martes, 9 de abril de 2013

La postergación como política

Por Alberto Medina Méndez (*)
La vapuleada y manoseada democracia moderna, le viene dando cobijo a una casta de perversos políticos que, abusando de las características del sistema, han desplegado un deplorable culto al corto plazo.

Ellos descubrieron que a los votantes parece importarles más el presente inmediato que el futuro lejano. Su tesis la ponen a prueba a diario, y encuestas, estudios y cuanta medición está disponible, dice que la economía manda, y que si el hoy afirma que “estamos bien”, las perspectivas del largo plazo pueden interesar conceptualmente a algunos, pero no definen.

En ese juego, han aprendido a priorizar sus propios intereses, por sobre los de la sociedad a la que intentan representar, y así es que se han convertido en unos crónicos constructores de la postergación como política de Estado.

Su filosofía ahora consiste fundamentalmente en ganar elecciones, les importa el poder, su continuidad y por lo tanto dan preferencia al próximo turno electoral. En ese esquema, lo importante no es resolver problemas, sino que los mismos no exploten en sus narices, o al menos que ello no suceda demasiado pronto.

Esta estrategia general, los ha llevado a desarrollar, y perfeccionarse lo suficiente, en el arte de contener y sostener los inconvenientes. Ya no se trata de enfocarse en las soluciones, sino solo en trabajar sobre procedimientos que posibiliten posponer los malos efectos, al menos hasta que lleguen los siguientes comicios.

Con el resultado electoral en mano, cualquier fuera el mismo, casi siempre favorable, podrán reconsiderar la situación y actuar en consecuencia, ya sea con más de lo mismo o simplemente replanteando el discurso vigente.

Pero para ello no solo ejercitan políticas específicas, centralmente dilatorias, que tienen por objetivo amortiguar el eventual impacto, o más linealmente, trasladar sus circunstanciales efectos a sus nuevas víctimas y protagonistas.

En este contexto, también intentan buscar responsables, diluir culpas y sobre todo asegurarse que si algo sale mal, el chivo expiatorio estará al alcance, y se dispondrá del discurso adecuado que le endilgue la plena incumbencia por lo ocurrido.

La tarea no es muy compleja. Pero se debe ser consciente que como en todos los órdenes de la vida, los obstáculos deben en realidad ser enfrentados, más tarde o más temprano. La estrategia de “ganar tiempo”, es solo eso, y sus efectos no son neutros.

La dilación hasta el infinito, hace que el impedimento sea mayor, y que su salida resulte mucho más engorrosa, difícil y demasiado onerosa no solo en términos políticos para sus implementadores, sino para la sociedad que invariablemente pagará las consecuencias de decisiones desacertadas a un valor muy elevado.

Como ocurre en la vida misma, no ocuparse de los problemas, hacer de cuenta que no existen, ignorarlos, y al mismo tiempo priorizar la inmediatez de la efímera felicidad, es no comprender lo que sucede.

Cada asunto, como la corrupción, la inflación, la inseguridad, por solo citar ejemplos cotidianos, deben ser debidamente considerados, seriamente estudiados y adecuadamente enfrentados, eligiendo la estrategia correcta. Es posible tomar algún razonable tiempo, pero solo el suficiente para construir las herramientas que permitan dar la batalla final y derrotarlo con éxito. Una postergación ilimitada es sinónimo de seguro fracaso.

Los políticos que defienden esta idea de sobrevivir solo al próximo turno electoral, no solo muestran su escasa vocación de estadistas, sino la lineal perversidad de sus mentes y una maldad manifiesta.

Ningún ser humano de bien, frente a una contrariedad de un ser querido, elegiría el camino de engañarlo para pasarla bien, sabiendo que el hecho de no ocuparse de su problemática, solo empeorará el escenario.

Si fuera un tema de salud, la actitud de posponer, tendría el riesgo adicional, de poder alcanzar un punto sin retorno para intentar solucionarlo, por haberle permitido que se desarrolle, crezca y se torne incurable.

La comparación, solo pone en evidencia, que ya no solo se trata de dirigentes que quieren ganar elecciones, sino que fundamentalmente ni son estadistas, ni desean ayudar a la gente que pretenden representar. Solo los apasiona el poder, y la sociedad es solo un instrumento para lograrlo.

La mala noticia es que no se sale de este círculo vicioso así nomas. Para conseguirlo, hay que privarse de los supuestos beneficios del corto plazo, para entender la dinámica de la vida acabadamente, sabiendo que los dificultades no se solucionan esquivándolas, sino todo lo contrario, haciendo lo correcto, enfrentándolas, con inteligencia, soluciones e ideas claras.

Cuando la sociedad premie a los políticos que propongan sacrificio para dar la batalla contra los problemas estructurales que nos aquejan, tendremos alguna chance de cambiar el rumbo. De lo contrario, si seguimos igual, solo alimentaremos esta secuencial historia de dirigentes, que mienten descaradamente, estafan la buena fe de los más y por sobre todas las cosas, hacen de la postergación, su política.


(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político.

Fuente: Comunicación personal del autor