martes, 8 de octubre de 2013

El éxodo argento

Por Rolando Hanglin (*)
Todos los sábados, por la noche, voy a comer al restaurante de mi club, donde soy socio vitalicio. Es decir, antiguo. En todas las mesas se ubican señoras y señores de mi generación, o sea que ya son abuelos, o casi. En general, se trata de profesionales. Gente que ha estudiado muchos años, ha trabajado también toda una vida, y que disfruta de una buena jubilación, o algún tipo de renta, como para pasar el tiempo de la madurez cuidando el jardín de la quinta, leyendo, jugando al golf o al tenis, frecuentando a los amigos y, por supuesto, visitando a los hijos.

En todas las mesas del sábado a la noche, en cualquier barrio, se habla de lo mismo: los hijos. El último viaje al país donde viven los hijos y los nietos. El éxito, la fortuna, el esfuerzo de los hijos en Italia, España, USA o Israel.
- La casa de nuestra hija en Milán es una maravilla.
- Mi hijo lo está pasando mal con la crisis en Barcelona, pero ni se le ocurre volver.
- Mis hijos en Israel viven siempre al borde de la guerra, pero son felices. Consideran que vale la pena.
- Estuve un mes en casa de mi hijo, en Connecticut. Por suerte, me giró el pasaje en clase ejecutiva. Viajé muy bien, incluso me invitaron al VIP.
Ultimamente se habla también de Australia, Nueva Zelanda, Brasil y Uruguay. El caso de Nueva Zelanda, el país de los All Blacks, es muy especial: cada año se abre la inscripción por Internet para las visas de radicación. En la Argentina, los jóvenes están al tanto de la fecha y la hora: en cinco minutos se satura el cupo y los kiwis bajan la persiana. No más argentinos por este año.
¿Qué pasa con nuestros jóvenes? ¿De qué huyen? ¿De nosotros?
Intentaremos efectuar esta reflexión con sinceridad, pero sin alegría. Es un asunto triste. Nosotros, los de clase media que formateamos este país entre 1980 y el presente, estamos amputados de nuestros hijos. Todas las familias tienen uno, o dos, o todos los hijos "afuera". Ejerciendo de millonarios o colchoneros, músicos, fotógrafos, comerciantes, deportistas, guías de turismo, médicos, masajistas, artesanos. En fin: otra versión de la clase media.
El fenómeno empezó en 2001-2002, con la gran crisis. En Ezeiza se agolpaban chicas y muchachos con sus baúles y mochilas. Abrazos interminables con papá y mamá, despedidas de amigos juveniles con los que planeaban reencontrarse en Roma o París. Los viejos, masticando bronca y tragando lágrimas. El que no estuvo en Ezeiza, por aquellos días, no debería hablar de la estampida frívola de los niños mimados que abandonaban a la Patria, mientras los patriotas se quedaban para poner el pecho a las balas.
No fue así la cosa. Los jóvenes se fueron llorando porque aquí no encontraban trabajo, ni futuro, ni nada interesante.
Es curioso: la Argentina se recuperó rápido de la crisis infernal. Ya nos hemos olvidado de los patacones y las mil cuasimonedas, de la religión del canje que alumbró en nuestras playas, de las increíbles artesanías con las que intentamos sobrevivir, desde hornear tortas hasta enseñar inglés en mesas de café.
Fue un infierno, pero pasó. Después sobrevinieron otros problemas, sobre los que no intentaremos opinar. El caso es que hoy vivimos en un país relativamente normal. De acuerdo: muy relativamente. En todo caso: aproximadamente normal.
Este país nació en 1810 y hacia 1880 se lo consideraba la gran potencia del futuro. Se contaba entre los diez más ricos del mundo y prometía convertirse en los Estados Unidos de Sudamérica. Miles de inmigrantes acudían a sacarse el hambre y acuñar un futuro mejor desde España, Italia, Suiza, Alemania, Irlanda, Siria, Líbano, Polonia. La guerra entre la República Argentina y los Reinos Indígenas había terminado, con la victoria absoluta de un país que apuntaba a convertirse en una nueva potencia de tipo europea, dotada de los cuatro climas y dueña de un tesoro en vacas, trigo, maíz, petróleo, minerales, pesca, cultura. Un país sin analfabetos, destinado a sentarse a la mesa chica de los poderosos.
Las cosas no salieron como tenían que salir.
Hoy nos encontramos con una nación de la que los jóvenes huyen. Al cumplir 15 ó 18 años empiezan a pensar en dónde van a vivir. No importa si los destinos de siempre (España, Italia, USA) están en plena crisis, en guerra civil o con la gente durmiendo en la calle. Siempre será, allí, mejor que aquí.
De nada nos ha servido nuestro patrioterismo. Envolvernos en la bandera, gritar el himno con lágrimas en los ojos, delirar por Maradona o Messi o Maravilla Martínez, reclamar el dominio sobre las Islas Malvinas o la Antártida...proclamándonos "argentinos hasta la muerte". Nuestros hijos no nos creen. El hecho palpable es que nos rechazan. No quieren vivir donde estamos nosotros.
Personalmente, estoy harto de esta situación. No me gusta que los españoles, los americanos o los brasileros nos den clases de civilización, de cultura, de civismo, de progreso. Harto de mirar con admiración a nuestro vecino Chile, o a nuestro hermano Uruguay. Porque todo allí es más barato, más legal, más ordenado, más limpio, porque allá imperan la Ley y la Constitución.
Estaba escrito en el facón del Chacho Peñaloza: "Soy nadies pero no soy menos que nadies".
Después de los años 2001-2002-2003, la gente joven siguió desfilando por Ezeiza. Tal vez con menos desesperación, pero eligiendo serenamente otros países. Otros lugares. Sin explicarnos demasiado los motivos.
Se van para trabajar mejor, para ganar un poco más (aunque terminan ganando igual o menos) para conocer el mundo, como si la Argentina no fuera parte del mundo, para caminar tranquilos por la calle sin miedo a los asaltantes armados, para contemplar las maravillas culturales de los museos. cuando han vivido a pocas cuadras del Museo de Arte Decorativo, o el de Luján, o el de Parque Saavedra, o del Teatro Colón y nunca les interesó un pito.
Está pasando algo serio que nuestros hijos no se atreven a decirnos. Tal vez, que nos las hemos arreglado para organizar la Nación de la Coima, el Acomodo, el Choreo, el Chisme, el Prejuicio, la Ilegalidad y la Inmoralidad. Tal vez, incluso, la moda "Progre" de los años recientes no ha hecho más que agravar las cosas. Porque nadie nos cree.
En el país de los buitres, nos quejamos de los fondos buitre.
¿Será eso?
(*) Rolando Hanglin. Periodista. Escritor. Columnista de La Nación. Artículo publicado el 8 de Octubre de 2013