domingo, 18 de agosto de 2013

Entre el domingo electoral y el día menos pensado

Por Jorge Raventos (*)
Aunque la señora de Kirchner venía reclamando “una década más” de gobierno y algunos de sus seguidores le enmendaban la plana y pedían no una, sino cinco décadas de kirchnerismo o propiciaban una “Cristina eterna”, antes de que hablaran las urnas el domingo 11 cualquier observador objetivo comprendía que los sueños re-reeleccionistas eran ya una quimera y que la Argentina estaba viviendo un fin de ciclo.

Cuando hablan las urnas
Evidencias: el gobierno sepultó las bases económicas que habían erigido primero Eduardo Duhalde y luego Néstor Kirchner, desató una orgía de inflación, incrementó la presión impositiva y promovió un blanqueo de dólares de origen sospechoso, multiplicó por 15 el gasto público, convirtió al país de exportador en importador neto de energía, cargó la balanza comercial con la losa de 14.000 millones de dólares anuales en compras de combustibles, implantó un cepo al dólar que no puede frenar la caída de reservas, está infectado por resonantes casos de corrupción, ha perdido la credibilidad, pasó de acosar a las Fuerzas Armadas a reintroducir la política en su seno con la designación de un jefe de Ejército que se embandera con la facción gobernante, exhibe un patrimonio de opaca legitimidad y antecedentes profesionales análogos a los que este gobierno ha empleado para denunciar y condenar a muchos de sus colegas. En fin: si esos síntomas no hubieran sido suficientes para diagnosticar el fin de ciclo, podía agregarse a ellos la disgregación paulatina y cada vez más acelerada de la coalición que le dio sustento al kirchnerismo en sus mejores horas. La ruptura con la CGT que encabeza Hugo Moyano, primero, y la constitución del Frente Renovador alrededor de la figura de Sergio Massa fueron dos capítulos centrales de esa centrifugación, pero no han sido ni los únicos ni los últimos.
Atado a la evocación del resultado electoral de 2011, que elevó a la enlutada señora de Kirchner a su segundo mandato con el 54 por ciento de los votos, el oficialismo justificó durante dos años sus ofensivas contra la prensa y contra la Justicia, sus decretos de necesidad y urgencia, sus métodos parlamentarios expeditivos, sus decisiones inconsultas y su desprecio por el diálogo institucional con el argumento –hasta allí inobjetable pero insuficiente para esos menesteres- de “somos la mayoría”, interpretado, además, con el criterio de que quienes opinaran diferente, se opusieran o cuestionaran aquellos comportamientos eran antidemocráticos o “antipatria”.
Si bien las elecciones primarias del domingo 11 no distribuían bancas ni mandatos (eso ocurrirá el 27 de octubre, si Dios quiere), inobjetablemente expresaban (expresaron) un censo del estado actual de la opinión pública argentina. Y lo que emitieron las urnas no fue una señal auspiciosa para el gobierno.
La versión de Ishi: “Nos molieron a votos”
No se trató, sin embargo, de un mensaje difícil de comprender ni de resumir. Con una envidiable capacidad de síntesis, el ex intendente de José C. Paz, Mario Ishi, lo expresó así el lunes 12: “Nos molieron (Ishi otro término más pictórico) a votos. Esto no es menor cosa, no fue sólo en Buenos Aires, ha pasado en todo el país; estamos ante un problema gubernamental a nivel nacional, hoy la gente está enojada con la gestión de Cristina". Como rezaba la copla medieval española: “Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos/ que Dios protege a los malos/ cuando son más que los buenos”.
Y el domingo 11 “los malos”, es decir, los que votaron contra el gobierno, fueron muchos más. El oficialismo perdió 4 millones de votos y quedó reducido a un 26 por ciento, menos de la mitad de los votos obtenidos dos años antes.
Antes del 11, los pronósticos generalizados descontaban que el gobierno perdería en Capital, Santa Fé, Córdoba y Mendoza; muchos analistas hablaban de un empate técnico en la provincia de Buenos Aires, que podía traducirse en que el oficialismo obtuviera dos puntos más o dos puntos menos que el Frente Renovador de Sergio Massa. Pero había coincidencias en que buena parte de las provincias del interior le permitirían al gobierno central compensar las pérdidas en distritos mayores.
Las cosas fueron mucho peores para el oficialismo. El presunto empate técnico bonaerense se transformó en una distancia de seis puntos para los renovadores de Massa, que ganaron cinco de las ocho secciones electorales, aplastaron a los candidatos del gobierno en el norte del conurbano y empardaron en el sur y en el oeste, consiguiendo diferencias reducidas en la mayoría de los distritos donde perdieron y conquistando otros que parecían inexpugnables, como Tres de Febrero, territorio del veterano Hugo Curto, Ituzaingó, feudo de Alberto Descalzo o Moreno, fortín de Mariano West.
José Luis Gioja descubrió el domingo a la tarde que había perdido la provincia que gobierna, San Juan; Eduardo Fellner apenas consiguió imponerse por el hocico en Jujuy (en una definición denunciada por fraude); el gobernador mendocino Francisco Paco Pérez fue testigo de la amplísima derrota del Frente de la Victoria ante Julio Cobos; el ministro de Agricultura Norberto Yahuar, que contaba además con el apoyo del gobernador chubutense Martín Buzzi, fue noqueado en esa provincia por el peronista disidente Mario Das Neves, que lo duplicó en votos; en Catamarca fueron derrotados los candidatos de la dinastía Saadi que hoy coordina la gobernadora Lucía Corpacci; en La Rioja cayeron los candidatos del gobernador Beder Herrera y ganó el radicalismo por primera vez en medio siglo (no lo habían logrado ni siquiera en plena oleada alfonsinista)… ¿Para qué seguir? La propia Presidente, sin querer, admitió la dimensión de la derrota sufrida cuando se enorgulleció de la victoria oficialista en la Antártida: allí obtuvo cinco docenas de votos.
Cristina y el arte de dividir
Para comparar históricamente: la caída de Raúl Alfonsín en la provincia de Buenos Aires en 1987 ante el peronismo renovador (expresado allí entonces por Antonio Cafiero) fue la antesala de la derrota del presidente radical y de su retiro anticipado. En esa oportunidad la UCR logró, pese a todo, el 38 por ciento de los votos. La derrota bonaerense del justicialismo en 1997 (triunfo de Graciela Fernández Meijide sobre Chiche Duhalde) fue el primer paso hacia la derrota de Eduardo Duhalde en las presidenciales de 1999. La caída de la Alianza en las parlamentarias de octubre de 2001 fue una señal sobre lo que se venía: Fernando De la Rúa dejó el poder el 20 de diciembre. En lo que sería su peor elección hasta el último domingo, el kirchnerismo fue derrotado en 2009 (consiguió el 32 por ciento de los votos). La muerte de Néstor Kirchner contribuiría, dos años más tarde, a proyectar a su viuda a la reelección con el 54 por ciento. Ese porcentaje se encogió el domingo 11: la señora de Kirchner dividió por dos su caudal de 2011, el oficialismo, con 26 por ciento, recaló cerca del porcentaje que Kirchner había obtenido en 2003, cuando salió segundo detrás de Carlos Menem y cerca del 23 por ciento que la Alianza consiguió en vísperas de la renuncia de Fernando De la Rúa.
No se culpe a nadie
A la luz de ese contexto histórico, lucen particularmente irrazonables los intentos presidenciales por ignorar las circunstancias, tanto en su discurso del domingo 11 a medianoche, casi festivo (pese a las lágrimas derramadas en privado), como, tres días más tarde, en su desorbitada alocución desde Tecnópolis y en la ráfaga de tweets que disparó ese mismo miércoles. Esos mensajes bien podrían ser reunidos bajo el título “No se culpe a nadie”, como alusión a los rasgos tan autoreferenciales como autodestructivos que expuso en ellos su autora.
La interpretación presidencial que reflejan esas piezas empieza por una confusión: la señora de Kirchner supone que lo que ocurrió (algo a lo que alude sin nombrarlo) se debe a que no fue debidamente escuchada o comprendida. Algo (una nube conspirativa formada por la combinación de corporaciones y medios no ligados al control gubernamental, “Wall Street”, “la Embajada” y otros malvados) ha impedido a la gente entender lo que la Casa Rosada encarna y quiere. Magnánima, ella perdona a los ignaros, que no supieron o no pudieron escuchar su voz salvadora (“no tienen la culpa”). Tal vez debería considerar por un momento que lo que ocurrió se debió al motivo opuesto: a que la gente entendió, comprendió de qué se trata. Y hasta aceptó la consigna oficial: “hay que elegir”. Y eligió.
Colocada en el centro de las decisiones porque así funciona el dispositivo de la hegemonía populista, la Presidente se sometió a un plebiscito. Por eso la ola golpeó en todo el país y afectó a muchos que se suponían a salvo pero que pagaron por su cercanía a ese centro cuestionado, así fueran inocentes de las decisiones y la gestión de un gobierno central que los mandonea, les retacea recursos y no los consulta.
Aunque en las formas las primarias pretenden ser un mecanismo de selección de candidatos, en los hechos, en el proceso político, la sociedad usa las urnas para expresar su voluntad sobre cuestiones centrales. Y en este caso, como señaló Ishi, el inopinado politólogo de José C. Paz, la gente quiso exponer su enojo con la gestión presidencial.
Así, las primarias le restaron brutalmente crédito y sustento al poder central y también dejaron averiado el segundo círculo de contención que, de hecho, tiene el sistema: la red de gobernadores oficialistas. Afectados también ellos por una gestión central que los aprisionó en sus tentáculos, hoy rumian el mejor método para alcanzar autonomía y desprenderse con la mayor elegancia posible de esa pesada mochila que los afecta dañinamente en sus propios territorios. Algo semejante ocurre entre los intendentes oficialistas del Gran Buenos Aires: aun los que ganaron perdieron una cuota impresionante de votos (que lo digan, si no, Alejandro Granados, de Ezeiza, o Raúl Otacehé, de Merlo).
Cortar la retirada de las propias tropas
Convencida de que perdió porque su mensaje no alcanzó a todo el mundo, la Presidente quiere ahora nacionalizar la campaña con vistas a octubre y pretende hablar personalmente en todos los distritos. En rigor, la Casa Rosada se empeña en cerrar la retirada a sus propias tropas. Los jefes territoriales no quieren que la Presidente les de una mano, sino que les saquen la mano de encima y preferirían encarar el desafío de octubre con tácticas localizadas y sin el tono agresivo que impone la señora de Kirchner. Esa tensión aísla aún más al poder central.
Ante reveses de la naturaleza del ocurrido el domingo 11, los gobiernos no necesariamente quedan sumidos en situaciones críticas, de ingobernabilidad. Para evitar esas dificultades, es preciso escuchar el mensaje de las urnas, abrirse al diálogo, rectificar rumbos al menos hasta recuperar suficiente solidez. La experiencia en el mundo muestra que gobiernos que sufrieron impactos electorales o perdieron el control de legislaturas, pudieron recuperar iniciativa y gobernar apelando a acuerdos con las fuerzas políticas adversarias (caso de Bill Clinton con la representación parlamentaria republicana del Congreso) y a cohabitar con ellas (Mitterrand con Chirac en Francia, por ejemplo).
La señora de Kirchner en su discurso de Tecnópolis decidió cerrar con llave esas puertas: llamó “suplentes” a los dirigentes políticos que la derrotaron el domingo 11 y se negó a conversar con ellos, por considerarlos meros títeres de “los dueños de la pelota” (banqueros, empresarios). Es con estos con los que ella (que afirma no ser suplente de nadie, quizás porque muchos la consideran suplente de su difunto esposo) quiere dialogar. Desde una representación erosionada por su ejercicio y por la falta de apoyo electoral, la señora pretende una suerte de diálogo entre la Corona y lo que considera son “los poderes fácticos”. Con eso no se construye, en las actuales circunstancias una plataforma de gobernabilidad. Y se cae desde el relato pretendidamente democrático en una intención autocrática… patéticamente impracticable.
La reconstrucción de los partidos
Las primarias pintan un paisaje prometedor para el futuro n o tan lejano. A diferencia de la elección de 2009, en la que el oficialismo también fue derrotado en la provincia de Buenos Aires ( con una lista que reunía los nombres de Néstor Kirchner, Daniel Scioli y Sergio Massa), aquel triunfo derivado de la rebelión del campo no se encarnó en ninguna estructura, sino más bien en una convergencia de personalidades: Francisco De Narváez, Mauricio Macri, Felipe Solá). Esta vez el kirchnerismo es derrotado en Buenos Aires (punto estratégico), si no por una fuerza política consolidada, por una red de intendentes que pueden exhibir voluntad asociativa y gestión. Es un paso adelante: allí hay capacidad de gobierno expuesta a nivel local.
La Argentina no se ha repuesto de la crisis del sistema político que eclosionó tras la caída del gobierno de De la Rúa y el apogeo del “que se vayan todos”. Los partidos –salvo excepciones- aún están sustituidos por emprendimientos centrados en personalidades. Un sistema estable, apto para gobernar una nación que se adapte a esta etapa del mundo, necesita un sistema político sólido, representativo, flexible, eficaz, capaz de articular las necesidades de corto plazo con las políticas de largo plazo y los objetivos estratégicos, en condiciones de producir la interfaz que conecte las demandas de los distintos sectores con la acción de gobierno y la gestión del Estado.
El hipercentralismo practicado durante la última década ha desbaratado cualquier chance de una construcción de ese tipo; ha preferido siempre una simplificación binaria (amigo-enemigo) antes que las complejidades, matices y articulaciones de la pluralidad . Esa simplificación esterilizante liquida hasta la comunicación normal en el propio seno del oficialismo, donde hasta los intelectuales cortesanos se quejan de que no hay ámbitos para debatir y donde impera el miedo de comunicarle al vértice del poder los datos de la realidad.
Sin embargo, la sociedad está generando nuevas oportunidades. En el seno del peronismo aparecen tendencias renovadoras y dispuestas al diálogo. En el sector no peronista de la oposición, se observa un crecimiento de lo que podría llamarse “panradicalismo” (convergencia de fuerzas exradicales, afines o aliadas al radicalismo, desde la Coalición Cívica al socialismo, que se vinculan a la persistente organización nacional de la UCR) que se perfila como embrión de una fuerza política alternativa.
En cuanto al peronismo, quizás esté prologando una etapa de reestructuración a partir del poskirchnerismo. El sábado, el gobernador bonaerense Daniel Scioli declaró que trabajará “por la unión del peronismo”, al que concibe zanjando sus diferencias por la vía del debate y a través de elecciones. Aunque no lo explícitó, esas palabras de Scioli son un recordatorio de que él es el presidente del PJ; y son, si se quiere, un desafío al kirchnerismo que anestesió e inmovilizó al partido para, simplemente, usar la potencia convocante de su siglo en provecho propio.
La irrupción de Sergio Massa y su fuerza renovadora, la persistencia de los líderes cordobeses con José De la Sota a la cabeza (que empujaron al kirchnerismo al cuarto lugar en la provincia), el rol dialoguista y unificador que pretende jugar Scioli (hacia afuera y hacia dentro del peronismo), el resurgimiento del pan-radicalismo, la existencia de fuerzas localmente enraizadas como el socialismo en Santa Fé y el Pro en la Capital, se presentan como prometedores pilares de una construcción plural que quizás pueda darle al país la apertura, el equilibrio, la estabilidad y la gobernabilidad que un poder central ensimismado, enclaustrado y sordo parece impotente para lograr.
Las elecciones tienen sus vísperas y su día después. Sus resultados pueden expresarse el día menos pensado.
(*) Jorge Raventos. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 18 de Agosto de 2013