lunes, 26 de agosto de 2013

¿Quién pagará la derrota de octubre?

Por Claudio Chiaruttini (*)
Clave en el texto que sigue: "La supervivencia del kirchnerismo está en misionar. Creer es la clave. Convencer es la tarea. Casi estamos hablando en conceptos religiosos. Por eso, no extraña que Cristina Fernández intente alimentar la mística, es una forma de reducir el impacto de la derrota y una forma de redistribuir el impacto de un nuevo fracaso electoral. Mientras habla con “los dueños” en Santa Cruz, la Presidente de la Nación construye un mecanismo para que el costo político de una nueva caída electoral la pague la militancia, no la persona que decidió hace 8 meses plebiscitar su gestión, colocarse en el centro del ring político y trata de eternizarse en la Casa Rosada."
Se necesitó una derrota electoral para que Cristina Fernández entendiera que el famoso 54% que usaron para abusar de las instituciones, desapareció. Se necesitó de una derrota electoral para que Cristina Fernández reconociera que hay una crisis energética y que la Argentina no para de perder reservas, aunque culpe a otros por ambos fenómenos. Se necesitó una derrota electoral para que Cristina Fernández citara a empresarios, banqueros y sindicalistas para fingir una discusión de los problemas que hay en la economía. 
 
Pero no alcanzó con una derrota electoral que destrozó los sueños reelecionista y la imposición de un régimen hegemónico para que Cristina Fernández esté dispuesta a introducir modificaciones en el llamado “modelo de crecimiento con redistribución de la riqueza”, en el relato y en la mística que le hizo perder las elecciones.
 
La reunión de Santa Cruz con “los jefes” fue una gran puesta en escena. Una semana antes, Cristina Fernández había pedido a todos sus ministros un informe detallado sobre las medidas tomadas desde 2003 que beneficiaron a industriales, banqueros y trabajadores, es decir, la Presidente de la Nación no fue a escuchar, fue a recordarle a sus interlocutores todo lo obtenido en la llamada “Década Ganada”. En el camino, a varios les recriminó el apoyo a algunos de los candidatos que derrotaron al Frente de la Victoria en las PASO, para que supieran, que Ella lo sabía.
 
La comparación con Australia y Canadá confirma que hay funcionarios que manejan una realidad paralela para que Cristina Fernández se mueva por ella. Que la ministra de Industria, Débora Giorgi, asegure que la industrial argentina ha crecido más que las de Brasil, Estados Unidos y Europa no repara en la magnitud de la crisis internacional y en la creciente dependencia de la soja que tiene la Argentina,  camino a convertirse en un monocultivo. 
 
En el momento que la Presidente de la Nación comunica que no renunciará a ningún impuesto y que cada pedido debe venir acompañado por una propuesta de financiación implica que la Casa Rosada quiere que “los dueños” se enfrente para ver quién ganará y quién perderá en el proceso de redistribución de ingresos y utilidades. Divide y triunfarás. La frase “el modelo no cambia, aunque perdamos en Octubre” es un epitafio a cualquier posible negociación que se quiera llevar a cabo.
 
Mientras que “los dueños” salieron de su reunión en Río Gallegos celebrando la ausencia del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, lo que fue leído como un guiño de la Casa Rosada a la apertura y el diálogo, la mayoría de los parámetros, datos, posturas y posiciones que defendió Cristina Fernández son los mismos que el polémico funcionario enseña en su famosa “Escuelita”, donde reúne empresarios, banqueros e industriales y les enseña economía.
 
Cristina Fernández culpa al Grupo Eskenazi por la crisis energética. Los grupos Romero y Roggio perdieron la administración de tres ramales ferroviarios. Cristóbal López y Eduardo Eunekián deben dejarse arrebatar la construcción de dos represas en Santa Cruz para que los chinos sigan comprando soja. No hay empresarios amigos del Gobierno, no hay industriales amigos del Gobierno, no hay sindicalistas amigos del Gobierno. La Presidente de la Nación hace alianzas circunstanciales, donde se mezclan los negocios y la política, pero todo es por un tiempo acotado.
 
Ante la derrota electoral de 2009, Cristina Fernández llamó al diálogo político a las fuerzas opositoras. Todas concurrieron, excepto Elisa Carrió que denunció que todo era una trampa política. De inmediato, se lanzó una reforma política que había diseñado el actual Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, que fue votada con inocencia y alegría por aquellos que habían derrotado a la Presidente de la Nación pocas semanas antes. 
 
¿El resultado? Desapareció el sellado del DNI, se prohibió que los candidatos financien su propia publicidad (ataque directo a Francisco de Narváez, que este año tuvo su efecto), se redujeron los spots a segundos (apilándolos en la tanda hasta hacerlos inaudibles y generando una desigualdad notable de presencia en los medios entre oficialismo y oposición), se unificaron las mesas de hombre y mujeres y se establecieron las PASO (eliminando la independencia de los partidos para seleccionar el cronograma de elección de candidatos y exigiéndoles un doble esfuerzo financiero, cuando no tienen plata).
 
Los expertos coinciden: hasta la aparición del UNEN, el Frente para la Victoria fue el gran beneficiario de la reforma política y, la nueva normativa, le “regaló” el 54% obtenido en 2011. Ahora, con los “dueños”, Cristina Fernández comenzó el mismo camino: reunió a quienes consideras que la derrotaron (las “corporaciones”, encarnadas por los industriales, los bancos y los sindicatos) y, luego de pasarle varios mensajes en clave política, los “escuchó” y prometió nuevos encuentros, pero sin dar fecha.
 
En Río Gallegos, Cristina Fernández no era un Presidente de la Nación con su proyecto político derribado en las urnas. Su posición antes “los dueños” fue de fortaleza, donde aceptó propuestas de cambios, siempre y cuando el costo político lo paguen ellos. El Estado, no sólo no renunciará a un peso, al contrario, voló en el ambiente la posibilidad de crear nuevos impuestos y de asignar más roles protagónicos al Estado.
 
Tanta dependencia del cristinismo talibán de la creencia absoluta en el relato oficial, la construcción de la mística, la negociación desde la victimización y la negación de la realidad ha terminado en convertir una derrota electoral en un problema de compresión del electorado.
 
Desde su discurso en Tecnópolis, Cristina Fernández dejó en claro que la derrota electoral es el resultado de ciudadanos que no logran entender, no aprecian, no pueden percibir,  los “esfuerzos” y “sacrificios” que hacen los funcionarios públicos para pensar medidas que beneficien a cada uno de los argentinos. Y son los multimedios como el Grupo Clarín, los que han evitado que la opinión pública comprenda la realidad tal como es.
 
Esto implica decir que 76% del electorado tiene problemas de comprensión, que pese a los miles de millones de pesos que se gastan en publicidad oficial, la gente no entiende nada; que aunque el Estado o amigos de la Casa Rosada controlen 70% de los medios de comunicación, la verdad que sale de la boca de Cristina Fernández y sus colaboradores no son asimiladas por los argentinos. De allí, a decirnos tarados, sólo falta un paso (con disculpa para la gente que tiene problemas de aprendizaje).
 
La contracara de este discurso es que hay un 24% del electorado que es parte de los “iluminados” que logra comprender la realidad oficial. Sin duda, es la raíz fascista que mamó la izquierda peronista en la década del ´70 la que inunda la percepción del universo kirchnerista. Por eso, la Presidente de la Nación envía a Unidos y Organizados y La Cámpora a convencer, cara a cara, cada uno a una persona, para revertir la derrota electoral. ¿Qué diferencia hay en este comportamiento con el accionar de ciertas sectas religiosas que suelen tener posiciones extremistas?
 
Así, la supervivencia del kirchnerismo está en misionar. Creer es la clave. Convencer es la tarea. Casi estamos hablando en conceptos religiosos. Por eso, no extraña que Cristina Fernández intente alimentar la mística, es una forma de reducir el impacto de la derrota y una forma de redistribuir el impacto de un nuevo fracaso electoral. Mientras habla con “los dueños” en Santa Cruz, la Presidente de la Nación construye un mecanismo para que el costo político de una nueva caída electoral la pague la militancia, no la persona que decidió hace 8 meses plebiscitar su gestión, colocarse en el centro del ring político y trata de eternizarse en la Casa Rosada.
 
Pero todo el accionar de la Presidente de la Nación y sus asesores no pueden evitar que ya se hable libremente del “post kirchnersmo”. Hasta Daniel Scioli pide un “puente de plata” hasta 2015. Ya lo dijo Jorge Yoma  por Twitter: si no fuera por el Gobernador de Buenos Aires, el Congreso estaría en Asamblea Legislativa eligiendo un recambio institucional.
 
El peronismo se ha puesto en movimiento. No sólo por la reagrupación de fuerzas que se está produciendo alrededor de Sergio Massa, Daniel Scioli quiere recuperar al Partido Justicialista para que actúe como sello electoral para 2015, es decir, en Octubre sería la última votación que realizaría el Frente para la Victoria, a nivel nacional, con el peronismo subsumido y mezclado con otras 11 fuerzas políticas menores.
 
Los argentinos hemos aprendido que hay más políticos en el Poder Judicial que en el Congreso. Por eso, el desafío a la Justicia que hizo Cristina Fernández está recibiendo su pago ante los primeros vahos de “post kirchnerismo”.No es casual que una semana, el Gobierno recibiera media docena de derrotas judiciales antes enemigos de las dimensiones del Grupo Clarín, LAN o la Sociedad Rural. En el mundillo judicial, todos saben detectar una presa herida, el olor a debilidad política es como la sangre.
 
Lo mismo ocurre en el exterior. El fallo de la Cámara de Apelaciones de Nueva York no es una causa, es un efecto de la estrategia judicial que siguió la Casa Rosada frente al Juez Thomas Griesa y ante la propia cámara de alzada. Mientras desde el Gobierno siempre se minimizó el riesgo, ahora se recurre al fantasma de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos como elemento salvador de la posición de la Argentina.
 
De esta forma, mientras Cristina Fernández despotrica contra los usos y costumbres políticas del Poder Judicial de la Argentina, no tiene problemas de hacer lobby político para influir sobre la Suprema Corte de los Estados Unidos. En el fondo, lo que quiere Cristina Fernández y su entorno es que las dos justicias acepten sus dichos, propuestas y posiciones. Si no es así, se trata de movimientos destituyentes. Otra vez el relato.
 
Quedan menos de 60 días para las elecciones de Octubre y mientras la oposición se ha tomado un respiro en la campaña electoral, para no estresar a los votantes, Cristina Fernández poner el cebador a sus funcionarios y redobla la apuesta. Es lo que aprendió de Néstor Kirchner. Es lo que aprendió de la derrota de 2009. Es lo único que puede hacer, cualquiera sean las consecuencias. Perder el poder, no es una opción.

(*) Claudio Chiaruttini. Artículo publicado por Urgente 24 el 26 de Agosto de 2013