miércoles, 10 de abril de 2013

La responsabilidad opositora

Por Alberto Medina Méndez (*)
Siempre queda en evidencia la responsabilidad que le cabe al oficialismo, esas que siendo  elegidas por la sociedad para tomar las riendas del poder, cometen errores a diario, y hacen gala de su criticable estilo, cuando no de su soberbia, corrupción, negligencia o impericia.

Pero buena parte de ese presente tiene que ver, además, con la ausencia de opciones válidas, es decir de alternativas que sean consideradas por los votantes como una posibilidad de recambio frente a lo que insatisfactorio.

A veces, en la generalización, se puede caer en la trampa de creer que oficialismo y gobierno son sinónimos. Si bien la estructura política que obtiene el triunfo en las urnas, debe asumir la tarea ejecutiva de implementar decisiones, no menos cierto es que las fuerzas opositoras tienen una misión relevante, en la que también pueden aportar y mucho.

En primer lugar, desde los espacios legislativos, tienen funciones específicas que cumplir, que van desde la propuesta normativa que pueda modificar el  curso de los acontecimientos, a su participación directa en la vigencia de la división de poderes y el contralor cruzado que eso implica, que permita evitar la concentración de las decisiones, fenómeno propio de este tiempo.

Cuando un problema cotidiano no se resuelve, y no solo eso, ni siquiera es abordado, como para estudiarlo, entenderlo, encontrar sus causas profundas y desde allí empezar a plantear posibles soluciones, es porque no se ha trabajado lo suficiente en ello, ni el oficialismo, ni la oposición.

El conjunto de los asuntos que  aquejan a la sociedad, fundamentalmente cuestiones estructurales, de vieja data, con raíces añosas, no han sido encarados con la profundidad e inteligencia que merecen.

De hecho una de las tantas razones por las que la sociedad sostiene al poder actual, es por su percepción, muy atinada por cierto, de que si bien el oficialismo no tiene la solución, ni tiene vocación para resolverlo, la oposición no dispone ni de mayor conocimiento, ni exhibe una mínima muestra de estar preparada para enfrentar ese asunto con mayor solvencia.

Cuando se dice que la oposición es el problema porque no ha sido capaz de construir una alternativa políticamente creíble, se dice algo parcialmente cierto, y por lo tanto incompleto. No solo faltan actitudes de liderazgo, más contundentes, dirigentes menos mezquinos, con grandeza y capacidad de construir consensos. Escasean en realidad atributos más elementales.

Lo ausente en la oposición son ideas superadoras, profesionalidad no solo desde la comunicación y el marketing político, sino desde sus raíces, desde la construcción de propuestas que sean percibidas por la sociedad como una verdadera variante que puede funcionar frente a temas que no se han resuelto por décadas y que siguen esperando soluciones.

La gente no cambia políticamente, no solo por lo obvio, sino porque no advierte que exista en las filas de la oposición, materia prima adecuada para producir las mejoras que reclama. Creer que la gente no quiere terminar con la inflación, con la corrupción o con la inseguridad, es no comprender la esencia del problema y hacerse el distraído.

La sociedad evidentemente pretende soluciones. Pero por lo visto, ningún dirigente político, más allá de sus retóricos recursos, de recitar discursos interminables, ha podido exhibir un plan de trabajo que sea entendido por la sociedad como una real posibilidad para cambiar la historia.

La oposición lejos de diferenciarse del oficialismo, en el discurso y en la acción, se reitera, imita, mantiene lo central y cae en el juego de no decir lo opuesto por miedo a decir lo políticamente incorrecto. En ese esquema, los votantes prefieren la versión original a una mala copia que no parece tener nada que ofrecer, solo matices casi imperceptibles.

Se podrá discutir si frente a propuestas sólidas, la gente sigue prefiriendo el status quo, pero mientras esa “oferta” electoral no esté a la mano, la sociedad podrá seguir sosteniendo con bastante razón, de que no existe del “otro lado” de la política nada serio que esté a la altura de las necesidades.

Queda tal vez un capítulo importante en el camino. Y es ese que tiene que ver con la necesaria participación de la ciudadanía en esa construcción opositora. Se dispone de las alternativas que se tienen a mano, porque una importante parte de la sociedad, ha decidido participar de las decisiones solo el día de los comicios y aportar solo eso.

Cuando la gente decide enojarse por la escasa oferta, o porque solo dispone de opciones de baja calidad, omite una parte trascendente del relato. Es que se puede elegir solo entre lo que existente. Y nada nuevo mejor viene naciendo porque, probablemente, un sector de la sociedad no viene haciendo su tarea de ayudar en esa construcción, no solo formando parte activa de la política, sino también marcando el camino, estimulando a los mejores, contribuyendo sin temor a que los distintos, los que realmente pueden cambiar la historia, puedan avanzar y dar pasos firmes.

La acción permite cambiar, pero la omisión suele ser cómplice, partícipe necesario de este juego. Y a no pecar de ingenuidad, los profesionales de la política, de un lado y del otro, especulan siempre con la abulia ciudadana, esa que les resulta extraordinariamente funcional para seguir ocupando el espacio de poder que les toca en suerte, al menos, por algún tiempo más.

Los problemas que sufre la sociedad contemporánea son demasiados. La responsabilidad la tienen, en buena medida, los que tienen la tarea de aplicar las políticas que apoyaron las mayorías circunstanciales. Pero los que no ganaron, los que no tuvieron la posibilidad de triunfar en los comicios, esos a los que la sociedad los colocó en el rol de contrapesos, tienen también su importante función, y no la están cumpliendo como corresponde. Sin dudas, mucho de los problemas que se padecen, perduran aún, porque existe una considerable responsabilidad opositora.

(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político.
albertomedinamendez@gmail.com
www.albertomedinamendez.com

Fuente: Comunicación personal del autor