miércoles, 18 de septiembre de 2013

Albert Camus

Por Arturo Damm Arnal (*)
“Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo.” (A. Camus)
Si lo dicho por Camus es cierto, entonces, en términos generales, hemos fracasado, ya que hoy la libertad individual se limita, coarta y restringe, a partir de un malentendido en torno a lo que es la justicia, equivocación que surge de la aplicación del adjetivo social al sustantivo justicia, lo cual da como resultado el concepto justicia social, buen momento para recordar que si hay algún sustantivo que pierde sustancia al adjetivarse, ese es el sustantivo justicia, sobre todo si el adjetivo es social. La justicia, o lo es sin calificativos (cualquiera que estos sean: conmutativa, distributiva, social, etc.), o no lo es. Y si la justicia no es justicia, ¿entonces qué es?

En nombre de la justicia social los socialistas, redistribucionistas, igualitaristas, y demás defensores de los gobiernos ángel de la guarda (que pretende preservarnos de todos los males) y hada madrina (que pretende concedernos todos los bienes), han logrado poner en marcha un enorme aparato gubernamental a favor de la redistribución, es decir, a favor de la práctica de quitarle a A lo que es de su propiedad (por ejemplo: ingreso producto de su trabajo), para darle a B lo que no es de su propiedad (por ejemplo: recursos que no son producto de su trabajo, sino solamente de una determinada circunstancia, por ejemplo, ser pobre), y ello lo han logrado a tal escala que hoy gobernar se ha vuelto sinónimo de redistribuir, y para comprobarlo basta revisar el presupuesto de egresos de cualquier gobierno. No hay uno solo que no redistribuya, es decir, que no obligue a A a entregarle parte del producto de su trabajo para dárselo a B, lo cual es un robo con todas las de la ley, una expoliación legal que, no por legal, deja de ser robo y, por ello, injusticia. ¡Y ello en nombre de la justicia social!

El resultado de la justicia social es, simple y llanamente, la injusticia en contra de la propiedad privada y, dado que ésta es la condición de posibilidad del ejercicio de la libertad individual, también en contra de ésta, que requiere de los medios necesarios (propiedad) para poder intentar aquello que se ha decidido y elegido (libertad), intento (libertad) que resulta imposible sin aquellos medios (propiedad), de tal manera que en la misma medida en la que se limita la propiedad privada (por ejemplo: cobrando impuestos con fines redistributivos), se limita el ejercicio de la libertad individual (el poder disponer de todos los medios conseguidos gracias al trabajo propio, para poder intentar lo que se ha decidido y elegido).

¿Qué es lo que ha impedido conciliar libertad con justicia, lo cual ha dado como resultado injusticias que limitan la libertad individual? El concebir a la justicia como justicia social, por la cual se confunden necesidades con derechos, derechos cuya garantía supone la satisfacción de necesidades, necesidades que el gobierno satisface por medio de la redistribución del ingreso, quitándole a A lo que es de A para darle a B lo que no es de B, lo cual, al margen de quién sea el quita y da (el gobierno), de quién sea a quien se le quita (un rico), y de quién sea a quien se le da (un pobre), es un robo con todas las de la ley.

La verdadera justicia, que es la que no admite adjetivos calificativos, nunca es contraria a la libertad individual, misma que sólo acepta los límites que le impone la verdadera justicia, que es la justicia sin adjetivos. ¿En qué consiste? He aquí la definición de Ulpiano: Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada quien lo suyo, siendo lo suyo de cada quien el derecho de cada cual, derechos a la propiedad privada y a la libertad individual que, en nombre de la justicia social, que demanda la redistribución del ingreso, se violan sistemáticamente, dado que gobernar, para beneplácito de igualitaristas, redistribucionistas y socialistas, es hoy sinónimo de redistribuir, de quitarle a A para drale a B.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.

(*) Arturo Damm. Economista, filósofo. Liberal (casi anarcocapitalista, por ello minarquista). Profesor universitario. @ArturoDammArnal Artículo publicado en Asuntos Capitales el 16 de Septiembre de 2013