lunes, 9 de septiembre de 2013

Medios, política y kirchnerismo

Por  Agustín Laje (*)
La construcción de enemigos es un arte que bien ha sabido desarrollar el kirchnerismo a lo largo de su existencia como fuerza nacional. No podía ser de otra manera; el populismo exige, según el propio Ernesto Laclau, una tajante demarcación de un “ellos” enfrentado a un “nosotros”.
Quien crea que estas construcciones de “amigos” y “enemigos” han sido solamente el fruto de operaciones políticas (en su sentido más coloquial) se equivocan; el kirchnerismo ha echado mano sobre élites intelectuales dispuestas a servir de soporte ideológico al “modelo nacional y popular”. De tal suerte que la frontera que separó al “ellos” del “nosotros” fue demarcada con arreglo a argumentos de cierto peso que permearon, con bastante intensidad, en el grueso de la sociedad civil.
Hagamos un veloz repaso: cuando las Fuerzas Armadas fueron el blanco escogido, el kirchnerismo hizo uso de la absurda “teoría del demonio único” para emprender la destrucción moral de aquéllas. Cuando el campo fue el objetivo, el kirchnerismo, a través de la naciente organización de intelectuales orgánicos conocida como “Carta Abierta”, impuso la tesis de los “destituyentes”, la batalla de la “oligarquía contra el pueblo” y el demencial regreso de las paranoias conspiracionistas. Hoy, en el marco de la guerra contra los medios de comunicación independientes del poder político, el kirchnerismo, a través de sus comisarios culturales, nos ofrece curiosas interpretaciones sobre el poder específico de los mass media en la “construcción social de la realidad”.
Así las cosas, según nos aseguran los miembros de Carta Abierta y repiten los difusores bien remunerados de 6 7 8, los medios de comunicación constituirían artefactos todopoderosos capaces de determinar la conducta de los individuos. Tal es el “relato sobre los medios” que, a los efectos de legitimar una “cruzada emancipadora”, el kirchnerismo expone como argumento justificador. Y tanto es así, que el oficialismo incluso ha montado un millonario programa televisivo (el arriba citado) con el explícito propósito de “contrarrestar” los “engaños” de los medios no alineados con el gobierno. En definitiva, se trata de una costosa crítica de medios cuya mantención está justificada por la “redención” o “purificación” que le ofrecen al ciudadano, quien gracias a los desalineados panelistas de Gvirtz pueden tener un contacto supuestamente más “directo” con la realidad (la paradoja es que 6 7 8, dado que opera como medio, no puede presentar una realidad que no esté necesariamente mediada).
Ahora bien: ¿Qué hay de cierto y qué hay de nuevo en esta teoría sobre el poder de los medios de comunicación? Hay muy poco de cierto y prácticamente nada de nuevo en esta visión de los mass media que el gobierno se ha encargado de diseminar en la sociedad a modo de “verdad evidente”. En efecto, lo que están haciendo los comisarios culturales del kirchnerismo no es otra cosa que repetir la arcaica teoría hipodérmica de la comunicación social que, sostenida en las teorías de la “sociedad de masas” y la psicología conductista, fue una vieja moda académica de entreguerras, posterior a la Primera Guerra Mundial, y anterior a la Segunda.
La teoría hipodérmica, en resumidas cuentas, concibe a un individuo atomizado (independiente de las relaciones sociales, de los factores situacionales, psicológicos y culturales), atravesado con impecable eficacia e inmediatez por el mensaje de los medios de comunicación, frente a los cuales reacciona con automática e ineludible obediencia. Esta concepción introduce un paradigma comunicacional “Estimulo – Respuesta”, que es el que el kirchnerismo arguye que tiene lugar en, por ejemplo, los lectores de su ex aliado Clarín.
Las insuficiencias y reduccionismos de la teoría hipodérmica deben disculparse a la vista del contexto histórico: el surgimiento de los medios masivos era un fenómeno completamente nuevo, que estaba, por lo demás, siendo utilizado por los Estados totalitarios en auge. Lo que no puede disculparse, empero, es la actual utilización de este paradigma como verdad de a puño, a la vista de los abismales avances que han dado las teorías de la comunicación que superaron esta primera concepción reduccionista.
Por empezar, en los años `40 la corriente empírico-experimental de la psicología desestimó las conclusiones de la teoría hipodérmica, demostrando que un sinfín de elementos intrapersonales entran en juego en la relación entre emisor, mensaje y destinatario, complejizando así el proceso comunicacional (Estímulo – Particularidades psicológicas – Respuesta). Poco después, los estudios empíricos de la sociología indicaron que era incorrecto hablar de determinación; los medios, en rigor de verdad, ejercen simplemente una parte de la influencia a la que todo individuo está sometido en las sociedades contemporáneas, caracterizadas por la complejidad de las infinitas interacciones que componen el tejido social. La efectividad de los mass media no puede ser considerada al margen del contexto social en que éstos operan, con lo cual se da un paso más en el entendimiento sobre el proceso de comunicación social.
Todo esto que venimos velozmente resumiendo –otras corrientes tales como el estructural funcionalismo o la teoría crítica también han hecho aportes interesantes en la materia– desembocará en la llamada función deagenda setting que la psicología social le adjudica hoy a los medios de comunicación, esto es, la capacidad de instalar determinados debates en la sociedad, pero no determinar la dirección que éstos han de tomar. Cabe subrayar, a los fines de evitar malas interpretaciones, que el peso específico de los medios en la política –y en todas las dimensiones sociales en general– es sumamente significativo, pero no al modo caricaturizado que lo dibuja el kirchnerismo para justificar su “cruzada”.
¿Qué sentido tiene reparar en estas temáticas que, quizás a primera vista, se nos presentan como demasiado abstractas e inconducentes? El sentido pasa por desarmar al kirchnerismo en el plano de las ideas, algo que, hasta el momento, o no se ha realizado, o se ha llevado adelante con gran ineficacia. Se trata, en concreto, de derribar los pilares que sostienen el “relato”; en este caso, una falsa teoría sobre el impacto de los medios de comunicación en la sociedad, que da sustento a una supuesta “batalla contra la hegemonía comunicacional”, hegemonía que el kirchnerismo mismo está construyendo para sí.
(*) Agustín Laje. Periodista, escritor y analista político. Jefe de redacción de "La Prensa Popular". Artículo publicado en el Nº 231 del 6 de Septiembre de 2013. (En los próximos días saldrá el nuevo libro de Agustín Laje en coautoría con Nicolás Márquez, titulado “Cuando el relato es una farsa”).  @agustinlaje , agustin_laje@hotmail.com