jueves, 29 de agosto de 2013

Carta de Friedman a Cristina

Por Adrián Ravier (*)
Es sabido que Milton Friedman escribió una carta a Augusto Pinochet el 21 de abril de 1975. Algunos intelectuales, como José Piñera, dirán que Friedman jugó un rol central en la refundación de Chile. Otros, como Rolf Lüders, dirán que aquella visita no jugó ningún rol, puesto que Pinochet ya estaba entonces convencido de tomar -en el ámbito económico- el camino de la economía de mercado. Un tercer grupo -quizás el más amplio- jamás le perdonará a Friedman el haber colaborado con un dictador.

Al margen de la disputa política y social, lo cierto es que “estrictamente en lo económico” el diagnóstico de Friedman era muy claro y contundente, y advertía cuáles eran los dos problemas centrales de Chile en ese momento: la acelerada inflación y la ausencia de una saludable economía de mercado. Éstos son, casualmente, los problemas centrales de la Argentina de hoy y las recomendaciones económicas que por entonces ofreció Friedman son precisamente las mismas que hoy necesita nuestro país. A continuación tomamos aquella carta, y con pequeñas variaciones, imaginamos que fuera destinada a nuestra presidente.
Estimad[a] señor[a] presidente:
Durante la visita que le hiciéramos el viernes 21 de marzo, realizada con el objeto de discutir la situación económica de [Argentina], usted me pidió que le transmitiera mi opinión acerca de la situación y políticas económicas luego de completar mi estancia en su país. Esta carta responde a tal requerimiento.
Permítame primero decirle cuán agradecidos estamos mi esposa y yo de la cálida hospitalidad que nos brindaran tantos [argentinos] durante nuestra breve visita; nos hicieron sentir como si realmente estuviéramos en casa. Todos los [argentinos] que conocimos estaban muy conscientes de la seriedad de los problemas que su país enfrenta, dándose cuenta de que el futuro inmediato iba a ser muy difícil. Sin embargo, todos mostraban una firme determinación en aras de superar dichas dificultades y una especial dedicación en el trabajo por un futuro más próspero.
El problema económico fundamental de [Argentina] tiene claramente dos aristas: la inflación y la promoción de una saludable economía social de mercado. Ambos problemas están relacionados: cuánto más efectivamente se fortalezca el sistema de libre mercado, menores serán los costos transicionales de terminar con la inflación. Sin embargo, y pese a estar relacionados, se trata de dos problemas diferentes: el fortalecimiento del libre mercado no culminará con la inflación per se, como tampoco terminar con la inflación derivará automáticamente en un vigoroso e innovador sistema de libre mercado.
La causa de la inflación en [Argentina] es muy clara: el gasto público corresponde, aproximadamente, a un [45] % del ingreso nacional. Cerca de un cuarto de este gasto no deriva de impuestos explícitos y, por lo tanto, debe ser financiado emitiendo una mayor cantidad de dinero; en otras palabras, a través del impuesto oculto de la inflación. […]
Este impuesto-inflación genera un enorme daño al inducir a las personas a dedicar un gran esfuerzo por limitar su posesión de dinero en efectivo. Esa es la razón por la cual la base es tan estrecha. En la mayoría de los países, desarrollados y subdesarrollados, la cantidad de dinero es más cercana al 30% del ingreso nacional que al [10,7 %] de éste. […]
Existe sólo una manera de terminar con la inflación: reducir drásticamente la tasa de incremento en la cantidad de dinero. En la situación de [Argentina], el único modo para lograr la disminución de la tasa de incremento en la cantidad de dinero es reducir el déficit fiscal. Por principio, el déficit fiscal puede ser reducido disminuyendo el gasto público, aumentando los impuestos o endeudándose dentro o fuera del país. Exceptuando el endeudamiento externo, los otros tres métodos tendrían los mismos efectos transitorios en el empleo, aunque afectando a diferentes personas -disminuir el gasto público afectaría inicialmente a los empleados públicos, aumentar los impuestos afectaría inicialmente a las personas empleadas por quienes pagan impuestos, y endeudarse afectaría inicialmente a las personas empleadas por los titulares de los créditos o por la las personas que, de otro modo, hubieran conseguido esos fondos prestados.
En la práctica, disminuir el gasto público es, por lejos, la manera más conveniente para reducir el déficit fiscal ya que, simultáneamente, contribuye al fortalecimiento del sector privado y, por ende, a sentar las bases de un saludable crecimiento económico.
La disminución del déficit fiscal es requisito indispensable para terminar con la inflación. Un problema menos claro es cuán rápidamente debe terminarse con ella. Para un país como Estados Unidos, en el cual la inflación [de 1975 era] de alrededor del 10%, yo aconsejo una política gradual de eliminación en dos o tres años. Pero para [Argentina], en que la inflación se mueve entre el [2] % y [3] % mensual, creo que graduar su eliminación no es viable; conllevaría una tan gravosa operación por un periodo de tiempo tan largo, que temo la paciencia no acompañaría el esfuerzo.
No existe ninguna manera de eliminar la inflación que no involucre un periodo temporal de transición de severa dificultad, incluyendo desempleo. Sin embargo, y desafortunadamente, Argentina enfrenta una elección entre dos males, un breve periodo de alto desempleo o un largo periodo de alto desempleo, aunque sutilmente inferior al primero. En mi opinión, las experiencias de Alemania y Japón luego de la II Guerra Mundial, de Brasil más recientemente, del reajuste de postguerra en Estados Unidos, cuando el gasto público fue reducido drástica y rápidamente, argumentan en pro de un tratamiento de shock. Todas estas experiencias sugieren que este periodo de severas dificultades transicionales sea breve (medible en meses) para que así la subsecuente recuperación sea rápida.
Para mitigar los costos de la transición y facilitar la recuperación, creo que las medidas fiscales y monetarias debieran ser parte de un paquete que incluya medidas que eliminen los obstáculos a la empresa privada y que alivien la aguda angustia.
Para acotar, haré un bosquejo de los contenidos de un paquete de propuestas específicas. Mi conocimiento de [Argentina] es muy limitado como para permitirme ser tanto preciso como exhaustivo, de modo que estas medidas deben ser consideradas más bien como ilustrativas.
Si este enfoque de shock fuera adoptado, creo que debiera ser anunciado pública, muy detalladamente y, además, entrar en vigor en una fecha muy cercana a dicho anuncio. Cuánto mejor informado se encuentre el público, más contribuirán sus reacciones al ajuste. A continuación propongo una muestra de las medidas que debieran ser tomadas:
[1].- Un compromiso del gobierno de reducir su gasto en 25% dentro de seis meses; reducción que debiera tomar la forma de una disminución transversal del presupuesto de cada repartición en 25%, con los relativos a personal a tomarse tan pronto como sea posible. Sin embargo, las reducciones de gasto debieran ser escalonadas en base a un periodo de seis meses para permitir el pago de generosas indemnizaciones. (Cualquier intento de ser selectivo o parcial tiene la probabilidad de fracasar debido a las posibles manipulaciones de cada repartición por lograr que la reducción presupuestaria afecte a otra de ellas. Es preferible hacer primero una reducción transversal, para luego reasignar el total ya reducido). […]
[2].- Un categórico compromiso del gobierno de que después de seis meses no financiará más gasto alguno a través de la emisión de dinero. (Así como la recuperación económica se vaya dando, la cantidad de dinero deseable en términos reales, esto es, la cantidad consistente con precios estables, aumentará. Sin embargo, este incremento debiera servir como base para la expansión de un mercado de capitales privado en vez de utilizarse para financiar gasto público).
[3].- Continuar con vuestra política actual de un tipo de cambio diseñado para aproximarse a un tipo de cambio de libre mercado.
[4].- La eliminación de la mayor cantidad posible de obstáculos que, hoy por hoy, entorpecen el desarrollo del libre mercado. Por ejemplo, suspender, en el caso de las personas que van a emplearse, la ley actual que impide el despido de los trabajadores. En la actualidad, esta ley causa desempleo. También, eliminar los obstáculos a la creación de nuevas instituciones financieras. Asimismo, eliminar la mayor cantidad posible de controles sobre los precios y salarios. El control de precios y salarios no sirve como medida para eliminar la inflación; por el contrario, es una de las peores partes de la enfermedad. (Eliminar obstáculos, pero no sustituir subsidios. La empresa privada tendrá la facultad de gozar de las recompensas del éxito sólo si también arriesga soportar los costos del fracaso. Todo hombre de negocios cree en la libre empresa para todos, pero busca también favores especiales para sí mismo. Ningún obstáculo, ningún subsidio; esa debiera ser la regla).
[5].- Tome las providencias necesarias para aliviar cualquier caso de real dificultad y severa angustia que se de entre las clases más pobres. Tome en cuenta que las medidas tomadas no producirán, por sí mismas, daño en estos grupos. El despido de empleados públicos no reducirá la producción, sino que simplemente eliminará gasto- sus despidos no significarán la producción de un pan o un par de zapatos menos. Pero indirectamente, algunas de las clases menos privilegiadas serán afectadas y, séanlo o no, el programa de medidas será señalado como el culpable de sus angustias. Por lo tanto, sería beneficioso tomar ciertas providencias de este tipo en dicho programa. En este aspecto, mi ignorancia de la situación y acuerdos actuales vigentes en [Argentina] me hacen imposible ser más específico.
Un programa de shock tal como este podría eliminar la inflación en cuestión de meses. También fundaría las bases necesarias para lograr la solución de su segundo problema- la promoción de una efectiva economía social de mercado.
Este no es un problema de reciente origen, sino que surge de tendencias al socialismo que comenzaron hace [80] años y que alcanzaron su lógico, y terrible clímax, durante el régimen de [Perón]. […]
La eliminación de la inflación llevará a una rápida expansión del mercado de capitales, lo cual facilitará en gran medida la privatización de empresas y actividades que aún se encuentran en manos del Estado.
El más importante paso en este sentido es la liberalización del comercio internacional para, de este modo, proveer de una efectiva competitividad a las empresas [argentinas] y promover la expansión tanto de las importaciones como de las exportaciones. Lo anterior no sólo mejorará el bienestar del [argentino] común al permitirle adquirir todos los bienes al menor costo, sino que también disminuirá la dependencia de [Argentina] en una sola exportación de importancia: [la soja].
Estoy conciente de que su Gobierno ya ha dado pasos importantes y planea otros futuros en orden a reducir las barreras al comercio internacional y a liberalizarlo, y que, como resultado de ello, la ventaja competitiva real de [Argentina] se refleja mejor en éste hoy que en las décadas pasadas. Este es un gran logro. También veo que en esta área existe un fuerte argumento a favor de una gradualización para entregar a los productores [argentinos] una oportunidad para ajustarse a las nuevas condiciones. No obstante, gradualismo no debe significar quedarse estancado. En mi opinión personal, creo que un buen consejo para [Argentina] sería dirigirse a la liberalización del comercio a una velocidad y en una extensión mucho mayores de las que hasta ahora han sido propuestas. Un comercio totalmente libre es el objetivo final deseable, aunque no sea posible de alcanzar en el más cercano futuro.
Quisiera concluir esta carta diciendo que estoy seguro que [Argentina] tiene un gran potencial. Ha sido un pueblo capaz, letrado, creativo y lleno de energía [...]. Hace unos [ochenta] años atrás, [Argentina], como muchos otros países, incluyendo el mío, se encausó en la ruta equivocada- por buenas razones y sin maldad, ya que fueron errores de hombres buenos y no malos. El mayor error, en mi opinión, fue concebir al Estado como el solucionador de todos los problemas, de creer que es posible administrar bien el dinero ajeno.
Si [Argentina] toma hoy la senda correcta, creo que puede lograr otro milagro económico: despegar hacia un crecimiento económico sostenido que proveerá una ampliamente compartida prosperidad. Pero para aprovechar esta oportunidad, [Argentina] deberá primero superar un muy dificultoso periodo de transición.
Sinceramente, Milton Friedman
(*) Adrián Osvaldo Ravier (Ciudad de Buenos Aires, 1978) es economista, especializado en teoría monetaria, el estudio de los ciclos económicos y la historia del pensamiento económico. Ha obtenido su título de doctor en economía aplicada, en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid (2009), bajo la dirección del profesor Jesús Huerta de Soto. Ha sido alumno de ESEADE donde obtuvo un Master en Economía y Administración de Empresas (2004). Y ha obtenido su licenciatura en economía de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires (2002). Artículo publicado en INFOBAE el 22 de Agosto de 2013.

Endeudarse con el porvenir

Por Martín Losteau (*)
Uno de los caballitos de batalla discursivos del kirchnerismo es el supuesto éxito a la hora de desendeudarnos. Si una cuidadosa contabilidad ya ponía en duda la cuestión, las novedades judiciales desde los EEUU que han llevado al Gobierno a proponer una reapertura del canje terminan de dar por tierra con la publicitada premisa.

La deuda no es intrínsecamente buena o mala. Un empresario puede hacer uso de un crédito conveniente para invertir, mejorar su productividad y obtener mejores resultados. Y otro buscar financiamiento caro para tapar agujeros que se vuelven cada vez mayores. Las consecuencias de una misma acción -endeudarse- resultan diametralmente distintas. De igual manera, para un Estado no es equivalente utilizar créditos para desarrollar infraestructura de largo plazo como trenes, autopistas, puertos o la relacionada con la generación de energía, que procurar fondos para cubrir un déficit en sus gastos de funcionamiento.
Desde 2003 hasta 2008 el gobierno nacional tuvo resultados financieros positivos, es decir que sus ingresos eran mayores que sus erogaciones (aún incluyendo el pago de los intereses de la deuda). Esa situación de solvencia se debió tanto al efecto de la devaluación y el salto inflacionario del 2002 como a la reestructuración de la deuda de 2005. Y fue debido a esa fortaleza que, a pesar de la quita implementada en el canje, al poco tiempo los mercados estaban dispuestos a prestarle a la Argentina a tasas similares a las que pagaba Brasil. El Gobierno no hizo uso de esa oportunidad (de hecho, hasta decidió cancelar anticipadamente y mediante el uso de reservas la deuda con elFMI) y luego la dinamitó: en enero de 2007 comenzó la intervención del Indec y el costo de nuestro financiamiento aumentó sensiblemente.
En las adversas circunstancias que siguieron el kirchnerismo optó por no endeudarse en términos netos, pero el malgasto público continuó creciendo exponencialmente hasta que el gobierno nacional entró en déficit. Y entonces, empezaron distintas medidas para cubrir el faltante. Primero se estatizaron las AFJP. El sistema de capitalización no es el adecuado para la estructura socioeconómica argentina pero eso no es equivalente a utilizar los recursos que deberían respaldar el pago de las futuras jubilaciones para financiar gastos corrientes (algo que se profundizó con la colocación a Anses de bonos del Tesoro a tasas sustancialmente menores a la inflación). El siguiente paso del Gobierno fue utilizar las reservas del Banco Central. Y finalmente optó, lisa y llanamente, por cambiar su Carta Orgánica y recurrir descaradamente a la emisión monetaria.
De esta manera es cierto que no nos endeudamos con los mercados financieros. Pero sí lo hicimos con el porvenir. Primero, con el más lejano (los futuros jubilados), luego con el de mediano plazo (consumiendo las reservas que ahora faltan), y finalmente con el inmediato (generando inflación). Si la tan mentada recuperación de la soberanía de política económica sirve para fines tan cortoplacistas y con tanto costo social presente y futuro poca diferencia termina teniendo con una situación de dependencia.
A la Presidenta le gusta decir que su administración paga deuda que no contrajo. En gran medida esto es verdad. Pero, como se ve, también deja pesados compromisos que no afrontará. Por si ello fuera poco, si bien el kirchnerismo no es responsable por el endeudamiento original, después de diez años no puede desentenderse de la estrategia financiera. Y ahí están, a la vista ahora más que nunca, sus resultados.
Ambas reestructuraciones de deuda (2005 y 2010) representaron una quita nominal de aproximadamente 33.000 millones de dólares. La existencia del cupón del PBI terminará compensando buena parte de esa quita pero, además, los pagos indebidos del mismo, originados en la sobrestimación del crecimiento de la economía representarán no menos de 3000 millones de dólares. Si la Corte Suprema de los EEUU ratificara los fallos anteriores el monto que debería abonar nuestro país a los litigantes se acercaría a los 1400 millones (la aplicación de un criterio de cálculo para el total de la deuda en default daría 20.000 millones). Y ello dispararía también problemas (y derechos) para todos aquellos que entraron al canje, lo cual nos retrotraería a foja cero. Por ello es que el Gobierno intenta cambiar la jurisdicción de los bonos ya emitidos para que se rijan por la ley argentina. Porque no podría cumplir con las consecuencias plenas de un fallo negativo. Si terminamos allí habremos vuelto innecesariamente al pasado.
Con una estrategia seria a través del tiempo hubiéramos podido disponer desde hace algunos años de financiamiento barato para encarar obras estructurales fundamentales. En lugar de eso, terminamos extremadamente debilitados frente a un inescrupuloso pero mínimo grupo de holdouts, la deuda con el Club de París se sigue acumulando (a pesar de que se la podría haber resuelto en condiciones muy favorables durante 2008) y lo mismo pasa con los juicios en el CIADI. Esto es sólo lo que debemos en el exterior, para lo cual el gobierno nacional muestra que, después de una década, no tiene ninguna línea clara de acción y comete errores graves. Y en el ámbito interno, en la deuda con el futuro, sencillamente se hace el distraído.
De persistir en su obcecación y torpeza en ambos frentes, lo que dejará para los años que siguen es una deuda contingente aún mayor a la que encontró. Si continúa vanagloriándose del supuesto desendeudamiento es sólo porque esconde sus desatinos detrás de los repudiables fondos buitres, y porque sus principales acreedores locales -jubilados actuales y futuros, las víctimas de la inflación y de los cepos de todo tipo que traban a la economía- no pueden poner sus acreencias en un papel.
(*) Martín  Losteau. Economista. Artículo publicado en La Nación el 29 de Agosto de 2013

miércoles, 28 de agosto de 2013

Política, economía y pobreza

Por Eduardo Filgueira Lima (*)
I ¿Qué es Pobreza?:
¿Cuáles son las consideraciones que necesariamente debemos tener en cuenta respecto de la pobreza? En general se parte del concepto que pobre es aquel “que no tiene, o tiene escasamente, lo necesario para vivir”.[1]
Este parece cuando menos un criterio reduccionista que sólo acota el concepto de pobreza a “carencia de ingresos” y por lo mismo para su comprensión, establece arbitrariamente una “línea de pobreza”, por debajo de la cual se encuentran aquellos que no están en condiciones de acceso a una canasta básica de bienes.
Pero existen múltiples estudios que permiten una comprensión de la pobreza como un fenómeno multidimensional. Esto es decir que la pobreza supone no solo carencia de ingresos sino una multiplicidad de privaciones que se interrelacionan y condicionan su interdependencia.[2]
Sin omitir que la percepción de ser pobre supone consideraciones de estricta subjetividad, también se deben analizar cuales son las dimensiones que se deben evaluar, el peso relativo de cada una y las carencias que involucra y cuando las privaciones alcanzan una magnitud que revisten al sujeto de la condición de pobre y sin perspectivas esperables de cambio de su situación.
Establecer un monto (como único proceso de medida) para definir “la línea de pobreza” resulta inadecuado metodológicamente por unidimensional y arbitrario ya que supone una correlación entre salarios o ingresos por una parte y precios relativos de los bienes a adquirir por otra.
Lo anterior deja en penumbras otras variables de importancia ya que excluye expectativas y preferencias personales, la consideración de otros “bienes intangibles”, consideraciones sobre las posibles trayectorias de vida, es además manipulable y arbitrariamente (solo “cuenta pobres”), en el mismo sentido que facilitador de los intereses de gobierno.
Resulta, finalmente, una forma de contar personas “por arriba” o “por debajo” de la línea de ingresos estipulada sin considerar la existencia de otros bienes que hacen tanto o más a “la condición de ser pobre”.
Visto de esta forma hablar de la “disminución” de la pobreza puede declamarse, sin que se hayan modificado las condiciones de vida de los más vulnerables,…
Sin desestimar lo anterior, en líneas generales el indicador “ingresos” es considerado básico para definir la condición de pobreza, pues condiciona en gran medida otros aspectos que se asocian en el análisis multidimensional. 
En un conjunto social resulta preciso definir quienes (y cuantos) son pobres, porque ello define la estructura y conformación de la sociedad tanto como en qué medida resulta inclusiva o excluyente, pero además asumir la brecha existente entre diferentes “grados” (o niveles) de pobreza.
A su vez muchos de los considerados “no pobres” pueden convertirse en tales desde una perspectiva de vulnerabilidad o por circunstancias imprevisibles que los desplazan a una condición a la que no esperaban acceder. Esto explica la dinámica de las circunstancias y condición de “ser pobre”, que en muchos casos se encuentra más ligada a la evolución de los ciclos económicos, al mercado de trabajo y a otras variables, que a la perspectiva individual de previsión y resguardo. (Un ejemplo de ello es lo acaecido en nuestro país en la crisis del 2001).
Es por ello que el análisis unidimensional puede simplificar la comprensión del fenómeno y servir en líneas generales como una referencia, pero cuyas limitaciones deben ser comprendidas, ya que omite el análisis de aspectos culturales[3], condicionantes políticos, económicos, sociales, educativos, etc. que por su naturaleza dificultan mucho más una clara distinción entre el “ser pobre”, el que no lo es pero se considera “en riesgo” y el que puede dejar de serlo.
La comprensión de la pobreza debe ser abordada desde una perspectiva multidimensional que analice una multiplicidad de privaciones, entre las cuales con seguridad el ingreso juega un rol básico.
El análisis multidimensional nos conduce a una serie de desarrollos teóricos en los que deberíamos plantearnos cuando menos diferentes aspectos referidos a:
Ø  Los condicionantes culturales de la pobreza(Íbid.3) y entre ellos aquellos que permiten la aceptación por parte de muchos, de sus situaciones de vida como si fueran inevitables, producto de circunstancias establecidas y de las que son sólo pasivos merecedores de ellas, o (aún en un máximo de resignación) que resultan suficientes para subsistir (o perdurar), sin necesidad de posibilitar caminos para su superación.
Ø  Lo anterior conduce a preguntarnos acerca de la sensación de bienestar, porque es cierto que “uno puede sentirse sin estarlo” y en ese caso parecería más adecuado asimilar la “sensación” a la “aceptación” y además necesariamente en este aspecto plantearse un punto de referencia y comparación, el que muy probablemente sea finalmente arbitrario y esté condicionado por nuestras propias preferencias y expectativas, que no son las de otros, ni son innatas, sino culturalmente aceptadas.
Ø  La existencia de “necesidades absolutas”, que son las que hacen a una vida digna, aceptando desde ya el amplio rango que puede tener la interpretación de este término y las “necesidades relativas” que, si bien complementarias, enriquecen el arsenal de recursos. Y en este punto ¿quién puede establecer cuál es el límite entre unas y otras?.
Ø  Por otra parte, existen necesidades “generadas” (y en este aspecto los cambios culturales y su sustentabilidad y difusión a través de los medios de comunicación resulta otro amplio campo para la investigación) que no se enmarcan en “necesarias” y aún pudiendo en muchos casos permitir una vida mejor (incluso más confortable) ya que no resultan imprescindibles a la hora del balance de una vida digna. Sin embargo es de entender que los más pobres y vulnerables también acceden a los medios de comunicación que se ocupan de difundir las “costumbres deseables” o los caminos y opciones que supone el consumo masivo (a veces indiscriminado respecto de reales necesidades), en un camino de identificación o búsqueda acrítica, sin que ello mejore sustancialmente las necesidades que suponen una vida mejor. Y este ha sido el punto de la crítica fácil y despiadada : …“no tienen para comer, pero televisor y celular no les falta”… De esta forma se termina discriminando y culpabilizando a la víctima.
Ø  Por esta línea de pensamiento entramos en un terreno más complejo : “medir ingresos y correlacionarlos con la calidad de vida”. Y en este aspecto ¿Cuántos de aceptables ingresos resultan “pobres” desde nuestra óptica?. La pobreza no puede objetivarse solo comparando los ingresos con una arbitraria línea. La pobreza no puede limitarse a una comparación cuantitativa, ya que omite la complejidad del problema, nos presenta una visión reduccionista y desestima las consecuencias de “ser pobre” en sus múltiples dimensiones.
Así es que no debemos perder de vista el circuito vicioso que se establece para el sostenimiento en el tiempo de la pobreza, su reproducción intergeneracional, a los que no se les permite visualizar ningún camino de salida, lo que conduce a la aceptación de la misma, su inevitabilidad y su perpetuación a través de erróneas políticas públicas que suponen la contención pero niegan “la salida”, porque se “focalizan” en los que “definen” (y solo en algunos) y los mantienen un mínimo grado de subsistencia,.. sin mayores perspectivas de futuro.
Además con la reproducción intergeneracional de la pobreza, los aspectos culturales se extienden más allá del núcleo originario, existe imposibilidad de ofrecer a los hijos oportunidades de educación –por otra parte a esta altura ya devaluada por sí– y con ellos se reproduce la carencia de horizontes y el supuesto mal de no visualizar ninguna salida, ni perspectivas de cambio.
Desde ya que en una sociedad las diferencias existentes entre los individuos en lo referente a expectativas, preferencias, capacidad, dedicación, esfuerzo personal, oportunidades generadas o espontáneas, las decisiones, etc. son tan grandes que resulta imposible suponer homogeneidad en las condiciones de vida, en los derroteros y en los resultados.
“….en un mundo ideal las diferencias en los resultados solo deberían reflejar las diferencias en los esfuerzos, el talento, las decisiones que toman las personas, además de la suerte”….[4]
Pero si es cierto que el análisis de las condiciones de diferentes sociedades nos permite concluir que aquellas con mayor desarrollo terminan por ofrecer a todos mayores oportunidades y aun existiendo pobres, su número es siempre proporcionalmente menor.
Del análisis no pueden omitirse, por un lado los procesos que son causa de la  pobreza y por otro aquellos que son consecuencia de la misma.
La misma sociedad que –cuando no genera riqueza– reduce las oportunidades de muchos y por lo mismo “produce” proporcionalmente más pobres, que luego discrimina y margina, sin contemplar que tarde o temprano deberá protegerse o sufrir las consecuencias.
De ello se desprende considerar que la primera política pública social es la política económica.
Es cierto que muchos parten del supuesto que la generación de pobres en una sociedad obedece a lo que llaman “la injusta distribución de la riqueza”. Y se esmeran en detallar las diferencias existentes entre aquellos que han obtenido más y los que no han logrado el mismo (o similar) bienestar.
Esta concepción expresa interpretaciones igualitaristas, que finalmente para lograrlo “igualan hacia abajo”, reduciendo las posibilidades de todos. La aceptación de diferencias parece a estas posiciones moralmente inaceptable,.
Pero la realidad de la naturaleza humana nos hace inevitablemente diferentes y forzar torcer esta condición desde una opción política colectivista resulta tan dañino para el conjunto social, como inevitablemente estéril y perniciosa para los que se supone beneficiar.
En función de ello dos aspectos son de su especial preocupación:
Ø  cuantificar las diferencias entre quintiles o deciles de los extremos y para ello utilizan diversos indicadores entre los que se destaca el Índice de Gini[5], a partir de lo que infieren que la pobreza (de grupos de población) es resultado de la desigual distribución de ingresos (que es lo que supone que los unos “ricos” se apropian de lo que es de otros que resultan “pobres”), y a partir ello
Ø  consideran que el único mecanismo válido para superar una situación de inequidad (que en realidad consideran de desigualdad, que no es lo mismo), es la “redistribución de ingresos”, por cualquier mecanismo por arbitrario que sea, tarea que deben llevar adelante los gobiernos, ante el supuesto de que el mercado está imposibilitado de alcanzar un óptimo paretiano: distribuye inequitativamente y enriquece más a los ricos, mientras empobrece más a los pobres.
En realidad los pobres como mencioné resultan consecuencia de innumerables condiciones –muchas propias (transferidas por ejemplo culturalmente) e imposibles desde su situación de superar– y otras derivadas de una sociedad que por su estructura, dinámica, mercado de trabajo, políticas económicas, políticas públicas e intereses políticos no les ofrece mejores oportunidades ni condiciones de salida, por lo que los mantiene en su precaria situación.  

II Las Políticas Económicas y la Pobreza:
Todo análisis que se base en una simplificación de conceptos y sólo considere la visión redistributiva resulta limitado y reduccionista, que no contribuye –sino que por el contrario agrava– a la solución del problema.
Por otra parte la persistencia de la pobreza finalmente resulta una pesada carga para el conjunto social –imposible de superar una vez iniciado su diagnóstico erróneo y planteadas soluciones equívocas– porque a medida que más se excluyen del proceso productivo (el que de por sí se reduce), más recursos son necesarios para su asistencia.
El análisis –que considero interesado– no solo es sesgado sino inverso: la pobreza existe tanto más cuanto un país es más pobre y menos desarrollado, ofrece menos oportunidades a todos sus habitantes-ciudadanos y condiciona circunstancias de vida que debieran ser superables, sin recurrir a mecanismos distorsivos[6] como una arbitraria redistribución que solo beneficia a los intermediarios de transferir los recursos.
Lo anterior significa que –por el contrario de lo declamado– el Índice de Gini es mayor en países que han logrado un “desarrollo incompleto” (me refiero a desarrollo político, económico y social), y resulta expresión de estas condiciones.
Es  bajo en los países sin ningún desarrollo porque allí todos son igualmente pobres y en los países desarrollados porque la mayor parte de sus habitantes han podido acceder a mayores y mejores oportunidades,.. “igualando hacia arriba”.
Esto es decir que: no es la distribución desigual (mayor Índice de Gini) la que genera pobreza, sino por el contrario la ausencia de suficiente desarrollo lo que genera mayor desigualdad. Po lo que este no debiera ser suficiente argumento para promover transferencias compensatorias,.. sino que por el contrario debería facilitar el diagnóstico para lograr una sociedad abierta, competitiva, generadora de riqueza, genuinos puestos de trabajo, con mayores oportunidades y como con secuencia: con menos pobreza.
¿Cómo explicar sino que por ejemplo países con similar Índice de Gini puedan tener indicadores de pobreza totalmente disímiles?
Para dar ejemplos concretos: la disparidad del índice de Gini en Chile (tanto entre deciles –0,52– como en quintiles de los extremos) es similar a la existente en la Argentina (entre deciles 0,49). Y como se ve en Chile aún es un poco mayor.
Sin embargo el indicador pobreza es en la Argentina tres veces más alto que en Chile. Es decir que tomando como referencia una sola dimensión (la del ingreso), en Chile solo los integrantes del último decil (el 10%) no alcanzan a satisfacer la canasta básica de bienes y servicios (en números absolutos 1, 4 millones de personas)
Mientras que por otra parte en la Argentina casi los tres últimos deciles (25% de la población) o lo que es lo mismo una de cada cuatro personas (en números absolutos 10,25 millones de personas) se encuentran en situación de pobreza (según ingresos).[7]
Otro informe señala que un niño pobre nacido en Chile tiene diez veces más posibilidades de salir de su condición, que otro nacido en la Argentina. Y en ambos países el Índice de Gini es similar (incluso algo mayor en Chile).[8]
Lo que no debe perderse de vista y explica en gran medida las diferencias es que Chile ha adoptado una economía abierta, con mínima intervención estatal, con estímulo permanente a la actividad privada y al libre intercambio, que le han permitido insertarse en el mundo. Es  decir políticas económicas que han generado más riqueza lo que ha favorecido que los ingresos de solo el 10% de la población no alcancen el costo de los bienes básicos.
Sin embargo estos “pobres” tienen muchas más oportunidades para superar su condición que en nuestro país.
En la Argentina por el contrario (como comparación de las políticas económicas) –y desde hace ya 10 años– se han basado en una creciente intervención del Estado (re-estatizaciones de empresas); se ha dado prioridad (con y por interés político) al consumo bajo premisas keynesianas sin que ello haya alterado, modificado o mejorado los modos de producción (Ley de Say); se ha multiplicado ad infinitum la asistencia social (ello es prueba del creciente deterioro social), lo que generó una indescriptible irresponsabilidad fiscal (con altísima presión tributaria: 45% según varios analistas, que no alcanza a financiar el gasto público y debe recurrir a la emisión y al auxilio de otras cajas); una política monetaria expansiva (con emisión de la base monetaria que alcanza al 35% en 2012) y que a pesar de las disquisiciones de algunos economistas adeptos a las políticas gubernamentales, ya casi nadie pone en duda hoy que la emisión termina por erosionar el poder adquisitivo del dinero y ser la principal causa de inflación (en la Argentina de hoy entre el 25 y el 30% anual); restricciones al libre intercambio con una balanza de pagos que no es superavitaria porque exportamos más, sino porque importamos menos (con las consecuencias sabidas a la producción) y finalmente producto de la incertidumbre y la ausencia de reglas claras, una importante fuga de capitales.
Lo que se debe tener en cuenta es que “…desde que se abandonó el patrón oro, todo el sistema monetario mundial funciona en base a la confianza que la gente tenga respecto a determinada moneda. Dicho en otras palabras, actualmente las monedas no están respaldadas por oro, sino por la calidad de las instituciones de un país, su disciplina monetaria y fiscal…[9]
Es por todo ello que se pierden inversiones y fuentes de trabajo. La mantención del aparato asistencial-clientelar requiere otros bienes para sostener el intercambio y es por ello que el empleo público (también fuente de prebendas) se incrementa más que el empleo privado.
Muchas voces se han manifestado en defensa de ello bajo el concepto que se posibilita de esta forma la lucha contra el desempleo. Lo que no se dice que es una forma de reemplazo del empleo privado –que sería empleo genuinamente productivo– y del que se carece de manera suficiente. Cuando aumenta el empleo público se reduce la productividad media y se afecta la competitividad.
El empleo público en la Argentina alcanza niveles del 20,5% del empleo total (solo superado por unos pocos países, todos con mucha mayor solvencia fiscal). Pero esta cifra es solo un promedio ya que en muchas provincias que seguramente tienen economías menos desarrolladas esa cifra se ve duplicada.
Las malas políticas económicas, generan una masa de dependientes sin opción. El populismo y el clientelismo político hacen el resto.   
Estas son las políticas que generan y perpetuán la pobreza, a pesar de la multiplicidad de planes, programas que durante años pudieran llevarse a cabo.
El círculo vicioso se establece entre las políticas económicas y la generación de pobreza, que se ve perpetuada por el asistencialismo redistribucionista. 
“…Si queremos entrar en la modernidad no debemos bajarnos del tren del Libre Comercio y la apertura comercial de nuestros países porque ello es imprescindible para lograr una integración económica que permita desarrollar sectores productivos competitivos….”[10]
Una correlación que permite un análisis más preciso de lo que expresado se puede observar en el siguiente gráfico que muestra una fuerte relación entre el Índice de Desarrollo Humano (IDH) con el Ingreso bruto per cápita (expresado por su logaritmo), en una muestra de 150 países.
El IDH es un indicador que surge de tres variables (las dos primeras “bienes intangibles”): 1) Índice compuesto de educación, 2) Índice compuesto de salud y 3) el ingreso en PBI/cápita
Los términos, ideas y expresiones se han desvirtuado e –intencionalmente– la clara correlación anterior se ha desestimado y desde otra perspectiva ideológica se alimentan intereses de ideologías colectivistas: mayor intervención del Estado (no solo en la regulación sino incluso en la propiedad o apropiación de medios de producción: las empresas del estado), manejo discrecional de los fondos públicos (redistribución) con sus consecuencias de clientelismo político, discrecionalidad asignativa, corrupción, perpetuación de la pobreza porque ello (es consecuencia) y hace a sus fines: ejercicio del poder disfrazado de benevolencia y cuidado de los más desprotegidos.
¿Cómo puede suponerse que se protege a quienes se mantiene a perpetuidad en sus condiciones de marginalidad y pobreza, porque no se les ofrece la perspectiva de elegir entre mejores oportunidades generadas por un mayor desarrollo? Lo único que puede concluirse es que la pobreza conviene a muchos que la explotan en nombre de un supuesto “bien común”.  

III Pobreza y clientelismo político:
Nuestros países (me refiero en especial a Latino-América) tienen una larga tradición en este tipo de políticas que en nombre de la Justicia distributiva (Justicia Colectiva)[11] –que debiera significar un activo rol del estado en permitir a cada quien su propio desarrollo acorde a sus capacidades, esfuerzo personal, expectativas, intereses, deseos y trayectoria (además de la suerte), alcance lo que considere la satisfacción de sus necesidades y objetivos propios de vida–  las convierten vía mecanismos redistributivos en políticas asistencialistas, prebendarías y clientelares. Que una vez instaladas se perpetúan y profundizan como tales, con las múltiples consecuencias (entre muchas otras que sería extenso analizar):
Ø  Las políticas redistributivas implícitamente resultan “asistencialistas”, generan una mutua dependencia –entre el “dador” que ejerce el poder de dar y el “receptor” que tiene necesidades– perversa relación de la política con sus supuestamente asistidos que finalmente son clientes cuya contraprestación es la lealtad y sumisión.
Ø  Se basan solo en principios de “beneficencia”, vulnerando aspectos de autonomía y libertad individual como derecho básico, porque presuponen responder a “necesidades” (que las imponen concesionadas): ¿Quién determina que,… cuanto,… y quien necesita,… que cosas? De la misma forma y como consecuencia facilitan eludir  los aspectos que corresponden al “esfuerzo” que cada quien debería poner de si para ser merecedor: ¿Quién determina cuanto del esfuerzo requerible ha puesto proporcionalmente cada uno?
Ø  Es decir los criterios se concentran en un decisor que ejerce el poder,… pero a través del mismo lo perpetúa y genera una legión de dependientes que se someten a la voluntad del caudillo de la comarca,. Mientras este a su vez se debe –lealtad partidaria mediante y necesidad de recursos (coparticipación, ATN y otras transferencias) ante el poder altamente centralizado– cuando menos aparentar confluir con el poder nacional. La pirámide de lealtades políticamente generada así perpetúa las pobres condiciones de “un mundo feliz”!
Ø  Mucho peor aún cuando el financiamiento de estas políticas proviene de los recursos del Estado con base regresiva y se transforman en solo un circuito que asigna escasos recursos, para proveer malos servicios a los mismos de quienes mayoritariamente se financia. De cualquier manera este esquema no garantiza que mayores recursos se expresen en mejores servicios.
Ø  La administración de los recursos es frecuentemente direccionada para cubrir a los adeptos –entre otras asignaciones perversas– lo que conlleva y promueve un alto grado de corrupción. Esto se refiere a que no solo se financia a los que se supone proteger pero se mantiene en la misma condición, sino que además una gran parte de los recursos son destinados a financiar obras realizadas por los amigos del poder: no existe mayor grado de corrupción que la que surge de la asociación política con grupos de interés empresarial (obras no ejecutadas, carencia de inversiones, subsidios cruzados, sobreprecios etc.) y que a su vez tiene tanto o mayor costo para el país que lo que se destina a “planes focalizados”.
Ø  La generación de mutua interdependencia permite una vinculación circular de subsistencia política, con la apariencia de aporte “caritativo” que solo sostiene el statu quo y vulnera las necesidades reales de los más necesitados, sus perspectivas futuras y con ello su dignidad.
Ø  El clientelismo político no promueve el crecimiento y desarrollo individual en el sentido ya analizado, “el esfuerzo aplicado al desarrollo del capital humano”. Es más: en las condiciones descriptas este puede resultar finalmente incomodo para el ejercicio del poder y el sostenimiento de la relación clientelar y por lo mismo de su subsistencia.
Ø  Todo ello se sostiene además –y reafirma– en una enorme cantidad de ciudadanos cuyas condiciones de vida en realidad no cambian, luchan por recibir lo que se les ofrece como si fuera lo que en realidad merecen y no por la real satisfacción a sus necesidades, para que una vez satisfechas puedan optar ante nuevas oportunidades, a mejores condiciones que les permitan su elección personal de lo que en libertad consideren un mejor derrotero de vida.
Ø  Todo ello es posible además con mucha mayor facilidad en países en los existe tanto una baja participación de la ciudadanía y aceptación de sus condiciones, como una baja calidad institucional.[12]
Ø  No es cierto que esta sea una nueva forma de racionalidad de la acción colectiva que permite la participación política “populista” en la sociedad[13], sino que establece una relación de dependencia (y poder) en función de la explotación de las necesidades no satisfechas de amplios grupos de población marginada, que no tienen opción de elegir y por lo mismo se trafica con su libertad.
Ø  Los costos de transacción derivados del clientelismo político son elevados y los soporta toda la sociedad,.. pero recurso “sobre utilizado” representa además un alto costo de oportunidad, mucho de ese costo se hubiera podido utilizar en políticas de mayor y mejor impacto.
En realidad, la búsqueda de la maximización del bienestar general, (nótese que evito hablar del “bien común”)[14], requiere del mayor y mejor desarrollo de la sociedad. Esto es decir la generación de riqueza, que ofrecerá a todos mejores oportunidades para posibilitar el desarrollo de las capacidades individuales, la acumulación de capital humano y el esfuerzo personal, lo que se entiende permitirá a cada uno “transformar ingresos en resultados acordes a sus expectativas de vida”.(Ibíd. 1)
Un aspecto importante que debe ser diferenciado es la evidencia empírica existente la que demuestra que los mejores resultados se obtienen con políticas públicas universalistas (distributivas) que mejoren el ingreso y las condiciones de vida de la población en su conjunto pues dan opciones y oportunidades a todos. En vez de intentar mejorar las condiciones de vida “focalizando” (redistributivas) en los más necesitados –“quitando a los que más para darle a los que menos”,… sin que además ello garantice que se haga bien– lo que no ayuda a la disminución de la pobreza y genera la relación clientelar, de indigna dependencia ante quien ejerce el poder.
Otro costo adicional que tiene este tratamiento es que estas políticas significan una carga importante y creciente para toda la sociedad que contribuye significativamente a limitar el desarrollo del país, por un lado por la pérdida de productividad de aquellos que no producen y por otro por la necesidad de crecientes recursos para asistir la espiral inflacionaria de su carga económica.

IV Bienes Intangibles y Pobreza:
Si bien este no es un análisis profundo del proceso educativo y del capital humano, me he referido al mismo en tanto se trata de una perspectiva necesaria e imprescindible para comprender que existen bienes intangibles, que son necesarios para posibilitar el desarrollo personal.
Aún en la tarea de “educar” y más aún en nuestros países, las oportunidades se desmerecen, porque las políticas públicas se desvirtúan cuando los servicios adolecen de graves deficiencias, originan acceso a ofertas y posibilidades educativas limitadas y carentes, resultando que el mismo Estado por su propia baja calidad institucional promueve “escuelas pobres para los pobres”.[15]
Estudios realizados, nos muestran en América Latina los deficientes resultados en educación lo que constituye una barrera para superar la condición de pobreza, patrón que se agrava cuando el análisis se desagrega por niveles.
El deterioro de la calidad educativa ha afectado a nuestro país en mayor grado que a otros países latinoamericanos rezagados hace apenas veinte años respecto al nuestro y habiéndonos superado hoy en día en la tasa de escolaridad, número de días con actividad docente y en la tasa de deserción escolar. En nuestro país casi el 20% de los ingresantes no terminan el nivel secundario y otro 20% lo hacen fuera de término.[16]
Lo que en realidad sucede es que ha dejado de verse la educación en todos sus niveles, como un paso necesario e integrador a la actividad social y productiva.
 “….un problema a resolver en educación es la desigual distribución del bien educativo que hace el propio Estado….”[17]
Lo anterior mantiene las actuales circunstancias de dificultad en el acceso a oportunidades y adquisición de capital humano.
No puede omitirse que las políticas públicas de contenido clientelar, han respondido más a la demanda que a cubrir reales necesidades.
En salud las necesidades y las demandas confluyen con más facilidad, ya que “el estar enfermo” y requerir asistencia, es mejor percibido.
Pero en educación no se genera la demanda desde la necesidad, en especial porque las carencias imposibilitan percibir lo imprescindible que aquella resulta para la superación de estas.
Además, se ha dejado de ver a la educación como un instrumento fundamental para generar otras perspectivas de vida a futuro.
Por otra parte, se ha instalado la idea[18], referida a que existe un núcleo de población que por ser pobre “ya no es posible educar”, dados los contextos actuales y aun sin considerar las dimensiones económicas, culturales, educativas y sociales.
Finalmente, la misma escuela se encarga de discriminar y segregar a los pobres condicionando un agregado a su pobreza y generando su actual y futura exclusión.
“…el financiamiento de la educación estatal a través de impuestos sesga, necesariamente, el acceso a la educación de aquellos que son alcanzados por el tributo, porque reduce sus oportunidades de educarse o -en forma directa- las suprime cuando la sumatoria de ingresos es igual o inferior al total de impuestos que se pagan. Esto implica que resulta falso el insistente cacareo demagógico por el cual se quiere convencer a la gente de que la educación estatal es "para todos"…[19]
Por otra parte, el deterioro de la escuela –y en especial del recurso humano en el área– la cuestiona como “dador” y generador de educación para quienes más la necesitan. Muchas familias de bajos recursos hacen ingentes esfuerzos para enviar a sus hijos a instituciones educativas privadas.
Hoy la escuela solo promueve la selección de los mejores (o los que tienen mejores posibilidades), facilitando la exclusión de “los otros”, en virtud de “malas intervenciones educativas”. (Sergio España)(Ibíd 4)   
Por otra parte la brecha cultural e informática entre nuestros países y los desarrollados es creciente, cuando precisamente se habla de la “sociedad de la información y el conocimiento”.
En América Latina y el Caribe existen más de 30 millones de analfabetos. Más allá de ese número que es de por si impactante, casi el 40% de la población no terminó la escuela primaria y el 35% de los jóvenes entre 17 y 25 años no estudia ni trabaja (en nuestro país alcanza a un millón de jóvenes –el 24%–    llamados “ni-ni”) y mientras el promedio de años de escolaridad de los que pertenecen a las familias de mayores ingresos alcanza los once años, los de menores ingresos solo reciben en promedio tres años.
Nuestro país según el último informe PISA[20], se encuentra al pié de la nómina de los países latinoamericanos, cuando hace apenas 20 años la encabezaba.
En cuanto al nivel alcanzado por la PEA (Población Económicamente Activa), en nuestros países casi el 60% no ha completado sus estudios secundarios, mientras que en países desarrollados ese porcentaje no supera el 18%.
Por otra parte el fenómeno de la desocupación se concentra en el 25% más pobre de la población (pero alcanza a 2, 5 millones de personas,.. aún basándonos en cifras oficiales INDEC: 7,9% de la PEA. Sin contabilizar los que son asistidos por planes sociales y que los pierden en caso de conseguir trabajo. De otra forma la cifra de desocupados alcanzaría largamente los dos dígitos) y es consecuencia de una baja calificación en materia de educación de las familias y en la deficiencia que ofrece la enseñanza, especialmente en escuelas públicas. Esto deriva a desocupación y trabajo informal, con bajos salarios.
Con enormes difencias regionales:
(Íbid. 21)
La pobreza resulta así la consecuencia de una confabulación de factores desfavorables que determinan un nivel de carencias.(Ibíd 4)
La persistencia de un núcleo duro de pobreza que ronda el 25% de la población argentina –es decir: 1 de cada 4 habitantes– se comprueba al medir las condiciones de hábitat, educación, situación laboral y alimentación, entre otras variables.[22]
El incentivo está presente en la naturaleza del ser humano: la insatisfacción es el motor para la búsqueda de mejores opciones. El problema se presenta como consecuencia de la carencia de políticas económicas que generen riqueza, un aparato político que mantiene en la dependencia y que no facilita los instrumentos adecuados para que el pobre pueda superar su condición.
“….el defecto más grande del capitalismo es la distribución desigual de la riqueza,.. la virtud más grande del socialismo es la distribución equitativa de la pobreza,..” (Winston Churchill)
Hoy la política ha distorsionado para sus propios intereses las variables económicas, ha alterado el buen funcionamiento de los mercados y generado a su servicio una legión de pobres y carenciados de muchos bienes intangibles pero esenciales para una subsistencia digna o una alternativa a su condición.
La economía debería ser un instrumento de la política. Pero sus presupuestos –no verificables en un laboratorio como en otras ciencias sociales– (solo contamos con la evidencia empírica),..han sido aprovechados en la medida de las necesidades políticas. Los resultados invariablemente negativos han sido cargado en la cuenta de los economistas o de imponderables nunca definidos pero no asumidos por una clase política parasitaria que nos ha gobernado los últimos 100 años. 
Existen jerarquías que no pueden ser obviadas: a la política deberían dirigirla los valores éticos y en función de los mismos la política debería servirse de instrumentos económicos, para dar satisfacción a las necesidades de la población, sin perder de vista los objetivos de futuro como nación.
La economía debería ser asignatura de aprendizaje obligatorio en nuestra clase política que –actuando como amateurs de sus principios– no olvidan aquellos procederes que los benefician.
Por ello la principal política pública  es la política económica si su eje está dirigido a generar crecimiento y desarrollo en un país lo que de por sí resultan ya “inclusivos”. La necesidad de que el estado se ocupe de aquellos que no han podido o sabido hacerlo por si mismos se reduce considerablemente.
Las políticas públicas además deben ser direccionadas hacia aquellas que posibilitan el incremento del “capital humano” (en especial salud y educación) cuidando la calidad de los servicios provistos, cuyo monopolio no debe estar en manos del Estado y en los que la competencia y libertad de elección resultan fundamentales para la mejora de todos.
Y ello se funda en que estas adquisiciones “suman” (cuando son universalistas) y –utilitarismo mediante– resultan en mejores resultados en la productividad, el capital social y la cohesión de la sociedad.
A partir de allí las diferencias entre los extremos que tanto preocupan a los igualitaristas (Índice de Gini) serán menores, aunque no necesariamente,.. ya que más que igualar, lo que necesitamos es reducir la pobreza. 
Los individuos necesitan “sentirse incluidos” en la carretera de la producción, como medio de ingreso al conjunto social y como medio de acceso a la participación política y los bienes que hacen a su calidad de vida, como salud y educación.
Cuando se queda fuera de los circuitos y dinámica de la economía por carecer de las herramientas necesarias (capital humano), por pérdida de la fuente laboral, o trabajo precario, se ingresa en la exclusión: enorme paradoja “ingresar” en el “estar afuera”.
En los pobres y los más vulnerables se ha roto la visión positiva de “trayectoria de progreso”, que forma parte de cada individuo y en la que se asienta su pertenencia a la comunidad,… (Ibíd 1)
En los países de nuestra región (y más aún en el nuestro porque otros han iniciado ya otro camino) tenemos todavía que superar diversos problemas:
Ø  La existencia de administraciones pobres y de baja calidad
Ø  Las formas perversas de acción política (que por desconocimiento o interés sostienen la dádiva y con ello las condiciones de dependencia)
Ø  Los sucesivos ajustes económicos,.. producto de reiteradas crisis dependientes de la perpetuación de un modelo de alto gasto asistencial y baja productividad relativa
Ø  La persistente exclusión social y por todo lo anterior la persistencia en el tiempo de la pobreza,  no solo económica, sino de otros bienes y por lo mismo de mejores oportunidades
Ø  La compleja situación de los recursos humanos[23]
Existen múltiples clasificaciones de análisis de las necesidades humanas, pero básicamente debemos considerar en términos generales y a los fines de hacer una breve referencia al tema, una taxonomía que identifica dos de ellas:
Ø  Las necesidades existenciales : el “ser”, el “tener”, el “hacer, el “estar”, etc 
Ø  Las necesidades axiológicas que se encuentran referidas a aspectos y condiciones vitales y personales psicológicas vinculadas a la emotividad, identificación, reconocimiento e integración social, como son: la subsistencia, la protección, el afecto, la posibilidad de creación y realización personal, la identidad y el ejercicio de la libertad individual. Su carencia transforma la vida en ausencia.
En cada individuo se expresan diferentes requerimientos de aceptabilidad o “mínimos deseables”, los que manifiestan la subjetividad con un amplio rango.(Ibíd 1)
Cuando se analiza lo acontecido desde el 2001 parecería que nos detenemos sólo en la reducción porcentual de la pobreza –y así se nos hace creer, más allá de la adulteración de los datos del INDEC– y esto es solo cierto a medias ya que en esos años veníamos de una brutal crisis que desgranó la República.
Por ello comparar el 52% de pobres en ese año con la cifra actual –que la redujo a la mitad (25%)– parece ubicarnos en el mejor de los mundos. Pero vale la reflexión referida a que más de una década de crecimiento no ha podido perforar ese piso de pobreza,.. más aún en los últimos años que ese valor ha mantenido un ritmo constante de crecimiento.
¿Qué es lo que mantiene los altos índices de pobreza ante un crecimiento que se declamó “a tasas chinas”? La respuesta: las políticas económicas erróneas,.. la apuesta por una economía cerrada que no puede sostener la premisa de Singer-Prebisch (“vivir con lo nuestro”) por suponer –gran error– que los intercambios son de suma “0”,.. los intercambios son de suma positiva y a través de ellos un país crece,.. invierte,.. produce,… y genera riqueza.
Finalmente la tasa de capitalización (ahorro e inversión) son los elementos básicos que permiten la diversificación e incremento de la producción.
Y para expresarlo de alguna forma más comprensible: ¿se creció a “tasas chinas?,.. Se invirtió en planes asistencialistas,.. pero la pobreza no logra perforar su piso del 25%!!! y todo ello muy a pesar que los presupuestos para asistencia social se incrementaron.
Por ejemplo: el presupuesto 2012 eleva al 60% el gasto social (303.028 millones de pesos) y destina las mayores subas a las jubilaciones y planes sociales (39% más que en 2011).[25]
En el año 2001 había 300.00 planes de empleo. Hoy suman entre los asignados por la Nación Provincias y municipios más de 3,5 millones.
La asistencia redistributiva no alcanza a todos, no resuelve el problema, distribuye discrecionalmente y es un “agujero negro” de perpetuación de las condiciones, resultando a su vez ineficiente.
Ningún planificador puede suponer que desde el marco de diseño de las políticas públicas puede dar respuesta a las necesidades –que son siempre subjetivas– de satisfacción mediante prebendas a los requerimientos de cada individuo, aunque suponga que existen carencias que son comunes, no sabe de ninguna forma cual es el objetivo que cada quien pueda trazarse.
Lo que inevitablemente nos conduce a que lo que debe generarse son las condiciones y dotar de instrumentos válidos en una sociedad que “ofrezca alternativas y oportunidades” para que cada uno pueda construir su derrotero de vida.
La pobreza y la exclusión pasaron progresivamente de ser un fenómeno casi exclusivamente rural a convertirse en un fenómeno urbano.
La consecuencia del aislamiento –entre  otras causales– ya no es suficiente para explicarlo y ahora quienes buscaron refugio en las ciudades necesitados del beneficio de la urbanización y el trabajo consecuente a la industrialización, terminaron expuestos al empobrecimiento de salarios insuficientes, trabajos con altas tasas de informalidad, rehenes de planes de asistencia, aglutinados en tugurios habitacionales, sin servicios de saneamiento básico, con las consecuencias previsibles de trabajo infantil, mayor prevalencia de violencia doméstica, prostitución, adicciones, etc., con limitaciones en el acceso a los procesos de educación y con provisión de servicios rudimentarios de salud.
En estas circunstancias son además previsibles los resultados y consecuencias en la distribución y carga de enfermedad que los afecta con prevalencia mayor dadas sus condiciones de “riesgo agregado” –enfermedades transmisibles y muchas otras que deberíamos ya considerar erradicadas, así como las derivadas de la violencia y adicciones– ahora muchas de ellas generalizadas.
Se crea así un terreno fértil para que se instalen proyectos políticos que prometen “cambios”, juegan con las expectativas y deseos fundados en necesidades, pero resultan finalmente populistas, solo asistencialistas, imposibilitan el crecimiento, acceder a mejores oportunidades e impiden el desarrollo de las potencialidades personales, generan dependencia del poder político y finalmente erosionan las instituciones económicas, sociales y políticas de la democracia”.[26]
La violencia, la criminalidad y la inseguridad consecuente, son sólo la punta del iceberg de un problema mucho más profundo que en este capítulo omito analizar, que intentamos explicar con mitos, que por no resueltos perpetúan la situación y que sucede a edades cada vez más tempranas, siendo los jóvenes a su vez víctimas y victimarios.
Condición de “circunstancias de vida” que determinan alta vulnerabilidad, en las que debieron nacer, o a la que fueron conducidos y en la que –dadas las características políticas y sociales actuales en nuestros países– son mantenidos y por ausencia de políticas públicas acordes les resulta invisible la salida.
Parece fácil comprender como uno se resiste a ser avasallado por un Estado ineficiente, que por un lado expropia impositivamente para el supuesto de un “gasto público necesario” (y cuya voracidad es inacabable), pero por otra parte se visualiza que esos recursos no son asignados en búsqueda de resultados y efectividad en el desarrollo del conjunto social, sino para el interés político personal o para políticas asistencialistas, que generan dependencia y no desarrollo.
El populismo “embarra la cancha”: siempre la culpa es de los ricos,.. los fijadores de precios,.. los que viajan a Miami,.. los inescrupulosos explotadores,.. los que atesoran en dólares,.. los desestabilizadores que hablan de la inflación,…los que no comprenden y están lejos de lo Nacional y Popular! 
Nunca asume sus propias responsabilidades, cuando en realidad en gran medida la culpa de la situación que describo es por las políticas populistas. La condición inherente al populismo es siempre gastar más de lo que se produce.[27]
A quienes así pensamos se nos acusa de estar lejos del pueblo,.. de no ocuparnos de los reales problemas de la gente,.. que a los liberales –palabra bastardeada si las hay– no nos importan los pobres y nada más lejos de ello! Deben pensar que nos agrada verlos desprotegidos circulando desvalidos entre nosotros. Lo que sucede es que se nos endilga la culpa de lo que hicieron siempre ellos,.. para los populistas “sus ideas y acciones son resguardo del bien común” y por lo mismo la culpa de todos los males las tienen “los otros”.
En realidad lo que decimos es que las “recetas populistas” aplicadas hasta hoy se han llenado la boca diciendo ocuparse de los pobres,.. cuando en realidad he intentado demostrar que son sus recetas los que los perpetúan, los condicionan y viven de ellos.
Esta misma circunstancia es la que permite el statu quo: prometer “el cambio” para que todo siga igual. (No nos debe llamar la atención que en casi todas las campañas políticas se promocione un candidato: “por el cambio”).
Parecería que en la perversa relación de “depender” se incluye de alguna forma el “pertenecer” a un grupo, movimiento político, líder, concediendo la perspectiva de un pensamiento crítico y libre.
El populismo y su “parecer” progresista, con su definida intervención del Estado para rescatar el ideario nacionalista y popular, resulta finalmente causante del estancamiento. Finalmente se trata de perverso “regresismo”.
Antes dije que la ética debiera guiar las acciones políticas, pero nada más difícil para lograrlo, ya que es finalmente solo una expresión de creencias y valores, expresada en “voluntades”. Solo así puede comprenderse “la distancia entre lo que se dice y lo que se hace”.
Lo que se dice es lo que se intenta mostrar y forma parte del discurso político que es la rápida lectura que la clase política hace de lo que el votante quiere escuchar. Lo que se hace otra cosa: es casi siempre lo que no se dijo, ni se prometió,.. es lo que siempre está teñido por el conocimiento o la ignorancia y la ideología,.. pero finalmente es lo que muestra y descubre las intenciones.

Dr. Eduardo Filgueira Lima
Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social
Magister en Economía y Ciencias Políticas
Director del CEPyS

Buenos Aires, Agosto 28 de 2013

Referencias:


[1] Amadeo, E. “Notas sobre el concepto de pobreza”. Observatorio Social Cuaderno N° 4. Bs. As. 2006
[2] Alkire, S. & Foster, J. “Understandings and misunderstandings of multidimensional poverty measurement”. OPHI, Working paper (Oxford, 2011)
[3] conjuntos de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, incluyendo los medios materiales que usan sus miembros para comunicarse entre sí y resolver sus necesidades de todo tipo (concepción antropológica)
[4] BM : Paes de Barros, R. & col. “Midiendo la Desigualdad de Oportunidades en América Latina y el Caribe”. Banco Mundial, www.worldbank.org Washington, DC. 2008
[5] coeficiente de Gini: es una medida de la desigualdad ideada por el estadístico italiano Corrado Gini. Normalmente se utiliza para medir la desigualdad en los ingresos, dentro de un país, pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual.
[6] Distorsivo: que modifica o altera el comportamiento de los actores.
[7] UCA Barómetro Social (2012)
[8] PNUD (2011)
[10] Arias, O. “Las propuestas para el crecimiento de América Latina” (2013)
[11] Rawls, J. “A theory of Justice” (1971)
[12] La calidad institucional está dada por el conjunto de normas, procedimientos e instituciones que regulan las relaciones políticas y económicas en un país y entre países.
[13] Laclau, E. “La razón populista” (FCE, 2004)
[15] IDESA informe Nº 508 (2013)
[16] Ministerio de Educación de la Nación (PNIE), 2013
[17] Veca, S. “Cuestiones de Justicia”. Turín (Italia), 1991
[18] López, N. AAPS (Asociación Argentina de Políticas Sociales). “¿Es la pobreza una restricción para la educación?”. Ciclo de conferencias sobre pobreza crónica. Gvirtz, S; López, N. y España, S. AAPS en Universidad Isalud. Buenos Aires, 29 de Abril de 2008.
[19] Boragina, G. “La mejor educación” http://www.accionhumana.com/2013/08/la-mejor-educacion.html (2013)
[20] El programa Internacional para la evaluación de Estudiantes –PISA-  que impulsa la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), evalúa el rendimiento de estudiantes, mediante exámenes que se realizan cada tres años, para valorar las habilidades desarrolladas por el sistema educativo en sus 34 países miembros, más observadores y asociados. Corea del Sur, Singapur y Finlandia encabezan la nómina.
[21] Encuesta de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), que descubrió una desocupación juvenil de 21,9%, en tanto que entre quienes tienen 25 años o más la tasa es de 7,3% de la población activa. Publicado en: http://www.lanacion.com.ar/1589112-la-desocupacion-entre-los-jovenes-llega-al-20  Monseñor Ojea, Presidente de Caritas. (2013)

[22] Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica y SEL Consultores., en: http://www.lanacion.com.ar/1442666-crecio-la-ayuda-social-pero-persiste-un-25-de-pobreza (2012)

[23] Sotelo, J. M. Conferencia:”Los retos para cumplir los ODM”. Universidad ISALUD. Buenos Aires, Mayo 8 de 2008

[24] Elaboración personal para la actividad docente
[25] Veneranda, M. Datos de la Fundación Siena. (2012)
[26] Márquez, G. & col. “¿Los de afuera?: patrones cambiantes de exclusión en América Latina y el Caribe”. Banco Interamericano de Desarrollo: Progreso económico y social en América Latina, Informe 2008. Washington, DC. Copublicado con David Rockefeller Center for Latin American Studies, Harvard University. Cambridge, Ma. Marzo de 2008
[27] Márquez, N. “Argentina: 500 veces contra la misma piedra” (La Prensa Popular, 2013)