domingo, 22 de septiembre de 2013

Todo vale

Por Jorge Héctor Santos (*)
El desorden impide que una sociedad funcione. La falta de respeto a las las leyes, a las formas, a las normas elementales, es como la corrupción; se desparrama de arriba hacia abajo.Inunda todo. El mundo en el que vive la Argentina es un lugar atípico, donde todo vale; es el extravagante mundo de Cristina Fernández de Kirchner.
No resulta una novedad, tras años de conocimiento público, que la presidente de la Nación posee un amplio diccionario de expresiones acuñadas por ella donde las que ayer u hoy son sinónimos, tranquilamente sin el menor pudor, mañana, puede ser antónimos.
Donde las afirmaciones más sólidas esgrimidas como una verdad incontrastable, puede estar montadas en un engarce de mentiras.
En el mundo de Cristina, todo vale.
Todo vale para acumular poder y mantenerlo; el poder es su devoción y por él es capaz de sacrificar todo, incluso hasta caer en el ridículo.
De los extranbóticos colores de sus múltiples vestidos pagados con dineros públicos que debían coincidir con las luces y el decorado donde iba a presentarse; se convirtió  de golpe, por las desgracias de la vida, en la mujer de luto.
Con el luto a cuestas ganó elecciones dando pena; y, como  cábala triunfadora,  el negro lo extendió hasta nuestros días.
Violentando el recato, la primera magistrada no dudó en presentarse en un acto poblado de escolares usando una camisa pasando los límites de su cintura, con una calzas, ovbiamente negras; nada más distante del protocolo que debe respetar la máxima autoridad de una nación.
Cristina se lleva puesta las normas de la prudencia en todo.
Hace trizas el lenguaje recurriendo a dichos chabacanos e incluso a un pobrísimo inglés.
No respeta las leyes ni la Constitución.
Usa los dineros de todos como propios.
Engaña.
Deforma la realidad a su gusto y conveniencia.
Se muestra intolerante con todos y todas los que no comulgan con su credo.
Actúa de buena, papel que le sale mal, por cierto, frente a situaciones electorales desfavorables.
Cristina no puede vivir sin sentirse la mejor, la única; se cree la reina del país, en un país sin reina.
La democracia es ella y ella es la que la ultraja.  
  
No rinde cuentas de nada, siendo la administradora de los bienes del Estado.
Se ha enriquecido personalmente en forma inexplicable.
Sus ministros, secretarios, empresarios amigos K, senadores, diputados, gobernadores, intendentes, que le respondieron antes en todo, y ahora algunos comienzan a serle esquivos, también en la mayoría de los casos, han pasado de hombres y mujeres de a pie, a multimillonarios ostentando fortunas tan grandes como inmensas son las sospechas de corrupción que yace sobre ellos.
Cristina es aquella que puede erigir a Martín Insaurralde en su propio candidato para competir en el distrito más poblado, apoyarlo al extremo y abandonarlo a la buena de dios cuando las encuestas no le son propicias.
Los otros pierden, ella NO.
Ella está por encima  de los problemas de los mortales a los cuales gobierna. Ignora la inseguridad, las tragedias, la inflación y todo aquello que no le conviene. 
Ella interpreta una ficción en la que el autor la convierta en la mejor de la historia.
La verdadera heroína de una película donde la protagonista es eterna.
Pese a quien le pesare, la viuda de Kirchner, no se ha rendido.  Ella va por todo.
Ella piensa seguir gobernando más allá de 2015; ya sacará un as de la manga.
En su cabeza solo hay cartas ganadoras.
Nada de lo malo que los crìticos desestabilizadores mencionan es verdad. Solo, como de costumbre, para ella  es cierto que estos malditos que viven maltrántandola, mienten.
Son los perversos que buscan llevar al pueblo que ella defiende por el camino del mal.
A Cristina le importa el pueblo solamente porque este vota, y los votos los necesita como el pan nuestro de cada día, para saciar su ego.
Es por eso que la huésped de la Rosada, de odiar a Bergoglio, pasó a ser devota de Francisco.
Ella es así.
Puede lucir un costoso Rolex de oro y brillantes con una calzas.
Alabar a la Corte Suprema de Justicia como uno de los mayores logros del matrimonio feudal de Santa Cruz o pasar a defenestrarla si no consigue que los ministros del más alto tribunal de justicia no consideran constitucionales las leyes que ella ideó para vengarse de sus enemigos, aún  estando en el extremo opuesto de lo legalmente admitido.
No se sorprenda entonces, que a diario, su estrés aumente, por vivir en un país que se ha vuelto en uno sin reglas. Donde su vida no vale nada. Donde puede hoy tener trabajo y mañana nunca más.
Donde no llegan inversiones ni poniédose de rodillas.
Donde lo que viene será muy duro, después de octubre, gane o pierda Cristina.
Esta es la Argentina de ELLA, no la suya.
Algunos pocos la gozan, muchos la sufren.

(*) Jorge H. Santos. CPN. Periodista, analista político. Asesor de medios de comunicación. Artículo publicado en Urgente 24 el 22 de Septiembre de 2013
Twitter:@santosjorgeh