martes, 27 de agosto de 2013

La Argentina: 500 veces contra la misma piedra.

Por Nicolás Márquez (*)
La vergüenza de haber sido y el dolor del ya no ser.
La economía de mercado tiene por base fundamental tres componentes supremos: 1) la preeminencia e inviolabilidad de la propiedad privada, 2) la libre iniciativa y 3) el equilibrio fiscal.
Bajo el amparo de esta tríada, con picos y valles, desde 1853 y hasta principiar los años 40, el país vivió un proceso de desarrollo y esplendor como nunca jamás en su historia conoció. Si bien ya durante la década del ’30 la Argentina no fue ajena a la influencia internacional del estatismo, lo cierto es que hasta 1943 el país gozó de una prosperidad que deslumbró al mundo.
Por esa época, en octubre de 1929 EE.UU. estrenaba una terrible y prolongada depresión sin precedentes; Europa padeció hitlerismo, mussolinismo, comunismo, guerra civil española, y la segunda Guerra Mundial que estalla en 1939 con un saldo de miserias y muertes inédito; Latinoamérica por su parte, vagaba entre la pobreza y la ignorancia administrada por caricaturescos dictadores.
En contraste, la Argentina en esos tiempos había logrado un posicionamiento excelente: superó rápidamente la gran depresión. En 1939 el PBI real de la Argentina era un 15% superior al de 1929 (en ese lapso el PBI de EE.UU. sólo creció un 4%). En 1937, el PBI per cápita de Italia no alcanzaba el 50% de Argentina, y el de Japón no llegaba al tercio. Fluían a borbotones construcciones, teatros, palacios e imponentes edificios. La movida cultural estaba a la vanguardia mundial. Se filmaban 50 películas por año (desde 1937 ocupó el primer lugar en la producción hispanoparlante), el arte y el buen gusto brillaban, la industria editorial Argentina se convirtió en la primera de habla hispana. En 1939, la posición Argentina era equivalente al de toda Sudamérica, teniendo el 14,2% de la población y el 15.3% de la superficie total. No había desempleo, casi no existía analfabetización, miles de europeos que escapaban del totalitarismo y la miseria eran recibidos a diario. Las desigualdades sociales eran por lejos menores a las del resto de Latinoamérica. Entre 1930 y 1943 la inflación fue nula. El crecimiento del salario real tuvo un promedio del 5% anual entre 1935 y 1943.
¿Y que pasó con aquella envidiable pujanza que hoy quedó reducida a una mínima y empobrecida expresión? Curiosamente, el pensamiento hegemónico vernáculo, monotemáticamente carga tintas culpando de todos los males actuales a la economía de mercado y al peyorativamente llamado “neoliberalismo” (aquel mismo que en su tiempo nos condujo al progreso).
No sabemos si es mala fe o ignorancia el leit motiv que impulsa a numerosísimos sectores a efectuar un análisis tan lamentable de nuestra pobreza, cuando, en rigor de verdad, el flagelo primero y postrero de nuestra desdicha, tiene un inequívoco responsable intelectual y material: el populismo.
¿Y qué es el populismo? No es fácil dar una definición del todo precisa, puesto que hay diversos matices de populismo. Los hay de corte nacionalistas, los hay de tinte “progresista”, los hay civiles y los hay militaristas. Pero si de algún modo podemos detallar cuál es la característica central y el denominador común a todos estos subtipos es justamente la irracional adhesión al desequilibrio fiscal. En efecto, por definición, la nota suprema del populismo está materializada en el hecho de gastar más de lo que se gana (desatino rechazado por cualquier ama de casa en su economía familiar).
El vicio en cuestión comienza en los años ’40, cuando las enormes reservas existentes ascendían a cifras siderales, y el propio Juan Domingo Perón admitía que por los pasillos del Banco Central “no se podía caminar de la cantidad de oro que había”. Pero este último, contrariando la brújula de las naciones prósperas del planeta, se encargó con tesón de fulminar esta fabulosa riqueza, tras una irresponsable administración estatista de corte festivo.
En este lapso (1946/55), los servicios públicos y grandes empresas arbitrariamente consideradas “depositarias de la soberanía nacional” fueron estatizadas. Entre ellos los ferrocarriles, teléfonos, líneas aéreas, las flotas marítimas y fluviales, los puertos, la explotación del petróleo, el gas, la energía eléctrica y atómica, el carbón, el hierro, grandes bancos, la industria naviera y aeronáutica, los diques, la elaboración del cobre, los seguros, los transportes terrestres, etc. Se aplicaron controles de precios, de salarios, de tipos de cambio, de las exportaciones, importaciones, y demagógicas regulaciones laborales.
En 1955, la Argentina ya se encontraba sin reservas, con incipiente endeudadamiento, y la emisión de moneda no se disparó del todo porque el gobierno recurrió al saqueo de las cajas jubilatorias en forma compulsiva para apalear el déficit. El país “de las vacas y el trigo” se vio compelido a padecer un racionamiento tan severo, que hubo que comer pan negro e importar trigo.
Al caer el régimen peronista, la cultura del populismo ya estaba instalada y afianzada, y como ya no quedaban reservas para financiar la política estatista-deficitaria, hubo entonces que financiar al populismo de otro modo; se acudió entonces a un nuevo artilugio: la emisión de moneda sin respaldo.
Traspasando todos los gobiernos y extracciones (salvo muy fugaces intervalos), el sistema dirigista y emisionista permaneció intacto, y los gobiernos sucesores no cambiaron ni una coma la política instaurada en los años cuarenta, sino que la ampliaron y consolidaron. En efecto, luego de la Revolución Libertadora en 1955, se inicia un período de gestiones opacas en la que alternaban democracias frágiles (el peronismo proscripto) con golpes cívico-militares.
Al levantarse la proscripción del justicialismo en 1973, la expansión artificial del papel moneda llegaba a un punto inmanejable. En este período democrático (mayo de 1973 a marzo de 1976) desfilaron por la cartera de economía 6 ministros distintos, entre ellos Celestino Rodrigo (autor del golpe hiperinflacionario llamado “Rodrigazo”). La tasa anual de inflación de los últimos ocho meses pasaba el 538%, el déficit fiscal por su exorbitante dimensión no podía calcularse con métodos convencionales (sino que debía medirse en relación al PBI) y la tasa de inversión decrecía al 11%. La hiperinflación, la incapacidad, el horror de la AAA y la guerrilla marxista, dio pie al golpe cívico-militar en marzo de 1976.
Muy curiosamente, desde un tiempo prolongado a esta parte, es común (casi un dogma de Fe) que todo el staff de la corporación anticapitalista (políticos, sindicalistas, periodistas y opinólogos varios) vociferen explicando que el problema de la decadencia económica se gesta “a partir del 24 de marzo de 1976″, acto seguido, arremeten diciendo que desde entonces se “nos impuso en la Argentina el sistema neoliberal”.
Sin embargo, el desacertado credo populista yerra otra vez, puesto que contrariamente a lo que sostiene la propaganda dominante, el último gobierno cívico-militar en materia económica no fue el puntapié de una revolución privatista, porque si bien es verdad que el ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz efectuó ingentes esfuerzos por sanear el Estado y llevar adelante privatizaciones periféricas (que mejoraron en mucho la situación heredada del gobierno de Isabel y Celestino Rodrigo), estas medidas cayeron luego en saco roto cuando al asumir el Presidente Roberto Viola en 1981, éste nombró como Ministro de esa cartera al populista Lorenzo Sigaut, quien devaluó la moneda y tiró por la borda el sistema cambiario vigente. Ya en 1982 se estatizó la deuda externa y como si esto fuera poco, se financió una guerra contra la principal potencia de la OTAN.
Luego, al regreso de la democracia y sin solución de continuidad, el sistema emisionista, estatista y deficitario prosiguió durante toda la década del ’80 ahora bajo el patrocinio del “Plan Austral” (otra argucia dirigista). En este pasaje, la emisión de moneda y controles de precios estuvieron a la orden del día, el 50% de los medios de producción ya estaban en manos del Estado, y Argentina supo ser el país no comunista de mayor grado de estatismo en el mundo (después de México). Promediando 1989, se produce el colapso de los servicios públicos y la hiperinflación llega a su punto cúlmine. En junio y julio el costo de vida subió al 114 y al 196 por ciento mensual respectivamente, y en medio del desconcierto, el infausto Presidente Raúl Alfonsín tuvo que renunciar seis meses antes del vencimiento de su mandato.
Con el advenimiento de Carlos Menem, el populismo deficitario prosiguió no ya intacto, sino potenciado al paroxismo (aunque maquillado de “moderno y globalizador”). En efecto, so pretexto de achicar la grandilocuente dilapidación, vino la ola privatizadora, pero aparejadamente, el gasto público se incrementó un 143% durante su primer período y, en el segundo, aumentó el 36.5% más. El presupuesto de Presidencia fue de 703 millones de dólares en 1995 y subió a 3285 millones en 1999.
Lo que distinguió a este neo-populismo respecto de sus antecesores, es que este no se financió con la “maquinita” de fabricar papel pintado, sino con el dinero de las privatizaciones monopólicas, la suba impositiva (el IVA subió del 6% al 21%) y, por supuesto, con el inmenso endeudamiento externo. Durante el período 1991-1995, el hiperdéficit se alimentó con la venta de activos de privatizaciones y en los años subsiguientes, a través de endeudamiento. La deuda que en 1989 era de 63.000 millones, ascendía a 147.000 diez años después. Durante esta década de “ajuste” (tal el asombroso apodo que le pone la propaganda anticapitalista), el incremento del gasto público representó dos veces el crecimiento del PBI, y el déficit fiscal dejado fue de diez mil millones de dólares. Y todo este gigantesco despilfarro se llevó a cabo para seguir sosteniendo el mismo estilo deficitario, ahora encarnado en otro plan dirigista, conocido como la “convertibilidad”, en el cual el bien mueble por excelencia, es decir, la moneda, tenía un importe no fijado por la ley natural de la oferta y la demanda, sino por una arbitrariedad legal, que le impuso un artificioso valor nominal: el “uno a uno”.
Aparejadamente, en verdadera fiesta de “ñoquis” y dispendio, provincias enteras se servían del aparato estatal para sustentar el caudillismo clientelista a través de la indiscriminada creación de empleo público superfluo (provincias como La Rioja, Santa Cruz o Tierra del Fuego padecían un empleado estatal cada tres familias y la mismísima ciudad de Buenos Aires ostentaba 9 empleados públicos por manzana). ¿Y quién pagaba esta jarana irresponsable? Obviamente que el principal peso recayó sobre las espaldas de la empresa privada con impuestos confiscatorios (la recaudación impositiva creció $30.000 millones anuales entre 1991 y 1999). Durante el “ajuste” menemista, el aparato estatal gastaba 20.000 millones de dólares anuales, y la mayor parte del dispendio se iba en 9.242 cargos electivos con sus inacabables derivados (asesores, subsidios, prebendas, módulos, nepotismo y clientelismo).
En noviembre del 2000, ningún político se inmutó cuando Carlota Jackisch denunciaba en un impecable informe datos escalofriantes, tales como que la provincia de Baviera (Alemania) con 12.500.000 habitantes y 204 legisladores, tuviera un presupuesto legislativo de 54 millones de dólares, 3 millones menos que Formosa, con solo 30 legisladores, 500.000 habitantes y un PBI 156 veces más bajo que Baviera. De igual modo, Cataluña (España), con 6 millones de habitantes, gastaba menos que el Chaco (con 950.000 habitantes y un PBI 36 veces más bajo).
Por entonces, las consecuencias directas del estatismo fueron el fin del crédito, cuya inmediata consecuencia en medio de la desconfianza y la fuga de capitales fue el secuestro de los depósitos bancarios a fines del 2001 (el famoso “corralito”) el cual  se llevó puesto al Presidente Fernando de la Rúa. Seguidamente, la corporación anticapitalista aplaudió jubilosamente el default del Presidente itinerante Adolfo Rodríguez Saa y como si faltara algo, cuando el contexto internacional parecía congraciarse con la Argentina tras la incorporación de China y la India demandando materia prima en el mercado mundial (lo cual nos permitiría una veloz resurrección), de la mano de Eduardo Duhalde surgió en escena el kirchnerismo, a fin de apagar el incendio con nafta.
Nafta al fuego
Con el advenimiento de la delincuencia kirchnerista al poder a partir del año 2003, el populismo siguió su curso aprovechando el creciente e incipiente boom de la soja y el alza de los precios de los comoditties. En efecto, desde entonces y a la fecha, 210 mil millones de dólares extras por encima del promedio histórico ingresaron al país.
Por supuesto que esta inesperada bonanza fue mal-aprovechada y usada al sólo efecto de proseguir agigantando la administración pública. Por ejemplo, en el año 2003 siete millones de argentinos poseían un ingreso dependiente del Estado: actualmente (agosto del 2013) son 13 millones los que dependen de esta elefanteásica estructura. ¿Cómo se financia esto? Pues hoy el país sufre la mayor presión tributaria que se recuerde: el 40% del PBI es secuestrado por el Estado en impuestos (incluyendo el impuesto inflacionario), la carga fiscal llega hasta el 56% de los ingresos de un hogar de clase media y en la Argentina kirchnerista se trabaja un promedio de 7 meses por año sólo para pagar impuestos. La inflación oscila entre el 25% y el 30% anual, ubicándose entre las cuatro más altas del mundo junto a Sudán, Sudán del Sur y Bielorrusia.
En el índice Riesgo País la Argentina exhibe el escandaloso guarismo de 1186 puntos básicos (superando a la republiqueta de Venezuela que mantiene 971) y se ha convertido en el coeficiente más alto de América Latina. Ya casi nadie invierte en el país y conforme las Naciones Unidas, en el año 2012 la región recibió 173.361 millones de dólares en concepto de inversión extranjera directa. Si el flujo de inversiones récord en Latinoamérica durante 2012 se consideró una ola de dólares, lo de América del Sur en particular fue un verdadero tsunami, ya que recibió de ese monto el 83% de la IED total, es decir que 143.831 millones de dólares tuvieron destino sudamericano. De ese total, Brasil superó diez veces la inversión de la Argentina, la cual además estuvo muy por debajo de México, Chile, Colombia y Perú.
En este orden de cosas, la superstición kirchnerista se encamina a su fin con más penas que glorias, o mejor dicho, con muchas penas y ninguna gloria.
El problema es siempre el mismo
Cierta vez, un dirigente nada afecto a los discursos simpáticos, el Ingeniero Alvaro Alsogaray, decía por TV que para solucionar los constantes problemas de la Argentina había que bajar el gasto público, achicar el déficit, equilibrar las cuentas, y el interlocutor azorado le dijo:
- “¡Pero Ingeniero!, Usted siempre propone la misma receta”,
- “Es que el problema es siempre el mismo”, replicó con paciencia imperturbable.
(*) Nicolás Márquez. Abogado, escritor, periodista y analista político. Director de "La Prensa Popular". Artículo publicado el 26 de Agosto de 2013, en su Edición Nº 228
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