jueves, 4 de julio de 2013

La verdadera fragmentación

Por Alberto Medina Méndez (*)
Desde hace tiempo, se viene describiendo que vivimos en sociedades divididas, que se han fragmentado y que esos enfrentamientos entre individuos hacen cada vez más difícil la convivencia ciudadana.

Muchos sociólogos y analistas describen, con bastante detalle, lo que implica esta división y la dificultad profunda que conlleva al impedir una integración genuina entre ciudadanos.

En general, cuando llega el momento de expresar las razones que explican esas divergencias entre distintos grupos de la sociedad, algunos se inclinan por intentar esclarecer la cuestión refiriéndose a la división en términos de las diferencias de clases, socio económicas y de sectores sociales.

Desde esa perspectiva, se muestra la brecha económica que separa a unos de otros, y que tiene que ver con su pertenencia a un determinado sector social, en función de aspectos de índole patrimonial. Así las cosas de un lado están los que disponen de recursos, y del otro, los que no lo tienen.

Ciertos especialistas hablan del acceso a la educación. Bajo ese paradigma, de un lado quedan los ignorantes, que no tienen conocimientos y no pudieron tener instrucción formal, y del otro, los mas instruidos, preparados académicamente y que pudieron formarse en instituciones importantes,  tal el caso de los universitarios, esos que lograron continuar sus estudios para alcanzar los máximos estándares deseables.

No faltan tampoco quienes prefieren explicitar esa división, argumentando que la misma pasa por cuestiones meramente ideológicas, de preferencia política y hasta partidaria. Esgrimen que unos optan por los conductores demagogos y otros por los expertos e idóneos para brindar soluciones.

Es probable que cada una de estas aproximaciones a la realidad, sean lo suficientemente ciertas y tengan algún soporte argumental sólido e interesante, pero resulta igualmente apasionante, incursionar por un aspecto poco abordado y que tal vez valga la pena brindar mayor atención.

Existen en la sociedad contemporánea, dos tipos de ciudadanos que pueden encontrar sus fronteras en aspectos económicos o educativos, pero fundamentalmente se identifican desde aspectos morales más relevantes.

Por un lado están aquellos que contribuyen con la sociedad aportándole valor, los que realmente producen generando proyectos e ideas, los que siendo creativos contribuyen con soluciones concretas y los que reflexionan mostrando nuevas aristas, los que prestan servicios a los que los necesitan y los que fabrican productos, en fin los que suman, los que trabajan y se esmeran haciéndose merecedores del resultado del fruto de su esfuerzo.

En las antípodas, se encuentra un grupo cada vez más numeroso, de personas que creen que pueden vivir a expensas del esfuerzo de otros. Ellos defienden sus derechos, los multiplican, asociando todo con lo material. Es que cada derecho que les parece razonable ejercer, implica que alguien tendrá que esforzarse más para solventar los gastos que permite concretar esos supuestos derechos.

Se trata de un conjunto de ciudadanos, que aun que trabajen, dicen precisar más recursos para satisfacer sus necesidades, esas que consideran justas, pero que al generar recursos que resultan insuficientes, suponen que otros, los que producen, tienen la obligación de brindárselos.

Al no conseguir que esto ocurra de modo espontáneo, van por el poder y acceden al gobierno, para desde allí obligar a los que producen a someterse a sus designios y aportar coercitivamente lo que ellos requieren.

Estos saqueadores, como los describía Ayn Rand, pretenden utilizar el monopolio de la fuerza del Estado, para quitar a los que generan recursos una parte de su sacrificio personal. Los que producen merecen moralmente gozar del beneficio que se deriva de su empeño, y regocijarse con la virtud de haber alineado sus resultados con sus méritos.

Mucha gente vive con dignidad, disfrutando de lo que han conseguido con esfuerzo, sin reclamarle que el resto de la comunidad sea saqueada y confiscada para satisfacer sus ambiciones personales no logradas.

Se trata de una división conceptual, de orden moral, que poco tiene que ver con el acceso a la educación o la pertenencia a determinados sectores sociales o económicos.

De hecho muchos individuos que disponen de riquezas económicas, las han conseguido en base a privilegios otorgados por los gobiernos, a influencias, concesiones o al favor político del poderoso de turno, y no en base a sus propios merecimientos como generadores de recursos.

La sociedad del presente está claramente dividida, pero es probable que esta descripción que muestra de un lado a los parásitos saqueadores y del otro a los que generan riqueza, sea la menos explicitada.

Es, seguramente, la diferencia más difícil de superar, porque dejar de lado esta distancia ya no depende de brindar más educación formal o achicar la brecha entre ingresos, sino a una aceptación moral de reglas de juego que ponen las cosas en su lugar, premiando a los que más se esfuerzan y no a los que solo han elegido el camino de abusar del merito ajeno.

Existen muchas formas de ver la división de la sociedad en este presente, pero tal vez esta que pone de un lado a los saqueadores y del otro a los que generan recursos sea la más compleja y verdadera fragmentación.


(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político.

Fuente: Comunicación personal del autor