jueves, 12 de septiembre de 2013

¿Otra vez sopa?

Por Ricardo Saldaña (*)
Mis reflexiones anteriores hablaban de la ANTESALA DE LO INEVITABLE[1]. Pues bien, los cómputos electorales del 11A no hicieron sino ponerle fecha cierta al comienzo del fin de la larga noche kirchnerista. La deriva del episodio se manifestará -en rigor ya lo está haciendo- en tumultuosos reacomodamientos políticos que tapizarán el aún incierto proceso de transición hacia un nuevo gobierno, incertidumbre que no excluye ni siquiera su propia cronología y duración. Más allá del interés que naturalmente despierta la interpretación de las alternativas que dispara la apertura de un tiempo particularmente atractivo para el análisis político, se me ocurre relevante poner el foco en la moraleja que entrega la inevitable crisis económica que ha de acompañar el final de un ciclo, que viene a agregar una nueva frustración a nuestra postergada vocación de grandeza.

Parece redundante abundar en un análisis descriptivo de las conocidas inconsistencias macroeconómicas que nos han traído hasta este punto. Resulta más atractiva, en cambio, la perspectiva de internarse en la irreverencia de abordar el enigma que nos plantea la agobiante recurrencia de nuestras crisis, que bien podría interpretarse como un comportamiento social autodestructivo, casi una tozuda militancia por el fracaso. Una mirada optimista haría presumir que este nuevo desencanto pudiera resultar pedagógico para los trabajadores. En efecto, el ciclo político que comienza en 2002, montó su publicitada recuperación económica en un nunca reconocido sacrificio de ese sector, que víctima de un desempleo inédito se vio forzado a aceptar la pérdida de un tercio de sus ingresos reales para financiar la recomposición de la rentabilidad empresaria. Recuerdo al Ministro de Economía de entonces alardear cínicamente acerca de la “exitosa devaluación”, eufemismo que aludía a la obligada postergación de quienes no tuvieron más alternativa que conceder salario por empleo. Ese rebote inicial cobró altura luego, arropado por la gracia de unas condiciones contextuales deprodigalidad desconocida hasta entonces por nuestra sufrida economía.

Convendrá recordar que aquél latrocinio fue parido bajo la convocante apelación a la “pesificación”. Esta consigna, portadora de un chauvinismo seductor, fue funcional para encubrir una salvaje transferencia de riqueza que permitió licuar el gasto público y los pasivos empresarios. El concepto, investido de épica soberana, encajaba a la perfección como la contracara de la “cipaya” caracterización que se adjudicó maliciosamente a la convertibilidad. Resultaba irresistiblemente atractiva, sin duda, la cautivante perspectiva de recuperar la moneda. Paradójicamente, aquella auspiciosa invocación al peso trazó una curiosa parábola, para terminar entregándonos un signo monetario envilecido, reducido a menos de una quinta parte de su valor original, lo que desnuda la más contundente evidencia del fracaso del intento. No deja de resultar curioso que el menguante acompañamiento popular al proyecto tienda a trazar una trayectoria asimilable, hasta alcanzar hoy registros apenas por encima de aquél magro 22% inaugural.

Al fin del día, en nombre de una exaltada recuperación de la soberanía monetaria, no se hizo otra cosa que volver a las andadas. Cuando estaban dadas todas las condiciones para clausurar la penosa historia que nos muestra como una sociedad cuyas credenciales para ostentar una moneda propia están severamente cuestionadas, una vez más, los cantos de sirena del populismo anclaron en mayorías que, evidenciando un comportamiento asimilable a la patología de la mujer golpeada, prefieren el autoengaño de un voluntarismo irracional, al riesgo que entraña animarse a su propia autoafirmación. La confianza social fue estafada nuevamente, con el señuelo de que es posible un mundo de fantasía, donde la fuente inagotable de la prosperidad infinita puede alcanzarse a contramano de los criterios de homologación compartidos por las democracias capitalistas de occidente.

Esa ensoñación no resulta sorprendente, a poco que advirtamos que conformamos una sociedad cuya clase media se expresa en un 69% a favor de un Estado protagonista de la economía, y un 54% acuerda con que la esencia de la democracia es buscar la igualdad, frente a sólo un 32% que asigna esa preminencia a la libertad. Parece consistente, asimismo, con un consenso mayoritario alineado detrás de la premisa que afirma que quienes producen más, no tienen más derecho que el resto a ver mejorados sus ingresos.[2]

Paradójicamente, sin embargo, ese mismo colectivo asocia crecientemente la noción de progreso con la posibilidad de privatizar su vida, de depender lo menos posible del Estado, y en esa emancipación deposita su esfuerzo y su esperanza. A tal punto, que podría arriesgarse que el clivaje que mejor describe nuestra estructura social pasa hoy por la aspiración individual a proveerse de bienes públicos básicos de calidad, de fuente privada.

Quede claro que no se está postulando que la solución sea cambiar el pueblo, como supo proponer irónicamente Brecht. Por el contrario, resulta  evidente que quienes tratamos de superar nuestra propia ignorancia buscando preguntas interesantes y respondiéndolas con argumentos lógicamente coherentes, abonados por evidencia empírica rigurosamente analizada, tendremos que admitir que no hemos sabido desinstalar un imaginario colectivo colonizado por quienes sólo recurren al victimismo y al totalitarismo ideológico.

Por cierto, las últimas cuatro décadas muestran una constante que desmiente, en buena medida, el valor entendido que alude a la carencia de políticas de Estado. En efecto, por encima del signo político de los gobiernos de turno, se advierte una remarcable regularidad: Cada vez que el gasto público se tornó infinanciable, el equilibrio fiscal sólo se pudo restaurar mediante una devaluación que permitió licuar su pesada carga. El costo del ajuste lo terminaron pagando, en todos los casos, los trabajadores, mediante una fuerte caída del poder de compra del salario, convirtiéndose en víctimas propiciatorias de una salvaje transferencia de riqueza a favor del gobierno y las empresas. 

Para comprobarlo basta con advertir el marcado deterioro que exhiben los indicadores de pobreza y desigualdad desde 1975, punto de inflexión a partir del cual se metastasiza esa perversa circularidad. El subtexto de esa dinámica revela una dimensión de la vulnerabilidad que amenaza a una sociedad que no sanciona electoralmente aquellas políticas que envilecen la moneda. Esa secular inestabilidad alumbró, por añadidura, una particular manera de generar riqueza que degradó el tejido productivo. En términos de Acemoglu y Robinson, favoreció la consolidación de las elites extractivas, que no crecieron invirtiendo y produciendo, sino sólo arbitrando exitosamente con la volatilidad del valor de los activos.

Otorgarle la facultad irrestricta de emitir dinero a quien es el responsable de gastarlo, es como poner al zorro a cuidar el gallinero. Ya en 1932, Frank Knight, padre de la Escuela de Chicago, repudiaba la idea de que el gobierno se ocupara de la creación de dinero. Observaba que dada la irrefrenable inclinación a gastar de los políticos, esa concesión generaría inflación, que luego se intentaría mitigar mediante controles, después con amenazas, y finalmente con estatizaciones, que conducirían a una hipertrofia del Estado, a la larga, letal para la iniciativa privada. Viene a cuento recordar que la añorada estabilidad económica alcanzada en los ´90, fue el resultado de la concesión de la facultad de emitir moneda -de eso se trató la convertibilidad- que la política se vio forzada a otorgar para revertir el repudio al peso.

El desencanto de 5.200.000 ciudadanos con el mismo gobierno que habían elegido hace apenas 22 meses -merma electoral proporcionalmente equivalente a la que padeció Fernando de la Rúa dos meses antes de la caída de su gobierno- no podría atribuirse sólo a los desatinos registrados exclusivamente a partir de Diciembre de 2011. En efecto, la inflación, la falsificación de las estadísticas públicas, el atraso cambiario, el estancamiento del empleo, la crisis energética, el autoritarismo, la inseguridad, o la corrupción, acunaron también, paradójicamente, el contundente triunfo electoral que le dio la reelección a Cristina Fernández. Podría conjeturarse que el mítico 54% fue tal vez la cuota vencida con que una porción de la ciudadanía terminó de  amortizar el reconocimiento por la recuperación post 2002 ? O quizás que el hechizo, como en los cuentos de hadas, termina a la medianoche ?  La contracara del delay con que la sociedad registró su frustración, es la incontenible ansiedad que anida en las especulaciones sobre potenciales gabinetes de un eventual gobierno de Sergio Massa(¡!).  Esta desesperada huida hacia adelante, se parece bastante a un reflejo exculpatorio de quien se siente urgido por dar vuelta la página, para volver a poner su futuro en manos de quien exhiba la mágica cuponera de pases libres a Shangri-La, reiniciando así el ciclo de “ilusión y desencanto”.

El dilema cobra nueva vida, de frente a una economía que se muestra insostenible. Los dólares y los recursos fiscales se tornan insuficientes para financiar las importaciones y los subsidios energéticos. Después de Octubre, sin financiamiento voluntario que permita extender el desequilibrio en el tiempo, se agotan el margen fiscal y el margen externo. 

Game over….
Algún día la política deberá entender que, tal como nuestro organismo nos da cuenta de sus límites  cuando lo sometemos a excesos, la economía nos hace saber de variadas formas que no es indiferente a la manipulación irresponsable, y sabe cobrarse los abusos. Lamentablemente, la cuenta suelen terminar pagándola los más vulnerables, y no precisamente los aprendices de brujo que desaprensivamente desafían sus restricciones.
Seremos capaces de interpelar lúcidamente a la política sobre las chances de evitar, esta vez, que la fiesta la paguen los de siempre ?  

 10.09.2013
(*) Ricardo Saldaña. Escritor, periodista y analista político.

Referencias:

[1] Informadorpúblico.com 11.07.2013
[2] "Actitudes políticas e ideológicas de los argentinos",FLACSO/IBAROMETRO. Mayo 2013 

Fuente: Comunicación personal del autor.