miércoles, 18 de septiembre de 2013

Contra la pobreza afán de lucro. Alegato contra la demagogia televisiva.

Por José Benegas (*)
"La mitad de daño que se hace en este mundo se debe a gente que se quiere sentir importante. No es que quieren hacer daño, sino que el daño no les interesa” T. S. Eliot
En El Truman Show (Peter Weir – 1988) el protagonista tiene un amigo asignado por los guionistas. Hay una escena con una carga dramática extraordinaria en la que Truman y su amigo artificial están conversando en un muelle, en la que el primero le habla al segundo de sus dudas, le abre el corazón como se hace con cualquier amigo de verdad. Pero este no es de verdad, sus gestos son para la cámara, espera el efecto en el público, imagina cómo se ve él y respecto del otro se encuentra a una distancia afectiva abismal. De algún modo Truman lo percibe igual que lo ha hecho el resto del día con su trabajo, en su propia casa donde la rubia que hace de su mujer aprovecha cualquier ocasión para meter un PNT (publicidad no tradicional). Es un show, el rating es emotivo, lacrimógeno y en algún sentido limitado verdadero. Solo verdadero dentro del juego. Los que lloran tienen que ser buenos, siempre es así en la ficción.
La televisión es a veces ficción también cuando pretende ser crónica. La ficción produce emociones impunes, irresponsables. Es gratuito sentirse compungido por la muerte del héroe, total no hace falta hacer nada por él. Los que van a rescatar al soldado Ryan siempre son los que están en la pantalla. Para eso hemos pagado la entrada.
El problema es cuando hay gente que no está jugando como Truman o cuando todo queda reducido a demagogia y manipulación y se ven los hilos. El que sufre se convierte en insumo de un espectáculo de novela. No de novela de Balzac, sino de Migré. De repente alguien puede denunciar al falso amigo, al programa, por estar jugando con lo que no se debe, a la situación, y ser visto por los llorones como enemigo de la amistad. Todo puede pasar. Algo de eso ocurrió en el programa Periodismo para Todos del domingo.
Lanata ha cumplido un papel muy destacado en el final de un sistema horroroso de gobierno, de mistificación, manipulación y abuso llamado kirchnerismo. Sistema que no solo incluye a los partidarios sino también a los que guardaron silencio o simularon oponerse mientras disfrutaban las mieles de pertenecer a la casta estatal. Esa en la que no existe la responsabilidad ni el despido ni la rendición de cuentas en la que la vagancia es un pacto general. Todos se sienten parte de un club, antes que representantes de los que no son parte de él. La vida dentro del estado es fácil y el kirchnerismo se ocupó de comprar a unos, asustar a otros y darle buena calefacción y viajes pagos al resto. Ese sistema en colapso encontró un Lanata que dejó la siesta y salió a contar lo que en el país se había estado silenciando en un contexto de la trata de empresarios, políticos, periodistas, faranduleros, músicos, militontos, etc. Por él una sociedad censurada y auto-censurada recibe dosis terapéuticas de verdades todos los domingos. Lo curioso y anormal es que un programa aislado sea fuente de legitimación para habilitar temas viejos y romper el pacto de silencio. Pero en todo caso ese no es problema del periodista y ese mal que le pese es su lugar hoy.
A esta altura se preguntarán qué tiene que ver el Truman Show en todo esto. Bien, el domingo pasado tuvimos al amigo artificial y a la lágrima para mostrar una colecta en la ciudad de Los Ángeles  ni mayor ni menor que otras tantas que ocurren en la Argentina, pero que servía para mostrar cierta adhesión internacional al programa.
Una colecta mal pensada. Juntaban ropa que era fácil advertir que sería imposible de enviar con el estado de macumba económica general en el que el comercio es un atentado contra un engendro llamado “industria nacional”. Como casi todos creen en eso, creo que hasta el propio Lanata, era obvio que habrían requisitos imposibles para mandar cosas gratis si parece que el fin de las aduanas es que tengamos que comprar cosas más caras. La campaña por lo tanto, por más buena y simpática que fuera la gente de Los Angeles, era un fracaso. La información podría haberse completado destacando la locura que significa que haya que dar alguna explicación diferente en ese caso que cuando se mandan zapatillas desde Chivilcoy. Pero el asunto no era mostrar otra cosa que la “bondad” en estado puro, una que era internacional y contarle a los gritos a la mano izquierda lo que había querido hacer la derecha. Así que hubo que pasarle a los argentinos exiliados de un país lleno de demagogia los videos del programa anterior, el que los había hecho llorar, para que vuelvan a llorar pero ahora en público, en el prime time de canal 13.
En el programa anterior se había mostrado a Truman padeciendo la falta de agua en el paraíso socialista que la generación idealista nos trajo robando unas cantidades importantes en el camino. Información relevante porque destruye el cuento de la “inclusión” que se supone que justifica el robo. ¿Qué cosa diferente tiene esta argentina post K a la anterior como no sea esa casta estatal privilegiada conociendo los restoranes de Las Cañitas? Truman era en este caso gente sumamente pobre, fuera de la frontera productiva que deja el elefante llamado sector público en el que viven los vivos. Y el amigo de Truman eran unas personas de Los Angeles, que habían empezado como amigos de verdad y fueron convertidos previo casting en otro insumo.
El hashtag elegido por el programa (#ArgentinaUrgente) fue, no por casualidad, el de otra campaña demagógica oportunista de una década atrás llamada “el hambre más urgente”, que no consistía en juntar un peso, sino en sacar una ley que iba a terminar con el hambre, promovida por una cantidad de gente “buena” que sólo gente mala podía criticar.
Perdón por el escepticismo, alguna gente me quiso convencer de que no importaba toda esa demagogia si en definitiva aumentaban los volúmenes de donaciones. No creo que el fin justifique los medios, ni que los medios conduzcan a ningún buen fin. Así no se arreglan las cosas, los pobres necesitan empresas, caminos, gente que sea capaz de ganar dinero. Esos emprendedores que buscan beneficios son necesarios incluso para los que tienen una visión de criadero de la gente sin recursos. Porque los repartidores no tienen nada si antes no acumularon los emprendedores. Las personas a las que se etiqueta como “pobres” pueden darnos muchas lecciones de supervivencia y de cómo ganarse la vida, sólo si dejan de aplastarlos con impuestos y regulaciones y con impuestos y regulaciones a todas las personas con las que tendrían que tratar para salir adelante. Si dejan de aumentar el gasto público para para sostener a inescrupulosos pseudo artistas o burócratas que conjugan el verbo “articular” como modo de parasitar a la población.
Una de las peores cosas de estas exhibiciones impulsivas es que detrás de todo está la idea de que el afán de lucro y la solución de la pobreza son fuerzas en competencia, lo cual es una falsedad absoluta económica y también moral. No se puede dar sin producir. El que da si no es el que produce es un accesorio, un gerente del final de la cadena que empieza y se hace posible porque alguien obtuvo una ganancia. Esa ganancia además, y es lo más importante, ya redujo la pobreza mucho antes de ser regalada. Cuando no se regala, sigue combatiendo la pobreza por medio de la inversión o el ahorro. Si algo necesita la verdadera caridad para existir es previo afán de lucro y estas olas de invitaciones al sacrificio ignoran esa realidad, porque en nuestra cultura un tanto parasitaria el que produce no es un héroe, no da rating ni hace llorar.
La caridad en si, como la amistad, no tiene un fin económico sino afectivo. La caridad no da de comer y por más que en un aspecto la caridad puede solucionar un problema inmediato, caridad no es colocar a otra persona en situación de dependencia total, convertirla en instrumento, en juguete para verse en el espejo como un falso héroe de una falsa moral.
Pero sobre todo la caridad no puede ser impostada y el hecho de desentenderse de los resultados ya nos permite saber a qué tipo pertenece. Hay caridades que no tendrían un punto de rating, no sirven como espectáculo. Está en los vínculos cercanos, esos que no son impunes, que generan responsabilidad y no pueden ser un toco y me voy. Esa cuesta, sobre todo desde el punto de vista afecivo. Y no es que valga por costar, pero sirve para medirla en su profundidad.
En otra parte del programa Lanata habló de una recaudación extorsiva hecha por Guillermo Moreno para supuestamente enviar ayuda a los inundados de La Plata. Ese botín no había llegado a destino y eso era lo que le preocupaba. Es decir, no había que devolverle el dinero a los dueños sino perfeccionar el crimen inicial, como si no estuviera mal o no tuviera consecuencias. Como si el la extorsión no fuera causa de pobreza.
Luchar contra la pobreza es poner una empresa. Y si no se puede poner una empresa denunciarlo. También es defender la legitimidad del afán de lucro y tratar a los reguladores como lo que son. Unos inútiles destructores de riqueza. La caridad, la verdadera y no la del Truman Show es una maravilla para mejorar nuestros vínculos. Ricos no nos hará.
Se que es muy fácil agarrar este artículo y presentarlo como un ataque a la gente de Los Angeles, que será maravillosa no lo dudo. O como un ataque a Lanata que con sus más  y sus menos le ha hecho un gran servicio al país mostrándole lo que no quería ver. Pero es sólo una opinión. Si estuviera muy equivocada a nadie le debería importar.
(*) José Benegas. Abogado, periodista, escritor y ensayista. Artículo publicado en su blog personal: "No me parece", el 17 de Septiembre de 2013