lunes, 24 de junio de 2013

Cristina, cada vez más turbada

Por Enrique G. Avogadro (*)
“Como los ‘aprendices de brujo’, habían desatado fuerzas que no sabían cómo controlar sin invocar a la muerte, hasta el fin”. Héctor Ricardo Leis
Bajo las órdenes de su única mariscala de la derrota, el cristinismo militante sigue avanzando, ahora convocado a una “batalla” contra quienes no están dispuestos a enterrarse con él. Cuál es el verdadero significado de esa palabra -que una Cristina, bipolar como nunca, utilizó ex profeso en los espectáculos circenses en que transformó la celebración por los cuatro siglos de la Universidad de Córdoba y el Día de la Bandera, en Rosario, cuando llegó a bailar el Himno Nacional ejecutado con ritmo de cumbia tumbera- lo descubriremos los argentinos rápidamente, a medida en que se acerquen los tiempos finales del “modelo”; conociendo el paño, nada bueno cabe esperar.
 Mi impresión es que la Corte, con su fallo de inconstitucionalidad de la “democratización” de la Justicia, le hizo un enorme favor. Imagine usted qué hubiera sucedido con “Ella” si la oposición, con una única lista de candidatos a consejeros, disponía de la facultad de expulsar a todos los jueces que, desde Comodoro Py, han garantizado diez años de impunidad a la familia imperial y sus cómplices.
Quienes continúan declamando su fidelidad debieran comenzar a poner sus barbas en remojo. Las sociedades en general, y la nuestra muy especialmente, cuando sufre una crisis grave sale a buscar, con desesperación, alguien a quien echarle la culpa, a quien transferir la responsabilidad, la quite de sus propios hombros y le permita sentirse inocente, aún cuando la tragedia se haya debido a su voto.
A partir de 2003, don Néstor (q.e.p.d.) escogió a los militares y, con el silencio cómplice y cobarde de toda la comunidad y hasta de sus camaradas, mandó a una multitud de ancianos a comparecer en juicios amañados (http://www.youtube.com/embed/tekIciiYVLk) y a morir en las cárceles, en condiciones infrahumanas.
A diferencia de los actuales, que han ejercido el poder humillando tanto a propios y extraños, nadie odiaba a los funcionarios menemistas. Muchos de ellos, por lo demás, fueron incorporados por ambos cónyuges a su proyecto, y se transformaron en sus más obsecuentes defensores. Con la única excepción de María Julia Alsogaray y, ahora, del desastre de la causa de las armas, los demás se fueron a dormir en paz.
Cuando la herencia de la “década ganada” pase a manos de nuevos ocupantes de la Casa Rosada, y la crisis exponga sus más lacerantes aspectos, los argentinos otra vez buscarán responsables que los exoneren de la culpa de haber votado, por amor a sus bolsillos, a la asociación ilícita que hoy nos gobierna. No habrá pacto de impunidad que, en esas condiciones, pueda garantizarles a los actuales funcionarios, tan odiados, libertad y fortuna, ya que los jueces federales, que nunca se venden sino que sólo se alquilan, habrán cambiado de locatario. En el hecho de que doña Cristina y sus cómplices ya lo han comprendido está la verdadera raíz del monumental ataque golpista que están llevando a cabo contra la Constitución y, por ende, la República.
Un aspecto, que ya he resaltado en notas anteriores, tuvo una clara confirmación este jueves, en Rosario. Doña Cristina, de quien ya es lícito dudar acerca de sus facultades mentales, habló sólo para su núcleo duro, y agravió, una vez más, al resto de la ciudadanía. Con ello demostró, por si cabía a esta altura alguna duda, que su voluntad de perpetuarse en el poder no se apoyará en los votos que pudiera obtener seduciendo al electorado independiente, al que espanta con sus acciones, sino que, muy por el contrario, radicará en las curiosas “remedios y antibióticos” que dijo poseer.
Porque, le pregunto, lector. Si usted quisiera ser presidente del club de su barrio, ¿insultaría todos los días a los socios? o ¿iría cada noche a demoler las paredes de la sede? Si su vocación de ser electo –o re-reelecto- fuera sincera, resultaría obvio que usted no estaría centrando sus esperanzas en el sistema democrático, que está pensando en otro camino.
Ratificó así que, por delante, sólo tiene dos opciones, eventualmente combinados: el fraude o la violencia. El primero debería ser tan masivo que ya puede descartarse, al menos como exclusivo factor de una victoria. Así, por mera deducción, es seguro que recurrirá a la segunda, tal vez decretando la toma del Palacio de Tribunales, como anunció doña Bonafini.
Porque, si bien es cierto que está en condiciones de aumentar el número de los ministros de la Corte Suprema, la designación de cada uno de los nuevos miembros requerirá el voto de los dos tercios del Senado, una meta absolutamente inalcanzable para un cristinismo que ya huele a flores marchitas. Y lo mismo sucederá si pretende una reforma constitucional, como la exigida por doña Carlotto, doña Conti, don Kunkel, don De Vido y varios corifeos más; todas las encuestas dicen que la ciudadanía se manifiesta contraria a la misma casi en un 75%, porcentaje que incluye a muchos oficialistas de buena fe.
Anoche se cerraron, finalmente, las listas de quienes, en la mayoría de los casos solos, competirán en las abiertas de agosto, si éstas finalmente se realizan. Desde anoche, y pesar de la creencia generalizada, las PASO están un poco más lejos; la ciudadanía, pienso, tendería más a votar dentro de aquellas alianzas que ofrecen varias posibilidades, como la de centro-izquierda, que por las boletas que, por no tener rivales internos, resultarán menos atractivas para el ejercicio electoral; siempre resulta más convocante el voto decisorio que el meramente testimonial.
Anoche también, el cristinismo –al menos, en su actual versión- recibió el tiro de gracia. No sólo perderá en la ciudad de Buenos Aires, en Santa Fe, en Córdoba, en San Luis, en Mendoza, en Santa Cruz y, probablemente, en Chubut, sino que resulta probable que salga tercero en la crucial Provincia de Buenos Aires. Con ello, seguramente morirá la última esperanza de una perpetuación democrática del “modelo”, dejando sólo alternativas violentas.
Pero la gran duda nacional radica, precisamente, en el candidato con mejor imagen en la Provincia de Buenos Aires. Hasta hoy, y seguramente lo hará hasta octubre, Sergio Massa se ha reservado informar al público cómo votaran en el Congreso los diputados que su lista consiga imponer; en la medida en que, en lugares expectantes, aparecen nombres como los de Garfunkel o Daer, ambos militantes ultra-kirchneristas, ¿cabe esperar que no sumen sus alzadas manos cuanto la señora Presidente presente sus adefesios jurídicos disfrazados de proyectos de ley? La ciudadanía debiera exigir que, antes de recibir su aprobación, suscribieran un compromiso público en contra de la modificación de la Constitución y a favor de una Justicia independiente y veloz.
En Brasil, el 0,5% de su población salió a la calle y puso en jaque al PT y a su marketinero modelo, tan impregnado de corrupción; aquí, en las marchas ciudadanas de septiembre, octubre y abril, se movilizó un porcentaje diez veces mayor sin que el Gobierno se sintiera compelido a revisar política o conducta alguna. Creo que la sociedad debe abandonar su proverbial anomia y, en paz, recurrir a todos los remedios democráticos para terminar con esta lacra que está matando a la República y cuyas pústulas y llagas nos han convertido en una payasada mundial, sólo comparable a la que encarna el Pajarico Chiquitico.
La memoria del Gral. Manuel Belgrano, a quien debemos gran parte de nuestros ex-eternos laureles, nos lo exige.
Bs.As., 23 Jun 13
(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
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Fuente: Comunicación personal del autor