lunes, 22 de julio de 2013

Ejemplaridad liberal

Por Juan Ramón Rallo (*)
Concluida la VIII Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana –de la que tuve ocasión de hablarles la semana pasada–, me gustaría aprovechar esta tribuna para trasladarles una de las muy interesantes reflexiones que nos expuso en este foro el economista argentino Walter Castro, uno de los ponentes más lúcidos y queridos entre los alumnos. En concreto, el profesor Castro cogió el toro por los cuernos y trató de responder a la archirrecurrente pregunta que nos aflige a tantos liberales: ¿cuál es la mejor estrategia para vencer en la batalla de las ideas y, a partir de ahí, avanzar hacia una sociedad mucho más libre? Su perspectiva es verdaderamente novedosa y merece toda nuestra atención si de verdad aspiramos a ponerle freno al desmesurado crecimiento del liberticida Leviatán estatal.
De entrada, el profesor Castro impugna la pregunta: los liberales no tenemos que ganar sólo la batalla de las ideas sino, sobre todo, la batalla de los valores. Las ideas son marcos teóricos generales sobre cómo funciona el mundo; paradigmas provisionales y cortoplacistas que se ven afectados por modas, tendencias y conveniencias personales, y que por consiguiente no pueden servir para pavimentar un cambio social sostenido. Los valores, en cambio, son aquellas ideas que se convierten en principios y fundamentos de nuestra acción y de nuestra forma de vivir: son reglas muy generales de decisión que seguimos casi instintivamente porque o el raciocinio o la experiencia nos han convencido de que son superiores; de ahí que tengan una impronta mucho más largoplacista, resistan las modas ideológicas o las doctrinas tamizadas por intereses particulares, y sedimenten en la base de cualquier sociedad.
En este sentido, podría ser cierto que los liberales hayamos perdido la batalla de las ideas durante el último siglo, pero tampoco es un fenómeno tan indisputable: durante las últimas décadas, los liberales hemos contado con economistas, filósofos, juristas o historiadores verdaderamente excepcionales. De hecho, la mayoría de liberales suelen quejarse con frustración de que, contando con ideas y teorías muy superiores a las de nuestros adversarios, somos incapaces de lograr que éstas prevalezcan. El problema, claro está, reside en considerar a los individuos como seres hiperracionales que se mueven sólo por la mera persuasión científica: no lo son y jamás lo serán. Las personas actúan por sus sentimientos, emociones e intereses: en última instancia, por sus valores. La persuasión científica puede ser útil en determinados contextos, pero jamás resultará suficiente: la batalla que los liberales perdimos en el s. XX y que es imprescindible vencer en el s. XXI es la batalla de los valores.
Ahora bien, ¿cómo librar la batalla de los valores? Cómo afrontar la de las ideas teóricas es bien claro: empleando la ciencia y la argumentación para defender la verdad frente a paradigmas alternativos mucho más deficientes. Ahora bien, ¿cómo combatir la batalla de los valores? ¿Cómo lograr que el resto de los individuos sacrifiquen sus intereses privativos y cortoplacistas por unos intereses más generales y a mucho mayor plazo? La respuesta del profesor Castro es bien clara: sólo a través del continuado ejemplo de un sacrificio personal y coherente. La defensa de los valores es muy difícil de articular en palabras, por lo que sólo podemos expresarla a través de los hechos: al liberal no le queda otro remedio que vivir de acuerdo con los valores que propugna, pues sólo así será capaz de transmitírselos a los demás y de convencerles a su vez de que sacrifiquen su lucro a corto plazo en aras de un pulcro respeto por sus valiosas convicciones.
A la postre, ser liberal en una sociedad antiliberal no es nada sencillo. Lo que a buen seguro le interesa materialmente a cualquier individuo egoísta es erigirse en un grupo de presión del Gobierno y capturar parte de las rentas del presupuesto: no vivir con los demás sino vivir de los demás. O dicho de otro modo, a la mayoría de las personas no les interesa defender la impersonalidad de las reglas de juego donde sólo triunfan quienes logran el siempre incierto resultado de satisfacer las necesidades ajenas, sino asegurarse un cortijo particular donde lucrarse a costa de la riqueza que genere el resto. Así pues, el liberalismo de Walter Castro no es radicalmente iusnaturalista, pero tampoco estrechamente utilitarista: su utilitarismo no es de resultados parciales, sino el de reglas generales (un marco normativo dentro del que cada cual pueda generar riqueza disfrutando de la cooperación, y no padeciendo la extorsión, del prójimo). Como ya supo ver Hayek, el individualismo antisocial conduce al socialismo, esto es, a la esclavización de la mayoría en aras de la oligárquica minoría; sólo el individualismo pro-social y antiestatal conduce al liberalismo.
El camino de las conductas ejemplares, apunta el profesor Castro, es lento mas al menos seguro; de ahí, nuevamente, la necesidad de los liberales de sacrificar un presente socialista que podría serles altamente lucrativo a cambio de un futuro mejor que probablemente ellos jamás lleguen siquiera a disfrutar. La ejemplaridad es dura –pues las tentaciones son siempre múltiples en presencia de un Estado omnipotente que reparte pan y circo– pero a la vez es la única forma de sobreponerse a los muy extendidos deseos de parasitismo. Ahora bien, siendo la ejemplaridad el principal motor de promoción de los valores liberales, nada resultará más devastador para el liberalismo que aquellos políticos que enarbolen la bandera liberal mientras pisotean todos y cada uno de sus valores. En España lo hemos visto de manera paradigmática –aunque no exclusiva– con el Ejecutivo de Mariano Rajoy y en Argentina lo padecieron de forma clamorosa con Carlos Menem: el daño que un par de liberticidas políticos dizque liberales le hacen al liberalismo no puede compensarse ni con un par de centenares de teóricos de primer nivel. Otra vez, los valores prevalecen sobre las ideas.
Tal como insiste el profesor rosarino Walter Castro, la ejemplaridad es básica para el liberalismo, y llos liberales no quintacolumnistas deberían ser conscientes de ello: tanto para aplicarlo a sus propias vidas como para saber distanciarse ideológicamente de quienes sólo aspiran a colonizar una etiqueta con el propósito de maximizar sus votos y el lucro personal que de ahí puedan derivar.
(*) Juan Ramón Rallo es doctor en Economía con Premio Extraordinario de fin de carrera y licenciado en Derecho también con Premio Extraordinario de fin de carrera por la Universidad de Valencia, así como master en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Actualmente es profesor en esta última universidad y en los centros de estudios OMMA e Isead. Asimismo es director del Instituto Juan de Mariana. Artículo publicado en VLC News, Julio de 2013.