martes, 2 de julio de 2013

Nac & Pop, la última gran ilusión argentina

Por Carlos Salvador La Rosa (*)
Aunque el kirchnerismo cree haber refundado el país, lo cierto es que tanto Néstor Kirchner como Cristina no surgieron de la nada ni refundaron nada. Sin embargo, haber estado tanto tiempo en el poder implica que ellos representan buena parte de las características culturales argentinas. Y aquí viene la gran pregunta buscando una definición: ¿Es posible modificar esas características culturales? ¿Hacerlo es una consecuencia de llegar al poder y o es imprescindible concretarlo antes para, entonces, llegar al poder? ¿La sociedad argentina descubre la necesidad de modificar esos patrones culturales o considera que no es necesario y prefiere continuar? Lo cultural siempre es menospreciado por los políticos, probablemente porque no lo entienden. Pero es gravitante. Por ello perdió el poder Carlos Menem en los años '90, y terminó como ha terminado. Y hay otros ejemplos
" Nos hicieron sentir los mejores del mundo y para eso exageraron todo lo que se pudo la crisis de 2001 cuando nos sentimos los peores del mundo. El kirchnerismo aprovechó al infinito ese sentir tan argentino de que cuando nos va bien nos sentimos los mejores del mundo y cuando nos va mal, los peores, pero jamás nos vemos normales, porque en el fondo nos sentimos distintos a todos. Todos esos prejuicios profundamente nacionales -y muchos populares- no son un invento del kirchnerismo, sino que estuvieron siempre entre nosotros. Sólo que Néstor tuvo la habilidad de revivirlos o profundizarlos, pero no para criticarlos (como intentó Alfonsín) sino para glorificarlos."

Uno de los grandes secretos del éxito del kirchnerismo es el de haber expresado la última ilusión de los argentinos para seguir siendo como siempre fuimos. O como siempre creímos que fuimos, sin serlo. Para no tener que cambiar nada en serio bajo la fachada de que se lo está cambiando todo.
 
El talento de Néstor Kirchner fue haberse apropiado de una ideología minoritaria (el “progresismo”) -como hizo Menem con el liberalismo- y haberle dado una misión mayoritaria: traducirla de un modo que coincidiera con los grandes mitos e ilusiones que aún subyacen en el alma de la mayoría de los argentinos. 
 
El kirchnerismo fue capaz de sumar todas las grandes frustraciones y leyendas argentinas y ponerlas en escena, tal cual en un inmenso teatro. Más que revivirlas, las actuó, las interpretó. Comprendió que aunque ya no existieran las condiciones materiales para que siguieran vivas, sí se mantenían las psicológicas, esas que se transmiten de generación en generación, los “genes sociales”.
 
Además Néstor tuvo otra habilidad: que en vez de buscar su base social en el obrero industrial, como hizo Juan Perón, se apoyó, formó su “base”, en los intelectuales y artistas. Para armar su mito personal convocó a los que fabrican las leyendas y las teorías sociales, haciéndolos parte de su proyecto. Les dio protagonismo y un poco de poder. 
 
Así, el mismo enamoramiento social que los obreros sintieron por Perón, con Kirchner lo sintieron los intelectuales, a los cuales les cambió la vida mucho más de lo que se la cambió al resto de la sociedad. Pero como los intelectuales son tan autorreferenciales como el resto de la gente, cuando a ellos les cambió la vida, creyeron que el kirchnerismo se las había cambiado a todos los demás.
 
Pero, a pesar de que les diera mucho a los hacedores culturales, eso no fue pensado para proveer cultura a la sociedad o proyectar la Argentina al mundo a través de nuestra identidad. 
 
No, lo que Kirchner hizo fue apropiarse de los sujetos culturales para sí mismo, con un sectarismo del cual contagió a los que creyeron en él. Y lo hizo tan bien que no sólo se quedó con los creadores, sino también con sus criaturas de ficción. 
 
Así, Néstor Kirchner, fue El Eternauta de Oesterheld, el Juan Moreira de Favio o El Ángel Gris de Dolina. Tanto los creadores como sus ficciones se hicieron kirchneristas. Esos intelectuales volvieron a creer y adoraron a Néstor como si fuera un Dios por como los trató (al fin y al cabo tal cual se dice en el film “El abogado del diablo”, el único pecado del que nadie está exento es el de la vanidad).
 
Algo parecido hizo con los personajes reales de la historia. No es que Néstor se proclamara un humilde continuador de San Martín, Belgrano, Moreno o Rosas. Sino al revés, esos próceres fueron apenas los precedentes, los antecedentes del prócer mayor, el que empezó su gesta heroica un día de mayo de 2003. 
 
La historia se puso entera al servicio del presente, de la segunda independencia, continuación y superación de la primera. Si Belgrano viviera sería kirchnerista, acaba de decir literalmente la presidenta Cristina Fernández.
 
Los personajes de la historia del peronismo (Evita, Jauretche, Scalabrini, Cooke, Cámpora) fueron objeto de la misma operación de afiliación al kirchnerismo. Excepto uno, Juan Perón, el creador del movimiento, al cual no dejan de valorar en parte, pero lo critican bastante más.
 
Y eso quizá se deba a la necesidad del kirchnerismo de crear un nuevo movimiento donde la figura de Perón sea menos importante que la de Néstor, el verdadero y definitivo fundador de la nueva Argentina, la que empezó con el siglo XXI, después de dos siglos de frustraciones, donde fuimos libres formalmente, pero dependientes realmente. Hasta que Él nos liberó en serio. Y lo siguió su señora.
 
Pero Kirchner también supo interpretar mucho de la cultura popular, más allá de los intelectuales. Nadie dura democráticamente tanto en el poder si no expresa a las masas. Eso Néstor lo logró sintetizando peculiaridades del ser nacional, quizá no las mejores, pero sí las más masivas. 
 
La actitud de Néstor cuando se peleaba con alguien (y se peleaba con todos, como su señora) era la de poner cara y gesto de “Lo’ vamo’ a reventá’”, como buen macho argentino. Y a esa consigna central se le fue sumando un popurrí de sentires nacionales, de grandes mitos que Kirchner tuvo la habilidad de apropiárselos.
 
Con él volvimos a ser la granja (sojera) del mundo. Volvimos a creer que cuando todo ande mal, una cosecha nos salvará. Y que eso se debe a que Dios es argentino, mientras que Maradona es Dios. Pudimos volver a tirar manteca al techo como hacían los cajetillas enriquecidos de la oligarquía en los barcos que los llevaban a Europa, sólo que ahora la manteca la usan los cajetillas enriquecidos del kirchnerismo, que la tiran en Puerto Madero. 
 
Nos hicimos indigenistas y criticamos por genocida a Roca, porque la clase media que vino de los barcos, seguía siendo gorila y contrera. Mejor entonces sentirse ideológicamente heredero de los “pueblos originarios”, aunque casi todos fuéramos hijos de tanos y gallegos.
 
Fito Páez, el gran ídolo popular, decretó que la clase media le daba asco, especialmente aquella del barrio donde él vive. Como si no quisiéramos admitir lo que somos, o cambiarlo sin tener la menor idea de cómo hacerlo.
 
Atacamos a los próceres del santuario liberal mitrista, pero lo hicimos para desvestir unos santos y vestir otros, no para construir una historia sin santos ni demonios. Adoptamos la monarquía como forma “cultural” de gobierno, lo que se vio cuando Cristina se hizo coronar -al asumir su segundo mandato- por su hija, ya que nadie más que alguien de su sangre podía merecer ese honor.
 
El culto a la personalidad fue política de Estado. El odio a Estados Unidos fue reivindicado estatalmente como ideología positiva. El kirchnerismo supo ser malvinista, maradonista, evitista. Y peronista de Perón apenas un poco, aunque peronistas somos todos, dice el refrán popular.
 
Explicaron todos sus errores con una frase bien nuestra: la culpa siempre la tiene el otro. Nostálgicamente nos hicieron creer que, como en el primer peronismo, y aun en plena globalización, vivir sólo con lo nuestro era posible y mejor. 
 
Nos hicieron sentir los mejores del mundo y para eso exageraron todo lo que se pudo la crisis de 2001 cuando nos sentimos los peores del mundo. El kirchnerismo aprovechó al infinito ese sentir tan argentino de que cuando nos va bien nos sentimos los mejores del mundo y cuando nos va mal, los peores, pero jamás nos vemos normales, porque en el fondo nos sentimos distintos a todos. 
 
Todos esos prejuicios profundamente nacionales -y muchos populares- no son un invento del kirchnerismo, sino que estuvieron siempre entre nosotros. Sólo que Néstor tuvo la habilidad de revivirlos o profundizarlos, pero no para criticarlos (como intentó Alfonsín) sino para glorificarlos. 
 
En una época antipolítica a nivel popular, faccionalizando a los intelectuales hizo revivir las leyendas con las cuales inventarse una historia personal y un linaje heredado que nunca tuvo. Sin embargo, más allá de los intelectuales, nadie se creyó demasiado al personaje.
 
La mayoría del pueblo solo vio el espectáculo que Néstor y Cristina montaron al hacer revivir tantos mitos argentinos. Es que el kirchnerismo es espectáculo permanente, no puede dejar de moverse jamás, porque si no se vería su impostura. 
 
Para él la normalidad no existe. Tiene que estar siempre en acción haciendo de la vida pública entera un estrado teatral donde todo se mueve en todo momento, aunque nunca se vaya a ninguna parte. Mejor dicho, se hace que todo se mueva frenéticamente para que nadie se dé cuenta de que no vamos a ningún lado. 
 
Que estamos detenidos, gracias, en gran parte, al renacer de tantos mitos que durante décadas nos hicieron creer que éramos lo que nunca fuimos, pero en los que -en el fondo de nuestro inconsciente- seguimos creyendo. El kirchnerismo revivió teatralmente antiguas antinomias culturales que aún siguen en nuestro interior profundo esperando al aprendiz de brujo que las haga renacer. 
 
En vez de abrir nuestra cultura al mundo, se hizo con ella -y no precisamente con su mejor parte- un panteón faccioso, solamente kirchnerista, donde entraron próceres, mitos, frustraciones, leyendas y clichés debidamente seleccionados para que sirvieran al poder que se quería construir.
 
Fue o es, quizá, la última gran ilusión de tratar de reconstruir el país que siempre creímos que fuimos, de seguir negando lo que realmente somos, y de continuar creyendo que es posible crecer, mejorar, sin hacer esfuerzo alguno para ello.
 
Después de la crisis de 2001 sentimos que 20 años de democracia no sirvieron para nada, y nos asustamos tanto que terminamos convocando a quien nos hiciera volver a la seguridad de la placenta materna. Kirchner triunfó cuando nos dijo que somos los mejores y que al resto del mundo lo’ vamo’ a reventá’, volviendo a ser lo que fuimos.
 
El kirchnerismo nos devolvió, sin riesgo ni tiros, el melancólico retorno a un pasado ficticio que jamás ocurrió. Para esa tarea los intelectuales fueron resucitadores de leyendas en provecho de una élite que se enriqueció más que la menemista porque tuvo aún más poder que la menemista. 
 
Sin embargo, luego de la borrachera que nos proveyó con sus utopías, bicentenarios, tecnópolis, recitales, gestas revolucionarias de bla bla bla, etc., viene la depresión, el bajón. 
 
Es que si esta última ilusión llegara a fracasar, luego de la gran ensoñación vendrá el amargo despertar. Quizá por eso, luego de evadirnos del mundo a través del espectáculo teatral de la argentinidad al palo, los candidatos opositores que más crecen son los que no hablan, o si hablan no dicen nada, porque el kirchnerismo ya lo dijo todo. Ya gastó y adulteró todas las palabras. Nada más queda por decir.
 
Pero, siga o no siga el kirchnerismo en el poder, el gran problema argentino de siempre es que cuando alguien nos quiere volver normales, al poco tiempo lo sacamos a patadas. Les creemos mucho más a los que nos prometen ser tan ricos como los EEUU pero sin hacer nada de lo que hizo EEUU. 
 
O a los que nos prometen vivir una revolución cubana pero sin pelear, con autos nuevos, viajes por el mundo y sueldos estatales fabulosos. Sólo a los que nos prometen todas esas cosas les creemos. Hasta que fracasan económicamente y allí nos olvidamos de los mitos por un par de años. Entonces elegimos a un tipo más o menos aburrido o normal que se nos parece, hasta que llega otro que nos ofrece otro mito de excepcionalidad. Y lo compramos nuevamente.

(*) Carlos Salvador La Rosa. Periodista, analista político, columnista del diario "Los Andes". Artículo publicado en "Urgente 24", el 2 de Julio de 2013