miércoles, 10 de abril de 2013

La tragedia desnudó la verdadera Argentina

Por José Marcelino García Rozado (*)
Las grandes tragedias despiertan enormes, generosos movimientos de solidaridad y entereza ante la adversidad, el verdadero y puro sentido popular de dar una mano al necesitado sin esperar ni especular con que ese gesto le sea retribuido de manera alguna; pero también desnudan la imprevisibilidad, la incompetencia y las bajezas humanas tanto como la “ausencia total de un Estado” y de sus funcionarios y dirigentes. ¿Qué se hizo con el gasto pavoroso de más de US$ 900 mil millones de estos 10 años?

Ante la contratara de un Estado Ausente, la tragedia y la emocionante y pura respuesta a todo tipo de problemas vistas en Buenos Aires, la Plata, La Matanza, San Martín y Vicente López por parte del pueblo argentino nos termina reconciliando una vez más con la verdadera argentina, la Argentina real, no la de “ella”, o la del resto de los gobernantes: esa Argentina del pueblo solidario, de entereza y presto a las causas nobles y a brindarse por sus hermanos y por sus semejantes. También la tragedia desnudó el desfile de pequeñas y grandes miserias y mezquindades, iluminando estos acontecimientos en su exacta dimensión, y poniendo en perspectiva crítica un “relato-discurso” de lo que presuntamente los argentinos vivimos a diario, relato que la terca realidad se encarga, antes o más tarde, de poner en su correcto y verdadero lugar.

Las tragedias, como la vivida, son impúdicas porque, de un golpe y definitivamente, dejan al desnudo ese mar de palabras y discursos vacíos, llenos de cifras, estadísticas, porcentajes, que hablan de un país en el que su pueblo no terminan nunca de percibir todas las bondades y progresos que sus gobernantes de turno se encargan vanamente de subrayar día a día. Así, las propagandas oficialistas, suenan huecas, sin sentido, o directamente falaces y mentirosas.

La “década ganada”, como el cristikirchnerismo pretende denominar a éstos últimos diez años, como contracara de la “década perdida” del menemato es simplemente una “década de retroceso” pues, si en algo se diferencia a la década del 90 del siglo pasado es en que durante aquella década, donde quien gobernaba fuera definido por Néstor Kirchner como “el mejor presidente de la historia”, olvidándose de Juan Domingo Perón, de Roca y de Irigoyen, por nombrar a los más representativos de tres posturas ideológicas argentinas, fue en que en una se profundizó el modelo neoliberal que había nacido con Alfredo Martínez de Hoz, y en la presente se terminó de consolidar aquel modelo.

La plasticidad de cierta dirigencia que dice ser peronista, la manipulación de la historia y los valores de la doctrina nacional peronista, permiten que esos gigantescos y nada reales virajes y contorsiones ideológicas sean digeridos por éstos dirigentes y funcionarios como parte de un todo; de un neoliberalismo de derecha a un seudo socialiberalismo progre y de una mentirosa y falaz izquierda, donde todo es válido, y donde se pueden cobijar los ex setentistas expulsados por Perón por traidores y entristas, como por sus seudo herederos putativos. Tan acostumbrados están a los virajes más extremos y a la permanente manipulación de la historia que llegan a creerse los virajes como “cambios de realidades”, la anteúltima fue el giro copernicano generado respecto del ex Cardenal Jorge Mario Bergoglio una vez convertido en Francisco. Pero no fue la última ni la primera, pues otros giros fueron respecto del período menemista -del que fueron parte y actores principales-, así como respecto de la actitud “sediciosa” de los setentistas que viraron de una posición de lucha para obtener el poder mediante las armas (guerra la definió Estela de Carlotto) a la de víctimas ante los “sediciosos” golpistas de las Juntas del Proceso militar, del que fueron “socios prebendarios” en su estadía en Río Gallegos.

Lo que no puede ser metabolizado con tanta naturalidad y rapidez es que esos “pases de magia” esconden, detrás de grandes títulos y discursos por la “cadena nacional del éxito y la alegría”, y hasta a veces loables intenciones, ineficiencia, cálculo, oportunismo político, desidia, incapacidad y corrupción rampante; es éste cóctel perverso y explosivo el que al explotarles termina por golpear inequívocamente al pueblo, como ocurrió en Río Tercero, en Río Turbio, en Ciudad de Santa Fe, en Cromañón, en Once, En la Ciudad de Buenos Aires o en La Plata y en el resto del conurbano bonaerense. La naturalización de estos males hace que “la política” no esté a la altura de lo que, con razón, el pueblo reclama cuando estas tragedias y calamidades la golpean, o sea, cuando el relato faccioso distorsiona la realidad, los dirigentes terminan viendo y mirando “otro país, otra realidad, una realidad tergiversada y falaz”, las broncas de los damnificados, entonces, no termina de distinguir los matices y mete todo y a todos en la misma bolsa, generándose una perversidad absoluta pues la “credibilidad de la política sufre por quienes no la ejercen, sino por quienes se aprovechan de su situación”.

Parecer diferentes, cuando se es igual es una cuestión muy difícil de lograr, y el discurso triunfalista y la propaganda, lo que no pueden cambiar son el desamparo y el abandono que sufre el pueblo y los castigados por la tragedia, lo que estos y aquellos otros funcionarios que maquillaron de peronismo un sistema de gobierno que no lo era, ni lo es, es que el Estado no es un partido político, ni le pertenece a nadie con exclusividad, ellos deben entender y recordar siempre, que al ser funcionarios, son “servidores públicos, inquilinos del poder, que les confiere el pueblo”, desde el primero al último de ellos. La falta de planificación y la incapacidad para asumir las crisis son los correlatos del enojo popular, el pueblo les pide y exige que “se hagan cargo” y que acaben con la hipocresía y las alquimias políticas. La pregunta que se empieza a realizar el pueblo es: ¿dónde está la montaña enorme de plata que recaudó y gastó el Estado, en estos últimos diez años? De lo sucedido antes tiene excelente recuerdo y memoria, conoce de sobra la venta de los activos del Estado, las privatizaciones descomunales -verdaderos robos al pueblo-, el incremento incesante desde 1976 al 2001 de la deuda externa nacional, el acogimiento al Plan Brady, el canje y el mega canje, la fuga delictual de los ahorros realizada por los bancos, el coralito y el cepo de los dineros particulares, etc., etc.

Ahora el cristikirchnerismo se jacta de haber terminado con el “Estado bobo”, que dejaba hacer sin controlar nada -como si ahora esto hubiere cambiado-, y sólo existía para satisfacer los intereses de los grupos económicos concentrados; lo que queda muy poco claro es en qué rubro figura el actual Estado, pues lo cierto es que en la Argentina K, poco o nada en realidad es lo que ha cambiado, o sea, se cambió de collar, pero el perro es el mismo, o no lo es Grobocopatel, Procter & Gamble, Cristóbal López, Electro ingeniería, Nidera, Bunge y Born, Telefónica de España, el Grupo Vila Manzano, etc. Desde hace muchos años nunca hubo en la Argentina un Estado y un “gasto público” de dimensiones parecidas a la de los últimos diez años, las magnitudes son verdaderamente asombrosas por lo descomunal de las mismas.

Entre 2003 y 2012, la recaudación tributaria y regresiva nacional aumentó, a valores corrientes, un 840%; la presión impositiva de la Nación escaló a niveles astronómicos y récords: medida en relación con el PBI, un 52% desde que el kirchnerismo llegó al poder; de 2005 a 2012, las retenciones a las exportaciones del complejo sojero le dejaron al bolsillo del Estado $ 135 mil millones, o US$ 45 mil millones aproximadamente.

Puesto a pesos de hoy, o sea a valores corrientes e incorporando la inflación pasada, el “gasto acumulado” durante la era kirchnerista asciende a $ 4,3 billones, o un equivalente a US$ 900 mil millones y a dos (2) PBI completos; desde 2006, salida de Roberto Lavagna, también con la inflación incorporada, el Tesoro nacional exprimió y le quitó a la caja del BCRA unos $ 400 mil millones que cambió por deuda a futuro y que no sólo no desendeudó al país, sino que incrementó enormemente la deuda argentina toda que pasó de los US$ 126 mil millones a los actuales US$ 240 mil millones, aunque debemos reconocer que se achicó la deuda externa en dólares y se aumento y disparó la “deuda interna, con claro destino de pagadiós”. A esto se debe sumar el desfinanciamiento y la mala utilización del Fondo de Garantía del ANSeS estatizado y de los superávits del sistema previsional tomados por el Tesoro nacional y canjeados por pagarés y bonos del Estado con un destino similar a los de los fondos del BCRA.

¡Habría muchos más elementos para analizarse, pero lo que está a la vista alcanza para mostrar el espacio en el que se ha movido el “Gobierno nacional y popular”, uno inigualable, que provocaría la envidia en varios otros gobiernos que le han precedido.

La gran pregunta a realizarse es: ¿semejante masa gigantesca de miles de millones de dólares fue o es usada de un modo eficiente, transparente, perceptible en hechos y obras concretos y sin focos de corrupción o despilfarro? Ante las tragedias vividas, ¿dónde estuvo el Estado y las obras o inversiones que al menos hubieren mitigado el dolor y la catástrofe? ¿Dónde estaba el ejército, la armada, la fuerza aérea, la prefectura y la gendarmería o los bomberos para asistir adecuadamente a los sufrientes inundados? ¿Dónde estaban las frazadas y los colchones y las mudas de ropa o los pañales de niños y ancianos, el agua mineral y potabilizada, las escobas y el agua lavandina, o los víveres mínimos e indispensables en las primeras horas? ¿Qué fue del Ministerio de Defensa, del de Seguridad, del de Planificación Federal o del de Desarrollo Social? Por lo que se pudo apreciar, pasados ya casi seis (6) días en “ningún lugar”. Y para que quede claro, cada uno de los referentes del Estado carga con su propia culpa, el de la Ciudad de Buenos Aires, el de la Provincia de Buenos Aires, los de las municipalidades de San Martín, La Matanza, La Plata, Beriso, Ensenada, Vicente López… pero el Gobierno de la Nación es el más responsable de todos, y no tiene manera alguna de gambetear la parte enorme y mayoritaria que le toca.

El Plan Hídrico y de Obras Públicas tiene ya casi 80 años, sus actualizaciones fueron realizadas en múltiples años y gobiernos, las Universidades nacionales -UBA, UNLP, UNC, UNR, etc.- realizaron múltiples estudios y si tratamos con generosidad y mano muy abierta el costo de solucionar los temas hídricos e hidráulicos de la pampa húmeda (nuestra mayor fuente de recursos e ingresos agropecuarios) puede costar unos US$ 10 mil millones, una cifra ínfima respecto de los US$ 300 millones diarios que el Estado gastó. ¿En qué categoría entra un Estado que perdió el autoabastecimiento energético y quedó sumergido en una total crisis estructural de la que nos costará salir no menos de un lustro? ¿Somos conscientes que entre 2011 y 2012 se gastaron US$ 20 mil millones en importar gas, combustibles y electricidad para cubrir lo que se dejó de producir en el país, y que en el presente 2013 esta cifra llegará a US$ 15 mil millones? Si este Estado no es un verdadero y total “Estado bobo”, lo sucedido revela por lo menos impericia, incapacidad y falta absoluta de política de Estado.

Si a esto le sumamos los cortes de luz permanentes y cotidianos que sufre la población, el quebranto de las distribuidoras y los meses en que escasea el gas, la cuenta suena a juego demasiado conocido, mientras los funcionarios juegan a descargarse las culpas unos contra otros o a mentir descaradamente.

¿Todo se puede encuadrar en el mismo marco? ¿Es posible creer en un Estado presente y verdaderamente regulador a favor del pueblo? ¿Dónde encajan los muertos de Once o de Cromañón, o los de Río Tercero, o los de la inundación de Santa Fe capital? No hay que romperse demasiado la cabeza: en el mismo sitio que la crisis energética, o la de las recién pasadas inundaciones de la semana que terminó antes de ayer. El desbalance es total, y los mayores gastos o inversiones se dieron para beneficiar al transporte automotor y al aeronáutico, Aerolíneas Argentinas y Austral dejándose de lado el sistema ferroviario al arbitrio y el desmanejo de las empresas concesionarias que tuvieron enormes ganancias por no invertir ni un peso, el deterioro del sistema ferroviario es verdaderamente escandaloso. Desde 2005 la masa de acumulación de subsidios indiscriminados y cruzados fue un verdadero jolgorio de corrupción, un sistema impresionante e insostenible en el tiempo.

Energía y transporte manejados por el Gobierno y empresarios adictos le representaron al Estado la friolera de $ 338 mil millones, es imposible denominar “política planificada” a este modelo o plan indiscriminado y corrupto de utilizar los fondos públicos.

Ni que hablar de la falta casi total de cloacas y agua de red, donde un 30% carece de ambas y casi un 50% de las primeras, expuestos a contaminaciones y enfermedades, que además se agravan porque esta falta se da en los sectores de menores ingresos, ni que hablar de quienes adolecen de gas natural domiciliario, o de quienes no tienen una vivienda digna, o de las prestaciones monopólicas o cartelizadas de la telefonía, cuyos costos se miden además de en dinero, en la gran mayoría de los casos en pérdida del patrimonio nacional, y ahora cuando la caja ya no es la misma, un Estado poderoso que captaba voluntades deja paso a otro que es incapaz de poder autosostenerse, razón primera aunque no última del ahogo financiero al que someten a los gobernadores e intendentes afines, ni que hablar de aquellos otros a los que consideran enemigos. Así se financió durante una década organizaciones adictas como La Cámpora que ocupa cada vez más puestos muy bien rentados dentro del Estado, aunque esta organización poco tenga para mostrar en su base, como quedó demostrado en Santa Cruz.

Después de una década, el modelo K deja totalmente al descubierto agujeros enormes, no sólo en infraestructura, donde debiera invertirse más del doble de lo que se ha invertido, para alcanzar estándares de desarrollo mínimo de naciones de similar desarrollo, sino que además deberá invertirse y recalificarse la educación y la salud para abandonar este estado de inviabilidad en el que nos encontramos. Nada que no sea un modo de hacer política de verdad.

(*) Arq. José Marcelino García Rozado. Artículo publicado en Informador Público el 10 de Abril de 2013