jueves, 4 de julio de 2013

La caridad como abuso moral: la zancadilla solidaria

Por María Blanco (*)
Hablar de pobreza es tocar un tema que pellizca los corazones de la mayoría de las personas. La empatía de la que hablaba Adam Smith nos lleva a alinear nuestros sentimientos con los necesitados, los débiles y los afectados por la injusticia. El sentimiento de ayuda al necesitado es el resultado no esperado de la evolución de las relaciones humanas. Nuestra naturaleza, para los psicólogos evolucionistas, está preparada para el intercambio recíproco de manera que te doy sabiendo que antes o después me devuelves, y ese “o después” ha marcado la evolución de nuestra sociedad, ha permitido la aparición del dinero, del sistema financiero y nos ha enseñado a vivir con la mente puesta en el largo plazo. Un enorme avance que explica que yo no necesite conocer a las personas concretas que han fabricado mi café para comprarlo y beberlo sin desconfiar. La capacidad de dar incondicionalmente es un maravilloso subproducto de este entramado de intercambios, alianzas, aprendizaje que ha llevado al ser humano hasta donde estamos. Dar sin esperar nada a cambio muestra, en mi opinión, la medida del corazón de una persona.

Pero nuestra sociedad ha teñido de confusión los valores que todo el mundo entiende, convirtiendo cada acto humano en la consecuencia de una orden ministerial o un decreto ley. De esta forma tan enrevesada, la caridad, palabra que se ha convertido en anatema porque muchos la consideran peyorativa por razones que se me escapan, es patrimonio del Estado, no de los individuos. La solidaridad, antaño una virtud, no existiría si no se viera reforzada por la actuación coactiva del estado, dicen. Incluso si eso implica que desde el momento en que es forzada, la virtud deja de serlo para convertirse en obediencia.
Estamos en una mala época. Es ahora cuando más ayuda se necesita. Pero también es cuando hace falta formularse las preguntas más incómodas porque tenemos menos para todos. Por ejemplo: ¿hay que ayudar siempre a todos incondicionalmente? Mi impulso es responder que sí. Hasta que lees que hay gente sin recursos que estafa a gente sin recursos. Hasta que te das cuenta de que algunos encargados de repartir entre los menos favorecidos están trincando de mala manera. Entonces te planteas si a lo mejor dar todo a todos no es sino un unicornio más: ese animal mitológico, puro, inalcanzable que, simplemente, no existe.
Antes de que apareciera el Estado había ayuda: desde que existe el hombre. El ser humano es previo al Estado. También había Sol y Luna antes del Estado. ¿Es esta institución el mejor redistribuidor de los frutos de la virtud individual de la solidaridad? Pues no. El Estado, históricamente es una máquina expendedora de privilegios. Los Estados más comunistas y pretendidamente igualitarios han resultado ser, precisamente, los que han asegurado la pobreza de la mayoría y los atropellos más descarados. El que tenga algo que decir que hable un rato con Kim Jong Un y después me cuente.
Pero hay otra pregunta más incómoda aún. ¿Es un deber moral la caridad? Para Ayn Rand no lo era. Su explicación era clara: No hay nada malo en ayudar a otros, siempre que merezcan esa ayuda y te lo puedas permitir. Por más que su tajante afirmación suene tan cruel (es el momento de recordar que ella pasó hambre gracias al régimen soviético), bien vale una reflexión desnuda de prejuicios.
El primer escollo es el de considerar que hay personas que no merecen ser ayudadas. Un joven padre de familia pide ayuda para alimentar a sus hijos y se lo gasta en el bingo. Una señora anciana pide ayuda para curarse un mal y se lo gasta en vino. ¿Hay que ayudar a esas personas? Y añadamos un factor importante: no hay para todos. ¿A quién ayudamos? ¿A quien emplea la ayuda adecuada y responsablemente o a todos?
¿Por qué no es un deber moral para Ayn Rand? Porque es una actitud que uno puede tener o no, pero cuya práctica no te hace mejor persona. Lo que para Rand te hace peor persona, lo que sí es inmoral es vivir a costa de los demás y permitir que esa sea la norma en la sociedad. Por eso, para ella, incentivar que las personas se acostumbren a que otros trabajen para que tú salgas adelante es perverso, mina la moral del individuo (de todos, del rico y del pobre) y da lugar a sociedades guiadas por la molicie moral y la desidia. La virtud, lo moral, para Ayn Rand es vivir con tus propios medios, asegurar que no eres una carga para los demás, y enseñar a tus hijos a hacer lo propio, a no ser parásitos de la sociedad. Personalmente, yo sí creo que la generosidad y la caridad (bien entendida) son valores a transmitir, pero siempre unidos a la virtud randiana.
Y llegamos al meollo del asunto. ¿Son los impuestos la mejor forma de canalizar la solidaridad? No lo sabemos, no existe la posibilidad de elegir entre diversas instituciones. Estamos obligados a entregar nuestro dinero. Por eso nuestra sociedad no es generosa y solidaria, es aborregada y obediente. La crisis ha hecho bajar la marea y ha mostrado la desnudez del crowding out de la pobreza: gente necesitada que estafa a gente necesitada, redistribuidores que retienen la ayuda haciéndose pasar por samaritanos. ¿Hay algún sistema que históricamente haya demostrado que elimina los privilegios? Sí. El mercado libre. Pues eso.

(*) María Blanco. Economista, defensora de la libertad y responsabilidad individual. Miembro del think tank Instituto Juan de Mariana. Directora del blog Lady Godiva. Artículo publicado por Ricardo Valenzuela en "Narconomics" el 3 de Julio de 2013