jueves, 20 de junio de 2013

El engaño detrás del “crecimiento”

Por Federico Perazzo (*)
Es muy difícil sumergirse en un debate abundante en números y estadísticas si se pierde el eje de los “objetivos,”, el “contexto” y la veracidad de quien los mide.

A su vez, muchos de los conceptos que se vierten por parte de quienes acumulan poder son antojadizos. Se especula, por ejemplo, en los números de la pobreza, la indigencia, etc., pero no se profundiza el significado de cada una de ellas.

Simplemente se traza una delgada línea, por medio de un número arbitrario, que distingue al pobre del que no lo es; mil pesos lo es, mil y un pesos ya no. Por ello no es casual la frase que el economista, Mancur Olson dijera hace algunos cuantos años, a modo de confesión : “hoy los economistas disponemos de tal herramental matemático, estadístico y econométrico capaz de torturar a los números para que digan lo que queremos”.

Lamentablemente, tampoco escapa a esta lógica el índice de crecimiento; de ahí que su referencia sea permanente. Por ello, es menester, primero, distinguirlo del de desarrollo. Segundo, es relevante considerar que al hablar de crecimiento, a su vez, se infiere un contexto y un espacio sobre el cual se crece. Si se dice que Argentina o China crecen al 8% anual mientras que Italia, Francia, Alemania o EE.UU lo hacen a un 3,5%, muchos se anticiparán en argüir que los primeros estarán en condiciones más auspiciosas que los segundos. Sin embargo, no es así.

China y Argentina crecen en un entorno de subdesarrollo y de precariedad con respecto a los otros, por lo que cualquier avance, con los muchos que tienen por hacer, les significará un alto porcentual en la tasa de crecimiento que resultará engañoso al momento de hacer un análisis. 

La más gráfica analogía que se me ocurre es la siguiente: Si una persona está tendida en el suelo y luego se pone de cuclillas, posiblemente, en términos porcentuales, le signifique un alto número, mientras que quizás otra que tan sólo se encuentre encorvada y decida adoptar una postura más recta, en términos porcentuales, le resulte un porcentaje bastante menor.
La pregunta no es quien creció más sino quien está parado. Asimismo, podemos extender el ejemplo a fin de disociar crecimiento y desarrollo: que alguien se pare no implica que esté caminando.

Pues bien, este engaño estadístico tiene su primordial génesis en la omisión que se hace del PBI, un dato para nada menor. Pues si comparásemos a EE.UU con Argentina en esos términos, daríamos cuenta que el primero es veintiún veces mayor que el segundo (15.290 miles de millones vs 725.6 miles de millones), sin embargo, en Argentina se ha crecido al 8.9% mientras que en EE.UU tan sólo al 1.7%.

Puesto de otro modo: Si un país determinado tiene un PBI de 1000 y produce 100 unidades extras al año siguiente, su crecimiento será de un 10%. Si su país vecino, en cambio, tiene un PBI de 10.000 y produce 500 unidades extras, su crecimiento habrá sido del 5%. Como puede notarse, ya no importa tanto el número que acompaña al porcentual como sí el que acompaña a las unidades producidas. Si bien en el primer caso se ha crecido más, en el segundo se ha producido más. Se hace evidente, así, que cuanto menor sea el número de la economía, más fácil será obtener altas tasas de crecimiento.

A riesgo de ser reiterativo, me sumerjo ahora en la dialéctica futbolera con el fin de ser-si se puede-más claro respecto del contexto y las proporciones. Aprovecho, entonces, para compararme con Lionel Messi. Supongamos que queremos determinar quién tiene más capacidad goleadora. Juntamos los datos, dispuestos a realizar la estadística, y nos enteramos, para perplejidad del mundo, que mi efectividad es mayor a la de Messi.

Ni lerdos ni perezosos, los representantes de jugadores, se disponen raudamente a comprar parte de mi pase. La fama aflora en cuestión de días. Hasta que alguien lo nota. Un irreverente se dispone a indagar en los parámetros de medición y descubre que yo, en 2013, tan sólo jugué un partido, en el torneo de ex alumnos de mi colegio, y tuve la fortuna de hacer un gol tras un rebote. Messi, por su parte, entre las distintas ligas del fútbol profesional, había hecho 10 golazos en 12 partidos.

El expeditivo y golpista investigador, tras ver esto, concluye que si bien es cierto que mi promedio es de un gol por partido y el de Messi de 0.83, también es cierto que él jugó más encuentros en una liga de alto rendimiento mientras que yo jugé tan sólo uno en una liga amateur. Finalmente, la fama se desploma aún más vertiginosa de lo que había subido. Resulta que los parámetros son incomparables para determinar semejante osadía.

Se me antoja decir que así como yo no soy mejor que Messi, Argentina, pese a su tasa de crecimiento, no se encuentra mejor que muchos otros países- que incluso crecen menos- con los que descaradamente se compara.

(*) Federico Perazzo. Economista. Artículo publicado en "Perspectivas Políticas" (Directora: Gabriela Pousa), el 10 de Junio de 2013