lunes, 23 de septiembre de 2013

La crítica al egoísmo

Por Gabriel Boragina (*)
De acuerdo al diccionario:
"egoísmo.
(Del lat. ego, yo, e -ismo).
1. m. Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás.
2. m. Acto sugerido por esta condición personal.[1]"

Pareciera que lo "inmoderado, excesivo" y "desmedido" del amor a si mismo surge (según la definición de la Real Academia Española) cuando no se cuida el "propio interés" "de los demás". La pregunta que surge de inmediato es ¿cuál es el "propio interés de los demás" que el supuestamente egoísta "debería cuidar", y por que debería cuidarlo el acusado de egoísmo y no deberían cuidar su propio interés esos otros (demás)?. O, en otros términos, ¿por qué los demás "deberían" cuidar nuestro "propio interés" y nosotros "deberíamos" cuidar el "propio interés" de los demás, en una suerte de "obligaciones" recíprocas y cruzadas? Por otro lado, aparece otro interrogante que no es menor, a saber: ¿cuál es la medida para todo ello? Es decir, ¿cuál es la medida de lo "inmoderado, excesivo, desmedido" y además ¿cómo definimos el "propio interés" y cuáles son sus límites? Esos otros o "demás" ¿quiénes y cuántos son y dónde están ubicados geográficamente? Estas preguntas no tienen para nosotros ninguna respuesta satisfactoria, porque cualquiera que se quiera dar será enteramente subjetiva y por completo arbitraria.

Sin embargo, las cosas no parecen ser tan claras como lo sugiere la definición de la Real Academia Española, como, por ejemplo, demuestra la siguiente cita del Dr. Alberto Benegas Lynch (h):
"También el que es caritativo con el prójimo especula con la satisfacción del destinatario. Conviene repasar un pasaje estampado en el primer libro que escribió Adam Smith en 1759 sobre filosofía moral (quien, en esta materia, siguió la tradición iniciada primero por Carmichael y luego por Hutcheson). En el primer párrafo de aquella obra se lee que “Por mucho que sea el egoísmo que se supone del hombre, hay evidentemente ciertos principios en su naturaleza que lo hace interesarse por la suerte de otros y considera esas felicidades necesarias para la suya propia, aunque no se derive nada para él excepto el placer de contemplarlas”. Esta aseveración es del todo congruente con su idea de la “mano invisible” que hace que todos los seres humanos atentos a sus propios intereses benefician a los demás aunque ése no haya sido su propósito inicial (lo cual, como queda expresado, no excluye que la satisfacción del sujeto actuante resida en la realización de obras filantrópicas)."[2]

Paradójicamente, el egoísmo puede dar lugar a acciones altruistas, aunque el acusado de "egoísmo" no las considere de dicho modo, lo que podrá ser quizás motivo de condena moral, pero sociológica y económicamente -tal como lo señala Adam Smith con su metáfora de "la mano invisible"- las conductas en principio calificadas de "egoístas" resultan ser siempre sumamente provechosas para el conjunto social. La cooperación social nace, pues, de acciones que siempre tienen un origen egoísta. Por eso siempre hemos sostenido que no existe un verdadero antagonismo entre "lo social" y "lo individual" como pretenden muchos.

El término egoísmo no mantuvo un significado univoco a lo largo de las épocas, como lo marca Friedrich A. von Hayek, quien diferencia el "egoísmo" del "individualismo":
 "Hay un punto en estas presunciones sicológicas básicas que de alguna forma es necesario considerar de manera más completa. Como se cree que el individualismo aprueba y estimula el egoísmo humano, esto hace que mucha gente no lo acepte y debido a que esta confusión es provocada por una verdadera dificultad intelectual, debemos examinar cuidadosamente el significado de tales presunciones. Por supuesto, no puede haber duda de que en el lenguaje de los grandes pensadores del siglo XVIII el “amor a sí mismo” del hombre, o incluso sus “intereses egoístas”, representaba algo así como el “motor universal”. Estos términos se referían principalmente a una actitud moral que, pensaron, prevalecería ampliamente. Sin embargo, estos términos no significaban egoísmo en el sentido restringido de preocupación exclusiva por las necesidades inmediatas de uno mismo. El “ego” por el que supuestamente las personas debían preocuparse claramente incluía a la familia y a los amigos. Ninguna diferencia significativa respecto del argumento habría si se hubiera hecho extensivo a todo aquello por lo cual la gente de hecho se preocupa."[3]

Por lo tanto, el vocablo egoísmo puede interpretarse en dos grandes sentidos: uno amplio y otro restringido, este último correspondería -en su totalidad- a la definición que el diccionario de la Real Academia Española le da por completo.

Desde un punto de vista estrictamente social, y dado que ningún individuo puede bastarse a sí mismo, cualquier conducta que despliegue, aun así sea calificada por sus semejantes de "egoísta", tendrá siempre algún efecto beneficioso sobre una o muchas personas. Este efecto útil va mucho más allá -como dejamos dicho- de las posibles intenciones negativas o positivas que tenga el sujeto actuante. Quien por muy egoísta que sea deberá interactuar como consumidor y como productor en el mercado, y ya sea en un rol o en el siguiente, cualquier acción que despliegue favorecerá a sus congéneres, inmediata o remotamente. La única excepción a este principio general será, indudablemente, el del ladrón, quien con su accionar delictivo sólo a él mismo alivia, en tanto perjudica a todos los demás y -en lo inmediato- al sujeto robado. Fuera de este caso particular (y dentro de la sociedad civil, minoritario) el egoísta mas aborrecido del mundo deberá, le guste o no, intercambiar bienes y servicios con sus prójimos, y en dicho intercambio estos saldrán atendidos.

Referencias
[1] Real Academia Española © Todos los derechos reservados
[2] Alberto Benegas Lynch (h) Las oligarquías reinantes. Discurso sobre el doble discurso. Editorial Atlántida. Pág. 121
[3] Friedrich A. von Hayek "INDIVIDUALISMO: EL VERDADERO Y EL FALSO". Este ensayo corresponde a una exposición pronunciada en la duodécima Finlay Lecture en la University College de Dublín, en diciembre de 1945 y aparece en el volumen Individualism and Economic Order (The University of Chicago, 1948, reimpreso posteriormente por Gateway Editions Ltd., South Bend, Indiana). Págs. 12 y 13

(*) Gabriel Boragina. Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas. Egresado de ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas). Presidente del CFi (Centro de Estudios Económicos,Filosóficos y Políticos). Director del curso sobre Escuela Austriaca de Economía,dictado por el Centro de Educación a Distancia para los Estudios Económicos (CEDEPE). Director del Departamento de Derecho Financiero del INAE (Instituto Argentino de Economía). Colaborador de "Contribuciones a la Economía"; revista académica de amplia difusión mundial publicada por el Departamento de Economía de la Universidad de Málaga. Columnista de "La Historia Paralela",revista crítica de política y economía internacional. Ex columnista y sponsor de la revista Sociedad Libre y de la revista Atlas del Sud. Ex presidente de ESEDEC (Escuela de Educación Económica). Profesor de Elementos de Análisis Económico y Financiero en la UNBA. Ex profesor de la materia universitaria Política Económica Argentina; de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA; de Finanzas y Derecho Tributario de la Universidad Abierta Interamericana (UAI). Artículo publicado por "Acción Humana" el 23 de Septiembre de 2013