lunes, 23 de septiembre de 2013

La vigencia del liberalismo

Por Alejandro Poli Gonzalvo (*)
En tiempos turbulentos en que el kirchnerismo ha basado buena parte de su estrategia política en difundir la existencia de un "relato" poco veraz y anacrónico y en que los procesos electorales se reducen a campañas de marketing con foco en la imagen de los candidatos, urge dar el debate ideológico. La confusión de ideas que ha imperado en la Argentina ha sido la fuente primordial de nuestro retroceso como nación. De mala o de buena fe, se cuestionan conceptos básicos que en las naciones desarrolladas no se discuten más. Un ejemplo mayor de esta confusión es la crítica de barricada contra el liberalismo. A fin de evitar que se siga llamando liberalismo a cualquier cosa y que se sacrifique una vez más el futuro del país en el altar de la fraseología neopopulista, conviene precisar su auténtico sentido histórico.

El liberalismo nació como respuesta política a toda forma de intolerancia y fue la mejor solución conocida para equilibrar el conflicto entre individuo y sociedad. En materia de derechos humanos se basó en los principios de inviolabilidad y autonomía de las personas y tuvo la honestidad moral de reconocer el egoísmo del hombre y crear instituciones para ponerle límites al poder y encauzar sus energías y ambiciones. Permitió resolver, con resultados espectaculares, la cooperación entre los hombres, respetando su libertad personal y política, y generó la mayor cantidad de riqueza de bienes y servicios que conociera la humanidad. El advenimiento de la sociedad liberal significó que por vez primera en la historia un ideal utópico se encarnara en la vida de millones de personas: libertad política, neutralidad moral y riqueza material. Vivimos y soñamos gracias a esos tres extraordinarios principios liberales, pero de tanto contar con ellos hemos perdido la capacidad de apreciarlos en su justa dimensión.
Para quienes ubican al liberalismo en posiciones políticas de derecha, estereotipadas por un mal uso de los conceptos, se debe recordar que nació como doctrina política opuesta a todos los absolutismos. El advenimiento de la sociedad liberal moderna ha sido un proceso gradual iniciado en el siglo XVII. Es sinónimo de respeto a la ley y a la propiedad, de libertad e igualdad política, de división de poderes y de justicia independiente, de defensa de los derechos del hombre y de las minorías, de tolerancia moral y religiosa, de educación y movilidad social, de una inteligente inserción en el mundo globalizado, de investigación científica, de diversidad.
En su proceso de evolución, el liberalismo debió ampliar sus horizontes conceptuales para dar respuesta al problema de la representación política planteado por las grandes revoluciones del siglo XVIII. De allí que la reflexión sobre el liberalismo deviniera en una extendida discusión sobre la democracia. Como refrenda C. B. Macpherson en Life and Times of Liberal Democracy , la democracia liberal nace en el siglo XIX y asume formas políticas que conducen progresivamente al sufragio universal y a la Sociedad Abierta contemporánea. Es el punto de partida del liberalismo democrático. Que en el siglo XX tuvo la virtud y el valor de perseverar en defensa de la libertad política y de los derechos humanos y derrotar a los cruentos totalitarismos que ensangrentaron de racismo, purgas y genocidios vastas zonas del planeta. Y que también durante la centuria pasada se perfeccionó y permitió en el primer mundo la consolidación del Estado de Bienestar, garante de sistemas de educación, salud, seguro de desempleo y seguridad social para todos los ciudadanos.
Hacia dónde evolucionará el liberalismo democrático en el siglo XXI es motivo de estudio en las teorías de justicia más innovadoras, pero todas ellas construyen sus nuevos ideales de equidad a partir de los sólidos cimientos de la sociedad liberal. El liberalismo occidental también es sinónimo de capitalismo basado en la competencia y la innovación, del desarrollo del mercado de capitales y de sistemas financieros que canalizan el ahorro popular hacia fuentes de producción y empleo, de inversiones que buscan rentabilidad para asegurar flujos futuros, del comercio entre los pueblos y de la existencia de un Estado recaudador que proporciona actividades solidarias que el mercado no puede ofrecer.
Esta cosmovisión liberal fue la que tuvieron presente los pensadores argentinos de la primera mitad del siglo XIX y de cuya obra surgió la corriente de ideas que se reflejó en la admirable Constitución de 1853. En la Argentina nunca han tenido vigencia plena los principios e instituciones del liberalismo democrático. En la época dorada del progreso, que tuvo su punto más alto en el Centenario, porque no se cumplían los preceptos democráticos de la Constitución. Más tarde, porque la democracia seguía sin consolidarse y la economía caía en la demagogia insustentable del populismo. Aún si se toma el período iniciado en 1983, el ideario liberal apenas fue aplicado.
Por comparación con los principios y valores que hicieron grande a la Argentina, hoy ser peronista, radical o socialista es una forma de conservadurismo, entendido éste como la aceptación del statu quo que nos ha conducido a décadas de crisis recurrentes. Nada nuevo puede provenir de movimientos como el panperonismo o el panradicalismo, que no están a la altura de los desafíos del siglo XXI.
Ante la inminencia del proceso electoral que se inicia en unas semanas, la nación demanda un partido político -no un frente, una alianza o un conglomerado circunstancial de políticos- que supere la obsolescencia ideológica de peronistas, radicales, conservadores, socialistas y neoliberales. De este modo, los ciudadanos tendremos la opción de votar por todo aquello que ha hecho grande a Occidente.
(*) Alejandro Poli Gonzalvo. escritor, periodista, historiador y analista político. Artículo publicado por La Nación el 23 de Septiembre de 2013