viernes, 14 de junio de 2013

¿En qué momento se jodio el “modelo” ?

Por Ricardo Saldaña (*)
"El poder de las ideas irracionales es irresistible para algunos políticos". Frederik Erixon

“¿En qué momento se jodió el Perú ?”…..se interroga apesadumbrado Zabalita, desde la puerta de “La Crónica”. Con esta duda en boca de su protagonista, comienza “Conversación en La Catedral”, para mi gusto, la mejor novela de Mario Vargas Llosa.

Con parecido desconcierto y pesimismo, mientras observan consternados la indomable escalada del blue, imagino a la feligresía del “modelo” interpelándose por la suerte de ese imaginario, concebido como el paradigma del discurso oficial.

Del mismo modo que la gastada muletilla se reduce apenas a un conjunto de consignas retóricas combinadas aleatoriamente, la pregunta carece, en rigor, de la pretensión de identificar con precisión un punto en el tiempo. Bien podría servirnos, en cambio, como un recurso para facilitar una reflexión ordenada sobre las falacias y los enigmas que estructuran buena parte de lo que constituye el sustento del poder en la última década.

El infierno como trampolín
El proyecto hegemónico alumbró arropado por las auspiciosas condiciones económicas propias de la fase ascendente del ciclo económico, y con el camino allanado por quienes cargaron con el trabajo sucio del default y la megadevaluación, más el “bonus track” de 2 millones de desocupados. Ese “ejército de reserva” aseguraría al menos tres años de salarios reales deprimidos, que permitirían reconstruir la rentabilidad empresaria. El stock de capital disponible acumulado en la década previa, en tanto, haría posible recuperar empleo sin necesidad de inversión adicional. Las cuentas públicas, por su parte, lucían aliviadas por la licuación del gasto derivada de la devaluación, y el sector externo gozaba del jubileo que aportaba la suspensión de los servicios de la deuda. Lo que se dice, el sueño del pibe para cualquier ministro de economía. Por añadidura, el providencial enriquecimiento operado en la dieta alimenticia de los chinos gatilló el precio de los commodities agrícolas, estimulando un exponencial crecimiento de la producción y los saldos exportables, derramando sobre la economía un inédito shock de riqueza, del tamaño de un PBI entero. Como consecuencia, la relación Exportaciones/PBI, que en las dos décadas anteriores promedió 9%, saltó al 24%, transformando abruptamente nuestra secular escasez de divisas, en una promisoria abundancia. Había quedado atrás el cepo de la  restricción externa, verdadero pantano en que se habían atascado una y otra vez anteriores intentos de consolidar el crecimiento.

En ese idílico tramo inicial, la política dispuso de mucho espacio fiscal y externo, ya que el funcionamiento virtuoso de la economía generaba superávits gemelos (fiscal y de cuenta corriente). Eran tiempos felices, cuando se podían procurar los objetivos mediante instrumentos genuinos. Tan simple como eso. Parecía que sólo el cielo era el límite. El espejismo fue malinterpretado por un poder que creyó validada la fantasía que postula que el voluntarismo puede someter sin condiciones a la economía. Mientras la esencia de la política económica consiste en enfrentar dilemas y articular compromisos, la ignorante soberbia confundió lo que era una ventana de oportunidad, con el hallazgo de un moderno “Shangri-La”. A medida que las restricciones se fueron haciendo fatalmente presentes, se optó por investirlas como desafíos corporativos, muy funcionales -por cierto- a la épica del relato. La vana pretensión de superarlas, en consecuencia, sólo podía derivar en la aplicación de instrumentos bastardos, dificilmente homologables en el marco de las instituciones de una democracia.

Muy alejado de cualquier sofisticación, el rústico primitivismo del pensamiento económico dominante en la pingüinera, apenas alcanzó para formular la monoidea del crecimiento, como único combustible del relato. Era, ciertamente, una propuesta módica, pero a la vez oportunista, tratándose de un país cuyo PBI se había encogido en más de una quinta parte, entre 1998 y2002.

Vocación de fracaso
La intención de responder al interrogante que titula estas reflexiones, nos plantea dos posibles abordajes: Apelar a un enfoque convencional, intentando identificar el punto de quiebre de aquella quimera, o radicalizar la mirada, interpelando la propia consistencia del proyecto, desde su propia concepción.

Si nos internamos en la primer variante, resulta fácil advertir que el intento de forzar la continuidad de lo que no era otra cosa que la fase de recuperación del ciclo, empezó -como era dable esperar- a encontrar líneas de resistencia, a medida que se agotaba la reincorporación al proceso productivo de la mano de obra y el equipo de capital que habían quedado ociosos en la fase contractiva. En lugar de impulsar los cambios indispensables en la matriz de producción que permitieran consolidar el crecimiento, se optó apenas por maquillar la realidad, echando mano al placebo que brindaban los subsidios, el atraso cambiario y la expansión fiscal. La consecuencia fue la reversión de los superávits gemelos, fenómeno que esterilizó a las políticas monetaria, cambiaria y fiscal, como factores genuinos de creación de empleo y estabilización de precios. Agotada la cosmética, sostener la fantasía de la expansión perpetua del nivel de actividad, sólo fue posible derribando las barreras institucionales que impedían depredar las cajas del Banco Central y del Sistema Previsional, imponer el control de cambios y confiscar inversiones extranjeras.

El proceso revela una dinámica propia de un dirigismo patológico, que parece ignorar que no hay política efectiva que descanse sobre la premisa que el objetivo perseguido se logrará mediante decisiones que son perjudiciales para quienes las toman. Perseverar en tamaño disparate demandó tropelías económicas cada vez mayores, parábola que nos depositó en un presente caracterizado por un nivel de desconfianza incompatible con el funcionamiento regular de un sistema económico.

Resulta ciertamente complejo identificar el punto de ruptura que marque la transición del funcionamiento virtuoso al proceso de incuestionable acumulación de inconsistencias. Hecha la salvedad del ejercicio de fuerte simplificación que el intento conlleva, ese momento podría ubicarse en el último trimestre de 2006, que muestra un empinamiento de la tasa de variación de los precios internos, que revelaban, ya por entonces, las tensiones que comenzaban a despuntar. El fenómeno pretendió mitigarse cuando alumbraba 2007, apelando al aberrante recurso de falsificar las estadísticas públicas, con las deletéreas consecuencias por todos conocidas. Por entonces, cabe recordar, nuestro riesgo país igualaba al de Brasil, hecho que daba cuenta que el mercado financiero ya había digerido la injuria del default.

Tal vez resulte provocadora tan temprana detección de la falencia. De hecho, quienes así opinamos hemos sido estigmatizados como agoreros precoces, durante estos años, por quienes blandían la supuesta salud del “modelo”. La brecha entre ambas posiciones la ocupan los anabólicos que aportan los agrodólares, que han elevado el umbral de tolerancia al disparate de la gestión económica. En la práctica, este efecto opera como una elongación de la mecha, que tan sólo dilata la detonación de los efectos más nocivos de las inconsistencias macroeconómicas.

La observación del comportamiento de salarios y reservas -muestra reducida en honor a la brevedad- confirma la irreversible tendencia al ocaso, tanto como el delay con que las variables registran el deterioro. Ambos casos apuntarían, asimismo, al segundo semestre de 2011, como un punto de ruptura que acelera la dinámica del declive. La misma evolución exhiben otros indicadores relevantes.
Atravesando el espejo
Una mirada menos complaciente, habilitaría un cuestionamiento a la consistencia intrínseca del esquema. Esa interpelación excede, sin duda, el acotado propósito de estas reflexiones. Sin embargo, un examen más conceptual, en particular de algunos datos duros que operan detrás de la evolución de las variables macro usualmente escrutadas, no puede eludir algunas observaciones preliminares, que conviene dejar planteadas para futuras especulaciones.

Una primera apreciación -casi metodológica- apunta a descremar la magnitud de la expansión. El crecimiento argentino entre 2003 y 2011 -bien medido- fue de 7,1% promedio anual.  Sin embargo, la medición comprende un período muy particular, en el que se combinan un tramo del rebote posterior a la crisis, con otro de crecimiento efectivo. La manera de eludir esa heterogeneidad para estimar correctamente el crecimiento de largo plazo, consiste en medir la variación entre dos picos, esto es, cuando la capacidad ociosa está en los niveles más bajos, asegurando así que todo el crecimiento registrado es exclusivamente el resultado de la inversión, el capital humano incorporado y el cambio tecnológico. Aplicando ese criterio, se verifica que entre 1998 -el pico precedente- y 2011, la economía creció a un 2,7% promedio anual, algo por debajo de nuestra tasa tendencial de crecimiento de largo plazo, estimada en 3/3,5%, que resulta consistente, por otra parte, con la tasa de inversión observada, que se ubica en el rango de 20/25%.

La segunda anotación nos introduce en el tema del patrón de crecimiento. La inquietud pone en duda la sustentabilidad de una expansión basada centralmente en el aumento del uso de los recursos productivos existentes, con un aporte muy modesto en la formación de capital humano y un módico aumento de su productividad. Un alerta preocupante es que nuestra economía se tornó menos intensiva en capital, lo que anticipa un estancamiento del salario real.

Falmente, la utilización del PBI como medida exclusiva del desempeño económico, no pondera adecuadamente que la política genera efectos sobre el presente, pero también sobre el futuro, siendo que, en condiciones habituales, el PBI es poco sensible a las señales de largo plazo que emite la política económica. En ese sentido, la destrucción del mercado de capitales derivada de la confiscación de los fondos de pensión privados, las restricciones arbitrarias al comercio exterior, la crisis de inversión energética inducida por precios subsidiados, la emisión descontrolada que impone un piso inflacionario del 25% anual, y la expansión sin límite del gasto público, por ejemplo, podrían hipotéticamente computarse como un gravamen que compromete nuestra capacidad de crecimiento futuro, tal como lo hace la “huella de carbono” respecto del impacto ambiental de nuestras acciones cotidianas. Con enfoque alternativo, el pretendido éxito del modelo podría ser interpelado por la cristalización de un nivel de salarios que no permite el acceso a los servicios públicos esenciales a dos de cada tres argentinos, en ausencia de subsidios a las tarifas; o por los millones de compatriotas cuya condición de no indigentes supone su dependencia perpetua de la percepción de un subsidio, clara evidencia de que el gobierno confunde la pierna con la muleta.

(*) Ricardo Saldaña. Peridista y analista político.


Fuente: Comunicación personal del autor