jueves, 11 de julio de 2013

1776 y 1789, 1913 y 2013

Por Fernando Amerlinck (*)
“Escribo estas líneas un 4 de julio, fecha que recuerda la mayor hazaña civilizatoria del Siglo de las Luces: la fundación de los Estados Unidos.”
Escribo estas líneas un 4 de julio, fecha que recuerda la mayor hazaña civilizatoria del Siglo de las Luces: la fundación de los Estados Unidos.
En 1776, por primera vez en la historia de la civilización, nació un país diseñado por sus habitantes y para la libertad individual. 

Los colonizadores que llegaron en 1620 a Plymouth (Massachusetts) se hacían llamar peregrinos, porque buscaban libertad religiosa. Luego vendrían otros inmigrantes en busca de libertad para trabajar y tierra para vivir libres de miserias y de hambrunas. Llegaron a formar trece colonias, y nunca olvidarían que cruzaron el Atlántico para vivir libres, no para ser siervos de un gobierno lejano que les cobrara impuestos sin estar representados en el Parlamento inglés. Aquella gente no habría soportado que el gobierno pretendiera apropiarse con impuestos de una parte de sus ganancias. (Y por desgracia, el esclavismo los manchó desde entonces.)

De esa Nueva Inglaterra escribió Franklin en 1772: “Cada hombre es propietario, tiene voto en los asuntos públicos, tiene una casa tibia, con suficiente comida y combustible, y se viste de pies a cabeza con ropa probablemente fabricada por su familia”. El rey Jorge III no pudo comprender, mucho menos aceptar, el carácter de esa gente, rebelde contra su poder imperial. Estados Unidos fue diseñado para el futuro, bajo la luz de hombres imperfectos pero que superan en calidad y profundidad a cualquiera otra generación de grandiosos estadistas.

La famosa revolución francesa de 1789 fue otra cosa. Compleja y contradictoria por los grupos e ideas que la acompañaron, finalmente fue un desquite de unos que se rebelaron contra una tiranía, para instaurar otra tiranía bajo el filo de la guillotina de Robespierre y los cañones del nefasto ególatra Napoleón. Nada que ver con aquellos Estados Unidos.

Aquellos maravillosos ideales se han pervertido al punto de dejar irreconocible la hazaña civilizadora de Jefferson, Adams, Franklin, Paine, Madison y tantos más. Pobres padres fundadores, si vieran en qué ha parado aquél maravilloso proyecto.

En la larga ruta destructiva, uno de los más demoledores embestidas a ese proyecto de país lo dio hace 100 años el demócrata Woodrow Wilson, con dos decretos importantísimos y de calamitosas consecuencias:
El primero —febrero de 1913— hizo constitucional lo que su Constitución no permitía: cobrar impuestos sobre los ingresos. Fue un cambio fundamental. El fruto del trabajo (claro que sin el consentimiento de quien gana el dinero) pertenece al gobierno, que define con cuánto se queda. Eso se llama extorsión legal.

Hoy parece un hecho inevitable que el gobierno nos cobre por el producto de nuestro trabajo. No: fue un invento en una época concreta y circunstancias concretas, sin duda con objetivos estratégicos importantísimos, especialmente de control. El impuesto sobre la renta es un ataque antidemocrático al derecho ajeno de propiedad. A pesar de justificaciones abstractas, establecerlo significó para Estados Unidos —y para el mundo— un atraco al individuo y a su elemental derecho a que no le roben lo que produzca.

La segunda desgracia de 1913, también de larguísimas consecuencias, fue el decreto del Congreso que fundó un banco central llamado Federal Reserve System: la infame Fed,que en fechas recientes ha echado a perder la otrora moneda más prestigiosa del mundo.

No todo ocurrió en 1913, año en que salió del huevo una serpiente venenosa que alcanzó la mayoría de edad 20 años después, cuando Roosevelt confiscó el oro en posesión de sus ciudadanos. Y ni siquiera el demócrata Roosevelt logró acabar con la liga del dólar con el oro. Cumplió tal hazaña “temporalmente” el republicano Nixon, en agosto de 1971. Luego de 42 años el dólar es una sombra de lo que fue, y la centenaria, obesa serpiente amenaza con comerse a la economía mundial, a la que precipita a una ruina que dejará chiquita a la de 1929.

Escribo esto el 4 de julio de 2013, aniversario del nacimiento de esa que fue no sólo una gran idea sino una nación gobernada, más que ninguna otra de ese tamaño, por su gente, libre y soberana. Hoy Estados Unidos es una gran potencia militar y guerrera y hasta —por ahora— financiera, aunque su gobierno tenga cuentas tan malas que jamás podrá pagar 17 billones de dólares de deuda o más. Con la más egregia falsificación de dinero que recuerde la historia, Estados Unidos no es ejemplo de lo que soñaron y realizaron quienes la constituyeron: un referente moral; una idea compartida de nación en libertad; un paradigma de trabajo del individuo libre del miedo y de la paranoia de sus gobernantes. La deuda a pagar con impuestos los ha hecho de nuevo un país de esclavos: hasta los blancos son esclavos fiscales.

En esta fecha que recuerda la fundación de ese grandioso país, un héroe de 29 años busca abrigo en un país que lo defienda. ¿Defenderlo de quién? Del gobierno de “la tierra de los libres y hogar de los bravos”, como dice su himno: por ejercer su derecho de legítima defensa al denunciar que a hurtadillas y con nocturnidad, ese gobierno que dice defender la democracia en Irak y Afganistán, espía bajo la guisa de la “guerra contra el terror” las conversaciones de millones, sin importar si sean ciudadanos de EEUU ni tampoco el derecho a su privacidad y sin las incómodas leyes que supuestamente protegen al ciudadano contra su gobierno. (Entre otras cosas, es precisamente eso, defenderse contra la tiranía, el origen del derecho civil a poseer armas.)

Triste es hoy la condición de aquella gran avanzada de la libertad. Pero no fue estéril: creo que en ningún otro lugar del mundo está el pueblo tan consciente de su valía como individuos libres contra la tiranía del poder político. No todos los usamericanos son zombies.

(*) Fernando Amerlinck. Colaborador de Asuntos Capitales. Artículo publicado el 9 de Julio de 2013. Seguir en: Fernando Amerlinck @NosPorvenir