martes, 10 de septiembre de 2013

En torno a la línea de bandera

Por Alberto Benegas Lynch (h) (*)
Dejando de lado las trifulcas que en varias direcciones ahora se suceden en Aeroparque debido a diversas arbitrariedades que afectan gravemente la seguridad jurídica, es de interés revisar el significado de las mal llamadas empresas estatales.
Bajo el escudo de la línea de bandera, se viene perjudicando a los consumidores y contribuyentes argentinos que arroja como resultado operativo dos millones de dólares de pérdidas diarias. En realidad, si se desea sacar partida de la competencia dentro de las rutas disponibles y que los pasajeros puedan juzgar los mejores servicios, debería permitirse que todas las empresas de aeronavegación compitan en vuelos de cabotaje.
Aludir a la línea de bandera es tan insensato como referirse a la zanahoria de bandera. Cuanto más estratégico y vital sea un servicio, más razón para que funcione bien. El tema es que cuando se brinda por una empresa privada debe ser ajena a privilegios de toda naturaleza y separada del aparato estatal. De lo contrario, ocurre como cuando se dijo que se privatizarían los ferrocarriles que, en esa época, arrojaban una pérdida de un millón de dólares diarios y cuando se traspasó a manos privadas éstas recibían ese mismo monto en concepto de subsidios.
Una empresa estatal es una contradicción. No se juega al empresario: significa arriesgar recursos propios y si le va bien obtiene ganancias y si le va mal incurre en pérdidas y es eventualmente sustituida por otra. La competencia tampoco es un simulacro, se trata de colocarse en el mercado con todo lo que ello significa. Carece por completo de sentido sostener que el aparato estatal competirá con los privados, puesto que la tentación de otorgar favores y politizar el área estará siempre presente y si se insiste en que no se procederá de esa manera no hay razón para que no se corte el cordón umbilical con el gobierno.
Si por ventura se comprobara que la llamada empresa estatal mostrara beneficios (con balances en base a procedimientos serios), debe preguntarse si las tarifas no estarán demasiado altas. La única manera de saber cuáles son los resultados reales es que opere en libertad con todos los rigores del caso, lo cual significa que los consumidores decidirán su éxito o fracaso con sus votaciones diarias en el plebiscito del mercado.
La mala prensa de las privatizaciones se debe a que, en gran medida, han constituido un fraude colosal: se han pasado monopolios estatales a monopolios privados en base a pastosas y limitadas licitaciones con prebendas y chicanas adicionales que obstaculizaron grandemente la indispensable trasparencia. El asunto no es contar con un buen gerente, el asunto es no imponer la financiación a otros y usar compulsivamente el fruto de su trabajo.
Por el momento no se insinúa la idea de los teléfonos de bandera porque en esa línea argumental habría que comunicarse a los alaridos como era hasta no hace mucho tiempo. El tema al que debe prestarse especial atención es que de tanta regulación absurda, la gente manifiesta que los servicios privados son de pésima calidad como los estatales, lo cual es cierto puesto que esas intromisiones convierten a los funcionarios en burócratas. Por ejemplo, los que se desempeñan en el campo bancario son dependientes de la banca central y cuando se incautaron depósitos no asumen sus responsabilidades sino que se escudan tras el Leviatán.
(*) Alberto Benegas Lynch (h) es Presidente del Consejo Académico de Libertad y Progreso. Artículo publicado el 31 de Agosto de 2013