lunes, 24 de junio de 2013

La tristeza no tiene fin (1)

Por Malú Kikuchi (*)
Desgraciadamente no vivo en el mismo país que Cristina y sus funcionarios. La mayoría de los argentinos tampoco tiene ni el privilegio, ni la suerte de compartir el hábitat del gobierno. Y nos va distinto. Peor, mucho peor.
Peligrosamente peor. No me refiero a detalles como no encontrar nunca los “precios congelados” de Moreno en los supermercados; a no disfrutar las generosas moratorias por no tener plata en negro (en blanco tampoco), por haber pagado todos los impuestos a tiempo y esforzadamente. No es eso.
Ni siquiera me refiero a las flagrantes mentiras del INDEC, que nos toma por idiotas, y a veces pienso que lo somos ya que lo toleramos; ni a las injusticias de los llamados juicios de la verdad, donde la verdad es sólo la mitad de la misma, y me refiero a la frase del Licenciado Luis Labraña (ex guerrillero) que sostiene: “O estamos todos presos o estamos todos libres”.
O a la monstruosidad de haber desperdiciado los mejores 10 años en la historia argentina, sin solucionar los graves problemas de infraestructura que tenemos, la energía en la que dejamos de invertir, ni el entubamiento de los arroyos, cuestión de seguir inundándonos; ni temas de vivienda, ni de cloacas en el conurbano. No solucionar los DDHH de los indígenas, destruir el sistema educativo y cambiar la historia para acomodarla al relato. Y mentir. Mentir. Mentir. Y volver a mentir.
Lo anterior, es molesto, injusto, da bronca, pero no es mortal. Puede que mate nuestro perdido orgullo de ser argentinos; puede que nos mate la vergüenza de saber que roban tanto que la plata la tienen que pesar, porque no tienen tiempo para contarla. Nuestra plata. Lo terrible es que nos matan. Eso es verdad y no forma parte del relato, queda fuera de las estadísticas oficiales. Nos matan. La vida de un argentino no vale nada.
La vida de muchos argentinos no vale nada. Con una excepción: los muertos terroristas durante el proceso militar, esos tienen precio y son carísimos. Los pagamos nosotros, como todo lo demás. Hablamos de los muertos de a pie, aunque anden en tren. Y antes de empezar con los (2) “trenes rigurosamente peligrosos” que hemos sabido conseguir, recordemos algunos hitos de “la sensación de inseguridad” de la década K. Axel Bloomberg, 23 años, secuestrado y asesinado en marzo 2003. Matías Berardi, 16 años, intento de secuestro y asesinato en 9/2010.  Candela Sol Rodríguez, 11 años, secuestrada, violada y asesinada, 8/2011, tirada en un basural (no hay responsables). Ahora, Ángeles Rawson, 13/6/2013, asesinada, también encontrada en un basural.
Y los cientos de asesinados que sólo recuerdan sus familiares. Demasiados. Un ultraje a la condición humana. Argentina no está inmersa en una abierta guerra civil. Sí en una encubierta guerra entre delincuentes, que van ganando y ciudadanos que intentan sobrevivir como pueden. No soportamos terremotos, ni tsunamis. No hay tormentas perfectas, ni aerolitos demoliendo ciudades, sólo un pésimo gobierno en materia de seguridad (en otras áreas también es muy malo). Lo nuestro es difícil de explicar. Desidia, inoperancia y robo. ¿Por qué lo soportamos?
Un rápido recuerdo para la inundación de La Plata. El arroyo El Gato, responsable del desborde gracias a una lluvia torrencial, fue “oficialmente” entubado por lo menos 3 veces. En parte. Se suponía que en su totalidad. Hoy se reportan 75 muertos. Todos ellos evitables. ¿Y la plata de los sucesivos e inexistentes entubamientos? ¿Pesada, embolsada, fuera del país o en bóvedas? La corrupción mata.
Trenes. Es cierto, hace 50 años que vienen en caída libre. Pero este gobierno lleva ¡10 años en el poder! Los subsidios son de $ 7.000 millones y se han invertido $300 millones. ¿Y los $6.700 millones restantes? ¿Compartidos con los concesionarios, pesados, embolsados, fuera del país, o en bóvedas? La corrupción mata.
El 22 de febrero 2012, una formación del Sarmiento chocó en la estación del Once, fallaron los frenos. 52 muertos (la bebé de 6 meses en la panza de su mamá, era una persona), y 703 heridos. Fue un escándalo. Entonces empezó el maquillaje. Pintaron los vagones, echaron a los concesionarios, arreglaron las estaciones, recauchutaron algunos vagones, cambiaron algunos frenos, pero la gente siguió viajando igual. El 13/6/2013, otra vez el Sarmiento, que en Castelar no frenó y embistió otra formación que estaba detenida. 3 muertos, 315 heridos. Los subsidios siguen. A cargo de los trenes, ya casi sin concesionarios, vuelven a su dueño de siempre: el estado. Se ocupa, ¿se ocupa? de ellos el ministro Florencio Randazzo. Se ha formado una comisión para averiguar qué pasó. La más efectiva manera de no averiguar nada. La corrupción, mata.
No tan trágico, pero serio, porque es difícil salir de una situación determinada si no se cambia a los actores de la misma, el centro derecha no encuentra la forma de unirse sobre puntos básicos. Han priorizado los egos (alguien debería explicar en qué se basan para tenerlos tan inflados), por sobre los intereses de la nación. Son funcionales al gobierno. Mientras que sí lo ha hecho el centro izquierda dando una lección de democracia.
Más divisiones, menos diputados y senadores para la oposición. Una segura manera de perder la soñada mayoría en el congreso que podría cambiar la historia, evitando el cambio de la Constitución. Y matar menos gente. Que no es un detalle menor. Por lo menos para la ciudadanía.
(1) ”Tristeza nao tem fim”, poema de Vinicius de Moraes, famoso como canción, con música de Jobim.
(2) ”Trenes rigurosamente vigilados”, película checa, 1966, que en 1967 ganó el Oscar a la mejor película extranjera.
(*) Malú Kikuchi. Periodista y analista política. Artículo publicado en Junio de 2013
Comunicación personal de la autora y en http://www.lacajadepandoraonline.com/blog2/?p=8340