hace todos los días y mayor el regodeo intelectual de los que están lejos de aquella desesperación.
Como el resentimiento paga para habilitar al autoritarismo, se presenta el problema de la libertad económica como el de las grandes empresas. En el socialismo hay una sola empresa que concentra las decisiones políticas, se vive un control total y la pobreza se convierte en una catástrofe general.
En otras formas de control como el intervencionismo o el nacional socialismo, nuestro sistema actual, la autoridad reemplaza a las decisiones de las personas. Hay empresas también y esas empresas tienen mucho más acceso a la autoridad que las personas comunes, por lo tanto la autoridad las beneficia a la vez que destruye a las que no se disciplinan. Los medios no tienen incentivos más que para tapar esa situación para proteger a sus anunciantes. Se mueven entre el poder autoritario directo y los intereses de los acomodados. El resultado es una oligarquía enemiga del mercado, amiga de los políticos.
Al contrario el mercado se caracteriza por la ausencia de autoridad en las relaciones en las que no exista uso de la fuerza o imposición de unos a otros. Para el común lo que rigen son reglas, no el ojo vigilante de los iluminados y “protectores”. Y a las reglas tienen acceso todos. Eso que el señor Kicillof desprecia como “seguridad jurídica”, no quiere decir otra cosa que el hecho de que la seguridad descansa en las reglas y no en el arbitrio de la autoridad.
Reemplazar al mercado por la autoridad no es una mera “intervención económica”, sino que trastoca de modo irremediable las relaciones políticas. Sobrevivir es ser amigo de los Kicillof y como el acceso a él es difícil y requiere una cuota de miseria, está a disposición de pocos, la política se vuelve oligárquica y la economía el mundo del privilegio. Justamente para eso que llaman “corporaciones”, si obedecen al gobierno, las cosas son fáciles. Para las personas sin recursos, el lugar es el de la esclavitud: “plan social” contra la identificación partidaria y la denigración personal.
Cuando el evangelio habla de pobreza en su sentido histórico, habla de esa pobreza asociada a la falta de acceso al poder en sociedades autoritarias que es la situación anterior al capitalismo. El de los pobres es el mundo de los “privados”, mientras que los socialistas nacionalistas o marxistas demonizan el mundo de lo “privatizado” y glorifican el de las decisiones centralizadas.
Es un esnobismo brutal el desprecio a la “libertad económica”. Y no digo elitismo, las elites son cosas más sanas, el snobismo es el quiero y no puedo, entonces me conformo con parecer, lo que requiere en muchos casos hacer padecer a otros.
Más pruebas de lo que digo no puede haber en este momento donde nuestras dictaduras latinoamericanas nacional socialistas utilizan la restricción económica directamente para disciplinar.
El mito es que en un contexto de poder limitado los “grandes intereses” están aventajados. Pero los “grandes intereses” están siempre aventajados en relación al poder político, por eso es que hay que limitar el poder político para que no puedan usarlo en su favor.
Todo esto se ha facilitado por lo que denomino la “castidad lucrativa”, que es la base de este pensamiento autoritario. Así como una forma conservadora de puritanismo tiende al control moralista del sexo sin tomarlo con naturalidad en lugar de poner el acento en que se ejerza con libertad sin imposiciones, hay otra forma autoritaria moralista propia de la izquierda que es el puritanismo del lucro, que se toma como algo malo de lo que hay que cuidarse con tutores, en vez de atender al mismo problema de la libertad de las personas.
Sexo y lucro son nuestros impulsos de supervivencia, se pueden canalizar a través de tratos civilizados o de crímenes. Si se los reprime generan perversiones en ambas cosas. El problema de la convivencia es el de los medios, previo reconocimiento de lo que el ser humano es con sus deseos. El afán de lucro no está ausente en los gobernantes, si se quiere garantizar su perversión sólo hay que entregarles la decisión sobre la fortuna de las personas. Sexo y lucro libre sin tutores y sin crímenes, eso es el mercado, lo que erróneamente se llama “libertad económica”.
El primer tipo de puritanismo hace ya poco daño, la sociedad se lo va sacando de encima y de cualquier modo siempre lo encaró con hipocresía. El segundo está en plena vigencia, tapado por mucha más hipocresía, pero carísima. El peor precio lo pagan los que se caen del sistema por todas las transacciones que no se hacen, los negocios que no se cierran, los empleos que no se crean, solo por el temor a la arbitrariedad y la falta de acceso a los privilegios. Esos son los más pobres, a través de una cadena de acontecimientos que empieza en el tipo de autoritarismo que más gente comparte.
(*) José Benegas. Abogado, periodista, ensayista, escritor. Artículo publicado en "No me parece" (web personal del autor) el 10 de Abril de 2013.