lunes, 24 de junio de 2013

La mentalidad autoritaria

Por Gabriel Boragina (*)
Normalmente –en la terminología política- se suele designar autoritarismo a una forma de gobierno, cuya característica distintiva es la manera en que se ejerce el poder que detenta. Pero, a veces, es interesante detenerse a indagar cuáles son las causas profundas que subyacen en los modos autoritarios de ejercer el poder, raíces que subyacen y hasta trascienden lo meramente político, que es el lado habitual desde el cual se suele abordar el tema por la mayor parte de los autores. En materia de autoritarismo, lo político es una mera derivación de lo filosófico, como nos da a entender K. R. Popper con las siguientes palabras:
"El hombre puede conocer; por lo tanto, puede ser libre. Tal es la fórmula que explica el vínculo entre el optimismo epistemológico y las ideas del liberalismo.

Al vínculo mencionado se contrapone el vínculo opuesto. El escepticismo hacia el poder de la razón humana, hacia el poder del hombre para discernir la verdad, está casi invariablemente ligado con la desconfianza hacia el hombre. Así, el pesimismo epistemológico se vincula, históricamente, con una doctrina que proclama la depravación humana y tiende a exigir el establecimiento de tradiciones poderosas y a la consolidación de una autoridad fuerte que salve al hombre de su locura y su perversidad. (Puede encontrarse un notable esbozo de esta teoría del autoritarismo y una descripción de la carga que sobrellevan quienes poseen autoridad en la historia del Gran Inquisidor de Los Hermanos Karamazov, de Dostoievsky.)" [1]

 Es por esta razón que el autoritarismo ha de negar forzosamente la libertad, pero con la advertencia que esa negación no es consistente, por cuanto lo que el autoritario niega es todas las libertades ajenas, menos la suya propia. Pero no se detiene ahí, porque la negación de la libertad de los demás implica necesariamente en quien lo hace el paso siguiente de imponer su autoridad por sobre todos esos demás, de quienes se niega que sean o puedan ser libres. Quien dice que el hombre no es libre se contradice a sí mismo, (por cuanto para ser coherente debería negar su propia libertad) en la medida que pretenda dirigir a otros. Si, por el contrario, afirma de todos (inclusive de sí mismo) la inexistencia de libertad, se trata simplemente de una mentalidad esclavista (el reconocerse no-libre involucra necesariamente admitirse esclavo).

Sigue K. R. Popper así:
"Pero la teoría de que la verdad es manifiesta no sólo engendra fanáticos —hombres poseídos por la convicción de que todos aquellos que no ven la verdad manifiesta deben de estar poseídos por el demonio—, sino que también conduce, aunque quizás menos directamente que una epistemología pesimista, al autoritarismo. Esto se debe, simplemente, a que la verdad no es manifiesta, por lo general. La verdad presuntamente manifiesta, por lo tanto, necesita de manera constante, no sólo interpretación y afirmación, sino también re-interpretación y re-afirmación. Se requiere una autoridad que proclame y establezca, casi día a día, cuál va a ser la verdad manifiesta, y puede llegar a hacerlo arbitraria y cínicamente. Así muchos epistemólogos desengañados abandonarán su propio optimismo anterior y construirán una resplandeciente teoría autoritaria sobre la base de una epistemología pesimista. Creo que el más grande de los epistemólogos, Platón, ejemplifica esta trágica evolución."[2]

Precisamente esto se observa en el campo de la política por doquier. Los políticos que aspiran al poder, proclaman en discursos y entrevistas, ser más o menos poseedores y detentadores de esa "verdad manifiesta". Mientras hablan de "consensuar", en los hechos y una vez posesos ya del poder, sólo se los observa imponer a troche y moche. Su límite estará dado exclusivamente por aquellos a quienes tales políticos (ya en función de gobierno), intentan someter a cualquier costa. Ejemplo vivo de esta última actitud la encontramos en los populismos latinoamericanos de los Kirchner en la Argentina, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y el comunismo chavista venezolano, movimientos todos estos que guardan -en lo esencial- una indisimulable similar vocación autoritaria. 

A pesar de que estos autócratas –como muchos otros antes que ellos en la historia, tales como sus inspiradores, Hitler, Mussolini y Stalin- invocarán la "autoridad" que les confiere "el pueblo", no obstante ello, sus actos demuestran día a día que esa "autoridad" que presuntamente declaman haberles sido "delegada", en rigor se la están auto-atribuyendo ellos mismos. Y aunque esa "delegación" fuere cierta en un primer momento, sus largas permanencias -a cualquier precio- en la cima del poder, indican a las claras, tanto su falta de legitimidad como su ausencia de autoridad, porque ningún ciudadano confiere autoridad para ser atropellado en sus derechos ni para que se restinga su libertad, salvo, claro está, que nos encontremos frente al caso de un pueblo exclusivamente compuesto por serviles esclavos.

Por otra parte, resulta muy ilustrativo recordar la etimología del término, aspecto sobre el cual nos instruye el Dr. Alberto Benegas Lynch (h) de esta manera al referirse a los "derechistas":
"Por último, tienen una idea autoritaria de lo que significa la autoridad, palabra esta última que según el diccionario etimológico deriva de autor, de creador, con la consiguiente connotación de peso moral, es decir, en este contexto, la autoridad no puede escindirse de la conducta no importa la investidura ni la profesión de quien la detente. En este sentido, el autoritarismo es una degeneración de autoridad. El uso de la fuerza de carácter ofensivo siempre mina la supuesta autoridad de quien la ejerce. En este sentido, como queda dicho, es deber del ciudadano libre el renegar de “autoridades” que se conducen como sátrapas, sea cual sea la posición que ocupen en la sociedad"[3]

Según este enfoque –que compartimos- el autoritarismo sería simplemente el término que sirve para definir el uso de la fuerza de carácter ofensivo, y quien recurre al empleo de esta fuerza ofensiva carece -desde ese mismo momento- de cualquier clase de autoridad.


[1] Karl R. Popper. Conjeturas y refutaciones El desarrollo del conocimiento científico. Edición revisada y ampliada - ediciones PAIDOS Barcelona-Buenos Aires-México. pág. 26
[2] K. R. Popper, ob. Cit, pág. 30
[3] Alberto Benegas Lynch (h) "La caja, las normas y la autoridad". Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 29 de diciembre 2011.

(*) Gabriel Boragina. Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas. Egresado de ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas). Presidente del CFi (Centro de Estudios Económicos,Filosóficos y Políticos). Director del curso sobre Escuela Austriaca de Economía,dictado por el Centro de Educación a Distancia para los Estudios Económicos (CEDEPE). Director del Departamento de Derecho Financiero del INAE (Instituto Argentino de Economía). Colaborador de "Contribuciones a la Economía"; revista académica de amplia difusión mundial publicada por el Departamento de Economía de la Universidad de Málaga. Columnista de "La Historia Paralela",revista crítica de política y economía internacional. Ex columnista y sponsor de la revista Sociedad Libre y de la revista Atlas del Sud. Ex presidente de ESEDEC (Escuela de Educación Económica). Profesor de Elementos de Análisis Económico y Financiero en la UNBA. Ex profesor de la materia universitaria Política Económica Argentina; de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA; de Finanzas y Derecho Tributario de la Universidad Abierta Interamericana (UAI). Artículo publicado en "Acción Humana" el 23 de Junio de 2013.

Fuente: http://www.accionhumana.com/2013/06/la-mentalidad-autoritaria.html