sábado, 24 de agosto de 2013

Viviendo en una olla a presión

Por Jorge H. Santos (*)
Los años de la década ganada dejan dos particularidades bien notorias:
> Se despilfarró el mayor ingreso de dinero que el país vivió en su historia como resultado de los precios internacionaes de los productos del campo y la venta de automóviles a Brasil.
> Los argentinos vivieron, viven y lo seguirán haciendo en una olla a presión que alteró los principios de convivencia social, el enfrentamiento, el humor individual,  y no se sabe bien cómo ni cuándo terminará esta delicada situación.
Ya no se trata de un resultado electoral, gane o pierda Cristina; la complejidad de la hora a que nos han llevado los Kirchner, en especial Cristina, y sus lacayos todo terreno, le ha hecho perder a la comunidad la sonrisa, el gracias, el saludo cordial. Todo el mundo está irritado.
Los decalificativos, los insultos, la ausencia de diálogo se han impregando de todos en cualquier  momento, y los medios masivos de comunciación son un fiel exponente de todo esto.
La pérdida de valores esenciales sobre lo que basa el funcionamiento de una población, ha requebrajado como nunca el sustento de la misma.
Cualquier persona explota en forma delirante ante el menor inconveniente. Si esta forma se proyectase a un funcionamiento masivo, las protestas  callejeras-hasta aquí pacíficas- podrían llegar a convertirse en focos de rebelión difíciles de contener.
La Presidente ha anclado su mundo en el alejamiento de la realidad y de esa manera vive calentando día a día esael descontento generalizado, aumentando la irritación colectiva y presionando el hartazgo.
Ya no se trata de observar cómo Cristina Krichner termina su mandato dentro de dos años. Ella vive conspirando con su propia estabilidad. Se ha convertido en protagonista central de una obra de terror que lleva años ahondando la  fragmentación entre hermanos.
La primera magistrada elegida por una amplia mayoría; y ahora en las PASO, descartada por más del 50%  de los que a votaron dos años antes, no está a la altura de los requisitos democráticos que se requieren para conducir los destinos de la Argentina, ni lo estuvo nunca.
Quien solo desde la función de gobernante vive aferrada al poder y para ello quiere destruir instituciones de la República y a todo quien no piensa igual; es un enemigo de la democracia y de la convivencia armónica.
Ya ni siquiera divide para reinar; su tarea consiste en destruir los pilares esenciales de la vida en comunidad para poder saciar sus desmedidas apetencias personales.
La corrupción durante estos 10 años desbordó los margenes a los que el argentino estaba acostumbrado.
El desatino del robo de los dineros públicos y la impunidad con la que se mueve el Ejecutivo y sus monaguillos ha llegado tan lejos que el cuidadano de pie comenzó a  tener conciencia de semejante flagelo como nunca antes.
Solo una cuota de esperanza, algo de ironía y las preocupaciones diarias para llegar a fin de mes; contienen la bronca  que provoca el robo sitemático y descomunal de los dineros públicos
Las preocupaciones cotidianas del argentino son tantas que, por suerte, para mantener la paz social,  carece de tiempo para tomar la temperatura individual y colectiva de todas ellas.
Hasta las alocuiones presidenciales enloquecen.
Las desmesuras de las  palabras de la jefa de Estado, se perciben claramente por la cantidad de gente que prefiere apagar el televisor o la radio cuando Cristina, la mujer de negro, habla.
Sin saberlo, esa cantidad enorme de ciudadanos que huyen de las expresiones de la inquilina de la Rosada, buscan alejarse de esa olla a presión en la que se desenvuelven. Buscan evitar que estalle.
¿De qué se protege buena parte del país? De la locura.
Sí, de la locura a la que lleva que su gobernante ignore las preocupaciones primordiales de sus gobernados y le cuente que el país está mejor que algunos del primer mundo; cuando la inseguridad lo encierra o lo mata; y la inflación le devora el dinero para alimentar a sus hijos.
Argentina se ha convertido en un hospital neurosiquiátrico, donde a mayoría se empeña en no quedar encerrado en la trampa de un relato alienante.
Los despropósitos son tales que los temas que se abordan son irrisorios; mientras los problemas reales se ignoran.
Los que aún se cuelgan a una ficción que entró en masiva pérdida de rating, lo hacen por conviencia económica, por haber sido beneficiarios de prebendas que aún mantienen o porque están enloquecidos por un bufonada a la cual adhirieron y de la que no pueden salir.
Es por eso que cuando se plantean interrogantes sobre cómo serán los dos años que aún mantendrán a la Presidente en el ejercicio del poder, las respuestas más congruentes deben coincidir en que serán malos y peligrosos.
El calvario del paciente llamado país que se encuentra internado y sin atención en sus males primordiales continuará; por lo tanto,  es de esperar que su condición empeore.
Sería de miope dejar de considerar las extremas dificultades con que se encontrará quien asuma la presidencia cuando Cristina Fernández de Krichner la abandone.
Estas no serán solamente económicas; a una crisis de proporciones inconmensurables habrá que hacerle frente.
Esta, una vez más, la pagará el  pueblo argentino.
La decepción de lo que se  pudo haber hecho y no se hizo provocará un fuerte desengaño y una gran decepción.
La década de las oportunidades, pasará a ser la de las oportunidades perdidas.
Siempre se sacan enseñanzas de las frustraciones.
Triste consuelo, para quienes, además, deben tratar de emerger sin daños de la temible olla a presión.

(*) Jorge H. Santos. CPN. Analista político, asesor de medios de comunicación. Artículo publicado por Urgente 24 el 24 de Agosto de 2013