viernes, 3 de mayo de 2013

El imperativo moral del mercado

Por Friedrich A. Hayek (*)
[Este artículo apareció originalmente en The Unfinished Agenda: Essays on the Political Economy of Government Policy in Honour of Arthur Seldon (1986).]
En 1936, año en el que (por pura coincidencia) John Maynard Keynes publicó la Teoría General, mientras preparaba mi discurso presidencial para el LondonEconomic Club, vi de repente que mi labor anterior en las diferentes ramas de la economía tenían una raíz común. Esta idea de que el sistema de precios era realmente un instrumento que había permitido a millones de personas ajustar sus esfuerzos a los acontecimientos, exigencias y condiciones sobre las que no tenían conocimiento concreto ni directo, y que la completa coordinación de toda la economía mundial se debía a ciertas prácticas y usos que habían surgido inconscientemente. El problema que había identificado por primera vez estudiando las fluctuaciones de la industria (que las falsas señales deprecios desorientaban los esfuerzos humanos) luego lo continué en otras ramas de la disciplina.


La inspiración de Ludwig von Mises
En este asunto mi pensamiento se inspiró en gran medida por la concepción de Ludwig von Mises sobre la dificultad de ordenar una economía planificada. Mis primeras investigaciones sobre las consecuencias de limitar las rentas me mostraron con más claridad que casi ninguna  otra cosa cómo la interferencia del gobierno en el sistema de precios trastorna los esfuerzos económicos humanos.

Sin embargo me costó mucho tiempo desarrollar lo que es fundamentalmente una idea muy simple. Me tenía perplejo que El Socialismo de Mises,[1] que me había resultado tan convincente y parecía mostrar definitivamente por qué la planificación central no podía funcionar, no hubiera convencido al resto del mundo. Me pregunté por qué esto era así.

Los precios y el Orden Económico
Poco a poco descubrí que la función fundamental de la economía era describir el proceso de cómo la actividad humana se ha adaptado a los datos sobre los que no tenía información. Así, el orden económico en su conjunto se basaba en el hecho de que al utilizar los precios como guías, o como señales, que nos llevaran a atender las demandas y conseguir las competencias y capacidades de personas de las cuales no sabíamos nada. Fue como consecuencia de que nos habíamos basado en un sistema que nunca habíamos entendido y que nunca diseñamos por lo que fuimos capaces de generar la riqueza necesaria para sostener un enorme incremento de la población mundial, y empezar a realizar nuestras nuevas ambiciones de difundir esta riqueza de manera más justa. Básicamente, la idea de que los precios eran señales que lograban la coordinación imprevista de los esfuerzos de miles de individuos fue en cierto sentido, la teoría de la cibernética moderna, y se convirtió en la idea principal de fondo de mi trabajo.

Esto me obligó inevitablemente a investigar la relación entre las actuales creencias políticas y la preservación del sistema en el que la riqueza de la que estamos tan excesivamente orgullosos depende. Aunque Adam Smith, como Marshall 150 años después, había comprendido básicamente que el éxito de nuestro sistema económico es el resultado de un proceso no diseñado de coordinación de las actividades de un gran número de personas, nunca convenció plenamente a los líderes de la opinión pública de esta verdad .

Ésta se ha convertido en mi principal tarea, y me ha llevado algo así como 50 años ser capaz de exponer con la mayor brevedad y en tan pocas palabras como soy capaz; ni siquiera hace 10 años podría haberlo puesto tan sucintamente. Parece obvio, una vez visto, que el fundamento básico de nuestra civilización y nuestra riqueza es un sistema de señales que nos informa, aunque imperfectamente, de los efectos de millones de acontecimientos que ocurren en el mundo, a los que tenemos que adaptarnos y sobre los que no podemos tener información directa.

Mejorando el sistema de mercado
Esta idea tiene consecuencias extraordinariamente importantes una vez que esta verdad ha sido aceptada. O bien debe limitarse a la creación de un marco institucional en el que el sistema de precios operará tan eficientemente como sea posible, o se está obligado a alterar su función. Si bien es cierto que los precios son señales que nos permiten adaptar nuestras actividades a acontecimientos y exigencias desconocidos, es evidentemente absurdo creer que podemos controlar los precios. No se puede mejorar una señal si no sabes lo que indica.
No es incoherente admitir que el sistema de precios, incluso en la teoría de un mercado de competencia perfecta, no tiene en cuenta todas las cosas que nos gustaría se tuviesen en cuenta. Pero si no podemos mejorar el sistema al interferir directamente en los precios, podemos tratar de encontrar nuevos métodos de alimentación de información al mercado que no hayan sido tenidos en cuenta.

Todavía hay un amplio margen para avanzar en esta dirección. Por otra parte, más allá de lo que el mercado ya hace por nosotros, hay una amplia oportunidad para el uso de la organización deliberada para "rellenar" lo que el mercado no puede proporcionar. Así que conseguiremos lo mejor del mercado si tratamos de mejorar el marco en el que opera. Tenemos que ir fuera del sistema de mercado para proveer (a través de organizaciones gubernamentales y otras) a  aquellas personas que no están en condiciones de valerse por sí mismas.

El socialismo: Un error intelectual
Esta línea de argumentación plantea algunos problemas intelectuales y morales muy serios. En primer lugar, me parece que las ambiciones del socialismo reflejan un error intelectual en lugar de valores diferentes. El socialismo se basa en la falta de comprensión de qué es aquello a lo que debemos la riqueza disponible que los socialistas esperan redistribuir. Esta objeción plantea algunas otras cuestiones que comencé a esbozar en una conferencia que di en 1978 en la London School of Economics.[2] El problema central era el conflicto entre nuestras emociones innatas acerca de las leyes, adquiridas en una pequeña sociedad primitiva, donde los pequeños grupos de personas atendían a compañeros conocidos con propósitos comunes, y los cambios en la moral que tenía que llevarse a cabo para hacer posible la división internacional del trabajo.

En efecto, esta pequeña evolución, que llevó a la humanidad más de 3.000 años gradualmente llevar a efecto, conlleva en gran medida una supresión deliberada de unos sentimientos emocionales muy fuertes que todos tenemos en nuestros huesos y de las que no podemos librarnos totalmente. Voy a ilustrar esto con una breve referencia a la idea que aún prevalece sobre la solidaridad. Un acuerdo sobre un propósito común entre un grupo de personas se sabe que es claramente una idea que no se puede aplicar a una sociedad grande, que incluye a las personas que no se conocen entre sí. La sociedad moderna y la economía moderna ha crecido con el reconocimiento de que esta idea (que fue fundamental en la vida en un pequeño grupo) una sociedad cara a cara, es simplemente inaplicable a los grandes grupos. La base esencial del desarrollo de la civilización moderna es permitir a la gente perseguir sus propios fines sobre la base de su propio conocimiento y no estar condicionado por los objetivos de otras personas.

El espejismo de la justicia social
El mismo dilema se aplica al deseo fundamental del socialismo de redistribución de acuerdo a los principios de justicia. Si los precios están para servir como una guía efectiva para lo que la gente tendría que hacer, no se puede premiar a las personas por lo que son o fueron sus buenas intenciones. Se debe permitir que los precios se determinen con el fin de decirle a la gente donde se puede hacer la mejor contribución al resto de la sociedad, y por desgracia la capacidad de hacer buenas contribuciones a los semejantes no se distribuye de acuerdo a los principios de la justicia.

La gente está en una posición muy desigual para contribuir a las exigencias de sus semejantes y tiene que elegir entre oportunidades muy diferentes. Por tanto, para que puedan adaptarse a una estructura que no conocen (y los determinantes sobre los que no tienen conocimiento), tenemos que permitir funcionar a los mecanismos espontáneos del mercado para decirles lo que tendrían que hacer.

Fue un triste error en la historia de la economía que impidió a los economistas, en particular los economistas clásicos, ver que la función esencial de los precios era decirle a la gente lo que deben hacer en el futuro y que los precios no podían basarse en lo que habían hecho en el pasado. Nuestra moderna visión es que los precios son señales que informan a la gente de lo que deben hacer para ajustarse al resto del sistema.

Ahora estoy profundamente convencido de que lo que antes solo había insinuado, a saber, que la lucha entre los partidarios de una sociedad libre y los defensores del sistema socialista no es un conflicto moral, sino intelectual. Así, los socialistas han sido dirigidos por una evolución muy peculiar de revivir ciertos instintos y sentimientos primitivos que a lo largo de cientos de años había sido prácticamente suprimida por la moral comercial o mercantil, que a mediados del siglo pasado había llegado a gobernar la economía mundial.

La decadencia de la moralidad comercial
Hasta hace 130 o 150 años, todo el mundo en lo que hoy es la parte industrializada del mundo occidental creció familiarizado con las normas y necesidades de lo que se llamaba moral comercial o mercantil, porque todo el mundo trabajaba en una pequeña empresa en la que estaban por igual preocupados y expuestos a la conducta de los demás. Ya sea como maestro o empleado o miembro de la familia, todo el mundo aceptaba la inevitable necesidad de tener que adaptarse a los cambios en la demanda, la oferta y los precios en el mercado. Se comenzó a dar un cambio a mediados del siglo pasado. Mientras que antes tal vez sólo la aristocracia y sus sirvientes eran ajenos a las reglas del mercado, el crecimiento de las grandes organizaciones de negocios, de comercio, de finanzas, y en última instancia las gubernamentales, aumentó el número de personas que crecieron sin que se le enseñara la moral de los mercados que se había desarrollado en el curso de los últimos 2.000 años.

Probablemente por primera vez desde la antigüedad clásica, una parte cada vez mayor de la población del estado industrial moderno creció sin aprender en la infancia que era indispensable responder tanto como productor como consumidor a todas las cosas desagradables que el cambiante mercado requiere. Este desarrollo coincidió con la difusión de una nueva filosofía, que enseñó a la gente que no debe someterse a ningún principio de la moral que no pueda ser justificado racionalmente.

Creo que, con la excepción de unos pocos hombres como Adam Smith (y él sólo de forma limitada), nadie antes de mediados del siglo XIX realmente podría haber respondido a la pregunta: ¿Por qué debemos obedecer a principios morales que nunca han sido justificados racionalmente? El hecho de que un gran número de personas aceptasen los principios morales que constituyen la base del sistema capitalista estaba apoyado por una nueva tendencia intelectual que les enseñó que estas costumbres no tenía ninguna justificación racional.

Ideales frente a supervivencia
Esta dicotomía explica la creciente oposición al sistema de mercado que se ha extendido mucho más allá de los partidos específicamente socialistas del siglo pasado. En el curso de la historia casi todos los pasos en el desarrollo de la moral comercial fueron combatidos con la oposición de los filósofos morales y profesores de religión, una historia lo suficientemente bien conocida y con detalle.

Ahora estamos en la situación extraordinaria en que, si bien vivimos en un mundo con una población numerosa y creciente que se puede mantener viva sólo gracias a la prevalencia del sistema de mercado, la gran mayoría de la gente (no exagero) ya no creen en el mercado. Se trata de una cuestión crucial para la preservación futura de la civilización y que debe ser encarada antes de que los argumentos del socialismo nos devuelvan a una moralidad primitiva. Una vez más, se deben suprimir los sentimientos innatos, que han brotado en nosotros una vez que se dejó de aprender la disciplina tensa del mercado, antes de que destruyan nuestra capacidad de alimentar a la población a través del sistema de coordinación del mercado. De lo contrario, el colapso del capitalismo asegurará que una parte muy importante de la población mundial morirá porque no podemos darle de comer.

Este es un problema serio, y uno que no ha tenido que ser resuelto en el pasado. La población mundial, ni siquiera las mentes de los líderes de ningún país, nunca serán persuadidas por argumentos teóricos de que deben creer en un cierto tipo de moralidad. No obstante, podemos demostrar que a menos que la gente esté dispuesta a someterse a la disciplina constituida por la moral comercial, será destruida nuestra capacidad para apoyar un mayor crecimiento de la población, o incluso para mantener sus números actuales, salvo en el relativamente próspero Occidente.

Yo no estaría de acuerdo en que el proceso de selección por el cual la moral del capitalismo ha evolucionado, produciendo lo que pocos libros de texto reconocen como sus "efectos beneficiosos sobre la sociedad en general", consista en su totalidad en ayudar al crecimiento de la población. Muchos de los pueblos del mundo probablemente serían mucho más felices si el crecimiento de la población no hubiera sido estimulado en la medida en que se ha hecho. Sin embargo, la población mundial ha crecido a un tamaño que puede ser alimentado sólo por la adhesión a un sistema de mercado. Los intentos de sustituir el mercado demuestran (más gráficamente en Etiopía) la locura de la imposición de una alternativa.

Así como la prosperidad ha llevado a los pueblos más avanzados de forma voluntaria a restringir el crecimiento de la población, así también los pueblos que sólo muy lentamente  están empezando a aprender esta lección urgente puede llegar a ver que no es de su interés crecer más rápidamente. En esta coyuntura crítica para el tipo de civilización que hemos construido, la contribución más importante que un economista puede hacer es insistir en que podemos cumplir con nuestra responsabilidad de mantener nuestra población existente sólo siguiendo confiando en el sistema de mercado, que trajo esta gran  población a existir en primer lugar.

(*) F.A.Hayek fue miembro fundador del Instituto Mises. Compartió el Premio Nobel de Economía con su rival ideológico Gunnar Myrdal “por su obra pionera en la teoría del dinero y las fluctuaciones económicas y por su penetrante análisis de la interdependencia de los fenómenos económicos, sociales e institucionales”. Artículo publicado por Ricardo Valenzuela en "Narconomics" el 2 de Mayo de 2013.